Author: kokacuba

Una carta de una joven cubana a un joven sirio

bbeeedeb-b36e-4d99-aabb-a4b50f9e7fedLa joven bloguera cubana Scarlett Lee, publicó en su bitácora digital “Santiago arde” esta carta, dedicada a los millones de jóvenes sirios que se han tenido que refugiar a causa de la guerra en su país. Mi carta a un joven sirio.

Amigo:

No voy a hablarte de política, ni siquiera te diré por qué apoyo a tu Presidente Bashar al-Assad, quiero invitarte a venir a mi casa, a que te “refugies” en una casa de campo en Cuba, para que no tengas que lanzarte al mar Egeo y correr el riesgo de morir en una playa turca. Solo debes traer contigo la disposición de darle espacio a una cultura muy diferente a la tuya.

La mía es un casa de campo modesta, entre lomas y trillos -la carretera queda un poco lejos- pero allí estarás rodeado de gente buena y alegre que te brindará café en las mañanas, que compartirán contigo lo mismo guarapo de caña, yuca con mojo, arroz blanco y potaje de frijoles negros, una buena ayaca o un vaso de caldoza. Gente trabajadora que lo mismo te hablará de la necesidad de poner fin al bloqueo económico que EE.UU ha impuesto a Cuba, lo mala que está la “cosa”, de la guerra civil en tu país, del genocidio en Gaza, del estado del tiempo, de los deportes…en fin.

Allí encontrarás a mis padres, prestos a quererte y a continuar educándote. Ellos te inculcarán valores como a sus propios hijos: mi hermano de 21 años y esta servidora, de 25. Pero también, sin miramientos, te darán un tirón de orejas cuando consideren lo merezcas. Mi mamá, ama de casa, te hablará de escritores, poetas, política, de América Latina, de la Revolución Cubana.

Mi padre, un obrero, te contará cómo de pequeño tuvo que trabajar para ayudar a mi abuelo a mantener a sus 10 hermanos. Intentará convencerte de los beneficios de labrar la tierra y te enseñará tantas décimas campesinas como a mí. Te hará levantar todos los domingos para que le acompañes a su campito, a años luz de la casa. Con él comprenderás que la pobreza pasa, pero la deshonra, no.

Me tendrás a mí para conversar sobre lo que desees; para las charlas larguísimas convenciéndote de que la visión cubana del mundo es la más acertada; para llevarte los fines de semana a la feria del pueblo, ver televisión en casa, visitar amigos ¡y luchar con el transporte público!, ir de campismo y de vez en vez, cuando el presupuesto lo permita, ir a bailar y a tomar cerveza. Quizás, hasta te sorprenda el amor por estos lares.

Nos tendrás a todos para apoyarte (a pesar de las barreras del idioma, la religión, las costumbres), buscaremos juntos la manera de que estudies o encuentres un oficio y te vayas formando como un hombre que sirva para vivir…y soñarás y lucharás por esos sueños. Regresarás a casa sintiendo el deber de ayudar a los tuyos.

Esta es mi humilde propuesta: vente a Cuba, a una casa sencilla con gente sencilla, que aprendió de Martí la necesidad de creer en la utilidad de la virtud y en el mejoramiento humano. Quiero darte la posibilidad de conocer a Cuba, a la verdadera, la que todos se llevan en el corazón al despedirse de ella y los hace suspirar mientras piensan en volver tan pronto como sea posible.

Estoy segura de que cuando el conflicto en tu país termine y decidas partir de mi rincón, no podrás desprenderte de tantas experiencias maravillosas, habrás crecido como ser humano y estarás decidido a luchar por construir en tu Patria una sociedad mejor.

Ven, llégate a la mayor de Las Antillas, al lugar de hombres y mujeres sinceros, a ese pedacito de la geografía donde crecen las palmas.

Cinco pesos en Bartolomé Masó o Guerrilleras sí o sí

12190884_1016261245104792_2111566140544209650_nLa gente buena anda regada en este mundo. Son blancos, negros, colorados, usan barbas o andan con la piel en cero. Son hippies, reppas, rockers. Van de uniforme o de paisano. La gente buena nos sorprende a veces en medio de la mierda, en medio del desierto, en medio de la hipocresía y del marasmo.

En eso andaba pensando en esa mañana, al pie de la cadena de montañas de la Sierra Maestra. Habíamos desistido de subir a la cima más alta de Cuba, la K y yo, y regresado a espantar el sueño tranquilo del custodio del Parque Nacional Turquino, acomodado sobre una mesa de tablas de madera semipulida.

Era de baja estatura y tenía una voz rara, una voz de esas que bien le cabrían a los muñequitos de la television, para personificar una lagartija o algún otro bicho que nos imaginemos altisonante, pero era un hombre amable, tanto que nos regaló el resto del sueño que le quedaba y era algo, alguito si es verdad que el guajiro está medio emparentado con las gallinas en eso de levantarse antes que el sol.

“Ustedes no saben de lo que se salvaron”, nos dijo, y de pronto me sentí un poco más reconfortada. Yo me sentía una rajada, una floja, una compañera inmerecida de aquel viaje y de aquellos consortes. “Uno que nació entre estas lomas se las siente cuando empieza a subir. Imagínense ustedes. De dónde vienen, por cierto?”. “Yo soy de Guantánamo”, dije yo. “Yo soy de Holguín”, aclaró la K. “El resto de todas las provincias excepto Cienfuegos, Villa Clara y la Isla”, continuó.

Yo había virado porque no podía más. Sencillamente empecé a subir la loma hasta el Alto del Naranjo -la pendiente más inclinada de Cuba, nos había dicho el carpeta de la institución- y me abandonó el aliento y la confianza, y sentí en el talón izquierdo una punzada conocida. Subir sin la certeza de valerme por mí misma no era una opción. En la montaña, no valerse por sí mismo es ser una carga y yo no rehusaba a afectar la marcha del grupo, a ser un obstáculo para la boda soñada en el Turquino por Rodolfo y Karen. La K y su catarro congestionándole el pecho coincidieron conmigo.

Así que la mañana nos agarró en un banco del campamento de Santo Domingo, a 18 kilómetros de un sendero de subidas y bajadas hasta la cima de Cuba y su busto de Martí, y sus historias increíbles.

Mirándolo, tuvimos suerte. A Santo Domingo va un carro una vez a la semana, el jueves. Y eso era, un jueves de resplandores increíbles, y rocío, y sonido de río bravo al fondo. Luego, supimos que en realidad estábamos premiadas. Aquel almatroste se había pasado dos semanas sin subir, pero ahí estaba, listo para tragarse un montón de gente que bajaba al llano a turnos médicos, a visitas, a hacer trámites, a apertrecharse de lo que escasamente puede encontrarse en esa serranía.

Nosotras no teníamos dinero. O casi. Tres pesos que por casualidad se quedaron en mi bolso no es dinero en ninguna parte del mundo y lo sabíamos. El dinero, junto con todo lo demás, se había quedado en el campamento. “Cuando se sube esas lomas hasta el carné pesa”, había advertido el Turquinauta en un post y nosotros seguimos la máxima al pie de la letra: En la mochila, solo lo imprescindible, “Y allá arriba, nos había dicho alguien, no era necesario el dinero”. Por suerte, cada pasaje costaba un peso. Todavía sobraba uno.

Hombres ágiles y no tanto, mujeres de todas las edades, niños en brazos -algunos de unos pocos meses- se juntaban como podían para formar una carga de cuerpos luchando como podían con la inercia, con la escasez de algo a lo que agarrarse en aquellas subidas y bajadas. A nosotras, a la K y a mí, nos impresionaron las madres con niños pequeños. A mí, tan sobreprotectora con la mía, tan gallina con sus pollitos, se me ocurrió que aquello era una irresponsabilidad mayúscula hasta que caí en la cuenta de que, no importa la edad que tengan, el único medio de transporte posible para los habitantes en esas montañas de pendientes imposibles era un camión justo como aquel, y que,  en realidad, yo, precisamente la misma que había renunciado a vencer la pendiente, no estaba en posición de juzgar a nadie.

Para ser sinceros, las que más trabajo pasamos en subir fuimos nosotras. La K y yo. Yo subí primero y me gané sendos raspones en los codos. La escalerilla, que no habíamos visto hasta el momento de la verdad, estaba al lado de la cabina del conductor, y estaba desvencijada y ruda, sin nada de qué apoyarte más que en las ganas de subirte en aquel camión y enrumbar rumbo al llano. La K vino después. Casi se enreda con un pequeño bolso de tela, pero lo atajamos a tiempo para evitar desgracias y acomodarnos en medio del gentío.

El camino hasta Bartolomé Masó fue una mezcla de asombros y vaivenes. “La Farola no le hace nada a estas lomas”, me había dicho uno del grupo en medio de la noche, mientras el camión sorteaba a paso de hormiga las lomas que ahora podíamos ver con todo el esplendor. Y es verdad. La Farola tiene sus abismos, su vértigo, pero ni la loma más complicada se compara con aquellas.

El paisaje, ya sin ánimos de comparaciones, es apabullante. Cadenas de montañas de varios tonos, abrazándose en sus cimas verdeazuladas, recién besadas por el sol, con sus abismos y sus casas imposibles, contrariando la lógica y la gravedad. Y los rios, y la presa que -me dijo un pasajero- estaba casi al rebazar su capacidad, que es casi el doble de la presa de mi ciudad, la Faustino Pérez.

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A Bartolomé Masó llegamos una hora después. Cansadas. Yo con sed y la K con una enorme necesidad de ir a un baño. Y un peso en los bolsillos, o en el bolso de la K, donde lo habíamos puesto con cuidado de que no se nos fuera a perder, a caer…., como si aquella moneda pudiera realmente hacer la diferencia.

El baño le llegó a la K luego de muchos remilgos de una señora que no se cansó de advertirnos de que, en aquella taza, nada más que líquidos. En la vida, así como hay personas buenas, desprendidas, sencillas…, hay otras que te lo ponen todo más difícil, o que ceden después de negar, de maldecir, usando a su antojo la pequeña y dramática cuota de poder que te da la posesión de la llave de un baño que, siendo como era de una cafetería, debía de ser público.

Pero todavía teníamos el asunto del dinero. Un peso para dos personas que necesitaban ser pasajeros de algo que fuera hacia el Caney de las Mercedes, donde nos esperaba un piso, o una cama, donde nos esperaba el origen de aquel viaje que no fuimos capaces de completar.

Yo revisé mi morral. Solo lo imprescindible incluía un par de latas de bebidas energizantes. Zumo de velociraptor, había bromeado Itsván cuando me vio comprarlas casi llegando al campamento, un día antes. Eran la salvación. Venderlas a un precio menor al oficial en alguna tienda en divisa era la solución así que empezamos a caminar, dos, tres puntos de venta en los que había de todo, menos aquellas benditas bebidas.

La K propuso ir a la policía. Quizás, reflexionó, podríamos contarles lo que nos había pasado y pararnos un carro que nos llevara hasta el Che, pero finalmente nos sentamos en un banco y nos reímos con la idea. Frente a nosotros, un policía conversaba con un hombre de civil cuando se acercó un hombre con un retraso mental evidente y malformaciones en todo  el cuerpo. En un giro, se acercó al uniformado y puso su cabeza bajo el brazo del otro, que lo acercó en una rara caricia que ambas, la K y yo, observamos desde el principio -francamente- esperando una reacción diametralmente opuesta.

Ese gesto inesperado, pensándolo desde la distancia- fue el que me levantó del asiento y me impulsó a cruzar la calle donde, a esas alturas, solo quedaba el policía y el primer hombre que, al verme llegar, se apartó hasta que lo perdí de vista. Quizás fue eso, quizás fue la desesperación, pero el hecho es que empecé a contar al policía cada peripecia -desde nuestra profesión, el camión rugiente loma arriba, hasta el desfallecimiento y la retirada-, mientras este me escuchaba con toda atención.

“No subir fue lo mejor que hicieron, yo tuve que subir en mayo para bajar a un muerto, y aquello fue lo peor del mundo”, me dijo al punto y me preguntó qué podía hacer por nosotras. “Bueno, en realidad, queremos saber cómo llegar hasta el Caney de las Mercedes”, le respondí. “Fácil. Ahora mismo salió una guagua para allá, pero van hasta ese claro -y señaló la plazoleta donde nos había dejado el almatroste- y seguro aparace otra cosa”. “Y cuesta… más o menos”. “Unos tres pesos por persona”. “Y no hay algo, digamos, más barato, o gratis. Es que tenemos un peso, y somos dos”, le dije con la esperanza de que alargara la mano para detener algún transporte salvador y eso hizo, o por lo menos algo parecido. Metió la mano en un bolsillo y sacó sin susto de equivocarse un billete de cinco pesos. Yo me puse roja y miré a la K, que no podía evitar una sonrisa al otro lado de la calle. Que conste que me negé, que le dije que no hacía falta aunque sí hacía…, pero fue más fuerte el cansancio, y la sonrisa de la K, al otro lado de la calle.

“Yo solo espero que un día, si ando botado por ahí, me veas y te acuerdes”. Le di las gracias dos, tres, cuatro veces. Las iba mascullando incluso cuando no podía verlo. Ahora mismo no sé si mi entusiasmo le plantó un beso en la mejilla, y si no debería haberlo hecho: es lo menos que se merecen esos seres así, esa gente buena que uno se encuentra en cualquier parte, esa gente que con su buen talante y con su ayuda, salva para la bondad lo mejor de los días.

El Diario del Che gay en Chile o ¿Un libro subversivo en Cuba?

che-de-los-gaysNo me leí con prisa el más reciente título del periodista y activista Víctor Hugo Robles, El Diario del Che Gay en Chile. Lo paladeé lentamente, durante varias semanas, como si leerle fuera uno de los performances callejeros de su autor. Lo mismo lo sacaba de mi mochila en un ómnibus del servicio público, que lo dejaba insinuante sobre el buró de mi oficina en el periódico, o me sentaba a hojearlo bajo una mata en cualquier sitio de cruising de La Habana.

El resultado casi siempre era idéntico. Ningún observador atento a mi lectura quedaba impasible. Los ojos de la gente resbalaban inquietos —oscilantes entre la alarma y la curiosidad— hacia su portada, obra del artista plástico Francisco “Papas Fritas”, que remeda una foto del legendario guerrillero argentino Ernesto Guevara de la Serna durante alguna ocasión solemne después del triunfo de la Revolución cubana, para mostrarnos su sacrílega metamorfosis en ese icónico personaje que inventó Víctor Hugo allá por finales de los años 90: el Che de los Gays.

“Es posible ser homosexual y ser revolucionario; ser homosexual y ser de izquierda; ser homosexual y luchar por los cambios y las transformaciones de la sociedad”, esa es la tesis primigenia, el “pecado original” que fundamenta casi veinte años de subversiva incursión de mi colega y amigo chileno en el activismo político-sexual de su país y de América Latina, con su boina y estrella, su melena insurgente y sus labios rojos a punta de creyón.

Hasta entre las blanquísimas —y solo en apariencia, pacíficas— 350 páginas de este intenso volumen con que en agosto último nació el sello SiempreViva Ediciones, nuestro Che gay causa revuelo, escándalo, incomodidad, admiración, de acuerdo con la mentalidad más o menos abierta de quienes solo entrevean o profundicen en su mensaje.

Porque además la edición tiene la impronta barroca del sujeto hiperbólico cuya historia retrata, y nos llega repleta de fotos, facsímiles, títulos y subtítulos, tipos de letras de distinto tamaño y abigarrados colores, capaces de atraer la vista de cualquiera que ronde a varios metros a nuestro alrededor mientras leemos cualquiera de sus ocho desconcertantes capítulos, más un epílogo acusatorio —valiosa alerta para Cuba— contra la burocracia neoliberal capitalista en una universidad de la supuesta izquierda chilena.

Tampoco hay un orden cronológico en esta amplia compilación de entrevistas, artículos, conferencias y testimonios — textos escritos por su protagonista o ajenos, incluyendo uno mío que publiqué en esta bitácora—, lo cual lo convierte en un tomo muy entretenido, aunque a veces no exento de reiteraciones, que al final uno termina por agradecer, como si fueran las variaciones de un mismo tema musical que permiten aprenderte la letra de una canción.

¿Y ese libro qué es?, casi me cuestionaban las personas más valientes o quienes me tienen más confianza. Incluso un señor desconocido y bastante mayor, en plena guagua, me dijo que hacía tiempo buscaba ese título (¡!) La mayoría, no obstante, me miraba de reojo, sin atreverse a preguntar, con desconfianza…

La coincidencia histórica de que en 1997 los restos del Che aparecieran un 28 de junio, Día Internacional del Orgullo Gay, motivó a Víctor Hugo en su travesía de transformismo político, agitación y propaganda revolucionaria y sexual, que arrancaría en septiembre de aquel mismo año cuando lo censuraron por boicotear un espectáculo contra la censura, al interrumpirlo con su inusitado atuendo de gay guerrillero y lanzarle agua a una artista famosa con un bidón que decía AZT, la primera droga para tratar el sida.

En Cuba, como ya sabemos, nadie habría osado nunca relacionar al Che Guevara con la homosexualidad o el VIH. Yo de hecho, para ser honesto, ni recordaba la casualidad del hallazgo de su osamenta en fecha tan significativa para el movimiento LGBT internacional.

Pero fue así como nació la idea —que el libro narra en forma de relatos progresivos como círculos concéntricos que añaden cada vez más detalles a la trama— de esta reencarnación del comandante rebelde, del héroe viril presuntamente homofóbico en concordancia con su época, en un pájaro, maricón, travesti, sidoso, comunistón, chileno, latinoamericano, loca…

Loca, sí. Esa es quizás la palabra que más veces aparece en este libro, no gratuitamente, sino como reivindicación, como militancia libertaria, como irrespeto de las normas hipócritas, dictatoriales, hegemónicas que nos impone el machismo heterosexual e incluso homosexual, que nos dicta la mojigatería de derecha e incluso de izquierda.

Acciones e intervenciones, irrupciones e interrupciones, protestas y manifestaciones, nudismos y pleitos, mitos y leyendas, toda la zaga divertida, polémica, a ratos dramática, del Che de los Gays, en un recorrido referencial y sanamente egocéntrico a través de la historia del movimiento por los derechos de la comunidad LGBT chilena, que abarca desde el gobierno socialista de Salvador Allende, pasando por la complicidad con la inolvidable dirigente comunista Gladys Marín, hasta la reciente muerte del novelista Pedro Lemebel.

Y, casi omnipresente, Cuba. Referencia obligada en Víctor Hugo Robles, fuente de inspiración y también escenario de algunas de sus más reflexivas travesuras políticas. Sus encuentros, casi encontronazos, con nuestro país; los desconciertos que provocó, y también las complicidades que fraguó, desde su primera visita en 2005 para la presentación en el 27 Festival Internacional de Cine Latinoamericano de La Habana, del documental de Arturo Álvarez, El Che de los Gays, hasta su controversial e inolvidable participación en la conga por la céntrica avenida de 23 en la capital cubana, durante la VII Jornada contra la Homofobia en 2014.

Ese compromiso visceral de Víctor Hugo con la Revolución cubana, nunca acrítico ni apologético, resulta conmovedor por su sinceridad, inteligencia y sutileza. El Che gay no pretende ser políticamente correcto, sería imposible, iría contra la propia naturaleza del personaje; pero siempre es responsable y fiel con Cuba, a su loca manera —como casi estoy seguro de que le gustaría a él que yo dijera—.

El libro explica muy bien, a través de muy diversos puntos de vista políticos y hasta ideológicos, los entrecruzamientos y significados simbólicos que vinculan al activista chileno con la historia y el presente de nuestro país, desde su admiración por la literatura de Reinaldo Arenas hasta su amistad y reconocimiento hacia la labor de Mariela Castro Espín —de quien Robles incluye una entrevista de su autoría—, por citar solo dos ejemplos que para cierto pensamiento maniqueo pudieran parecer paradójicos.

En particular, esclarece —en un artículo que firma también el propio Víctor Hugo— aquel pasaje tan polisémico y que todavía levanta ciertas ronchas en la Isla, acerca de su presencia en nuestra versión criolla de desfile gay habanero con una fotografía del Che muerto en un marco con plumas rojas, representación que no fue improvisada ni irrespetuosa, sino que tuvo su origen mucho tiempo atrás —contrario a lo que tal vez pensáramos aquel día o incluso después—, pues la muerte, el martirologio, la indefensión, la fragilidad de las víctimas siempre fueron parte de la esencia misma de la traslación de sentido propuesta por su personaje contracultural.

Para lo último, lo mejor. Víctor Hugo Robles tiene ahora un nuevo sueño: presentar El Diario del Che Gay en Chile en la próxima Feria Internacional del Libro de La Habana, y quién sabe si algún día, alguna editorial cubana, hasta le acepta la provocación y lo publica…(Tomado del blog Paquito el de Cuba)

IAAF: ¿Los mejores de 2015?

15thiaafworldathleticschampionshipsbeijingfokseydv04ilSe asoma el mes de noviembre y de su mano llega el momento de nombrar a los mejores atletas del año. Es un proceso que cada temporada impulsa la Asociación Internacional de Federaciones de Atletismo (IAAF por sus siglas en inglés) y que busca premiar a los atletas (hombre y mujer) con el mejor desempeño en la contienda.

Este 2015, el sistema de nominación ha sufrido cambios importantes en su concepción. Por ejemplo, ahora serán 9 y no 10 las propuestas que se incluyan en la lista preliminar. Y es que se han dispuesto una serie de categorías para clasificar a los nominados. Los miembros de la familia de la IAAF elegirán a los más destacados en: velocidad, vallas, carreras de media y larga distancia, carreras de maratón, marcha, saltos, lanzamientos, eventos combinados y una categoría especial para atletas “todo terreno”. Los cambios apuntan a cierta justeza, sobre todo porque el seccionar las nominaciones condiciona que haya representación de modalidades que en otro momento quedaban a la zaga. Es un intento por garantizar que los atletas tengan oportunidad más allá de lo publicitado o popular que llegue a ser su especialidad. Es un paso interesante, que no será del todo justo porque habrá dilemas, como el que probablemente represente decidirse entre Genzebe Dibaba y Almaz Ayana para los eventos de fondo, pero lo cierto es que la nueva disposición impone cierto nivel de objetividad a la hora de buscar a los mejores del campo, pista y carretera en cada temporada. Asimismo, trasciende que los atletas que hayan sido sancionados alguna vez por dopaje no serán elegibles, lo cual cierra las puertas a atletas de grandes resultados como Justin Gatlin o Sandra Perkovic.

Si de atreverse se trata, en materia de nombres y respetando las categorías enunciadas por la máxima entidad atlética apostaría por los siguientes candidatos:

Velocidad: Dafne Schippers (Países Bajos) y Usain Bolt (Jamaica)

Saltos: Catherine Ibargüen (Colombia) y Christian Taylor (Estados Unidos).

Lanzamientos: Anita Wlodarzick (Polonia) y Julius Yego (Kenya)

Vallas: Zuzana Hejnová (República Checa) y Nicholas Kiplagat Bett (Kenya)

Fondo y mediofondo: Genzebe Dibaba (Etiopía) y Mohammed Farah (Gran Bretaña)

Eventos combinados: Jessica Ennis (Gran Bretaña) y Ashton Eaton (Estados Unidos)

Marcha: Hong Liu (China) y Matej Tóth(Eslovenia)

En lo que al “road running” se refiere, que incluye todas las distancias superiores a los 10 km en carretera, así como el “multi-terrain” definido para las carreras a campo traviesa y sus derivados, prefiero no especular ya que son dimensiones del atletismo que no sigo a cabalidad.

En cuanto a mis apuestas, varias de ellas bastante seguras como Bolt, Ibargüen, Wlodarzick, Dibaba, Farah y Taylor, me detendré en Dafne Schippers y en Julius Yego, ambos dueños de actuaciones que han sido sensación esta temporada y que encontraron justo colofón en sus prestaciones mundialistas donde Yego llevó el dardo a la distancia de 92,72 metros para colocarse como el tercer lanzador de todos los tiempos por detrás de Jan Zelezný y de Aki Parviainen.

Dafne hizo otro tanto, corrió los 200 metros en 21.63 segundos —un registro al que nadie se acercaba desde Marion Jones y el 21.62 A que hiciera en 1998— que la sitúa en la tercera posición de toda la historia de esta especialidad, superada por Jones y por la líder histórica Florence Griffith-Joyner (21.34). El crono sepulta el récord para campeonatos del mundo de 21.74 que poseía la alemana Silke Gladisch-Möller desde Roma 1987.

Mucho menos publicitada, pero con mucho valor fue la actuación de la marchadora china Hong Liu: campeona del mundo, ganadora del circuito de marcha de 2015 con 40 puntos (le siguió la italiana Eleonora Giorgi con 27 unidades) y por demás consiguió la mejor marca de todos los tiempos al recorrer los 20 km en La Coruña en 1:24:38 en el mes de junio. Por similar cuerda se mueve el esloveno Toth, por quien me decanto entre los hombres con base en sus “galones” de campeón mundial de los 50 km, ganador del circuito de pruebas de marcha y autor de la primera y la tercera marca del año en esta compleja distancia.

En la vallas, considero a Hejnova, ganadora del Diamante, titular mundial y dueña de la marca del año (53.50) en los 400 m con vallas, mientras que entre los hombres me decido por su homólogo de especialidad, el keniano Nicholas Kiplagat Bett, otro de los sorpresivos campeones de la justa del orbe que organizó Beijing y autor de la mejor marca del año (47.79) en una temporada especialmente pródiga para él, dada su progresión.

Claro, este es un criterio de quien escribe. La familia de la IAAF ya ha decidido. La votación estuvo abierta entre el 7 y el 25 de octubre y los resultados se harán públicos durante el mes noviembre. Finalmente se escogerán tres, que serán dados conocer entre los días 17 y 18 del citado mes, de los que saldrán los ganadores absolutos que serán homenajeados el 28 de noviembre durante la Gala IAAF en el Principado de Mónaco.

En lo personal, simpatizo con Schippers, Dibaba e Ibargüen, así como con Bolt, Eaton y Farah. Y usted, probablemente se preguntará por qué no apostar por Anita; la polaca que ha trasgredido las barreras que hasta este año se habían situado para el lanzamiento del martillo entre las damas: ha lanzado sobre los 80 metros a placer, destrozó el récord del mundo y también el de los campeonatos del mundo, fijándolos en 81.08 y 80.85m, respectivamente, pero sospecho que está destinada a cargar con la cruz de la poca “publicidad” con que tuvo que cargar Valerie Adams por muchos años.

Así y todo, toca esperar. En Mónaco, se dirá la última palabra, aunque en cualquier caso, habrá nuevos elegidos, pues ni Valerie Adams, ni Renaud Lavillenie, premiados en 2014, van a repetir.

CUBA

En Cuba, el algoritmo a resolver se limita a las damas, donde Denia Caballero y Yarisley Silva se muestran con similares credenciales. Entre los hombres todo parece más fácil y es que Pedro Pablo Pichardo campea por su respeto habiendo aportado las mejores actuaciones durante la temporada.

De vuelta a las mujeres, tanto Denia como Yarisley ganaron los Juegos Panamericanos, triunfaron en el campeonato mundial y se posicionaron en la cima del ránking mundial de sus respectivas especialidades. Ante tal rendimiento, la Federación Cubana bien podría compartir el galardón, lo cual sería, sin dudas, una justa decisión. Si prescinde de este recurso y entra en detalles, creo que la pertiguista llevaría milimétrica ventaja, más que nada por haber optimizado el registro nacional de su modalidad. (por: Lilian Cid Escalona. Tomado del blog DeporCuba)

La muchacha y el faro

100_4959Marianela tomo el sábado para hacer sus labores domésticas, por eso la encontré en la puerta de la cocina metiendo ropas en el tambor de la lavadora. Me atendió con toda la amabilidad del mundo- teniendo en cuenta que la estaba distrayendo de su labor doméstica- y me contó de su singular oficio. Su centro de trabajo lo tiene en el patio de la casa. Una enorme torre circular de 32 metros de altura, construida con bloques de piedra de más de 500 kilos a la que se debe subir cada cuatro horas en la noche, para darle cuerda, como se le da a un reloj de contrapesos y péndulos. Marianela es torrera, una de las dos mujeres torreras de Cuba, y su faro está en el codo del caimán, justo en Cabo Cruz al sur de la provincia de Granma, donde las aguas claras del Golfo de Guacanayabo se juntan con las profundas del Caribe.

Marianela Rodríguez Deveras se crio entre el mar la costa de mangles y diente perro, viendo los pesqueros salir al océano, a los pescadores trajinar sus artes, conoce la mar brava y la mar tranquila. Desde chiquilina aprendió del formidable torreón de piedra y de la hermosa casa colonial de los torreros en la época de España, de columnas neoclásicas, que hoy está en derrumbe, a pesar de ser Monumento Nacional  y según me cuenta va tan lenta la reparación que terminará por caerse.100_4947

Debido a las condiciones extremas y distantes donde se ubican la mayoría de las torres el oficio de farero es, en todo el mundo, una labor de familia transmitida entre generaciones. Marianela subía desde niña, primero con su abuelo y luego con su padre, así se enamoró del oficio; cuando el abuelo se jubiló, ella decidió ser su relevo, con ello entró a la pequeña y familiar dotación de los vigías de Cabo Cruz. Marianela conoce el mar lo suficiente como para respetarlo y amarlo, no le teme, se mantiene en vela cuando su esposo sale a pescar al Caribe. Sus momentos de mayor zozobra ocurren cuando en las situaciones extremas- como los huracanes- son evacuadas las personas a sitios seguros. A ella la trasladan y queda su padre en el faro enfrentando la tormenta. “Me da terror dejarlo solo” me dice y le brillan los ojos chinos.

Mientras subimos ella me cuenta del faro, a la hermosa cúpula de acero níquel se llega por más de un centenar de escalones. La joven torrera exige que me quite los zapatos para acceder al interior de la torre. Adentro todo está cuidado, limpio, pintado con barnices que protegen al metal y la piedra de la erosión del salitre. Uno puede marearse fácilmente dando vueltas por el formidable caracol. La escalera principal da acceso a una terraza circular desde donde se manejan los péndulos que sirven para dar cuerdas a la maquinaria del faro. Por una escotilla se sale a la terraza que bordea el cono en su punta, y desde la que se ve la frontera entre las aguas sedimentadas del Golfo y las hondísimas de la fosa del Caribe.

Encima de la torre la cúpula de ópticas francesas, en sus inicios se iluminaba con una llama alimentada con aceite de oliva, ahora cuenta con una bombilla eléctrica cuya luz, aumentada por los espejos y los lentes, es visible con buen tiempo a más de 30 millas náuticas guiando a los marinos que pasan por las aguas al sur de Cuba. El faro presta servicios desde el 5 de mayo de 1871 y en sus inicios se llamó Faro Vargas debido al nombre del ingeniero constructor.

Las llamadas insistentes al móvil debido a la premura con el tiempo, me impiden prolongar la estancia en compañía de la muchacha, supongo que ella igual agradece mi partida para poder seguir en sus labores domésticas. Me doy prisa por la calle que bordea la marina, con sus barcos pesqueros atracados entre las espumas y los sargazos. No puedo dejar de sentir tristeza por irme, creo que alguna vez volveré, me quedé encantado de ese lugar, de su historia y de Marianela la chica torrera más simpática del Caribe.

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