90 millas

cuba-malecc3b3nLos cubanos no nos identificamos con esta unidad de medida. Será acaso porque en la infancia los profesores nos enseñaron el kilómetro para calcular las grandes distancias. “Cien centímetros son un metro, y mil metros son un kilómetro“, nos decían. Y así crecimos con este razonamiento.

A la milla la ignorábamos. Nunca la hemos tomado en serio. ¿Para qué emplearla si nos basta nuestro método? Además, nos resulta un poco “imprecisa”. Una milla son 1609 metros, cifra nada especial. Así, el kilómetro se coronó en esta Isla como “rey de las medidas”. Su hegemonía se extendió a cada instante en que fuera preciso calcular trechos de gran envergadura.

Pero la milla no murió. Aún representa mucho para los cubanos, sobre todo si le anteponemos el número 90. Esta combinación es la única que comprendemos más que su equivalencia en kilómetros. Pregúntenle a cualquier paisano la distancia con los Estados Unidos y la respuesta automática será: “90 millas”; pregúntenle cuántos kilómetros son y se encogerá de hombros.

No obstante, existe una porción de nosotros que puede responder sin dificultad la pregunta. No porque seamos eruditos ni duchos en las matemáticas, sino porque el béisbol nos lo ha enseñado. Muchas veces los apasionados de este deporte nos vemos forzados a dominar esa conversión, y no precisamente por afán de conocimientos, sino por necesidad, para comprender mejor lo que vemos.

Como la mayoría de los aficionados disfrutamos las rectas veloces, y las entendemos así si son superiores a 90 millas por hora, nada más el pitcher suelta la pelota hacia el home posamos la mirada en el velocímetro. Pero cuando el equipo nacional compite en el extranjero, a veces la televisión nos juega una mala pasada, pues la velocidad es medida en kilómetros y no en millas; para esas ocasiones tenemos una fórmula infalible: 90 millas, son 145 kilómetros.

Solo que no suena igual. Las 90 millas nos son familiares; sobre todo desde el último medio siglo. En los años 1980 y 1994 fueron la distancia más anhelada por decenas de miles de cubanos. ¿Cuántos de ellos habrán soñado con volar en una recta del camagüeyano Juan Pérez Pérez, y así llegar en menos de una hora a su destino?

Esas palabras tienen la magia de provocar diversas emociones. A algunos les evoca el triunfo; en 1970, cuando ganarle a los americanos en la pelota era como ganarles la guerra, José Antonio Huelga apeló a sus 90 millas por hora para vencerlos en el Campeonato Mundial.

Y muchos pitchers de igual velocidad optaron por lanzar a 90 millas de Cuba. Y también “triunfaron”, al menos económicamente; pero pregúntenle al “Duque” Hernández si alguna vez en Grandes Ligas le aplaudieron tanto como en el Latino, donde el público se ponía a sus pies cuando sacaba un out sublime.

Esa distancia también está rodeada de dolor. Será acaso porque las aguas que la cubren son la tumba anónima de miles de cubanos que no llegaron a la otra orilla. No dudo que como cada 28 de octubre se echan flores al mar en recuerdo al comandante Camilo Cienfuegos, todos los días alguna familia vaya a la costa con un ramo para sus seres queridos.

Las 90 millas por hora también provocan dolor en los bateadores. Lo mismo por un ponche que por un pelotazo; o si no, pregúntenle a Javier Méndez por qué dejó de jugar béisbol. Seguramente él responderá que hablen con su verdugo; pero para hacerlo, tendrán que recorrer 90 millas.

(Por: René Camilo García. Tomado del blog La Letra Incómoda)

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