Carta abierta a Enrique Ubieta

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Por Aurelio Alonso

tomado del blog Segunda Cita 

Después de hacer pública la nota que Granma desestimó, tomé la decisión de no volver al tema. Habían quedado claras para mí las reglas del juego, y al propio tiempo mis criterios estaban a luz. No obstante, apareció “La respuesta esencial” de Enrique Ubieta, en su blog La Isla desconocida. Aclaro de antemano que las líneas que siguen se limitarán a expresar mi inconformidad con un discurso ofensivo que me siento obligado a rechazar. Si su propósito era hacerme reaccionar, lo logró. Pero intentaré hacerlo sin entrar en polémica, que no concibo bajo una refriega de insultos personales.

He sopesado mucho lo que digo a continuación, para no contribuir a distanciamientos no  deseados, ya que  me resulta imposible quedar en silencio.

Releí con atención mis notas del 9 de julio en Segunda cita comentando un artículo de Elier Ramírez sobre las Palabras a los intelectuales de Fidel, y no encontré nada que pueda inducir el “descrédito de Elier”, de lo que me acusa Ubieta . Creo que al contrario, le expreso reconocimiento; de otro modo ni me hubiera molestado en dedicarle las líneas que publiqué. Su respuesta en el mismo blog, con sus discrepancias, no la percibí ofendida.  No suelo reaccionar cuando creo que no vale la pena, y los artículo de Elier en Granma no son el caso. Dice también Ubieta que lo hago en “un texto ajeno a mi temática”. No tengo idea de por qué se siente con la competencia de definir cuál es “mi temática”, y qué implicaciones le atribuye a sus facultades. Me parece pedante de su parte, por decir lo menos, y es el calificativo más fuerte que me haya permitido hasta ahora en este intercambio donde he tenido que soportar más de una ofensa.

También releí lo que solicité a Segunda cita que publicara el sábado 5 de agosto  y me parece haber cuidado del debido respeto a quienes puedan considerarse aludidos. Si Ubieta se sintió irritado porque me referí a su confusión cronológica al vincular el asesinato de Olof Palme con el derrumbe del sistema soviético, desliz que él mismo  admite ahora como “peccata minuta”, le aclaro que yo tampoco le doy mucha importancia, aunque rectificarlo ante los lectores me parecía imprescindible.

Le recuerdo a Ubieta –me parece necesario– que Fernando Martínez no solo fue mi amigo, sino un hermano: el compañero en la lucha por defender desde la revista Pensamiento crítico, y desde el aula universitaria lo que él había definido como “el ejercicio de pensar”. El luchador intelectual con quien volví a reunirme en el Centro de Estudios de Europa Occidental en los setenta y en el Centro de Estudios sobre América y la revista Cuadernos de Nuestra América en los noventa. Soy miembro fundador de la Cátedra Antonio Gramsci que creó en el Instituto Juan Marinello y hemos estado identificados hasta sus últimos días. Es un vínculo de medio siglo. Ubieta debe saberlo. ¿A qué viene introducir sin ton ni son a Fernando en esta respuesta a mi nota del 5 de agosto? ¿Es que piensa que tiene que “protegerlo” de mi amistad, o es que quiere protegerse a costa suya de alguna crítica? Me satisface mucho, como es obvio, cuando veo que se acude a su obra y sus enseñanzas, pero comienzo a preguntarme también si habrá siempre sinceridad en quienes lo están haciendo.

Ahora me percato de que todo, o casi todo lo que quería responderle a Ubieta está en el primer párrafo de su artículoMe satisface que me quede poco para terminar, porque como él mismo ha dicho,  “es una tarea fatigosa volver a repetir ideas que ya han sido formuladas por otros colegas”. También resulta fatigoso repetirse una y otra vez sin atender los argumentos del otro. En el debate en torno a… ¿el centrismo,  en Cuba, hoy? creo que ya sabemos cómo pensamos todos. Así que me ahorro fatigas innecesarias. Me salto el recuento referencial de Ubieta sobre lo publicado en sus artículos y libros y los de otros, así como sus comentarios críticos a mis apreciaciones aunque no los comparta –no polemizo con él, prefiero cederle el privilegio de la última palabra. Lo que motivó mi misiva a Granma, fue que anunciaba un debate del que solo daba a conocer una posición, omitiéndose los criterios distintos, de los cuales cité algunos de los que me lucían más interesantes. Solamente un anónimo, escrito en un estilo bastante parecido al de este artículo de Ubieta, asumió la tarea de defender, en Post Cuba, de mi supuesto atrevimiento, al órgano del partido.

Quiero detenerme, para terminar, en sus últimas líneas, donde introduce el “origen de esta polémica, tendenciosamente olvidado: Cuba posible”. Tendenciosamente olvidado, aclaro, porque siendo el blanco de sus críticas, Ubieta , y otros colegas, han preferido caracterizarlo desde el principio mismo como una peligrosa tendencia centrista. Me pregunto si han leído lo publicado porque hasta ahora su argumentación se ha centrado en condenas a priori más que en la discusión de contenidos.

Claro que no hay que ignorar intereses y movidas de quienes, fuera y dentro del país se pronuncian y trabajan en contra del futuro socialista del proyecto cubano. Esas posiciones surgen y van a surgir alrededor de cualquier iniciativa crítica sobre la cual vean la posibilidad de influir. Es parte del desafío, como también creo que lo es propiciar la existencia de un abanico de reflexión con la mayor amplitud de posiciones.

No sé si las esferas de dirección del país debieron propiciarlo ellas mismas, o permitir simplemente que se tomara la iniciativa desde la sociedad civil. Cuba posible se creó en esa perspectiva, como foro de reflexión.  Se excluía en aquella iniciativa solo lo que en la teoría o en la acción respondiera a las proyecciones de los enemigos del proyecto social cubano. Pero, hecha esa salvedad, sería un espacio para que participaran contribuciones que merecieran ser tomadas en cuenta, vinieran desde la izquierda, el centro o la derecha; verla como centrista puede ser incluso un reduccionismo. Porque de la derecha, cuando no responde al canon del enemigo, y aunque no aceptemos sus soluciones, nos debieran interesar las críticas. Suelen conocer nuestros errores tanto como los que estamos comprometidos a fondo con el ideal socialista que nos guía, que, por otra parte, nos vemos atrapados a veces entre conformismos y vacilaciones.

Lo que sobre un tema dado piensen Roberto Veiga y Lenier Gonzalez – como cualquier otro autor – es lo que piensan ellos y no algo consensuado. Sus posiciones habría que debatirlas con ellos y no con Cuba posible. Yo puedo no compartir sus tesis, pero creo que tienen el derecho, en una democracia socialista, de defender lo que piensan, y que Ubieta debe respetarles ese derecho tanto como yo. O más que yo porque tiene funciones que permiten accesos más elevados y responsabilidades de mayor alcance que las que yo pueda tener. Y también discutirles – sobre todo si cree que es tan peligroso el desafío –  y propiciar que otros puedan discutir sus criterios.

De repente tengo la impresión de que Ubieta me está criticando con la mirada puesta en otro lugar. No sería mucho pedirle que se atuviera, para hacerlo, a lo que yo haya dicho o publicado, allí o fuera de allí. En el fondo lo que justifica estas líneas, es la necesidad de rechazar, de una sola vez, la sarta inaceptable de insultos que ha lanzado contra mi persona, frente a los cuales, cercano ya a los ochenta, pienso que mi conducta y mis posiciones revolucionarias no deja lugar a dudas.

 

Además, insisto en que para juzgar con objetividad, lo primero sería tomar en cuenta el apreciable caudal de reflexión que ha producido y difundido, desde su constitución, Cuba posible. No pienso que todo lo publicado sea igualmente valioso pero estoy convencido de que contiene una contribución de utilidad en nuestra sociedad real, hoy; la que ha vivido la mitad del siglo XX bajo el bloqueo y posiblemente tenga que seguir viviendo buena parte del XXI sin poder sacudírselo. Una contribución a comprender sus problemas viejos y los nuevos, a identificar los errores, y medir los  desafíos. Creo sinceramente que Cuba posible merece existir, y padecer todos los encontronazos polémicos que pueda generar su existencia.

Ese es el espíritu con el que recuerdo que se creó y me gustaría que logre mantener. No trato de definirla.  A veces las definiciones congelan las cosas, y las cosas cambian, no son estáticas. A veces sus cambios se generan desde dentro, a veces se les empuja desde fuera a ser algo distinto. Y cuando ya no son lo que creímos que serían, o dejan de existir, pueden llegar otros, que harán lo que queríamos hacer, pero dándole otro nombre, o harán algo distinto bajo el mismo nombre.

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