Category: Blog Dossier

Los cubanos restauramos los daños de Irma

Armando Boudet Gómez Tomado del blog El lugareño

Foto: Otilio Rivero Delgado/ Adelante

Pasará largo tiempo para que los cubanos, pobladores de las islas caribeñas y de la zona suroccidental del estado norteamericano de la Florida, para que podamos olvidar el paso por nuestros territorios del huracán Irma, no solo por los estragos que nos causó, sino también por las vidas que arrebató.

Considerado por los especialistas como el más poderoso surgido en el Atlántico de los que se conoce, Irma se ensañó con las pequeñas islas del Caribe, arrasando algunas de ellas como Barbuda y Antigua, que son hoy campos de desolación y muerte, y no menos hizo con el archipiélago cubano y la costa suroccidental de la Florida, llegando a este último territorio con fuerza de huracán categoría 2 y fuertes lluvias para luego azotar con vientos de tormenta tropical el estado de Georgia y zonas aledañas.

En su tránsito por las Antillas Menores, Puerto Rico, República Dominicana y Haití, Irma había dejado hasta el momento no menos de 24 muertos, mientras en la Florida, donde fueron evacuadas alrededor de 6 millones de personas se contabilizaban alrededor de 5 personas fallecidas y varias desaparecidas.

Con Cuba, el huracán con nombre de mujer se extremó azotando prácticamente todo el país, donde solo tres provincias, de las 14 conque cuenta, y el municipio especial Isla de la Juventud, no recibieron el impacto directo de vientos huracanados, de tormenta tropical y severas inundaciones costeras, como la sufrida por la capital cubana cuyas aguas penetraron profundamente, sobre todo en la zona del conocido malecón habanero.

Irma arribó al territorio nacional por Baracoa, en el extremo oriental del país, con vientos de hasta 250 kilómetro hora y llegó con su impacto hasta Artemisa, en la región occidental, donde batió con vientos de tormenta tropical y severa penetración del mar.

Aunque el tránsito del huracán por Cuba fue a lo largo de la costa norte, el radio de acción de los vientos con categoría 4 de su ojo afectó parte del territorio nacional y los de tormenta tropical, hasta 120 kilómetros por hora, azotaron el resto del país, ocasionando estragos de consideración.

En su mensaje a los cubanos el presidente Raúl Castro aseveró que los daños a la economía del país son tan cuantiosos que todavía son imposibles de calcular, concentrándose la mayor parte de ellos en el sistema eletroenergético nacional, el fondo habitacional (miles de viviendas destruidas total o parcialmente) y en la agricultura, cuya producción y sembradíos de viandas y vegetales sufrieron afectaciones de consideración en miles de hectáreas de cultivo.

Importantes instalaciones turísticas ubicadas en cayos de la costa norte así como los llamados pedraplenes que los comunican con tierra firme, sufrieron los embates de Irma, aunque se afirma que tanto los hoteles de esos lugares, como el resto de las instalaciones y los servicios que le dan vitalidad, quedarán listos para recibir la temporada alta de visitantes, que ya el pasado año sobrepasó los cuatro millones de los que arribaron y el actual va por esa cifra o más.

También en Cuba hubo de lamentarse la pérdida de vidas humanas, con diez fallecidos, una parte de los cuales obedeció a que no observaron la conducta establecida por la Defensa Civil para la protección de las personas, incluida la negativa a ser evacuadas de las zonas o locales de peligro.

Ante el desolador panorama, a pesar de las medidas preventivas adoptadas con antelación, los cubanos no vamos a llorar al muro de las lamentaciones, sino que ya, desde la última llovizna de Irma, nos lanzamos con el concurso decidido del pueblo y todos los recursos disponibles del Estado, a recuperar, restañar las heridas y alcanzar el firme propósito de construir un socialismo próspero y sostenible, como el que nos hemos propuesto.

Agradecemos las muestras de solidaridad que de todas las partes del mundo nos llegan, la de los gobiernos, algunos de los cuales nos prometieron ayuda, los de muchas instituciones y organizaciones y las de entrañables amigos que se declaran junto a nosotros en estos momentos difíciles y de arduo trabajo.

La unidad de todos los cubanos será la principal fortaleza para sobreponernos a estos tiempos duros que se avecinan, nuestra capacidad de resistencia ha demostrado que sabemos salir adelante ante las más adversas contingencias, ninguna persona quedará abandonada a su suerte y con el ejemplo de nuestro líder histórico Fidel Castro y su inquebrantable fe en la victoria, conquistaremos el promisorio futuro que ya estamos construyendo.

 

La luz diferente y el mañana

Por Yeilén Delgado Calvo

Tomado del Blog De lupas y Catalejos

Cuba tiene hoy una luz diferente. Quizá sea por los árboles que un huracán desconocedor de la piedad dejó apagados y sin hojas, o porque los caminos, las casas, los bancos del parque no acaban de sacudirse la humedad pegajosa del desastre. Se camina y aunque haya sol se siente diferente, menos retador.

Hay también un silencio inusual, incluso allí donde la corriente eléctrica ya vuelve a enseñorearse, y un olor indefinible, mezcla de días y noches fuera de lo común, olor a ciclón reciente.

Quien sepa poco de esta Isla, pedazo de épica en medio del agua, quien no haya sabido o podido conectarse con sus esencias a través del sentimiento —la única manera posible— nos pensará sumidos en el letargo, apocados por la furia de la naturaleza, dubitativos.

Le resultarán inconcebibles, entonces, las banderas, flashazos de belleza en medio de la destrucción, puestas a secar junto a los bienes más preciados. Le confundirá el niño salvador del Apóstol, ya para siempre de torso desnudo en medio del gris de la tormenta, fotografiado: en sus brazos el busto del Martí nuestro, su mirada como la de quien sostiene toda la bondad del mundo.

Y será un misterio para el observador frío y también para el que quiere convencernos, una vez más, de la muerte de la historia y de todas las rebeldes herejías, el buchito de café dado por la vecina a los muchachos que vencen los escombros, y los caramelos que otra les aporta, y el agua que una más les brinda, no sin antes disculparse «por no tener aún cómo enfriarla».

Qué podrá decir el que saborea lo arduo de estos días, ansiando hincarnos en el alma el desaliento, de Irma vapuleada por el humor cubano, de la mesa de dominó más viva que nunca, de los niños pintando otra vez las calles de escuela, de la gente que dice «si tengo vida, pa’lante». ¿Cómo podrá, aquel que ignore nuestras entrañas alegres hechas para la utopía y para la cotidianidad extraordinaria, concebir esta reconciliación pronta con el mar que nos besa y esta confianza en lo por venir?

Cuba tiene hoy una luz diferente y no por derrota alguna. Las huellas físicas de la catástrofe tardan en desaparecer y nos duele hondo donde el otro sufre. Por eso llevamos prendidos en el pecho y la retina a Esmeralda, Bolivia, Punta Alegre, Yaguajay, Boca de Camarioca, Caibarién, al litoral habanero…

Volverán a ser los de siempre los colores, así como el olor a salitre y palmiche, retornará el calor a derretir el asfalto, eso es seguro, y también que seguiremos, sonrisa mediante, iluminando entre todos las cicatrices más oscuras de estas jornadas. ¿Cómo podría ser de otro modo si los de aquí nacemos con una insólita, persistente, arrolladora predisposición a la esperanza?

Ismael Francisco Cubadebate.
foto ISMAEL FRANCISCO
Iván Paz Nogueira
foto IVÁN PAZ NOGUEIRA
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foto YANDER ZAMORA

Los días de más luces que de manchas

Muelle pesquero en Playa La Boca, Trinidad, Cuba

tomado del blog Fomento en Vivo

Todos estos tiempos poshucaranes me traen más luces que manchas, y claro, no sé cuántas noches de desvelo y lágrimas. En casa, Yenny vivió su “primer” ciclón con juegos y cuentos. Acogerla en mi hogar durante los días más aciagos de Irma en la isla me llevó a una certeza de mis memorias infantiles: la inocencia del niño que fuimos. Es la borrasca de una vida que algunos quieren desterrar y el contagio con un simulado modo de bromear hoy con el retorno de la electricidad al pueblo, cuando los linieros se despellejan pegados a los cables con la misma voluntad de rehacerse de una nación tras los daños del desastre.

De niña debo haber vivido muchas emergencias en casa pero solo recuerdo una con nitidez: el verano que fuimos evacuados en la playa La Boca, en Trinidad, junto a mi familia paterna. Corrían los años 70. Mi ropa azul de láster de pantalones campana eran mi tesoro y estábamos de vacaciones en nuestro balneario favorito. Todas las primas éramos aún niñas y los varones adolescentes. Trece primos hermanos más los tíos y tías y los abuelos Matías y Ana, los que nos enseñaron el amor a la caza y la pesca y a ese sureño pueblo costero, donde después Matías levantó sobre peñascos, la otra casona donde me gustaba tomar la zambumbia hecha por Ana y jugar dominó y machuca con los primos.
Recuerdo la noticia y el correcorre y mi mejor ropa se quedó atrás, nos llevaron a dormir por una noche a una escuela en la Villa de Trinidad, yo ni sé qué se quedó ni qué se fue con nosotros, creo que solo lo imprescindible, la comida. Salvarnos ante la inundación que se nos venía encima era lo primero. Tremenda sorpresa, naufragaron las vacaciones en un santiamén, antes que los barquitos del muelle. La Boca completa se mudó al aviso de alarma. Yo perdí la voz, solo mis ojos hablaban. Y mis manos ayudaban a cargar cosas para el viaje, pegada a mi pescador favorito, papi. Tenía menos de diez años, él estaba vivo y buscaba como la sonrisa siempre dentro de mi timidez habitual. Después con la edad descubrí que se puede sonreír con lágrimas dentro. Y así son las lecciones de estos días poshuracán Irma. Tan rápido fue todo en esa, mi única evacuación, que igual de fugaces quedaron mis registros mentales. Imagino que los viejos lo recuerden mejor. Las anécdotas de mi familia son históricas, la mayoría con una bis cómica. Esta vez la vida nos puso frente a un drama, salir pronto de la playa antes que las olas entraban a la casa de costado al malecón. En la isla o te salvas o te salvan, difícilmente quedas abandonado, excepto por elección de los suicidas.
Solo me marcaron tres imágenes, parece ya de por vida. El llanto de un niño de pocos meses en esa noche largaaaaa y medio insomne. Su madre, una esquizofrénica con retraso mental no atinaba a calmarlo y nosotros caritativos como toda la familia Romero, pendientes del chiquillo. Era el hijo más pequeño de la vendedora famosa de mamoncillos del pueblecito pesquero de La Boca. Nunca supe su nombre, para mí era la Caricolorá. Uno de mis tíos, sin perder tiempo dejó caer en mis memorias de ciclones ese sonido en el tiempo: “Denle una lata de leche condensada a ese muchacho”. Una de mis tías le dio alguna bebida dulce a la madre y todo se calmó hasta el amanecer en esa descolorida escuela de paredes arcillosas de las que solo recuerdo el duro piso y el montón calentito de gente asustada que armamos los primos para dormir. Y yo al lado de mi único, el ídolo entre todos los hombres, papi.
La otra imagen, la primera y mala impresión de entonces fue el regreso a la playa. La mirada a nuestra zona de retozos y baños soleados fue desoladora. Eran piedras sobre piedras. Parecía que habían vaciado varios camiones de áridos sobre la costa. Era el año en que la mayor crecida del Río en la desembocadura al mar se llevó el Bar y toda la arena. Parecía otro lugar. Era un pedregal sin árboles y ni sonrisas, ni barcos, solo quedaba pescar y secar todo lo mojado. El sol no asomaba ni dentro de nosotros, tan jodedores por naturaleza. La verdad que no sé de qué está hecha el alma de los pescadores. Debe ser de agua salada, arena y pescado. Son hombres con casa en una chalupa, un balcón en un muelle y las mejores vacaciones en las noches de salida de la flota. La naturaleza allí había borrado la obra humana original del pueblo, el bar, los kioskos, hasta el malecón estaba medio destruido por las olas y el arrastre de los arrecifes diente de perro cubrían la estrecha callecita de entrada al balneario. Ya no era el sitio más acogedor donde las familias fomentenses se reunían en otro espacio para compartir los chismes del pueblo, donde los pescadores contaban anécdotas al volver de sus noches con su esposa samaritana, la mar. La miseria y la humildad de los pescadores era signo de elegancia a mis ojos y aún lo es, y todo lo que atentara contra ellos hería nuestro orgullo de sentirnos nativos de La Boca.
El tercer recuerdo de mi primera evacuación llegó con el regreso a la playa. Los abuelos, tíos y primos pescaban todos los días pero el río revuelto, la mar crecida y el malecón desbordado motivó una pesca en abundancia para todos. Papi aun con su primera operación de corazón y limitaciones físicas no se quedó atrás. Y quién puede contra la voluntad de un cubano. Ahí sí había fanático a los entretenimientos de la familia. Yo nunca quería ver eso, solo de lejos. Temía tanto por la osadía de mi padre de sobrepasar la voluntad familiar. Cogió su hilo, arrancó pa allá y lo lanzó como todos, por suerte tío Chiche no lo dejaba solo. Tampoco la mirada sigilosa de abuelo y los demás. Y fue al único que le mordió el anzuelo un gran pez. No podía, dijo después que primero se dejaba llevar que soltar su presa. Tío Chiche lo sacó y fue un robalo que nos regaló la nueva Boca, la que tenían que volver a construir los pobres pescadores. Nos fuimos a Fomento unos días después y la playa nunca volvió a hacer igual. Nadie reconstruyó el bar, solo las sombrillas de guano en otro estilo, pero el malecón quedó allí, testigo de nuestros paseos de familia, de mis pocas vacaciones con mi papá. Luis tuvo la vida que Dios le permitió hasta los 33 años y la que la familia le dejó tener por su propio bien, en extremo sobreprotegido como después crecí yo por perderlos a ambos en la edad de soñar.
Los días poshuracanes dejan ese mal presagio, que vuelven a ocurrir, solo que a mí me trasladan a los contados diez años que pude convivir con mi padre. Y aun cuando solo por única vez lo escriba, esas jornadas de tantas lágrimas y desgaste de trabajo en el rescate de la alegría, son y serán al final de las cuentas estatales y los pesares individuales, días de más luces que de manchas.

#Cuba y #EEUU, dos formas opuestas de enfrentar al huracán Irma

Consecuencias del huracán Irma

Francisco Herranz / Sputnik

El huracán Irma ha dejado un rastro de destrucción y muerte por el Caribe y el golfo de México. Su diámetro era tan excepcional que tenía el tamaño de toda Alemania: unos 330.000 kilómetros cuadrados.

Tras empezar las arduas tareas de reconstrucción, que en algunas áreas de la región tomarán años, ha llegado el momento de recapacitar sobre cómo se han enfrentado diferentes países al mismo fenómeno meteorológico devastador.

¿Han respondido igual cubanos y estadounidenses ante la tormentosa furia de Irma? Evidentemente no. Y lo notable es que los primeros han generado un sistema de defensa civil mucho más eficaz que los segundos, a pesar de la abismal diferencia presupuestaria que existe entre ambas naciones.

Nada mejor que tirar de las estadísticas para confirmar estos comentarios. Los datos comparativos son muy elocuentes. Sólo el año pasado, el huracán Matthew mató a 34 personas en EEUU y ninguna en Cuba. Lo mismo pasó con el tristemente famoso Katrina, uno de los más destructivos de la historia, que en 2005 acabó con la vida de 1.833 estadounidenses, la mayoría de ellos ahogados en Nueva Orleans.

Desgraciadamente Irma dejó esta vez en Cuba 10 víctimas mortales, una cifra completamente inusual. En lo que llevamos de siglo, Cuba ha sufrido el impacto de 29 ciclones tropicales de los cuales 10 han sido tormentas tropicales y 19 huracanes, nueve de ellos de gran intensidad. Hasta esta semana, solo 54 personas habían perdido la vida en un país que cuenta con 11,5 millones de habitantes.

Pero, ¿cómo es posible que una isla pequeña y pobre salve más vidas que el Estado más poderoso del mundo? Pues gracias a un sistema piramidal pero integrado en el que cada cubano sabe qué hacer y a dónde ir en caso de desastre. El método combina la solidaridad vecinal con la organización y disciplina militar.

A partir de la terrible experiencia del huracán Flora, que dejó 1.200 muertos en 1963, el Gobierno de La Habana viene realizando cada año desde 1986 un ejercicio nacional de defensa civil contra desastres naturales, previo al comienzo de la temporada de ciclones en el Atlántico, que va del 1 de junio al 30 de noviembre.

Durante el denominado Ejercicio Meteoro, que moviliza a toda la población, se activan las medidas de prevención y contención de peligros, y las maniobras de protección y evacuación de personas, bienes y recursos económicos. Se comprueban los sistemas de aviso, comunicaciones e información y, en general, se comprueba cada eslabón de la estructura con el nivel estatal. Se actualizan los sistemas sanitarios y se racionalizan los recursos, como el agua, la energía y la comida. Se organizan las labores de prevención directa, como la poda de árboles, que pudieran ser peligrosos durante el paso del huracán, la limpieza y desbroce de cuevas, la protección de las cosechas. Posteriormente, se evalúan las consecuencias y se asiste a los más damnificados. En consecuencia, se ejecuta un protocolo integral muy exhaustivo.

En Cuba hay un verdadero poder de movilización de la estructura social y política, y los cubanos responden bien a ese sistema. En otros países afectados regularmente por los ciclones, los habitantes pueden ser reacios a dejar sus hogares, sobre todo por temor a los robos, pero allí la gente lo hace porque confía en el sistema. Además, los cubanos, sobre todo los de las provincias, son solidarios y mantienen estrechos lazos con sus vecinos.

Hasta algunos militares estadounidenses estarían de acuerdo con ese análisis. “No obstante de ser un país pobre, con retos económicos de todo tipo, ellos [los cubanos] hacen un excelente trabajo en la prevención y en el enfrentamiento de los daños de los huracanes. Se podrá decir que eso sucede porque es un país comunista controlado. Pero al mismo tiempo debe reconocerse que la gente invierte una extraordinaria cantidad de tiempo preparando la prevención de daños a las propiedades y los seres humanos”, reconocía el general retirado Russel Honoré, jefe del comando especial para combatir la crisis desatada por el huracán Katrina.

Todo este sistema resulta impensable de aplicar en las costas de FloridaLuisiana o Misisipi, donde prima el individualismo como forma de vida. La desconfianza vecinal y los profundos desequilibrios sociales también agravan el problema.

Y luego hay sujetos como Rush Limbaugh. Para este presentador de radio y comentarista político conservador estadounidense, las advertencias sobre el huracán y su fuerza demoledora sólo fueron los últimos ingredientes de una trama que tiene por objetivo convencer a la Humanidad de que el problema del cambio climático “es real” cuando no lo es.

La razón para magnificar las noticias sobre el ciclón, considera el locutor, es hacer creer a la población que se trata del resultado del cambio climático y que hay que combatir ese proceso global con más recursos y medios financieros. Sus palabras suenan muy familiares, ya que evocan el discurso de Donald Trump al respecto de este asunto.

Pues bien, el tal Limbaugh tuvo que ser evacuado de Florida, donde vive y trabaja, hasta California. Aun así, fiel a su teoría conspiranoide, siguió desmintiendo que los huracanes sean cada vez más potentes que antes, y rechazando que el agua del mar que alimenta a los ciclones se está calentando cada vez más.

Personas como Limbaugh, que tienen más simpatizantes de los que pareciera, perjudican gravemente la efectividad de los planes de contingencia diseñados por las autoridades para estos casos extraordinarios. Muchos ciudadanos se negaban a abandonar sus hogares. Y morían.

Es lamentable, pero una parte de la sociedad civil estadounidense no se cree, repetimos, no se cree, el calentamiento global, aunque lo denuncien cientos de científicos y especialistas con múltiples datos y estudios. Gracias a Limbaugh y a gente como él, que aseguran que todo esto forma parte de un gran fraude para beneficiar a los grandes comercios, a los medios de comunicación y a los políticos que defienden la lucha contra la subida de las temperaturas. Y así les va.

 

Donar sangre en Cuba

Por Javier Gómez Sánchez

tomado del blog: La Pupila Insomne

Antes de volver a Cuba, luego de varios años en el extranjero, nunca había donado sangre. No había sentido la importancia de hacerlo. Pero desde que regresé a vivir aquí esta es la tercera vez que lo hago.

Fui a donar el miércoles en la mañana. Con la ciudad recuperándose del huracán Irma. El día anterior una joven que conocí en un encuentro para hablar de “centrismo” y neo contrarrevolución, publicó en su Facebook un llamado de la UJC para hacer donaciones voluntarias. Luego de una llamada para informarme, fui al Banco de Sangre de 23 y 2 en El Vedado.

Había un grupo de jóvenes que ya habían donado y descansaban mientras comían un refrigerio. Me señalaron una pequeña oficina, donde un trabajador del banco con un pulóver blanco y una gota roja en el pecho, me preguntó: -¨ ¿Voluntario? ¨. Comenzó a escribir mis datos en una planilla. -¨ ¿Para qué municipio?¨ Respondí: -¨Bueno, yo vivo en Playa, pero si mandan la sangre a una de esas islas que están descojonadas por el huracán, por mí está muy bien¨. Me respondió rápidamente: -¨No, la sangre no sale de Cuba, eso no funciona así¨.  La reacción automática y el énfasis de la respuesta me dieron la idea de que no era la primera vez que daba esa información. Tal vez a alguien que especulara que si la sangre que se dona en Cuba la envían a algún lugar, que si para Venezuela, que si para Siria, que si…siempre hay ese tipo de gente…

-¨¿Profesión?¨ fue la próxima pregunta. Por primera vez en mi vida se me ocurrió decir: ¨Cineasta¨. Viendo el pequeño espacio en el que tenía que escribir, me pareció más fácil para él que poner: ¨Realizador de cine y televisión¨ o algo así. El hombre se quedó como pensando después de escribir la palabra y me dijo que le parecía una profesión ¨de antes¨.

Lamentando que mi sangre no fuera a Venezuela ni a Siria, o a Antigua y Barbuda, pero igual de contento fui pasando por los cubículos: En uno determinaron mi grupo sanguíneo;  en otro me dieron un jugo de guayaba, que apuré mientras vi llegar una turba de personas, todos jóvenes, que repletaron el lugar. Una mujer advirtió: -¨Llegó un guagua y avisaron que viene otra¨.

Se abrió la puerta del cubículo de extracción, un técnico con guantes y bata blanca pidió que instalaran dos camillas además de las 4 que se veían dentro. -¨Dos chaise longue más¨– fue lo que dijo. Solté el vaso vacío y entré para acomodarme ergonómicamente en uno que tenía brazo derecho, luego tuve que pasarme para otro que tenía brazo izquierdo, según me dijeron dónde la vena se podía pinchar mejor. Con el otro brazo envié un mensaje a mi socio Yoerky de Juventud Rebeldediciéndole que lo que estaba ocurriendo ahí me parecía una buena historia.

La señora que me hizo la extracción trabajaba en el lugar desde hacía 40 años: -¨Esto ha sido mucho hoy, ha venido mucha gente¨. A pesar del aumento de trabajo que les implicaba, todos los técnicos estaban entusiasmados con la avalancha de donantes. -¨!Mira eso, de Facebook!¨ exclamó la señora, cuando me preguntó si yo era ¨del grupo del Minrex¨. En eso entraron los chaise longue extras que fueron limpiados de polvo.

Sobre el mueble de nombre afrancesado, mientras abría y cerraba la mano, guapo ahí, me puse a recordar la razón por la que soy más receptivo que antes con esto de donar sangre. En dos ocasiones había acompañado a personas a hacerse extracciones en República Dominicana. Al igual que aquí, cuando se necesita una operación se debe buscar un donante, pero no hay un sistema de bancos ni distribución hospitalaria. Solo un servicio de extracción donde los necesitados deben pagar 1000 pesos dominicanos por cada pinta de sangre extraída (unos 25 dólares según el cambio). Como para cada operación se piden dos pintas, no solo se debe disponer de dos personas donantes, sino también de 50 dólares. Para la clase alta no es más que el llenado de rutina del tanque de su 4×4. Para la clase media significa sacarlo de sus apretados salarios.  Para los pobres puede ser un vía crucis, a veces para nunca poder, o lograr reunirlos cuando ya es demasiado tarde. Téngase en cuenta que ese dinero hay que pagarlo encima de lo que cuesta la operación misma. Simplemente es un sistema donde el costo de la salud es la principal causa de muerte.

Al donante le hacen exámenes inmediatos de algunas enfermedades ya que siempre es la misma sangre que se extrae la que se pone al paciente donde esté. Al terminar de donar y de pagar, le entregan las dos bolsas de sangre dentro de un termopackde poliespuma de los que se usan para comer, con la  inquietante indicación para evitar la coagulación: –¨Manténgase moviéndolo¨. Así arranca usted lo más rápido que puede sacudiendo constantemente su termopack, a la temperatura ambiente  del Caribe. Si es afortunado y tiene automóvil llegará más rápido, si dispone de una moto se monta atrás aguantando el termopack en las dos manos y recitando algunas oraciones. Si no tiene nada de eso, debe llevarlo en transporte público hasta el hospital o además de los 50 tener a mano 5 dólares más para un taxi.

En mis viajes, afortunados como éramos, poníamos el aire acondicionado al máximo y sobre la guantera del auto el termopack, para que se mantuviera moviéndose con la vibración del motor. Si la tapa se abría, se podían ver las bolsas oscuras sacudiéndose suavemente mientras acelerábamos por los elevados. Cuando caíamos en un embotellamiento tomaba la preciada carga en mis manos y la sacudía hasta que salíamos. Ni siquiera tenía una idea clara de lo que estaba haciendo.

Todo eso para las operaciones programadas, por mucha necesidad o situación que tenga la persona. Cuando indagaba sobre las transfusiones urgentes por accidente de tránsito o lo que fuera, nunca escuché una respuesta más allá de: –¨Bueno…ese está en manos del Señor¨

Es muy habitual que familias paguen a personas más humildes por una donación de sangre si no disponen de nadie que lo haga. Tal vez aparezca alguien diciendo que eso puede ocurrir aquí, y respondería que siempre sería de modo excepcional lo que en otros lugares es regla. Pero entre los cubanos en Facebook no veo las dramáticas peticiones que eran habituales en mi muro cuando vivía allá: ¨Se busca donante de sangre A- para un niño¨, compartidas angustiosamente o convertidas en esas cosas que la gente prefiere no ver, estremecidas por solo pensar que les puede tocar en la vida.

-¨Ya no hace falta que abras y cierres la mano¨  me devolvió a Cuba la técnico mientras sacaba la aguja y escribía en la bolsa.

Minutos después, luego de comer un sándwich de jamón y queso, y beber una lata de refresco de naranja que me dieron. Salí sorteando a los muchachos que no se recostaban a las paredes que, tratándose de un banco de sangre, alguien había tenido la idea de revestir de mármol rojo.

A la salida me fijé en una tarja colocada junto a la puerta que decía: ¨Aquí donó sangre Fidel Castro Ruz…¨. Coleccionista de tarjas, saqué mi celular para hacer una foto. –¨Mira eso, le hacen fotos y todo, verdad que…¨- dijo una muchacha a mis espaldas. Extrañado volví a mirar la tarja y me percaté que habían cometido el error de poner una tilde sobre la ¨u¨ de Ruz. ¨Rúz¨, leí en la pantalla de mi celular.

-¨No importa¨-  le dije a la muchacha. -¨Yo lo borro en Photoshop¨

Y lo borré.

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