Cinco pesos en Bartolomé Masó o Guerrilleras sí o sí

12190884_1016261245104792_2111566140544209650_nLa gente buena anda regada en este mundo. Son blancos, negros, colorados, usan barbas o andan con la piel en cero. Son hippies, reppas, rockers. Van de uniforme o de paisano. La gente buena nos sorprende a veces en medio de la mierda, en medio del desierto, en medio de la hipocresía y del marasmo.

En eso andaba pensando en esa mañana, al pie de la cadena de montañas de la Sierra Maestra. Habíamos desistido de subir a la cima más alta de Cuba, la K y yo, y regresado a espantar el sueño tranquilo del custodio del Parque Nacional Turquino, acomodado sobre una mesa de tablas de madera semipulida.

Era de baja estatura y tenía una voz rara, una voz de esas que bien le cabrían a los muñequitos de la television, para personificar una lagartija o algún otro bicho que nos imaginemos altisonante, pero era un hombre amable, tanto que nos regaló el resto del sueño que le quedaba y era algo, alguito si es verdad que el guajiro está medio emparentado con las gallinas en eso de levantarse antes que el sol.

“Ustedes no saben de lo que se salvaron”, nos dijo, y de pronto me sentí un poco más reconfortada. Yo me sentía una rajada, una floja, una compañera inmerecida de aquel viaje y de aquellos consortes. “Uno que nació entre estas lomas se las siente cuando empieza a subir. Imagínense ustedes. De dónde vienen, por cierto?”. “Yo soy de Guantánamo”, dije yo. “Yo soy de Holguín”, aclaró la K. “El resto de todas las provincias excepto Cienfuegos, Villa Clara y la Isla”, continuó.

Yo había virado porque no podía más. Sencillamente empecé a subir la loma hasta el Alto del Naranjo -la pendiente más inclinada de Cuba, nos había dicho el carpeta de la institución- y me abandonó el aliento y la confianza, y sentí en el talón izquierdo una punzada conocida. Subir sin la certeza de valerme por mí misma no era una opción. En la montaña, no valerse por sí mismo es ser una carga y yo no rehusaba a afectar la marcha del grupo, a ser un obstáculo para la boda soñada en el Turquino por Rodolfo y Karen. La K y su catarro congestionándole el pecho coincidieron conmigo.

Así que la mañana nos agarró en un banco del campamento de Santo Domingo, a 18 kilómetros de un sendero de subidas y bajadas hasta la cima de Cuba y su busto de Martí, y sus historias increíbles.

Mirándolo, tuvimos suerte. A Santo Domingo va un carro una vez a la semana, el jueves. Y eso era, un jueves de resplandores increíbles, y rocío, y sonido de río bravo al fondo. Luego, supimos que en realidad estábamos premiadas. Aquel almatroste se había pasado dos semanas sin subir, pero ahí estaba, listo para tragarse un montón de gente que bajaba al llano a turnos médicos, a visitas, a hacer trámites, a apertrecharse de lo que escasamente puede encontrarse en esa serranía.

Nosotras no teníamos dinero. O casi. Tres pesos que por casualidad se quedaron en mi bolso no es dinero en ninguna parte del mundo y lo sabíamos. El dinero, junto con todo lo demás, se había quedado en el campamento. “Cuando se sube esas lomas hasta el carné pesa”, había advertido el Turquinauta en un post y nosotros seguimos la máxima al pie de la letra: En la mochila, solo lo imprescindible, “Y allá arriba, nos había dicho alguien, no era necesario el dinero”. Por suerte, cada pasaje costaba un peso. Todavía sobraba uno.

Hombres ágiles y no tanto, mujeres de todas las edades, niños en brazos -algunos de unos pocos meses- se juntaban como podían para formar una carga de cuerpos luchando como podían con la inercia, con la escasez de algo a lo que agarrarse en aquellas subidas y bajadas. A nosotras, a la K y a mí, nos impresionaron las madres con niños pequeños. A mí, tan sobreprotectora con la mía, tan gallina con sus pollitos, se me ocurrió que aquello era una irresponsabilidad mayúscula hasta que caí en la cuenta de que, no importa la edad que tengan, el único medio de transporte posible para los habitantes en esas montañas de pendientes imposibles era un camión justo como aquel, y que,  en realidad, yo, precisamente la misma que había renunciado a vencer la pendiente, no estaba en posición de juzgar a nadie.

Para ser sinceros, las que más trabajo pasamos en subir fuimos nosotras. La K y yo. Yo subí primero y me gané sendos raspones en los codos. La escalerilla, que no habíamos visto hasta el momento de la verdad, estaba al lado de la cabina del conductor, y estaba desvencijada y ruda, sin nada de qué apoyarte más que en las ganas de subirte en aquel camión y enrumbar rumbo al llano. La K vino después. Casi se enreda con un pequeño bolso de tela, pero lo atajamos a tiempo para evitar desgracias y acomodarnos en medio del gentío.

El camino hasta Bartolomé Masó fue una mezcla de asombros y vaivenes. “La Farola no le hace nada a estas lomas”, me había dicho uno del grupo en medio de la noche, mientras el camión sorteaba a paso de hormiga las lomas que ahora podíamos ver con todo el esplendor. Y es verdad. La Farola tiene sus abismos, su vértigo, pero ni la loma más complicada se compara con aquellas.

El paisaje, ya sin ánimos de comparaciones, es apabullante. Cadenas de montañas de varios tonos, abrazándose en sus cimas verdeazuladas, recién besadas por el sol, con sus abismos y sus casas imposibles, contrariando la lógica y la gravedad. Y los rios, y la presa que -me dijo un pasajero- estaba casi al rebazar su capacidad, que es casi el doble de la presa de mi ciudad, la Faustino Pérez.

-o-

A Bartolomé Masó llegamos una hora después. Cansadas. Yo con sed y la K con una enorme necesidad de ir a un baño. Y un peso en los bolsillos, o en el bolso de la K, donde lo habíamos puesto con cuidado de que no se nos fuera a perder, a caer…., como si aquella moneda pudiera realmente hacer la diferencia.

El baño le llegó a la K luego de muchos remilgos de una señora que no se cansó de advertirnos de que, en aquella taza, nada más que líquidos. En la vida, así como hay personas buenas, desprendidas, sencillas…, hay otras que te lo ponen todo más difícil, o que ceden después de negar, de maldecir, usando a su antojo la pequeña y dramática cuota de poder que te da la posesión de la llave de un baño que, siendo como era de una cafetería, debía de ser público.

Pero todavía teníamos el asunto del dinero. Un peso para dos personas que necesitaban ser pasajeros de algo que fuera hacia el Caney de las Mercedes, donde nos esperaba un piso, o una cama, donde nos esperaba el origen de aquel viaje que no fuimos capaces de completar.

Yo revisé mi morral. Solo lo imprescindible incluía un par de latas de bebidas energizantes. Zumo de velociraptor, había bromeado Itsván cuando me vio comprarlas casi llegando al campamento, un día antes. Eran la salvación. Venderlas a un precio menor al oficial en alguna tienda en divisa era la solución así que empezamos a caminar, dos, tres puntos de venta en los que había de todo, menos aquellas benditas bebidas.

La K propuso ir a la policía. Quizás, reflexionó, podríamos contarles lo que nos había pasado y pararnos un carro que nos llevara hasta el Che, pero finalmente nos sentamos en un banco y nos reímos con la idea. Frente a nosotros, un policía conversaba con un hombre de civil cuando se acercó un hombre con un retraso mental evidente y malformaciones en todo  el cuerpo. En un giro, se acercó al uniformado y puso su cabeza bajo el brazo del otro, que lo acercó en una rara caricia que ambas, la K y yo, observamos desde el principio -francamente- esperando una reacción diametralmente opuesta.

Ese gesto inesperado, pensándolo desde la distancia- fue el que me levantó del asiento y me impulsó a cruzar la calle donde, a esas alturas, solo quedaba el policía y el primer hombre que, al verme llegar, se apartó hasta que lo perdí de vista. Quizás fue eso, quizás fue la desesperación, pero el hecho es que empecé a contar al policía cada peripecia -desde nuestra profesión, el camión rugiente loma arriba, hasta el desfallecimiento y la retirada-, mientras este me escuchaba con toda atención.

“No subir fue lo mejor que hicieron, yo tuve que subir en mayo para bajar a un muerto, y aquello fue lo peor del mundo”, me dijo al punto y me preguntó qué podía hacer por nosotras. “Bueno, en realidad, queremos saber cómo llegar hasta el Caney de las Mercedes”, le respondí. “Fácil. Ahora mismo salió una guagua para allá, pero van hasta ese claro -y señaló la plazoleta donde nos había dejado el almatroste- y seguro aparace otra cosa”. “Y cuesta… más o menos”. “Unos tres pesos por persona”. “Y no hay algo, digamos, más barato, o gratis. Es que tenemos un peso, y somos dos”, le dije con la esperanza de que alargara la mano para detener algún transporte salvador y eso hizo, o por lo menos algo parecido. Metió la mano en un bolsillo y sacó sin susto de equivocarse un billete de cinco pesos. Yo me puse roja y miré a la K, que no podía evitar una sonrisa al otro lado de la calle. Que conste que me negé, que le dije que no hacía falta aunque sí hacía…, pero fue más fuerte el cansancio, y la sonrisa de la K, al otro lado de la calle.

“Yo solo espero que un día, si ando botado por ahí, me veas y te acuerdes”. Le di las gracias dos, tres, cuatro veces. Las iba mascullando incluso cuando no podía verlo. Ahora mismo no sé si mi entusiasmo le plantó un beso en la mejilla, y si no debería haberlo hecho: es lo menos que se merecen esos seres así, esa gente buena que uno se encuentra en cualquier parte, esa gente que con su buen talante y con su ayuda, salva para la bondad lo mejor de los días.

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