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Viaje aI extremo de una isla. Parte I: Camagüey

Salimos un lunes al mediodía. Me acompañaba mi colega Lis García, también una agenda, tres plumas, una grabadora, y una cámara que viajó de Canadá para “congelar” en el tiempo las imágenes que cada día capturo en mi Isla. Me frotaba las manos ante mi nuevo viaje rumbo a Baracoa. Las ganas de reencontrarme con mis amigos de bloguerías eran inmensas, sobre todo después de mi dolorosa ausencia al último encuentro celebrado en Camagüey.

Llegamos a la Ciudad de los Tinajones tarde en la noche, sin más ganas que hospedarnos de una vez y darnos una bendita ducha. Bajo el agua caliente rememoré cada instante transcurrido durante el viaje desde Matanzas y que luego plasmaría en mi agenda.

Vinieron a mi mente aquellas señoras que nunca se pusieron de acuerdo por las estrecheces de espacio de una, y el derecho soberano e inalienable de la otra a reclinar el asiento de la yutong, “mijita es que esto lo construyeron los chinos y ellos son diminutos, pero yo estoy gorda y me estás oprimiendo mi abultado estómago”, para recibir por respuesta “no puedo hacer nada por ti chica, yo pagué mi pasaje y tengo derecho a ir cómoda”. En esa alharaca pasaron la mayor parte del viaje impidiendo mi lectura. Mientras, Lis dormía como una marmota ajena a todo.

Por suerte también presencié la humanidad de los cubanos cuando un viejito tosía sin descanso, hasta que una joven le preguntó si era alérgico ofreciéndole no sé qué medicamento. En todas esas cosas pensaba al irme a la cama, con unos deseos muy grandes de que amaneciera de una vez para recorrer Camagüey nuevamente. Y así sucedió.

Con la luz de la mañana partimos mi colega y yo a “zapatear” Camagüey. Primero llegaríamos al periódico Adelante para reportar nuestra llegada. Allí nos recibió un tal Valdivia, -mi hermano de la Universidad- y nos llevó hasta la Upec donde nos comunicaron que podíamos almorzar. Aun faltaba tiempo para la hora del almuerzo, por lo que decidimos esperar. Pero apenas habíamos comido el día anterior, así que la espera duró muy poco. Tras recorrer solo dos cuadras Lis y yo nos lanzamos una mirada cómplice y casi regresamos corriendo a la Casa de la prensa camagüeyana, para enfrentarnos al excelente potaje de frijoles que nos esperaba desafiante.

Luego de reponernos salimos con nuevos bríos a redescubrir Camagüey. Pero tan solo avanzar dos cuadras el celular de Lis comenzó a sonar. Era Mary Romero exigiendo nuestra presencia en la Upec. Con Mary en la tropa ya el encuentro de blogueros cobraba cuerpo. Para mayor alegría allá nos esperaba Kako, el flamante fotógrafo del equipo, (son unos cuantos más) y su novia, a quien no conocía personalmente. Luego apareció el hermano Raúl y su novia, y ya me sentí a gusto.

Después del almuerzo finalmente caminamos la ciudad. Si desde mucho antes los habitantes de esa villa destacaban por su orgullo camagüeyano, hoy este debe rozar el cielo. Camagüey se renueva constantemente, envidia sana que embarga a un matancero que observa sin entender como en su propia ciudad sucede todo lo contrario. A veces me amilana el sufrimiento de tener que esperar 500 años para que a Matanzas lleguen definitivamente los buenos tiempos. Y me desinflo cuando saco cuenta con mi dedos y no me alcanzan, porque de 320 años a 500 van par de siglos, y yo no duraré tanto como Matusalén, ni tampoco me interesa. Pero bueno, estas disquisiciones no vienen al caso. Hablábamos de Camagüey y su belleza.

Un bulevar cómo Dios, o el buen gusto manda; una calle dedicada al cine, con innumerables establecimientos gastronómicos con motivos cinematográficos; descubrí hasta un parquecito japonés, que se suma a las emblemáticas estatuas de bronce de la Plaza el Carmen, y las calles laberínticas que siempre te conducen a una fachada colonial muy bien conservada. Me imagino que los estudiosos de la arquitectura y los historiadores del arte se den un festín cuando recorren la añeja Puerto Príncipe.

Ya en la noche nos recogimos a nuestros habitáculos, ubicado en la Escuela de Ciencias Médicas. Tarde en la noche regresé a Matanzas por unos minutos de la mano y el arte de Kako, con su documental Hombres de Cocodrilo, o Cocodrilo simplemente. En esa oportunidad creamos una especie de cine debate con la primera avanzada de la guerrilla. Después solo nos quedaba descansar, porque dentro de muy pocas horas, sobre las tres de la madrugada, partiríamos hacia Guantánamo donde nos esperaban grandes vivencias. Entreví en ese instante que no haría uso de la agenda ni de la grabadora.

¿Qué escribir de Baracoa?

¿Qué escribir?, ¿por dónde empezar? ¿Por la ganas que tenía de reencontrarme con mis hermanos? Recuerdo que antes nos definíamos como amigos, pero esta vez escuché en varias ocasiones la palabra hermanos. ¿Y no es de hermano acaso que María Antonieta te pregunté cuando te despides medio tristón, si le llevas cucuruchos o barras de chocolate a tu mamá?; ¿o cuando en movimiento culto y silencioso te aprovechas del sueño del Jhonny y le hurtas el elixir mágico que trajo desde Holguín, y al descubrirlo solo muestra una sonrisa, como si los disgustos y las malas caras estuvieran desterradas de estos encuentros? ¿No es de hermano que Lilibeth te brinde su casa, su cama, su comida sin reparos?; (habrá que hablar siempre en mayúscula de la entrega incondicional de los guantanameros, excelentes anfitriones). Pero a estas alturas no sé bien por dónde empezar. Acaso por ese sentimiento inevitable que siempre me acompaña cuando me alejo, cuando la tristeza llega de sopetón después de días de dichas; cuando en cada beso de despedida, en cada abrazo, bien pudiera soltar una lágrima.

Lo peor vienes después con el regreso a tus días normales, o más bien anormales y aburridos, carentes por completo del sobresalto por las alturas, sin ríos que cruzar, sin el chiste constante e inteligente que provoca la carcajada contagiosa, sin pueblitos atractivos y majestuosos desde su humildad, montes y lomas que te dejan sin aliento, sin esos paisajes mágicos que vislumbras a cada paso.

Desde que me enrolé en esta nuestra hazaña de descubrir a Cuba y su gente, sin importar la lejanía ni el difícil acceso, me considero más cubanos, con mucha más información sobre mi país, con una perspectiva mucha más amplia de mi realidad. Siempre hablo como matancero, pero bien pudiera hablar y entender las ganas de sentir de un pinareño, o un guajiro del Nicho, o del Uvero, o esta vez de un campesino que ancló su vida, sus sueños y su felicidad en las estribaciones del Yunque donde cultiva el cacao.

Yo me considero dichoso y en Playita de Cajobabo lo entendí mejor: no tengo esto ni lo otro, y me falta aquello, pero tengo una guerrilla de buenos amigos, si no pregúntenle a Albita y Darío quienes me cuidaron y quisieron como un niñito en las casi 20 horas de viaje de regreso hasta la Habana. Esas acciones te marcan para toda la vida, y no temo decir que solo cuando nos reencontramos me insuflo nuevas energías como una pseudoefedrina en vena.

Solo eso quería decir. Después hablaré de lo demás, de las piedras -chinas pelonas se llaman- que recogí en las playas y ríos de Guantánamo, y que desde hoy muestro en la sala de mi casa con orgullo como si yo fuera Marco Polo mostrando su gran tesoro hallado en el Oriente; hablaré también del cacao, de los paisajes que me dejaron sin habla a todo momento, porque no encontré un solo adjetivo o una frase competente que se ajustara a tanta belleza. Por ahora, cuando regreso a mis labores cotidianas miro por la ventana y escucho dos gorriones disputándose un pedazo de pan, enciendo un cigarro, y solo pienso en el reencuentro.

 

Posteado por: arnaldomirabal.

https://arnaldobal.wordpress.com/2015/05/20/que-escribir-de-baracoa/

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