Archive for: septiembre 16th, 2017

57SNB: Los números muestran disparidad y contradicciones (+Estadísticas)

tomado del blog Universo Beisbolero

La edición 57 de la Serie Nacional de Béisbol fue detenida temporalmente debido al impacto causado por el huracán Irma en la nación insular. Luego de este hiato pasados 188 partidos, se torna interesante observar cómo les ha ido a los conjuntos en los diferentes aspectos de juego, teniendo en cuenta de modo particular el increíble paso de Pinar del Río y la mediocre defensa que se ha mostrado en general por parte de casi cada equipo en Cuba.

Para comenzar, se han anotado 288 carreras sucias hasta el momento antes de la reanudación (405 errores), lo cual equivale a 100 carreras inmerecidas por encima de los juegos jugados, o 1.53 por partido; mientras que la liga a su vez promedia 4.3 boletos por nueve entradas (por un equipo), que dan cuenta de más de ocho pasaportes gratis por partidos, un ritmo muy malo para cada liga. No obstante, encontramos equipos como el líder Pinar del Río mostrando un promedio de efectividad propio de un libro de fantasía con 2.72, casi media carrera superior al equipo con el segundo mejor pitcheo: Santiago de Cuba.

Por otro lado, Cienfuegos muestra un atroz 8.02, por mucho el peor de la liga y 1.74 carreras peor que Sancti Spíritus. Ninguno de ellos está en el sótano, un lugar reservado para el más oriental, Guantánamo, ganador de apenas cinco partidos, y mostrando igualmente una mejor efectividad que Mayabeque (6.21) e Isla de la Juventud (5.49). Sin dudas ha sido su “mediocre” promedio ofensivo de .259 y su pobre anotación (87 carreras, penúltimos solamente delante de Camagüey con 86) lo que los ha hecho caer tan bajo.

La explosión ofensiva cubana está estrechamente relacionada con el inferior pitcheo general de la nación: diez equipos superan los .280 de promedio ofensivo, y la mitad de ellos está encima de los .300. Por tanto, el pitcheo pinareño se erige como una rareza, o simplemente como apenas de la media, lo que dificulta que los bateadores rivales puedan hacerle frente. No podemos decir que su pitcheo es mejor: el hecho es que los bateadores no son lo suficientemente buenos y el resto de los lanzadores están muy por debajo de mediocres.

El excesivo uso del toque de bola es una muestra de que la mentalidad no ha cambiado mucho en Cuba. Ha habido 227 toques de sacrificio (y eso sin tener en cuenta los intentos fallidos, que son casi la misma cantidad), lo que da cuenta al menos de uno por partido. ¿Los equipos con menos? Pinar del Río (seis) y Santiago de Cuba (ocho), no es de sorprender que los primeros estén en el primer puesto y los segundos en el quinto. La parte que realmente preocupa es que hay casi tantos toques de sacrificio como jonrones (233), lo que demuestra el poco poder ofensivo de los equipos cubanos.

Todos los equipos sauf Artemisa (.282), Camagüey (.297) e Isla de la Juventud (.286) tienen promedios de bateo sobre pelotas puestas en juego (BABIP: Batting Average on Balls in Play) de .300 o más, y estos tres clubes ya mencionados están atrincherados por encima de .280. Esto es una muestra de que los errores no son la única consecuencia del poco fildeo, ubicación y alcance, y tal vez la evidencia más sólida de que la defensa es precisamente el más grande hándicap de los peloteros cubanos. En general, todo el mundo ve a sus oponentes teniendo grandes dificultadas para convertir en outs las bolas bateadas, mientras que los lanzadores encuentran más y más problemas para entrar en la zona de strike y ponchar a sus rivales.

La contradicción es tal vez la palabra que mejor describa lo que ha estado sucediendo con el béisbol cubano en estos primeros juegos. Sancti Spíritus es un caso fuerte para esto: al tener el segundo peor staff de pitcheo y el tercero que más corredores permite en circulación por entrada (1.844), los Gallos están jugando para .500 y en noveno lugar, apenas a un partido de Granma, campeón defensor. Del mismo modo, Cienfuegos no es el último lugar a pesar de mostrar un pitcheo del que se puede dar el generoso calificativo de lamentable: los Elefantes son un equipo que anota, empatados con 122 en el octavo puesto, y son segundos en dobles con 42.

La tabla de posiciones, junto con la expectativa pitagórica de Bill James revela que el desempeño en carreras de Pinar del Río debería tenerlos con casi dos victorias menos, en tanto Granma, Las Tunas y Guantánamo deberían haber tenido mejor suerte, y tanto Sancti Spíritus han tenido un resultado mucho mejor de lo que han jugado.

Los días de más luces que de manchas

Muelle pesquero en Playa La Boca, Trinidad, Cuba

tomado del blog Fomento en Vivo

Todos estos tiempos poshucaranes me traen más luces que manchas, y claro, no sé cuántas noches de desvelo y lágrimas. En casa, Yenny vivió su “primer” ciclón con juegos y cuentos. Acogerla en mi hogar durante los días más aciagos de Irma en la isla me llevó a una certeza de mis memorias infantiles: la inocencia del niño que fuimos. Es la borrasca de una vida que algunos quieren desterrar y el contagio con un simulado modo de bromear hoy con el retorno de la electricidad al pueblo, cuando los linieros se despellejan pegados a los cables con la misma voluntad de rehacerse de una nación tras los daños del desastre.

De niña debo haber vivido muchas emergencias en casa pero solo recuerdo una con nitidez: el verano que fuimos evacuados en la playa La Boca, en Trinidad, junto a mi familia paterna. Corrían los años 70. Mi ropa azul de láster de pantalones campana eran mi tesoro y estábamos de vacaciones en nuestro balneario favorito. Todas las primas éramos aún niñas y los varones adolescentes. Trece primos hermanos más los tíos y tías y los abuelos Matías y Ana, los que nos enseñaron el amor a la caza y la pesca y a ese sureño pueblo costero, donde después Matías levantó sobre peñascos, la otra casona donde me gustaba tomar la zambumbia hecha por Ana y jugar dominó y machuca con los primos.
Recuerdo la noticia y el correcorre y mi mejor ropa se quedó atrás, nos llevaron a dormir por una noche a una escuela en la Villa de Trinidad, yo ni sé qué se quedó ni qué se fue con nosotros, creo que solo lo imprescindible, la comida. Salvarnos ante la inundación que se nos venía encima era lo primero. Tremenda sorpresa, naufragaron las vacaciones en un santiamén, antes que los barquitos del muelle. La Boca completa se mudó al aviso de alarma. Yo perdí la voz, solo mis ojos hablaban. Y mis manos ayudaban a cargar cosas para el viaje, pegada a mi pescador favorito, papi. Tenía menos de diez años, él estaba vivo y buscaba como la sonrisa siempre dentro de mi timidez habitual. Después con la edad descubrí que se puede sonreír con lágrimas dentro. Y así son las lecciones de estos días poshuracán Irma. Tan rápido fue todo en esa, mi única evacuación, que igual de fugaces quedaron mis registros mentales. Imagino que los viejos lo recuerden mejor. Las anécdotas de mi familia son históricas, la mayoría con una bis cómica. Esta vez la vida nos puso frente a un drama, salir pronto de la playa antes que las olas entraban a la casa de costado al malecón. En la isla o te salvas o te salvan, difícilmente quedas abandonado, excepto por elección de los suicidas.
Solo me marcaron tres imágenes, parece ya de por vida. El llanto de un niño de pocos meses en esa noche largaaaaa y medio insomne. Su madre, una esquizofrénica con retraso mental no atinaba a calmarlo y nosotros caritativos como toda la familia Romero, pendientes del chiquillo. Era el hijo más pequeño de la vendedora famosa de mamoncillos del pueblecito pesquero de La Boca. Nunca supe su nombre, para mí era la Caricolorá. Uno de mis tíos, sin perder tiempo dejó caer en mis memorias de ciclones ese sonido en el tiempo: “Denle una lata de leche condensada a ese muchacho”. Una de mis tías le dio alguna bebida dulce a la madre y todo se calmó hasta el amanecer en esa descolorida escuela de paredes arcillosas de las que solo recuerdo el duro piso y el montón calentito de gente asustada que armamos los primos para dormir. Y yo al lado de mi único, el ídolo entre todos los hombres, papi.
La otra imagen, la primera y mala impresión de entonces fue el regreso a la playa. La mirada a nuestra zona de retozos y baños soleados fue desoladora. Eran piedras sobre piedras. Parecía que habían vaciado varios camiones de áridos sobre la costa. Era el año en que la mayor crecida del Río en la desembocadura al mar se llevó el Bar y toda la arena. Parecía otro lugar. Era un pedregal sin árboles y ni sonrisas, ni barcos, solo quedaba pescar y secar todo lo mojado. El sol no asomaba ni dentro de nosotros, tan jodedores por naturaleza. La verdad que no sé de qué está hecha el alma de los pescadores. Debe ser de agua salada, arena y pescado. Son hombres con casa en una chalupa, un balcón en un muelle y las mejores vacaciones en las noches de salida de la flota. La naturaleza allí había borrado la obra humana original del pueblo, el bar, los kioskos, hasta el malecón estaba medio destruido por las olas y el arrastre de los arrecifes diente de perro cubrían la estrecha callecita de entrada al balneario. Ya no era el sitio más acogedor donde las familias fomentenses se reunían en otro espacio para compartir los chismes del pueblo, donde los pescadores contaban anécdotas al volver de sus noches con su esposa samaritana, la mar. La miseria y la humildad de los pescadores era signo de elegancia a mis ojos y aún lo es, y todo lo que atentara contra ellos hería nuestro orgullo de sentirnos nativos de La Boca.
El tercer recuerdo de mi primera evacuación llegó con el regreso a la playa. Los abuelos, tíos y primos pescaban todos los días pero el río revuelto, la mar crecida y el malecón desbordado motivó una pesca en abundancia para todos. Papi aun con su primera operación de corazón y limitaciones físicas no se quedó atrás. Y quién puede contra la voluntad de un cubano. Ahí sí había fanático a los entretenimientos de la familia. Yo nunca quería ver eso, solo de lejos. Temía tanto por la osadía de mi padre de sobrepasar la voluntad familiar. Cogió su hilo, arrancó pa allá y lo lanzó como todos, por suerte tío Chiche no lo dejaba solo. Tampoco la mirada sigilosa de abuelo y los demás. Y fue al único que le mordió el anzuelo un gran pez. No podía, dijo después que primero se dejaba llevar que soltar su presa. Tío Chiche lo sacó y fue un robalo que nos regaló la nueva Boca, la que tenían que volver a construir los pobres pescadores. Nos fuimos a Fomento unos días después y la playa nunca volvió a hacer igual. Nadie reconstruyó el bar, solo las sombrillas de guano en otro estilo, pero el malecón quedó allí, testigo de nuestros paseos de familia, de mis pocas vacaciones con mi papá. Luis tuvo la vida que Dios le permitió hasta los 33 años y la que la familia le dejó tener por su propio bien, en extremo sobreprotegido como después crecí yo por perderlos a ambos en la edad de soñar.
Los días poshuracanes dejan ese mal presagio, que vuelven a ocurrir, solo que a mí me trasladan a los contados diez años que pude convivir con mi padre. Y aun cuando solo por única vez lo escriba, esas jornadas de tantas lágrimas y desgaste de trabajo en el rescate de la alegría, son y serán al final de las cuentas estatales y los pesares individuales, días de más luces que de manchas.
A %d blogueros les gusta esto: