Category: Blog Dossier

Una imagen, ¡cuántas ofensas!

tomado del blog: Desde mi orilla

Esta es una imagen de facebook que a mí me da la idea de cómo somos los cubanos (y eso nadie no los puede quitar porque está en la sangre) ante los diferentes momentos de la vida. Cuando la miré a primera vista me ratificó esa convicción y créanme que comencé a asombrarme al leer la mayoría de los comentarios y como no me conformo con haber dado mi opinión en esa red, prefiero personificarlo en mi blog, que es mi espacio personal.

Creo que a algunos se les ha ido la mano y hasta con ofensas. Cada quien tiene el derecho de actuar de la forma que quiera en situaciones determinadas y pueden ser actitudes criticables siempre que haya una razón de peso. Pero en este caso, ¿cuál es el delito? Es una actitud, quizás diferente pero una actitud.

El fotorreportero tilda la situación de «increíble», otra no escribe porque se le puede ir la mano y ofender, otro los tilda de estúpidos, otro que hay que meterlos presos; otro «descaraditis exhibicionista» y hasta una acusación por dinero mal habido; «pérdidas de valores, decadencia, indignación». ¿Será posible?

Solo Ernesto Agustín Vera González es atinado en su opinión porque en verdad así somos los cubanos y todos no podemos actuar mecánicamente, como si fuésemos robot, que por cierto mucho daño le ha hecho a nuestro país.

¿No decía el ilustre Benito Juárez que el respeto al derecho ajeno es la paz? Yo solo me guío por la foto y a mí lo que me parece es gracioso, y si se reflexiona ¿alguien sabe lo que les ha pasado a esos que juegan dominó? A lo mejor tienen más problemas en sus casas por «Irma» que todos los criticones juntos, y han buscado esa vía de escape para aliviar tensiones.

En fin, creo que ofender por ofender sí es una actitud incompatible con las normas de conducta y decencia. Si quieren jugar dominó debajo del aguacero, pues que jueguen, eso a la verdad, a nadie le importa. Y no digo más, para que me critiquen también.

Dos horas de vuelo

Por Rosana Rivero Ricardo

tomado del blog: Live in Cuba

El huracán Irma me cogió “nuevecita de paquete”. Me estrené en coberturas periodísticas para casos de desastres y, para muchos lo más emocionante, me trepé en un helicóptero para evaluar los daños de Irma en la costa norte oriental.

No tenía miedo a montarme, sino a marearme. La primera medida preventiva fue almorzar ligerito. No me asusté siquiera cuando empezaron a sonar las hélices en movimiento. Aquel aparato sonaba más que un tractor y se tarandeaba más que un tren lechero de Holguín a Villa Clara, que hasta ese momento eran mis referencias.

A los novatos se nos entregaron caramelos para la descompresión de oído y un “cubalse” para otros fines no tan halagüeños. Confieso que empleé ambos, aunque mi caso no fue tan vergonzoso si tenemos en cuenta que descendimos en dos ocasiones para otras necesidades, no menos imperiosas, de tres de los pasajeros.

En las dos horas de vuelo me arrepentí de burlarme de mi primo que de pequeño se mareaba en cualquier viaje largo por tierra. Aprendí que lo mejor es no pensar en el mareo y si no tienes experiencia, no debes hacer videos. También es importante que nadie te pregunte cómo estás, porque te hace sentir peor.

Hubo un momento en que quería que Irma me llevara, pero ya estaba muy lejos. Tanto desparpajo en las nubes, con el mueve, mueve de los vientos, me afectó el buen juicio. Pero actué con más categoría, que la cuatro que traía el ciclón y al bajarme le regalé a la cámara mi mejor sonrisa. Bueno, al menos eso pienso yo.

Amén de los percances, la misión fue cumplida. Pisé tierra con mis videos y la certeza de que recibimos el menor de los males de Irma. Conocí a Antilla en Holguín y a Covarrubias y Puerto Padre en Las Tunas. Periodísticamente, le saqué bastante lasca al vuelo. Parece que al estar más cerca de las musas, ellas no tuvieron que esforzarse tanto en bajar. Aterricé con el estómago vacío, pero la mente llena de anécdotas por contar. Después de esta experiencia, Matías Pérez, a mi lado, es un niño de teta.

Muertes lamentables y evitables

Olga Thaureaux Puertas

tomado del blog A lo Cubano

Actos irresponsables tras el paso de "Irma"idad?Hay cosas que solo se saben porque se viven. Sí, no es mi intención confundirlo, solo compartir algunas ideas relacionadas con las fortalezas del sistema de la Defensa Civil de Cuba, a propósito del paso por este territorio del potente huracán Irma y la lamentable noticia de que nos dejara 10 fallecidos, de La Habana, Matanzas, Camagüey y Ciego de Ávila.

Los cubanos estamos acostumbrados, ante cualquier eventualidad, a las informaciones y orientaciones de la Defensa Civil en sus diferentes estructuras, hasta llegar al barrio.

Según su sitio web la “Ley 75 de la Defensa Nacional establece la Defensa Civil (DC) como un sistema de medidas defensivas de carácter estatal, en tiempo de paz o situaciones excepcionales, con el propósito de proteger a la población y la economía nacional contra los medios de destrucción enemigos, en casos de desastre y ante el deterioro del medio ambiente. También comprende la realización de los trabajos de salvamento y reparación urgente de averías en los focos de destrucción o contaminación.

“El Presidente del Consejo de Estado dirige la Defensa Civil mediante el Ministro de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, quien para ello cuenta con el Estado Mayor Nacional de la Defensa Civil, principal órgano de dirección del sistema.

“Los presidentes de las asambleas provinciales y municipales del Poder Popular son los jefes de la Defensa Civil en el territorio correspondiente. Ellos se apoyan en los órganos de la DC, compuestos por oficiales y funcionarios subordinados a las regiones y sectores militares.

“En los órganos y organismos estatales, las entidades económicas e instituciones sociales, los máximos dirigentes responden por el cumplimiento de las medidas de la Defensa Civil. Estas son de obligatorio cumplimiento en todos los niveles y para la población”.

Los cubanos dominamos esta estructura y sabemos que, por ejemplo, en el caso de la proximidad de un fenómeno meteorológico las informaciones que emiten el Centro de Pronósticos del Instituto de Meteorología y la Defensa Civil, son las mejores herramientas de que disponemos; de ahí la existencia de diferentes fases, por demás archiconocidas y sobre todo qué se debe hacer en cada una.

Por eso resulta lamentable y llamativo a la vez, que entre los fallecidos existan personas que al parecer cometieron imprudencias que terminaron con su vida: Retirar una antena de TV debe hacerse antes de que comiencen las afectaciones; se ha dicho que no se debe transitar  por la calle precisamente por el peligro de la caída de postes, árboles o cables del tendido eléctrico. Y qué decir de quienes  no observaron las normas de conducta orientadas por la Defensa Civil, y se negaron  a ser evacuados.

En las imágenes publicadas tras el paso de Irma vimos a personas jugando dominó en medio de una calle llena de agua; otros, muchos, caminando en medio de esas aguas… esos por citar algunos ejemplos, porque también supimos de habitantes de San Antonio del Norte que se negaron a abandonar sus casos y vivieron horas inolvidables cuando el mar desplomó puertas y entró a sus domicilios. Estos, afortunadamente pudieron contar la historia.

Cuba está situada en una zona propensa al paso de fenómenos meteorológicos de este tipo, de ahí que siempre nos preparamos para la temporada ciclónica, del 1 de junio al 30 de noviembre. Pero prepararse es también estar debidamente informado y obedecer las orientaciones de la Defensa Civil.

De esa manera, siempre serán mínimas las pérdidas de vidas humanas, que es lo fundamental.

Yo vengo a ofrecer mi corazón.

Por Víctor Ángel Fernández

tomado del Blos La Pupila Insomne

Algunos pensarán que estoy loco, pero me encantan estos tiempos. Son los instantes en que a esos cubanos, siempre descritos como bullangueros, bailadores, chistosos o enamoradizos, se nos sale nuestra más maravillosa cualidad: la de solidarios.

Ahora, a los vecinos del piso de abajo, aquellos a los que a lo mejor nunca les hablamos, les ofrecemos nuestra casa para que resguarden sus cuatro cosas y no se dañen cuando suban las aguas. Y a esos dos viejitos, que se pasan la vida protestando por el alto volumen de nuestra incomprensible música, los ayudamos para que no tengan ningún problema y hasta les ofrecemos nuestros jóvenes brazos para cargarlos si fuera necesario. Así somos.

Pasado mañana regresamos a la calma. Regresamos a la música y hasta regresamos al individualismo. Digo pasado mañana, porque mañana, estaremos ayudando a que todo regrese a la normalidad. Realmente, no entendemos mucho de las arengas y los llamados, pero somos la gente fuerte y ágil para subir al techo y restaurar la antena del televisor, o cargar las ramas más pesadas que cayeron al suelo. O porque es verdad que no somos muy disciplinados y a veces hasta peligrosamente temerarios, pero así somos.

También en estos tiempos llega la solidaridad del exterior. Muchos que recibieron la nuestra, aunque no tengan nada material que ofrecer, nos mandan mensajes llenos de cariño y comprensión. Nos ofrecen su corazón, para que todo no esté perdido. También los jefes de estado, que dejan por unos momentos sus preocupaciones y deberes propios, enseguida nos hacen llegar su mensaje en forma de promesa de ayuda material, que también es necesaria.

Entonces se me ocurre una idea, muy a propósito de algunas tendencias de estos tiempos.

Últimamente se propaga cierta fiebre contagiosa, al levantar una especie de oda a los nacidos por acá, mientras hoy forman parte de la gran carpa de la MLB. Día a día nos cuentan sus millones, comparándolos con las irrisorias cantidades que recibían por nuestros predios. Nos cuentan sus hits, sus carreras, sus ponches y hasta sus accidentes, cuando un día, casi anónimos, se dan un brinquito hacia el caimán, para saludar a la familia.

La idea que formulo, es sencilla. Propongámosle a esos que un día, gracias a los que estamos en este verde caimán, se formaron aquí, dieron sus primeros batazos aquí, vistieron aquí un uniforme con las bellas cuatro letras de aquí y que también aquí, se pusieron en una vitrina para que los compraran o para venderse, por esos repetidos y loados “grandes” millones. Repito, vamos a proponerles que ofrezcan algo de esos dineritos para ayudar al país que tanto hizo por ellos, o mejor aun, que si les cuesta mucho dar un centavo de sus fortunas, acudan a la prensa -con la covocatoria que les da su celebridad- y pidan al gobierno estadounidense no implemente las sanciones que contra el país donde nacieron tiene previstas anunciar este viernes 15 de septiembre y que sin dudas añadirán más dificultades a la ya difícil situación creada por el huracán Irma. 

Roberto Clemente

No estoy pidiendo nada del otro mundo. Ni siquiera es una idea surgida por estos rojos e izquierdosos lares. Ese es el espíritu del renombrado premio Roberto Clemente, aquel pelotero que un 31 de diciembre, mientras otros fiestaban, él recolectaba ayuda para ofrecer a una Nicaragua necesitada y en ello le fue la vida.

¿Se atreverán los adoradores a pedirlo? ¿Se atreverán los adorados a aceptar el reto? ¿Lo aceptará la OFAC, el Departamento del Tesoro, la MLB y cuanta ley establece el real bloqueo? Muchos dirán que eso va contra las leyes y los peloteros qué podrán hacer. Un día en esas mismas grandes ligas, un negro luchó por un espacio. Otro día, una mujer negra, incluso arriesgando su vida, decidió no levantarse del ómnibus que le correspondía, aunque cualquier cantidad de blancos la amenazara y hasta las leyes la sancionaran.

¿Serán capaces de estos cubanos, los únicos deportistas del mundo a los cuales se le obliga por contrato, a romper con el país que los vio nacer, algo que ni siquiera se le exigió al negro Jackie Robinson, pues nunca tuvo que romper con los suyos? ¿Serán capaces de decir ya basta y yo con mi dinero hago lo que quiero? ¿Serán un día reales merecedores del Premio Roberto Clemente que se entrega por el aporte social a la comunidad que los vio crecer?

Ese dinero no resolverá los problemas a los que han perdido todo, pero si esa donación sucediera, estoy seguro que tendrían muchos más admiradores, incluso entre los que ni siquiera saben que la pelota es redonda y viene en caja cuadrada.

Mientras tanto, se comprenda o no esta solicitud, me quedo con el poeta y no obstante los palos que me de la vida, algunos en forma de huracanes con nombre de mujer, seguiré siempre, junto a otros millones, dándole a la vida sueños.

Un lejano, pero presente recuerdo sobre el ciclón Flora

Por: Orlando Guevara Núñez

tomado del blog: Ciudad sin cerrojos

En estos días, por la presencia del huracán Irma, mucho se ha mencionado a otro con nombre de mujer: el ciclón Flora, que azotó la parte oriental cubana a inicios de octubre de 1963. En esa ocasión, con apenas 20 años de edad, yo desempeñaba el cargo de secretario general del Comité Seccional del Partido en Cauto Embarcadero. Hace unos años, escribí sobre aquel episodio que, en el áreaque yo dirigía dejó 257 muertos, y el territorio destruido. Hoy, la evocación del Flora me motiva a seleccionar unos pocos párrafos que pueden dar aunque sea una pálida imagen del desastre vivido. Téngase en cuenta que en esa época, aún no teníamos una Defensa Civil organizada, ni presas que asimilaran grandes volúmenes de agua, ni la experiencia de hoy ante los desastres naturales.

En medio de aquella tragedia indescriptible, la tarea de los botes tuvo su fin, porque la cercanía del Cauto y su bravura, por ese  lugar, eran muchas. Nuestras esperanzas se desmoronaban. Los camiones habían sido sustituidos por tractores, éstos por botes y ahora las embarcaciones estaban obligadas a ceder su lugar a otro medio más eficaz: los helicópteros de nuestras Fuerzas Aéreas Revolucionarias.

Pocas veces habíamos visto tanto coraje, audacia y sensibilidad humana y revolucionaria como la de aquellos pilotos y sus tripulaciones, sobrevolando las aguas y buscando a los sobrevivientes. Creo que ese tipo de hombre superior, es una de las más bellas creaciones de la Revolución.

Gracias a los helicópteros, centenares de personas fueron rescatadas de lugares donde habían permanecido aisladas en pequeñas porciones de tierra firme o encima de los árboles y casas.

No es exagerado decir que durante los días que duró el Flora, perdimos casi por completo la noción del tiempo. No hubo noches ni días, sino continuas  e interminables jornadas de trabajo. Ni siquiera la fecha podíamos precisar. Fue más de una semana con la misma ropa, mojada, sucia, pestilente. Los pies, entumecidos en el interior de las botas. Los pulmones, con un frío que los calaba.

En medio de aquella tragedia, supimos la noticia de que nuestro Comandante en Jefe se encontraba en la zona del Cauto. La primera reacción fue de alegría; la segunda, de preocupación.

Siempre la presencia de Fidel infunde ánimos, nos inyecta confianza y nos hace sentir más capaces de realizar cosas mayores. Pero no era posible abstraerse de la realidad sobre el peligro que él corría. “A Fidel no puede pasarle nada”, pensábamos, quizás como un mecanismo de autodefensa ante la preocupación; pero la posibilidad de que sí le pasara, martillaba cada momento.

Es verdad que Fidel es Fidel porque siempre ha marchado a la vanguardia, lo mismo en el Moncada que en el Granma, en la Sierra Maestra, en Girón y en todos los momentos de peligro para nuestro pueblo, pero ningún revolucionario se siente tranquilo si conoce que él está corriendo riesgos. Y en aquellos momentos el peligro era grande.

Poco después, supimos del accidente del carro anfibio en el cual viajaba nuestro máximo jefe, y cómo él tuvo que abandonarlo en medio de un río crecido, el Rioja, afluente  del Cauto.

La destrucción era total y deprimente. Nada había sido infalible ante la fuerza del Flora. Para enfrentar esa realidad, hacía falta ahora más valor que el derrochado en las labores de salvamento. En medio de la tragedia, no pensábamos en el futuro, sino en lo que teníamos al lado, en quienes necesitaban ayuda. El efecto de verlo todo destruido fue un impacto indescriptible.

Cuando bajaron las aguas, quedó ante nosotros un espectáculo tétrico, desolador, tan traumático que ni aún el paso de los años ha podido borrarlo.

Casas destruidas y semi destruidas. Seres humanos muertos por doquier. Las cosechas arrasadas, exterminados todos los animales domésticos; el lodo levantado casi un metro en el interior de las viviendas en pie; todo tipo de animales muertos a cada paso, la pestilencia penetrante. Y lo más impresionante: la gente enterrando a sus muertos, en muchos casos en el mismo lugar donde se encontraban los cadáveres o buscando infructuosamente a los familiares desaparecidos.

Aquellos que encontraban los cuerpos sin vida de sus seres queridos sentían, al menos, el consuelo de darles sepultura y saber donde estaban. Otros permanecieron meses en una larga y dolorosa espera, debatiéndose entre la posibilidad de la muerte y la esperanza del milagro salvador que  no llegó nunca.

El poblado de Cauto Embarcadero ofrecía a nuestros ojos un panorama dantesco. Allí murieron ahogadas veintinueve personas. A las casas de placa existentes, sólo les quedó sin cubrir por el agua una longitud de dos o tres pies; a otras, menos y algunas fueron virtualmente tapadas. Las viviendas poco resistentes, arrasadas o averiadas.

Barrios enteros habían desaparecido junto a la mayoría de sus pobladores. En la Región del Cauto, más de novecientos muertos enlutaron a centenares de familias, mientras que más de un millar de viviendas fueron totalmente destruidas o sufrieron daños de consideración.

Cauto Embarcadero veintinueve muertos; Los Guayitos, treinta y dos; Aguas Verdes, cincuenta y seis; El Doce y Medio, cincuenta y cuatro; Guamo, cuarenta y uno. El Seis de Santa Rosa, otros pequeños bateyes radicados junto a las grúas cañeras, barriecitos agrícolas, todos destruidos; ausencia de muchos, presencia inconsolable de otros. La lista de los muertos, larga; las cifras, abrumadoras; los casos, conmovedores; la realidad, aplastante. El Seccional de Cauto Embarcadero y el Municipio de Río Cauto habían sido arrasados por el Flora.

El domingo 13  de octubre de 1963, conocimos un comunicado del Comandante en Jefe Fidel Castro, a través del cual planteaba al pueblo una tarea convertida en bandera de combate para todos los revolucionarios: Reconstruir todo lo perdido y hacer mucho más.

(…) Pero el país se levantará de este revés con más fuerza y pujanza aún. Porque ante la adversidad se crece siempre  nuestro pueblo heroico y revolucionario. Ayudaremos con todo nuestro corazón y nuestras fuerzas a nuestros hermanos en el dolor; más poderoso que los huracanes, es el sentimiento de solidaridad del hombre.

El dolor de uno es el dolor de todos. Las pérdidas de uno, es pérdida de todos.

Ninguna familia quedará sin la ayuda de la Revolución,  para que vuelva a poseer lo que ha perdido; ningún niño quedará huérfano; ningún hogar quedará sin auxilio.

Reconstruiremos todo lo destruido y haremos mucho más.

El país, trabajando, se resarcirá con creces de los daños sufridos. Hoy no trabajamos sino para nosotros mismos. El trabajo humano es el creador de  todas las riquezas. El trabajo puede más que la Naturaleza. Con nuestro trabajo saldremos  victoriosos de esta prueba.

Y lo dicho por Fidel se hizo realidad.

Resumiendo: En mi seccional, 257 muertos, en el municipio de Río Cauto, más de 700, en el país, 1 137, aunque he leído otras cifras superiores. Todavía conservo en la memoria muchas de aquellas trágicas imágenes.

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