Dos opositores a la política de Obama hacia Cuba

tomado de Segunda Cita

Por Guillermo Rodríguez Rivera

 

El pasado sábado 17 de enero, el diario madrileño El País publicó dos comentarios(*) intensamente descalificadores de la nueva política cubana anunciada por el presidente Barack Obama. Los firman dos intelectuales conservadores, uno cubano y el otro mexicano: Carlos Alberto Montaner y Enrique Krauze. Creo que vale la pena comentar algunas de las ideas más relevantes de ambos artículos

Se trata de dos artículos que descalifican, de antemano, una proyección política que está por estrenarse y que viene a reemplazar otra que la propia presidencia de los Estados Unidos entiende como fracasada. El anuncio que de esa nueva política hizo el presidente Obama el pasado 17 de diciembre, ha suscitado elogios en Cuba, pero también en muchos lugares del mundo. En América Latina y el Caribe la aprobación parece ser unánime.

El comentario de Montaner podría calificarse como directamente interesado, porque él tiene un puesto entre los más antiguos opositores a la Revolución Cubana.

Carlos Alberto y yo nos hicimos amigos allá por los meses iniciales de 1960, cuando ambos concluíamos el bachillerato en el Instituto del Vedado. Desde entonces teníamos ideas políticas discrepantes, aunque mantuvimos una amistad sustentada en otras coincidencias. Nos volvimos a ver en Madrid, en 1994: yo asistí a una reunión de poetas y en esa ocasión nos reencontramos. Como cada uno conocía la manera de pensar del otro, ese encuentro fue más bien una memoriosa recuperación de nuestros días de estudiantes, que incluyó un largo “¿dónde están y qué se han hecho?”, en el que pasamos revista a un sinnúmero de personajes de nuestra juventud.

Es consecuente que Montaner se oponga a los puntos de vista del presidente estadounidense, y así, enumera los que entiende que son los “cinco errores” de Barack Obama en su nueva política hacia Cuba.

Esencial entre esos errores es, para Motaner, lo que denomina “el daño hecho a la oposición democrática”.  Resume la que estima que ha sido la conducta de la oposición a la Revolución, en esta demanda  que esos opositores han formulado:

Sentémonos a conversar y entre cubanos busquemos una

             salida democrática. El problema es entre nosotros, no entre

             Washington y La Habana.

Pero esa perspectiva no es cierta. La contrarrevolución ni siquiera combatió por cuenta propia a la Revolución: fue, desde el primer momento, a procurar el apoyo y el financiamiento del gobierno de los Estados Unidos. La única acción militar de real importancia llevada a cabo contra la Revolución Cubana fue la invasión que terminó por ser, para ellos, “la derrota de Bahía de Cochinos” y, para nosostros “la victoria de Playa Giròn”. Y esa invasión –de exiliados cubanos– fue organizada, entrenada, armada y financiada por la CIA.

Tuvimos siempre una “viceburguesía”, como hemos tenido una “vicecontrarrevolución” y una “vicedisidencia”. La Revolución aprendió que la paz no vendría de un diálogo con el exilio sino de la deposición por parte de Washington, de una conducta agresiva que tiene más de cincuenta años, porque ese exilio siempre se ha subordinado a Washington. El daño que Montaner siente que la nueva política de Obama la hace a la contrarrevolución cubana, es la prueba palpable de una dependencia que nunca ha dejado de existir. Washington los ha sostenido por más de 50 años, y acaso por ello han creído que Cuba es, para los Estados Unidos, el problema más importante y que ellos serían capaces de incidir siempre en la orientación de la política norteamericana.

Para Montaner, los Estados Unidos renunciaron desde los tiempos de la presidencia de Lyndon B. Johnson a aplastar la Revolución Cubana. Para entonces, el complejo militar industrial de los Estados Unidos, había conducido a ese país al callejón sin salida que fue la guerra de Vietnam, y que comprometió todo el poderío norteamericano en una contienda que iban a perder.

Con respecto a Cuba, acaso suponían el costo que podría tener una guerra casi en sus fronteras con un pueblo que no claudicaría, pero la voluntad de deponer al gobierno de la Revolución no ha dejado de existir entre las élites gobernantes de los Estados Unidos. A partir de la presidencia de Johnson predominó el terrorismo (atentados personales, sabotajes, incendios de edificios) y el bloqueo económico, comercial y financiero que rige aún y que con la ley Helms-Burton alcanzó niveles de extraterritorialidad impresionantes, al punto de motivar las protestas de los aliados europeos de Washington. Me parece de un eufemismo desatado calificar esa política como “de contención”. Fue una política de exterminio a través de los modos que a la CIA le pareció viables.

Hubo en efecto una política de “contener a Cuba” y fue exitosa en la medida en que hizo abortar los movimientos guerrilleros que surgieron en los años sesenta, inspirados en la Revolución Cubana. Únicamente el FSLN nicaragüense consiguió la victoria frente a la despreciada tiranía de Anastasio Somoza jr., y eso, porque entonces gobernaba Jimmy Carter; muy poco después, el gobierno de Ronald Reagan, le impuso una guerra sucia a Nicaragua, como el de Johnson había invadido la República Dominicana para impedir que Juan Bosch fuera presidente, pese a haber sido democráticamente electo.

Es falso que los Estados Unidos tengan un liderazgo ético en América. Quien estudie el proceder de los Estados Unidos en el continente tendrá que admitir que nunca ha procurado el establecimiento de la democracia. La “defensa de la democracia” ha sido el estandarte tras el cual se defendían los intereses norteamericanos. Ello no ha cesado. Acaso no proclaman la estrategia del big stick pero, después de Jimmy Carter, promueven el golpe de estado contra Hugo Chávez, la deposición de José Manuel Zelaya por los militares, y el golpe parlamentario a Fernando Lugo, en Paraguay. La diferencia es un hipócrita amago de pudor que ya no coloca a un general golpista en la presidencia, sino a un parlamentario como Roberto Micheletti.

Su apoyo a la injusticia en América Latina y a las peores tiranías, fue llevado adelante para defender a toda costa los grandes intereses estadounidenses, y ello depauperó hondamente un liderazgo norteamericano, diametralmente alejado de la ética.Lo que no pudo contener Estados Unidos a pesar de su poder financiero, militar y mediático, fue la incidencia de las ideas de independencia y de justicia social vinculadas a la Revolución Cubana.

Robert Kennedy, asesinado cinco años después que su hermano presidente, lo había dicho: “la revolución en América Latina es inevitable: hagámosla nosotros”.

En verdad, no querían hacer la revolución sino apenas reformar el capitalismo para salvarlo, pero el plomo de la ultraderecha abatió el reformismo de los Kennedy. Los antiguos griegos sostenían que “los dioses ciegan a los que quieren perder”. El gran dinero estadounidense se ha cegado y ha motivado la aparición de una América Latina inconcebible cincuenta años atrás. Una América Latina de los más diversos matices ideológicos pero que, cada vez más, se desmarca de la dependencia de los Estados Unidos.

Ya a fines del siglo XIX, José Martí había visto cómo lo que él llamó “el culto desmedido a la riqueza”, había transformado la democrática república norteamericana en una “república de clases”. Para ser presidente de los Estados Unidos hay que invertir millones de dólares en la campaña electoral: o el presidente es millonario o es financiado por los millonarios, y queda así decisivamente comprometido con ellos.

Enrique Krauze escribe sobre “el histrionismo incendiario” de Chávez, pero no es capaz de reconocer que ganó limpiamente cada vez que aspiró a la presidencia, como tampoco dice que los partidos sostenedores del orden burgués en México, vinculados al poder imperial de los Estados Unidos, han despojado a Cuathemoc Cárdenas y a Andrés Manuel López Obrador de sus respectivas victorias electorales.

Para Krauze, ideólogo de ese stablishment mexicano, en la Cumbre de las Américas no hay que tratar la conmistión del poder político con el crimen y el narcotráfico en su país

–brutalmente exhibida en la masacre de Ayotzinapa– sino lo que considera que es “la falta de libertad política en Venezuela y Cuba”.

No me parece extraño que Barack Obama intente no aceptar a Cuba sino tratar de encontrar otros medios para oponerse al socialismo cubano, ante el que han fracasado los diez presidentes que le han antecedido. Como intentará retomar un dialogo con la América Latina que la torpeza de George W. Bush cortó abruptamente hace diez años.

Todo parece indicar que el presidente norteamericano ha empezado a retomar, en sus últimos dos años en la Casa Blanca, el programa por el que lo eligió la mayoría de sus paisanos.

Deja un comentario

A %d blogueros les gusta esto: