Archive for: septiembre 7th, 2017

Lo que Fidel le dijo a Lula: Realidades silenciadas.

tomado del blog La Pupila Insomne

En días recientes se han estado publicando en la web algunos análisis que recomiendan para la producción de alimentos en Cuba copiar soluciones de otros países de clima, demografía y recursos energéticos e hídricos muy diferentes. Sobre alguna de esas comparaciones ya escribí antes en el texto “Hay que decirlo todo” pero recomiendo este fragmento que publicara Fidel de su conversación con el líder brasileño Luis Ignacio Lula Da Silva  en enero de 2008, donde se mencionan elementos que no aparecen en los referidos análisis. Antes de que aparezca  algún  combativo comentarista, aclaro que esto lo dijo la misma persona que afirmó “Revolución es cambiar todo lo que debe ser cambiado” y dedicó su vida a concretarlo, pero en ningún momento convocó a ocultar realidades objetivas como las que menciona aquí: 

Tú eres productor de alimentos, le añadí, y además acabas de encontrar importantes reservas de crudo ligero. Brasil posee 8 millones 534 mil kilómetros cuadrados y dispone del 30 por ciento de las reservas de agua del mundo. La población del planeta necesita cada vez más alimentos, de los cuales ustedes son grandes exportadores. Si se dispone de granos ricos en proteínas, aceites y carbohidratos ―que pueden ser frutos, como la semilla del marañón, la almendra, el pistacho; raíces, como el maní; la soya, con más del 35% de proteína, el girasol; o cereales, como el trigo y el maíz―, es posible producir la carne o la leche que desees. No mencioné otros de la larga lista.

En Cuba, le continué explicando, tuvimos una vaca que estableció récord mundial de leche, una mezcla de Holstein con Cebú. De inmediato Lula la mencionó: “¡Ubre Blanca!” exclamó. Recordaba su nombre. Le añadí que llegó a producir 110 litros diarios de leche. Era como una fábrica, pero había que darle más de 40 kilogramos de pienso, el máximo que podía masticar y tragar en 24 horas, una mezcla donde la harina de soya, una leguminosa muy difícil de producir en el suelo y clima de Cuba, es el componente fundamental. Ustedes tienen ahora las dos cosas: suministro seguro de combustible, materias primas alimenticias y alimentos elaborados.

Se proclama ya el fin de los alimentos baratos. ¿Qué harán las decenas de países con muchos cientos de millones de habitantes que no cuentan con una cosa ni otra?, le expreso. Esto significa que Estados Unidos tiene una enorme dependencia externa, pero a la vez un arma.

Sería echando mano de todas sus reservas de tierra, pero el pueblo de ese país no está preparado para eso. Ellos están produciendo etanol a partir del maíz, lo cual provoca que retiren del mercado una gran cantidad de ese grano calórico, continué argumentándole.

Lula me cuenta, con relación al tema, que los productores brasileños están vendiendo ya la zafra de maíz del 2009. Brasil no es tan dependiente del maíz como México o Centroamérica. Pienso que en Estados Unidos no se sustenta la producción de combustible a partir del maíz. Eso confirma, le afirmé, una realidad con relación a la subida impetuosa e incontrolable de los precios de los alimentos, que afectará a muchos pueblos.

Tú en cambio cuentas, le dije, con un clima favorable y una tierra suelta; la nuestra suele ser arcillosa y a veces dura como el cemento. Cuando vinieron los tractores soviéticos y los de otros países socialistas se rompían, hubo que comprar aceros especiales en Europa para fabricarlos aquí. En nuestro país abundan las tierras negras o rojas de tipo arcilloso. Trabajándolas con esmero, pueden producir para el consumo familiar lo que los campesinos del Escambray denominaban “alto consumo”. Ellos recibían del Estado cuotas de alimentos y consumían además sus productos. El clima ha cambiado en Cuba, Lula.

Para producciones comerciales de granos en gran escala, como requieren las necesidades de una población de casi 12 millones de personas, nuestras tierras no son aptas, y el costo en máquinas y combustibles que el país importa, con los actuales precios, sería muy alto.

Nuestra prensa publica producciones de petróleo en Matanzas, la reducción de costos y otros aspectos positivos. Pero nadie señala que su precio en divisas hay que compartirlo con los socios extranjeros que invierten en las sofisticadas máquinas y la tecnología necesarias. Por otro lado, no existe la mano de obra requerida para aplicarla intensivamente en la producción de granos, como hacen los vietnamitas y chinos cultivando mata a mata el arroz y extrayendo a veces dos y hasta tres cosechas. Corresponde a la ubicación y tradición histórica de la tierra y sus pobladores. No pasaron antes por la mecanización en gran escala de modernas cosechadoras. En Cuba hace mucho rato que abandonaron el campo los cortadores de caña y los trabajadores de los cafetales de las montañas, como era lógico; también gran número de constructores, algunos de la misma procedencia, abandonaron luego las brigadas y se convirtieron en trabajadores por cuenta propia. El pueblo sabe lo que cuesta arreglar una vivienda. Es el material, más el elevado costo del servicio que le prestan por esa vía. El primero tiene solución, el segundo no se resuelve ―como creen algunos― lanzando pesos a la calle sin su contrapartida en divisas convertibles, que ya no serán dólares sino euros o yuanes cada vez más caros, si entre todos logramos salvar la economía internacional y la paz.

Los ojos de Giustino y el regreso de Fabio Di Celmo

por Gabriel Torres Rodriguez

tomado del Blog GbayCuba
Los ojos de Giustino Di Celmo encerraban un abismo triste, profundo, negro. Quizás la tristeza los cegó para siempre, aunque nunca hubieran perdido la capacidad de escudriñarlo todo. Conversar con él siempre resultó una lección de humildad. Este redactor tuvo ese honor en varias ocasiones de su etapa universitaria. El anciano italiano en muy pocas oportunidades faltó a la cita futbolera que convoca desde hace más de una década la Universidad de Matanzas en honor a su hijo.
La Copa de Futbol Sala Fabio Di Celmo ya es, por tradición, un canto atlético a la paz, la solidaridad y la amistad entre las naciones y tuvo como su máximo patrocinador y más ferviente seguidor, desde su segunda edición, al viejo Giustino. ¿Por qué?
Fabio fue un amante empedernido del balompié. Comenzó las prácticas a la edad de siete años y casi todos sus pasatiempos infantiles estuvieron relacionados con ese deporte. Su pasión lo hizo debutar con el equipo Asociación Calcio, de la ciudad de Génova, y pese a tener sobradas condiciones, nunca quizo convertirse en profesional.
De acuerdo con su padre, a él le gustaba el fútbol para disfrutarlo, para divertirse y no para sentirse presionado por las exigencias que requiere un equipo profesional.
Este primero de septiembre, marcó dos años de la partida física de Giustino, mientras que el lunes último se cumplieron 20 del asesinato de Fabio en el hotel Copacabana, víctima del terrorismo contra Cuba.
El único partido de fútbol que jugó el joven en nuestro suelo fue en el municipio habanero del Cotorro, el 17 de diciembre de 1996. Su sueño de traer a los integrantes del Sciarborasca, su equipo, a jugar a la mayor de las Antillas quedaría trunco a causa de la campaña de terror organizada y financiada por la CIA contra los hoteles de La Habana en 1997.
Los esbirros contratados por Luis Posada Carriles troncharían los 32 años del joven Fabio y le arrancarían de cuajo el hijo menor a Giustino, quien por ese triste suceso decidió no irse nunca de Cuba y morir aquí.
Sobre su muerte, Posada Carriles diría en 1998 al The New York Times que esta había sido un caso imprevisto, de esos que se llaman “daños colaterales”, “ese italiano estaba sentado en el lugar equivocado en el momento equivocado”, mientras que para concluir espetaba que tenía la conciencia tranquila, “duermo como un bebé”.
Luego de dos décadas de esos viles sucesos, el más connotado terrorista del hemisferio occidental, vive tranquilo e impune en la ciudad de Miami, al cuidado de los monstruos que lo crearon.
Por su parte, el afligido padre, quien fuera veterano de la Segunda Guerra Mundial y luchador antifascista, desafiando a las amenazas que se cernían contra Cuba, brindó ayuda en la obtención de mercancías deficitarias para el pueblo cubano y dedicó los últimos años de su vida a la denuncia de los actos terroristas contra nuestro país desde las más diversas tribunas; no cesó de abogar por la solidaridad internacional con la Isla y por el levantamiento del bloqueo genocida impuesto por el gobierno de Estados Unidos.
En una de esas pequeñas pláticas que entablamos en la Universidad, muy cerca de la cancha y del bullicio juvenil, me comentó que “Fabio amaba mucho este deporte. Esa siempre será mi motivación. La motivación de un padre que perdió a su hijo joven y sólo quiere hacerlo feliz. Creo que haciendo esto, lo estoy haciendo feliz. Sé, que entre estos muchachos y muchachas que se preparan para jugar al fútbol, está Fabio”.

LOS PUNTEROS VUELVEN A SUS PUESTOS AL CONCLUIR LA 8va SUB SERIE y VILLA CLARA DESPIERTA DEL SLUMP

tomado del blog 27 GianCarlo Staton

-1-

Pinar, Las Tunas y Ciego

se acomodan en su silla

“Leones” salvan honrilla

lanzando Entensa gran juego

pronostico que desde luego

hice muy anticipado

al ser un pitcher granjeado

de sobrada experiencia

que sólo con su presencia

el bullpen ha mejorado.

-2-

Dijo adiós al maleficio

el nocaut de Villa Clara

un equipo que a las claras

integran hombres con oficio

su caída al precipicio

bien la pueden evitar

solo falta reeditar

ese triunfo ante Camaguey

donde Norel fue el rey

dispuesto siempre a batear.

-3-

Yosvani Torres, es un estelar

de probadas condiciones

en sus cinco apariciones

muestra un dominio sin par

mucho más puede aportar

Lazo,…en él tiene confianza

ser campeón es su añoranza

como en la Serie cincuenta

pues su tropa bien contenta

nunca pierde la esperanza.

-4-

Si “Irma” permite jugar

en el vetusto “Sandino”

“Azucareros” jueguen bien fino

ante el “Saurio” tan letal

que su pasión ideal

es la naranja pelada

sea jugo, mermelada

lo mismo verde ó madura

con su fuerte mordedura

no te acuerdas de más nada.

—000—

EL POETA YUMURINO

Matanzas 6 de Septiembre de 2017.

El grumete y los tiburones

Por Lázaro David Najarro Pujol/Ilustraciones René de la Torre

(Del libro inédito de crónicas Muchachos de los Canarreos)

tomado del Blog Camagüeybaxcuba

Las corúas revolotean al paso de la embarcación. Solo faltan algunas horas para que el sol se esconda en el horizonte. Navegamos una vez más hacia el golfo. Habíamos salido de la Pasa del Vapor. En el vivero del bonitero 79 de la Flota Pesquera de Cayo Largo del Sur saltan las diminutas manjúas, principal materia prima para engoar el bonito. Los pescadores localizan los cardúmenes de distintas formas: mediante el pájaro delator. Benito conoce de cabo a rabo las zonas de pesca de Isla de Pinos.–Pero a bordo del barco nosotros sabemos buscar las marcas pa’ localizar el pez, pero hay un tripulante que es muy bueno con los prismáticos en la mano.

–Si, me comentó Fausto, que los ojos del Galleguito son prodigiosos.

–Usa mucho, como se dice por ahí, el «sexto» sentido que hasta ahora no le ha fallado.

– Míralo…

El Galleguito se sitúa encima de la caseta de popa y en esa posición escudriña el cielo y el mar en busca de las gaviotas, el rabihorcado u otra ave marina que indique dónde puede estar la mancha de bonito.

–Observa al Este, Galleguito, me parece que vi un ave.

–No, al Este no se aprecia nada.

–A veces es necesario mirar más allá del horizonte pa’ poder localizar al pájaro delator y, el Galleguito, con sus ojos de águila, lo hace con extraordinaria facilidad –me dice Benito.

–Entonces, Benito, en el caso del Galleguito no vale el refrán de que quien más mira, menos ve.

–Así es.

El Galleguito combina experiencia con la vitalidad de su juventud. El pescador escucha contento la conversación entre el patrón y yo. Sin dejar la observación responde a mi curiosidad:

–Tengo que agradecer eso a Benito, a Fausto y a muchos otros que me enseñaron a ver con los anteojos, porque la primera vez no podía adaptarme y entonces practiqué bastante. Siempre la tripulación confió en mis ojos.

Desde que el barco salió del quebranto, El Galleguito se mantiene en la caseta de popa en busca de movimientos de gaviotas, rabihorcado…, para indicar al patrón hacia dónde está la mancha de bonito. A veces, centenares de esas aves marinas andan juntas y facilitan el trabajo.

–Hoy no es nuestro día. No se ve una puñetera gaviota.

–No te desanimes, en cuanto caiga un poco el sol, aparecerá la mancha –le responde el patrón.

Pasan dos horas de constante búsqueda y solo se ha podido localizar un rabihorcado aislado, perdido en la azul lejanía. Benito cambia el rumbo y el Cayo Largo 79 se adentra en el profundo golfo. De pronto la voz del Galleguito pone en tensión a la tripulación.

–¡Benito, Benito! ¡A sotavento la mancha!

–Mantén la mirada al suroeste.

–Oye, Benito, ya estamos encima de la mancha.

–Oye, no te apures Galleguito.  Todo a su tiempo. Ustedes, Cachirulo, Fausto, Álvarez… ¿qué esperan para tomar la vara? Muévanse rápido.

–Despreocúpese, Benito, que antes de entrar a la mancha estaremos ahí –responde Fausto.

.La embarcación se dirige hacia la mancha.  Se divisan las gaviotas que se lanzan con rapidez en pos de los peces.

–A toda máquina.

–Benito, ya se ve el hervidero de agua y espuma de los bonitos detrás de la manjúa –le digo.

–Ahora si va a picar el peje, ya tú verás que sí.

El Cayo Largo 79 tiene en la popa un pequeño balcón de madera. Sobresale de la cubierta, en el espejo de popa, como un metro y medio. Protege al pescador, escasamente, hasta más abajo de la rodilla.

–Fíjate, muchacho, cómo las gaviotas se lanzan en busca de peces pequeños que vienen en la mancha –me dice Fausto.

Entonces comprendo lo que Benito me había dicho al salir de la Pasa del Vapor:

«La gaviota, como los tiburones y el pez gata, es fiel guía de los pescadores boniteros».

–¡Atentos muchachos! –alerta el Patrón.

Pronto se ve la presa a nuestras espaldas. Benito, modera la marcha. Navegamos a una velocidad de dos millas por hora. Comienzan los movimientos y los preparativos de la faena de este atardecer.

–¡Arriba! ¡Arriba! En un momento como éste todo el mundo tiene que estar en acción, incluso tú David –me dice el patrón.

–Lo que usted diga, Benito. Espero sus órdenes.

–Mantente ahí. Yo te avisaré.

Cada quien ocupa su puesto. En el barco estamos ocho tripulantes. La mayoría se ajusta los camisones de lona para protegerse de las espinas y del contacto directo y fuerte del bonito. En los tinteros colocan el extremo inferior de la caña de pescar. Benito, con la vara en una mano y el timón en la otra, comienza la maniobra circular alrededor de la mancha. Mira al manjuero.

–¡Arriba, arriba! Échale, chico, que ya viene por la vuelta –Benito da órdenes sin levantar la vista de la vara.

–Ahora Galleguito, engole la mancha con más brío. Échele bastantes manjúas.

El Galleguito engoa la mancha para atraer los peces. El movimiento es peligroso. Cuando está en la banda tiene casi el cuerpo entero fuera de la cubierta: de la rodilla hasta la cabeza. Además, del manjuero, el resto de la tripulación está en constante peligro ya que entre uno y otro pescador sólo media una cuarta.

–Tengan cuidado que con el anzuelo pueden enganchar al compañero que tienen a su lado –previene a Álvarez.

–¡Arriba, dale que está picando!

Todos están en tensión. La manjúa es lanzada viva al mar.

–¡Agarra, David!, ¡agarra el timón! Oye, pero continúa los movimientos circulares alrededor de la mancha. No podemos perder esta oportunidad que el peje está picando.

–¡Benito, Benito!, ¿eso que viene en popa es una ballenato? ¡Nos va a virar el barco! ¡Estamos perdidos! –me preocupo.

–No, muchacho, no. Eso es un pez dama. Así tan grande como tú lo ves solo come peces pequeños. Vamos, no pierdan la mancha.

El patrón realiza constantes giros. Está inquieto. Benito, Cachirulo y Fausto traen a cubierta los primeros ejemplares. Lo sigue Álvarez, quien a pesar de iniciarse en esas faenas lo hace muy bien. Parece indicar que tiene cierta experiencia o aprende rápido. Pronto la popa se ve ensangrentada por los bonitos.

–¡El peje está picando y hay que aprovechar la abundancia! ¡Cómo ésta no tendremos otra oportunidad!

La tripulación realiza movimientos casi perfectos mientras yo guio el barco.

–Arriba, muchachos que esta mancha es nuestra.

«Benito tiene razón. Esto es único. Realmente la pesca del bonito es emotiva. Desde el instante que se localiza la mancha siento una alegría inmensa». Pienso.

Sobre el azulado golfo los peces comienzan a brincar. Nos enloquecemos. «Parece que esta vez no será como en las anteriores que se le ha echado la carnada y el pez no ha querido picar. ¡Pero de dónde salen tantos peces! Es imprescindible aprovechar el cardume en cuando se aproxime a la popa».

–¡Oye, David, aprende, que te necesito como engoador! ¡Estos peces están locos por comida!

–Cuando quieras, Benito.

Suben sincronizadamente los bonitos.

–Oye, Neno, toma el puesto de David y usted, David comience a engoar. Necesito al Galleguito aquí con una vara

Son cinco hombres que se agitan como gladiadores sobre el balcón de popa.

–Usted, Orlando, encargase de ordenar los bonitos capturados.

El mar está picado. Las olas sobrepasaban la cubierta y las aguas salen por los imbornales. La operación de los hombres es precisa, segura y rápida a pesar de las violentas sacudidas de la embarcación. Los pescadores sostienen con destreza sus respectivas varas de caña brava de unos 5 metros de longitud.

–Esa es la cosa, muchachos. La cubierta está repleta de bonito –se entusiasma el patrón..

–¡Y como comen estos bichos! –digo.

Sin embargo, Benito quiere aprovechar que el pez pica.

–¡Échale, David! ¡Échele! No te detengas que se nos van.

–Mira, David por la popa del barco nos acompaña una mancha de tiburones. Caramba se están comiendo los bonitos que vienen en los anzuelos.

Ahora soy el engoador. Cuando me pego a la banda a echar la manjúa tengo casi todo el cuerpo fuera de la cubierta. Quedo en el aire. Un bandazo del barco me hace perder el equilibrio.

–¡Benito, Benito, coño, el estudiante se cayó al mar!

El Galleguito está tan asustado como yo.

–¡Alabado sea Dios! –se lamenta el patrón.

Los temores dominan al viejo pescador, mientras yo lucho por agarrarme del puntal de la caseta, desafortunadamente no lo logro. «¡Carajo! Me he golpeado fuertemente el fémur izquierdo. Lo que me faltaba: las astillas de la madera me han rasgado el muslo. ¡Tengo una herida! La sangre atraerá a los tiburones».

El agua se torna roja. Estoy en el mar violento. Me agarro del neumático que se utiliza de defensa y luego me aferro al puntal.

–¡No te sueltes, muchacho! A unos metros de ti tienes tres tiburones.

No tengo casi fuerzas para subir a cubierta. Pierdo el sentido de lo que está ocurriendo. Cierro los ojos y cuando los abro, veo los tiburones cerca de mí. El miedo me paraliza. De golpe me llega a la memoria la imagen de aquella joven de ojos verdes-castaños con la que tenía un encuentro pendiente. Siento miedo de morir antes de conocer la felicidad. «¡Miedo! Tengo miedo. Ahora sí estoy entre la vida y la muerte. ¿Me habré convertido en carnada para tiburones?» Puedo morir en un abrir y cerrar de ojos. Siento que me ronda la muerte.

–¡Muchacho! ¡Agárrate bien! ¡No te sueltes pa’ nada!

El duelo comienza. El patrón, muy pálido aún, tira la vara, corta varios bonitos que lanza al mar. Coge un arpón y golpea a uno de los acuáticos que se hace fuerte.

–¡Vamos a ver si te resiste ahora carajo!

El viejo pescador le clava una y otra vez el pincho al tiburón. El inmenso animal desiste de su principal presa e inmediatamente se une a los otros dos tiburones que se precipitan sobre los trozos de bonitos.

–Rápido, Cachirulo. Agarra al muchacho antes de que se lo coman vivo. Ayúdalo usted Fausto. Hálenlo por los brazos.

–¡Dame la mano muchacho, dame la mano!

Los nervios me atenazan al ver nuevamente la sombra de un tiburón. Reacciono y, con los ojos apretados para no ver la mandíbula del tiburón cuando rasgue mis piernas, extiendo una mano.

–¡Ayúdame a subirlo, Fausto, que ya lo tengo! Así es.

–Vamos, ya lo tenemos.

Me ayudan a subir. Todo ocurre en unos segundos. Benito me echa una frazada por los hombros y me abraza. Me limpia la herida y cubre con una venda.

–¡Carajo, muchacho! qué susto nos hiciste pasar. Pero todo está bien, ¿verdad?

–¡Estoy vivo!

–¡Bien, muchacho bien!

–Estoy vivo, porque el Galleguito vio cuando me caí al agua y todo el movimiento de los tiburones –digo nervioso.

–Pensé que te devorarían. Es un milagro que estés vivo. Les vimos muy cerca, a un metro de ti. Me asustó la manera de moverse el pez, el que Benito arponeó. Nadaba muy rápido y andaba asustado. Incluso dio tres vueltas. Fue cuando Benito le lanzó los trozos de bonito. Por suerte, solo fue un susto.

–¡Menos mal! Yo creía que no iba a contar el cuento.

No puedo precisar si temblé de frío o de miedo. Ese atardecer estuve a punto de perder mi vida, aunque sólo contara con 14 años. Es mi primera aproximación a la muerte, a una muerte temprana.

Cuando caí al mar sentí una sensación de confianza y voluntad de sobrevivir, aunque fue un momento espeluznante. Pude imponerme al pánico ante la proximidad del peligro. No puedo explicarme cómo con el fuerte oleaje y el barco en movimiento logré aferrarme  al puntal y luego al barco. Con mi incidente terminó la pesquería.

–Hoy no es tú día de morir, muchacho. Te has librado de una muerte perra. ¡Dímelo a mí que casi me come uno!

El viejo pescador muestra la mordida de tiburón con orgullo, casi como un trofeo de batallas pasadas.

–Oye, Benito te asustaste más hoy que la mañana que fuiste atacado y estremecido por la mordida de aquel tiburón que te sumergió en el agua.

–Claro que si, Galleguito. No sabía lo que estaba pasando. No lo sabía. Además, era mi vida. Pero si a este muchacho le pasa algo, nunca me lo podría perdonar. Vaya, que se lo coma a uno un tiburón en plena adolescencia, no lo podría soportar.

La cubierta está ensangrentada y llena de bonitos que contorsionan en su agonía.

–Vete a descansar, muchacho. Hoy ha sido un día muy duro para ti.

Camino hacia el caramanchel de proa, aún con los temblores del susto y el frío. Cierro el camarote por dentro para que nadie pueda entrar y me acuesto. Pero que va. Apenas consigo pegar ojo. Cuando la luz del sol deja de dar en la claraboya de estribor salgo a la cubierta todavía asustado.

–¿Te sientes mejor?

Le digo que sí a Benito, moviendo la cabeza de arriba hacia abajo.

–Ya todo pasó, David. Ya conociste la vida del mar, muchacho.

Las horas pasan lentas. Próximos a la Pasa del Vapor la tarde comienza a reclinar. Pronto nos sorprende la noche. El Galleguito empuña el timonel. Benito indica con las manos que se mueva a babor, pero no entiende las señales del patrón.

–¡Galleguito a babor! A estribor chocarás con una baliza.

–Ya la vi, Benito, ya la vi. Pierda cuidado.

A pesar del contratiempo logramos una buena captura.

–Cerramos con broche de oro. Y tú, muchacho eres partícipe en el cumplimiento del plan de captura de bonito.

Fausto, Cachirulo y el Galleguito extraen las vísceras de los plateados ejemplares, mientras que los restantes tripulantes los dejan libre de sangre y los refrigeramos. Las olas son inmensas. Los maderos del barco crujen.

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