Category: Cultura

Comentario sobre el libro: BARACOA… LA DE SIEMPRE

Tomado del Blog: Senda Interior

Es el título de una maravillosa antología poética compilada por las
poetas baracoenses Liana López Terrero y Sandra Rubio Oliveros, y es un atractivo homenaje a los poetas de la Ciudad Primada de ayer y de hoy.
El texto está pleno de poemas exquisitos que captan la vitalidad y la
energía creativa de esos bardos que desplegaron todo su amor en los
textos que hoy disfrutamos y que llegan directo a nuestros corazones.
Todos los protagonistas de esta antología han mantenido vivo el arte
que los une a su historia con verdadera excelencia.
La obra está ilustrada con el esplendor de diseños que aportan líricas
descripciones y que tienen el mérito de haber sido realizados por
artistas plásticos del propio terruño que los representan con genuina
creatividad.
Meritorio es destacar el trabajo realizado por las compiladoras como
una verdadera obra de artesanía o mejor dicho de orfebrería literaria.
Es un texto que proporciona sentido de identidad y pertenencia, porque
los poemas publicados además de belleza demuestran dignidad y
reverencia por la vida y una profunda espiritualidad de las
generaciones de ayer y de hoy.
Esta edición es una verdadera joya, un regalo que recibimos de
Ediciones Nuevo Mundo para no olvidar “…a los que añoran y enaltecen a
La Primera en el Tiempo”

GRATIS. EL FUTURO DE UN PRECIO RADICAL. CHRIS ANDERSON

 

 

 

 

 

Tomado del Blog El Ciervo Herido

Sin ser devoto de este tipo de libros, y a riesgo de caer en la trampa a que alude el siguiente texto, lo publico como parte del debate en torno a las dinámicas del marketing en la hora actual.

Prólogo

En noviembre de 2008, los miembros supervivientes del equipo original Monty Python, pasmados por el alcance de la piratería digital de sus vídeos, emitieron un anuncio muy serio en YouTube:

Durante 3 años, vosotros, los YouTubers, nos habéis estado pirateando, os habéis estado apropiando de decenas de miles de nuestros vídeos y poniéndolos en YouTube. Ahora la situación ha cambiado. Ha llegado el momento de que nos hagamos cargo de nuestros asuntos. Sabemos quiénes sois, sabemos dónde vivís y podríamos perseguiros con resultados demasiado horribles para ser contados. Pero como somos unos tipos extraordinariamente buenos, hemos encontrado una manera mejor de resarcirnos: hemos lanzado nuestro propio canal Monty Python en YouTube.

Se acabaron esos vídeos de pésima calidad que habéis estado colgando. Os vamos a dar material de primera mano: vídeos de alta calidad suministrados directamente desde nuestras instalaciones. Y encima, estamos seleccionando nuestros clips más vistos y poniéndoos versiones totalmente nuevas de la más alta calidad. Y lo que es más, os vamos a dejar ver absolutamente todo de manera gratuita. ¡Tal cual!

Pero queremos algo a cambio.

Guardaos vuestras estupideces y comentarios tontos. Lo que queremos es que hagáis clic en los enlaces, compréis nuestras películas y programas de televisión, y aliviéis nuestro dolor e indignación por todo lo que nos habéis robado durante todos estos años.

Tres meses más tarde, ya se podían apreciar los resultados de este temerario experimento con lo Gratis. Los DVD de Monty Python se habían colocado en el puesto nº 2 de la lista Amazon de los más vendidos de cine y televisión, con un incremento de las ventas del 23.000 por ciento.

¡Tal cual!

Lo Gratis funcionó y lo hizo con brillantez. Más de 2 millones de personas vieron los «clips» en YouTube a medida que se difundía el boca a boca y los padres presentaban a sus hijos al Caballero Negro o les mostraban el Sketch del Loro Muerto. Miles de espectadores recordaron cuánto les gustaban los Monty Python y desearon más, así que compraron los DVD. Comenzaron a abundar los vídeos de respuesta, las aplicaciones Web híbridas y las remezclas, y una nueva generación se enteró de lo que significaba realmente «Conejo Asesino». Y todo ello le costó a Monty Python esencialmente nada, ya que YouTube pagaba todos los gastos de almacenamiento y de ancho de banda.

Lo que sorprende de este ejemplo es lo poco sorprendente que es. Existen incontables casos como este en Internet, donde casi todo se da gratis en alguna versión con la esperanza de vender otra cosa, o, incluso con más frecuencia, sin esperar nada a cambio.

Estoy escribiendo estas palabras en un miniordenador portátil de 250 dólares, que es el tipo de ordenador que está creciendo más rápidamente. El sistema operativo es una versión del software gratuito Linux, aunque eso no tiene importancia porque no hago funcionar programas salvo el navegador gratuito Firefox. No estoy utilizando el programa Word de Microsoft, sino los Google Docs gratuitos, que tienen la ventaja de permitirme disponer de mis borradores en cualquier lugar, sin tener que preocuparme de hacer una copia de seguridad ya que Google se ocupa de hacerlo por mí. El resto de lo que hago en este ordenador es gratuito, desde mi correo electrónico hasta mis feeds de Twitter [servicio gratuito de microblogs]. Incluso es gratuito el acceso inalámbrico, gracias a la cafetería en la que estoy sentado.

Y con todo, Google es una de las empresas más rentables de Estados Unidos, el «ecosistema Linux» es una industria de 30.000 millones de dólares, y la cafetería parece estar vendiendo capuchinos a 3 dólares sin parar.

En ello radica la paradoja de lo Gratis: la gente está ganando montones de dinero sin cobrar nada. No es que todo sea gratuito, sino lo suficiente como para haber creado una economía tan grande como la de un país de tamaño considerable en torno al precio de cero dólares. ¿Cómo ha sucedido y hacia dónde se encamina?

Esta es la cuestión central del presente libro.

Todo comenzó para mí como un cabo suelto de La economía Long Tail [2]. Mi primer libro trataba de la nueva forma adquirida por la demanda de los consumidores cuando disponemos de todo y podemos elegir entre infinitos productos en el supermercado y no sólo de la marca estrella. El abundante mercado del Long Tail fue posible por la ilimitada «cantidad de estanterías» que hay en Internet, que es el primer sistema de distribución de la historia que está bien adaptado tanto para nichos como para lo masivo, para lo desconocido como para las grandes corrientes. El resultado fue el nacimiento de una cultura enormemente diversa y una amenaza para las instituciones de la cultura actual, desde los medios de comunicación dominantes a los sellos musicales.

Sólo hay una manera de disponer de un espacio ilimitado: que dicho espacio no cueste nada. Los «costes marginales» cercanos a cero de la distribución digital (es decir, los costes adicionales de emitir otra copia aparte de los «gastos fijos» del soporte físico con la que hacerla) nos permiten no efectuar discriminaciones en cuanto al uso que le demos (no se necesitan filtros para decidir si algo merece tener alcance global o no). Y de ese «gratis para todos» surgió el milagro que constituye hoy Internet, la mayor acumulación de saber, experiencia y expresión humanos de la historia. Eso es lo que pueden conseguir las estanterías gratuitas. A medida que me iba maravillando con las consecuencias, comencé a pensar más en lo Gratis y me di cuenta del alcance que había logrado. No explicaba únicamente la variedad de lo que existe en Internet, sino que definía también el precio que allí tiene. Y además, lo «gratis» no era simplemente un truco de marketing como los premios y muestras gratuitas a los que estamos acostumbrados en el comercio minorista tradicional. Esta gratuidad parecía no encubrir compromisos: no se trataba de un señuelo para una venta futura, sino de algo genuinamente gratis. La mayoría de nosotros dependemos de uno o más servicios de Google cada día, pero nunca quedan reflejados en nuestra tarjeta de crédito. Nadie te mide el tiempo cuando utilizas Facebook. La Wikipedia no te cuesta nada.

Lo Gratis del siglo XXI es diferente de lo Gratis del siglo XX. Algo se transformó en algún lugar durante la transición de los átomos a bits, un fenómeno que creíamos entender. «Lo Gratis» pasó a ser gratis.

Pensaba que sin duda la economía tendría algo que decir al respecto. Pero no pude encontrar nada. No hay teorías de lo gratis, ni modelos de precios que equivalgan a cero. (Para ser sincero, existen algunas, como lo revelaría más tarde la investigación. Pero se trata más bien de debates académicos de difícil comprensión de los «mercados bilaterales», y, como veremos en el capítulo de economía, se trata de teorías casi olvidadas del siglo XIX). De algún modo, ha surgido una economía en torno a lo Gratis antes del modelo económico que pueda describirla.

De ahí este libro, que pretende ser un análisis de un concepto que se encuentra en mitad de una evolución radical. Como he llegado a descubrir, el concepto de Gratis es al mismo tiempo algo familiar y algo profundamente misterioso. Es tan poderoso como mal interpretado. Lo Gratis que surgió en la última década es diferente de lo Gratis que existía antes, pero el cómo y el por qué apenas han sido analizados. Y además, lo Gratis de hoy aparece lleno de contradicciones evidentes: se puede hacer dinero dando cosas gratis. Es verdad que regalan cosas. A veces obtienes más de lo que pagas.

Ha sido un libro divertido de escribir. Me ha llevado desde los médicos charlatanes de finales del siglo XIX en Estados Unidos a los mercados piratas de China. He buceado en la psicología de los regalos y en la moral del derroche. Inicié un proyecto para probar nuevos modelos de negocio en torno a la electrónica donde la propiedad intelectual es gratuita (un modelo conocido como «hardware de fuente abierta»). Tuve que devanarme los sesos con mis editores para que este libro pudiera ser gratuito en la mayoría de sus formas, creando al mismo tiempo la manera de que todo el mundo que había colaborado en su producción pudiera cobrar.

En cierta forma, se trataba de un proyecto de investigación pública, como lo había sido La economía Long Tail. Lancé con antelación la tesis en un artículo en Wired, y mantuve un blog sobre el tema al igual que había hecho con La economía Long Tail . Pero emprendió un camino diferente, más en mi propia cabeza que en una conversación colectiva con participantes en Internet. En realidad, este libro tiene más en cuenta la historia y funciona más bien como una narración, y trata tanto del pasado de lo Gratis como de su futuro. Mis investigaciones me llevaron tanto a los archivos y textos de psicología del siglo XVIII como a los fenómenos más recientes de Internet. Así que me vi a mí mismo en la tesitura tradicional del escritor, sumido en la soledad del estudio y tecleando con auriculares en un Starbucks, según el caso.

Cuando no escribía, viajaba para hablar con la gente sobre lo Gratis. Descubrí que la idea de que se podía crear una enorme economía global en torno a un precio base cero estaba invariablemente polarizándose, pero el único factor común era que casi todo el mundo tenía sus dudas. A riesgo de generalizar en razón de la edad, en líneas generales existían dos campos de escépticos: los de más de 30 y los de menos de 30 años. Los críticos de más edad, que habían crecido con el concepto de lo Gratis del siglo XX, tenían razones fundadas para sospechar: «Seguro que de gratis no tiene nada, tarde o temprano terminaremos pagando». «No sólo no se trata de nada nuevo, sino que es el truco de libro más viejo del marketing». «Cuando escuches la palabra “gratis”, llévate la mano a la cartera».

Los críticos más jóvenes tenían una respuesta diferente: ellos son la Generación Google y han crecido asumiendo sin más que todo lo digital es gratis. Han interiorizado la sutil dinámica del mercado de la economía del coste marginal cercano a cero de la misma manera que interiorizamos la mecánica newtoniana cuando aprendemos a atrapar una pelota. El hecho de que estemos creando una economía global en torno al precio cero parecía demasiado evidente como para ni siquiera percibirlo.

Por todo ello me di cuenta de que era un tema perfecto para un libro. Cualquier tema que puede dividir a sus críticos en dos campos opuestos —«totalmente falso» y «demasiado evidente»— tiene que ser bueno. Espero que quienes lean este libro, aunque pertenezcan a alguno de estos bandos, lo terminen perteneciendo a ninguno. Lo Gratis no es nada nuevo, pero está cambiando. Y lo está haciendo de maneras que nos está haciendo repensar algunas de nuestras nociones básicas sobre la conducta humana y los incentivos económicos.

Aquellos que comprendan el nuevo concepto de lo Gratis dirigirán los mercados de mañana y modificarán los de hoy; en realidad, ya lo están haciendo. Este libro trata sobre ellos y lo que nos están enseñando. Es sobre el pasado y el futuro de un precio radical.

Tomado del libro GRATIS. EL FUTURO DE UN PRECIO RADICAL, de Chris Anderson, 2008.

LA CRISIS CIVILIZATORIA Y EL PAPEL DE LA ÉTICA. FREI BETTO

por Frei Betto

tomado del blog El Ciervo Herido

En griego, ethos significa casa en el sentido amplio de hábitat del ser humano, tanto en lo relativo a la naturaleza como a la vida social. Ethos es una casa en construcción, y en ella el ser humano se pregunta por el sentido de sí mismo, por el rumbo y el objetivo del proyecto que asume. La ética es, pues, un proceso mediante el cual conquistamos nuestra humanidad y construimos nuestra casa, o sea, nuestra identidad como persona (ser político) y como clase social, pueblo y nación.
La humanización de sí, de los otros y del mundo es un permanente “llegar a ser”, según el punto de vista apuntado por Teilhard de Chardin: cuanto más nos espiritualizamos, más nos humanizamos. Y nuestra espiritualización es una cuestión ética antes que una opción religiosa.
El ser humano tiene dos actitudes posibles ante la vida: vivir de la tradición o de la innovación. Vive de la tradición quien se somete al mundo en el que se inserta sin cuestionarlo ni cuestionarse en él. Es la tendencia predominante en este mundo globocolonizado en el que vivimos hoy. El modo de la tradición es propio de los animales, incapaces de innovar su hábitat. Son atávicamente presos de la naturaleza.

Al ser humano le es dado el poder de innovar, de distanciarse de la naturaleza y de sí mismo, de preguntarse por el sentido de la vida y los valores a asumir ante el abanico de opciones que se abre a su libertad. Porque somos esencialmente seres históricos llamados a hacer historia.

La libertad no es dar rienda suelta a los deseos. Añádase que, con frecuencia, nuestros deseos no son propiamente nuestros. Son deseos de otros infundidos en nosotros por la publicidad y la trivialidad. Libre es quien se distancia de la tradición, de las presiones circundantes y, al indagar por el sentido, actúa de acuerdo con la inteligencia. La modernidad prefiere decir: actúa de acuerdo con la razón. Pero “la razón es la imperfección de la inteligencia”, alertó Santo Tomás de Aquino. El conocimiento no se adquiere solo mediante la razón; involucra la intuición, los sentimientos, las emociones, el sentido estético, etc. Así, la ética no nace del logos, sino del pathos, allí donde reside la emoción. Nace de la tierra fértil de la subjetividad, en la que se fortalecen las raíces de nuestros valores y principios.

La razón es la estancia intermedia entre el pathos y la contemplación, la forma suprema de conocimiento, el que nos hace vivenciar lo Real. Si no percibimos esa diferencia, somos capaces de reconocer la miseria y analizarla (razón), pero no siempre somos sensibles a ella o nos produce indignación, hasta el punto de actuar para erradicarla (pathos).

Ética social

Sócrates fue condenado a muerte por herejía, como Jesús. Lo acusaron de predicarles nuevos dioses a los jóvenes. En realidad, la iluminación de Sócrates no le abrió los ojos para ver el Cielo, sino la Tierra. Advirtió que no podía deducir del Olimpo una ética para los humanos. Los dioses olímpicos podían explicar el origen de las cosas, pero no dictarles normas de conducta a los seres humanos.

La mitología, repleta de ejemplos nada edificantes, obligó a los griegos a buscar en la razón los principios normativos de nuestra buena convivencia social. La promiscuidad reinante en el Olimpo podía ser objeto de creencia, pero no convenía que se tradujera en actitudes; así, la razón conquistó autonomía frente a la religión. En busca de valores capaces de normar la convivencia humana, Sócrates apuntó a nuestra caja de Pandora: la razón.

Si nuestra moral no dimana de los dioses, entonces somos nosotros, los seres racionales, quienes debemos instituirla. En Antígona, la pieza teatral de Sófocles, Creonte le prohíbe a Antígona sepultar a su hermano Polinice en nombre de razones de Estado. La protagonista se niega a obedecer “leyes no escritas, inmutables, que no datan de hoy ni de ayer, que nadie sabe cuándo aparecieron”. Es la afirmación de la conciencia sobre la ley, de la ciudadanía sobre el Estado, del derecho natural sobre el divino.

Sócrates sostenía que la ética exige normas constantes e inmutables. No puede depender de la diversidad de opiniones. Platón aportará luces a la razón humana, al enseñarnos a discernir entre realidad e ilusión. En su República, recuerda que, para Trasímaco, la ética de una sociedad refleja los intereses de quienes detentan el poder en ella. Concepto que sería retomado por Marx y aplicado a la ideología. ¿Qué es el poder? Es el derecho concedido a un individuo o conquistado por un partido o clase social de imponer su voluntad a los demás. Y Aristóteles nos apartará del solipsismo al asociar felicidad y política.

Más tarde, Santo Tomás de Aquino, inspirado en Aristóteles, nos dará las primicias de una ética política, al priorizar el bien común y valorizar la conciencia individual como reducto incorruptible, y la soberanía popular como el poder por excelencia. Maquiavelo, por el contrario, despojará la política de toda ética, al reducirla a mero juego de poder y comercio de intereses, en los que los fines justifican los medios.

Lo moderno y lo posmoderno

La crisis civilizatoria es un fenómeno singular que nos sitúa en la frontera entre dos proyectos civilizatorios: el moderno y el posmoderno.

Hoy en día experimentamos algo que nuestros bisabuelos no conocieron: un cambio de época. Ellos conocieron períodos de cambios. No fueron, como nosotros, contemporáneos de un cambio de época.

Durante los últimos dos milenios, la historia de Occidente estuvo signada por dos grandes épocas: la medieval y la moderna. La primera se prolongó durante mil años. La segunda, la mitad que la primera.

Lo que caracteriza a una época es su paradigma. El de la época medieval era la religión. La centralidad de la fe cristiana favoreció la hegemonía política de la Iglesia. Toda la cosmovisión de la Edad Media estaba marcada por factores religiosos y nociones teológicas.

Esa religiosidad infundió en las personas una ética basada sobre la noción del pecado, el miedo al infierno y la esperanza de alcanzar una vida eterna feliz después de la muerte. Eso no significa que los medievales estuvieran exentos de actitudes antiéticas. Por el contrario, la carencia de libertad de expresión y pluralismo político favoreció la intolerancia religiosa manifestada por la Inquisición en la ejecución de supuestos herejes y en empresas colonialistas que, travestidas de Cruzadas, saquearon tierras y riquezas de pueblos tenidos por impíos o enemigos de la fe cristiana.

La época medieval se desplomó entre los siglos XIII y XV debido a la influencia de la nueva cosmología de Copérnico, que desbancó la de Ptolomeo; los viajes marítimos emprendidos por la Península Ibérica; el descubrimiento del Nuevo Mundo; la introducción en Europa de las obras de Platón y Aristóteles; y el acervo científico aportado por los árabes. Esos fueron algunos de los factores que pusieron en jaque el paradigma medieval y, al cabo de poco tiempo, introdujeron el nuevo paradigma que sustentaría la modernidad: la razón y sus dos hijas dilectas, la ciencia y la tecnología.

Con Kant, la modernidad buscó escapar de los parámetros religiosos basando la ética sobre valores subjetivos y universales. No obstante, algunos de sus filósofos más importantes, como Husserl, Heidegger y Whitehead no le concedieron importancia a la cuestión ética. Excepciones notables son Bergson y Scheller.

Para Kant, la grandeza del ser humano no reside en la técnica, en subyugar la naturaleza, sino en la ética, en su capacidad para autodeterminarse a partir de su libertad. Existe en nosotros un sentido innato del deber, y no dejamos de hacer algo porque sea pecado, sino porque es injusto. Y la ética individual debe complementarse con la ética social, ya que no somos un rebaño de individuos, sino una sociedad que exige, para la buena convivencia, normas y leyes y, sobre todo, la cooperación de los unos con los otros.

Hegel y Marx recalcaron que nuestra libertad es siempre condicionada, relacional, porque consiste en una construcción de comuniones con la naturaleza y nuestros semejantes. Aun cuando la injusticia convierte a algunos en desemejantes.

En las aguas de la ética judeo-cristiana, Marx resalta la irreductible dignidad de cada ser humano y, por tanto, el derecho a la igualdad de oportunidades. En otras palabras, somos tanto más libres cuando más construimos instituciones que promuevan la felicidad de todos.

La filosofía moderna hará una distinción aparentemente avanzada que, de hecho, abre un nuevo campo de tensión, al subrayar que, respetada la ley, cada quien es dueño de sus actos. La privacidad como reino de la libertad total. El problema de ese enunciado es que traslada la ética de la responsabilidad social (cada quien debe preocuparse por todos) a los derechos individuales (cada quien que cuide de sí).

Esa distinción amenaza con hacer ceder a la ética frente al subjetivismo egocéntrico. Tengo derechos, prescritos en una Declaración Universal, pero, ¿y los deberes? ¿Qué obligaciones tengo para con la sociedad en la que vivo? ¿Qué tengo que ver con el hambriento, el oprimido y el excluido? De ahí la importancia del concepto de ciudadanía. Las personas son diferentes y, en una sociedad desigual, se les trata según su importancia en la escala social. Pero el ciudadano, pobre o rico, es un ser dotado de derechos inviolables y deberes para con el bien común, y está sujeto a la ley como todos los demás.

La crisis de la modernidad

Todos los contemporáneos de este inicio del siglo XXI somos hijos de la modernidad. Su advenimiento, entre los siglos XV y XVI, hizo brotar un gran optimismo en cuanto a su futuro. Se creyó que pondría fin a las guerras, la peste, el hambre y tantos males que afectaban a las personas en el Medioevo. Ese optimismo se expresó en las obras de Voltaire, Tomás Moro, Campanella y otros.

La modernidad produjo una escisión entre la ética y la política. Se privatizó la ética, que se limitó a las virtudes asumidas por el individuo, y en cuanto a la política, se estableció como un campo que prescindía de la eticidad. Y se convirtió en mera herramienta de búsqueda del poder y permanencia en él, como si fuera un fin en sí mismo.

Somos la última generación moderna. Podemos mirar atrás y hacer un balance de la modernidad. Hay que reconocer que en los últimos 500 años la humanidad logró grandes avances, desde el saneamiento básico hasta la comunicación digital. Llegamos a posar los pies sobre la superficie de la Luna, pero seguimos siendo incapaces de aportarle nutrientes esenciales al organismo de millares de niños cuyas vidas se ven segadas precozmente por el hambre.

La modernidad fue atropellada por el capitalismo. La “ética” de los resultados sustituyó a la ética de los principios. En nombre del desarrollo, el progreso, el crecimiento económico y la paz, se implantaron el colonialismo y el neocolonialismo; se diseminaron las guerras; se acumularon arsenales nucleares; se distribuyó de manera piramidal la riqueza del mundo; se le impuso al planeta, mediante la globocolonización imperialista, un único modelo de sociedad, el del consumismo hedonista, que induce a las personas a trocar la libertad por la seguridad.

Hoy, los habitantes de la Tierra somos 7 mil 200 millones, de los cuales casi la mitad carece de condiciones dignas de vida. Baste recordar los datos divulgados por la ONG británica OXFAM en enero de 2017: 8 individuos tienen en sus manos la misma renta de 3,6 mil millones de habitantes del mundo, ¡la mitad de la humanidad!
En materia de ética estamos, como diría Guimarães Rosa, en la tercera margen del río. Abandonamos la ética religiosa de la época medieval, fundada sobre la noción del pecado, y aún no hemos logrado alcanzar la ética socrática basada sobre la razón. Es ese vacío el que le permitió al capitalismo desfigurar los cimientos de la modernidad, deshacer los grandes relatos, proclamar el “fin de la historia” y propalar la falacia que intenta imponernos la idea de que la democracia y el capitalismo son connaturales. Ese vacío creó un espacio para que se proclamara la competitividad como valor y virtud, descartando la solidaridad.

¡Hay que hacer la crítica de la razón monetarista! Es ella la que pretende que todos seamos consumistas y no ciudadanos; meros juguetes entregados a la mano invisible del mercado y no protagonistas sociales; y adeptos de la fe en el fin de la historia, o sea, la inmaculada concepción en que el capitalismo está dotado de calificativos divinos: eterno, omnipresente, omnisciente y omnipotente.

La pregunta fundamental que se nos plantea hoy es cuál será el paradigma de la posmodernidad. ¿El mercado, la mercantilización de todos los aspectos de la vida humana y la naturaleza, o la globalización de la solidaridad?

Temo que prevalezca el mercado, a menos que seamos capaces de aglutinar fuerzas para una poderosa movilización en torno a una nueva propuesta ética, fundada sobre dos principios básicos: la irreductible sacralidad de toda vida humana y el compartir de los bienes de la Tierra y los frutos del trabajo humano.

La vida humana extrapola toda ideología, filosofía o teología. Es un milagro de la naturaleza, si consideramos las excepcionales condiciones ambientales que permitieron su aparición, y para nosotros los cristianos, es un don de Dios. Hay que subrayar que hoy esas condiciones están amenazadas por la devastación de la naturaleza. Como advierte James Lovelock, la “venganza de Gaia” puede anticipar el apocalipsis.

Solo la firma convicción de que todos sin excepción, incluido el criminal más incorregible, tenemos derecho a la vida, puede llevarnos a superar todo tipo de prejuicio o exclusión. La ética exige justicia y, por tanto, que se castigue al delincuente en nombre de la defensa de los derechos de la comunidad. Pero la vida del delincuente es el límite de la ley. Esa vida no debe ser extinguida, ni debe negársele al delincuente su dignidad humana por medio de la tortura o de condiciones abyectas de encarcelamiento.

Lo mismo se aplica a todas las demás relaciones sociales y, por tanto, implica el fin de toda forma de opresión, desde la relación interpersonal y de género, como en el matrimonio, hasta las relaciones institucionales de trabajo, en las que debe prevalecer la dignidad humana sobre la ambición de lucro, y se debe sobreponer la solidaridad a la competitividad.

Esa dimensión relacional debe complementarse con la dimensión social de la ética. La humanidad no tiene futuro si no se comparten los bienes de la Tierra y los frutos del trabajo humano. Se trata de una cuestión aritmética que depende de un desafío ético: o les aseguramos a todos medios suficientes para una vida digna, incluidas las condiciones socioambientales, o, como alertara Thomas Piketty, caminaremos rumbo a la barbarie, esto es, la concentración de la renta en manos de un número cada vez menor de afortunados conducirá a la humanidad a un colapso, porque los pueblos de las naciones periféricas afectadas por la guerra, la falta de trabajo, vivienda y alimentación suficiente, tratarán cada vez más de refugiarse en los países ricos. Y los recursos naturales, como el agua potable, serán cada vez más escasos y estarán monopolizados por grandes empresas transnacionales. En resumen, el efecto de la progresiva privatización de los recursos naturales será la exclusión progresiva de grandes contingentes humanos del acceso a los bienes esenciales para la vida.

Joseph Schumpeter explicitó en 1912 la naturaleza antiética del capitalismo, al insistir en que su motor era la “destrucción creativa”, o sea, que le cabe al mercado descartar las actividades y las personas que no son suficientemente productivas, y obligar así a los débiles a cederles su lugar a los fuertes. Ese darwinismo social abrió un espacio para el surgimiento de la competencia desenfrenada. Y sirve para justificar las guerras.

En 1980, la suma de los activos financieros mundiales equivalía al PIB global, unos 27 billones de dólares estadounidenses. En 2007, poco antes de que estallara la primera gran crisis financiera del siglo XXI, el PIB mundial era de 60 billones, y los activos financieros de 240 billones, ¡cuatro veces mayores! Esa es la famosa “burbuja”, que se sigue hinchando…

Por tanto, sin ética no habrá avance civilizatorio. Sin ética, el hombre se convertirá, de hecho, en lobo del hombre. Sin ética, el capitalismo se fortalecerá, y la ambición de lucro y apropiación privada de la riqueza cobrará más importancia que la defensa y la preservación de los derechos humanos.
No habrá sociedad ética mientras haya capitalismo.

La izquierda y la ética

La credibilidad de la izquierda depende, sobre todo, de su actitud ética. Fidel insistía en ese principio:

“Un revolucionario puede perderlo todo, la libertad, los bienes, la familia, hasta la vida, menos la moral”.
En el siglo XX era costumbre entre los integrantes de la izquierda la práctica de la autocrítica. Guardando las proporciones, esa práctica tenía su origen en el acto penitencial de los cristianos al reconocer sus pecados. Al escalar al poder en la Unión Soviética, Stalin se erigió en único señor de la crítica. La autocrítica se hizo obligatoria y se tradujo en purgas y asesinatos.

Hoy en día, la carencia de mecanismos que propicien la autocrítica frecuente hace que muchos grupos progresistas pierdan el sentido crítico. Sobre todo cuando asumen el gobierno y se dejan cegar por la ilusión de que ejercen el poder. Lo cierto es que el poder no siempre ocupa el gobierno, pero ejerce una presión sobre él –económica, social, política e ideológica– que solo puede contenerse y vencerse mediante otra instancia que lo supere: el poder popular.

Los avances conquistados en las últimas décadas por gobiernos progresistas en América Latina son significativos en cuanto a sus dimensiones económicas, sociales, políticas y ambientales. Pero no se puede afirmar lo mismo en cuanto a su dimensión ética. Ciertas fallas han comprometido la credibilidad del proceso de cambios y de algunos de sus líderes. Tal vez Jesús, Gandhi, Luther King y Mandela no hayan tenido, históricamente, el éxito que esperaban. Pero sus testimonios éticos perduran como referencia ejemplar de conducta militante y del valor de las causas que encarnaron.

Por tanto, el desafío futuro para la emancipación de América Latina consiste en asociar un profundo proceso de cambios estructurales que la libere progresivamente de la hegemonía capitalista, con actitudes éticas que pongan de relieve la diferencia con los enemigos de clase. Pero eso no puede depender exclusivamente de virtudes personales. Urge crear mecanismos institucionales que impidan los desvíos éticos. No hay que esperar una ética de los políticos, sino una ética de la política, o sea, una institucionalidad gubernamental que inhiba todos los procedimientos que favorezcan los privilegios personales, lesivos a los intereses y derechos de la colectividad.

Ser ético, por consiguiente, es una opción revolucionaria, capaz de engendrar el hombre y la mujer nuevos soñados por la utopía comunista.

Ovacionada Compañía Folklórica “Camagua” en Europa

Por: Lazaro David Najarro

Tomado del blog: CamaguebaxCuba

Camagüey, Cuba, 11 jul.- La Compañía Folklórica “Camagua” sigue expandiendo ritmos afrocubanos en los festivales internacionales de folklore que transcurren en diferentes ciudades europeas. Músicos y bailarines ponen bien el alto el prestigio cultural de Camagüey, Cuba y Latinoamérica.

La delegación de la mayor de las Antillas es ovacionada en calles,  teatros y plazas del Viejo Continente. Destacó su actuación en la villa de Etain, Francia o en la Gala de Clausura de la 25 Edición del “Wereld Festival”, Izegem en Bélgica.

El elenco de la comarca de pastores y sombreros recibió la  invitación especial de Norma Goicochea Estenoz, embajadora de Cuba en Bruselas, Capital del Reino de Bélgica.

La contagiosa música y danza cubanas cautivaron en la edición  63 del Festival Les Poupées D´Or Du Folklore que se realizó durante tres días en la hermosa ciudad francesa de Etain, donde Camagua alternó con grupos de Martinica, Colombia, Irlanda y Portugal.

Precisa Agustín Martínez de Santelices, especialista en relaciones públicas que la delegación agramontina fascinó a los espectadores en el polideportivo de la villa “Etain”, donde presentó el espectáculo “A lo Cubano”, compartiendo la escena con el Conjunto Folklórico “Sintana”,  de Colombia y el Grupo Folklórico de “Martinica”.

Las raíces afrocubanas a través de Camagua disfrutaron los 500 espectadores que concurrieron a la Gala de Clausura de la 63 Edición del Festival Les Poupées d´Or Du Folklore. Todos presenciaron atónitos el espectáculo “Suite Cubana”, que incluye las obras “Homenaje”, “Clave Guateque y Son” y “Cubanísimo”.

La compañía folklórica camagüeyana también debutó con total éxito en la 25 edición del “Wereld Festival” , en Izegem, Bélgica y fue seleccionado para concluir el certamen con el espectáculo “ Caribe Soy”, el que fue vitoreado de pie por 1500 personas.

Pero los bailes y ritmos cubanos impresionaron igualmente en la Fiesta del “Ommegang””, actividad que se realiza desde 1549, en la Grand Plaza de la capital belga, gran desfile dedicado al reinado de Carlos Quinto. Es tradición que entre el público se encuentre la Familia Real y sus invitados.

La compañía Camagua, continua su gira por Europa y participa en funciones, recepciones, animaciones, desfile y clases magistrales.

Baby Lores no es un imbécil

baby_lores

Por: István Ojeda Bello

Fuente: Cubaizquierda.blogspot.com

Podremos decirle cualquier cosa a Baby Lores menos imbécil, si lo fuera todo sería más sencillo.

En una entrevista a OnCuba acaba de equipararse a Nicolás Guillén. “Él declamaba, y eso le llegaba a la gente. Es lo mismo que nosotros hacemos. ¿Cómo? Ya no tan poéticamente. Pero expresamos las cosas que nos pasan en la calle, lo que vivimos en la discoteca, los sueños que buscamos. Decimos lo que piensa un pueblo. Porque nosotros no estamos inventando historias. Estamos contando historias”, dijo.

Sobrevino el escándalo porque la obra del Poeta Nacional de Cuba se ubica entre lo cuasi intocable de lo definido como la genuina cultura cubana.

 

En la contemporaneidad vemos a manifestaciones artísticas como la poesía de Guillén, la música de Benny Moré o la trova tradicional, dentro del templo sagrado de la cubanía, olvidando que en la época de su surgimiento los analistas más puristas las consideraban proporcionalmente tan marginales como lo sería hoy el reguetón cubano, si es que este existe.

Con suerte, el reguetón no llegará a tanto, pero expresa a esas culturas diferentes que conviven en el país, a esas maneras de decir, de comportarse o de pensar consideradas marginales que, quiéranlo algunos o no, existen. Lo habremos olvidado, pero ahora se ataca al reguetón en los mismos términos con los cuales se defenestraba a la “timba” o “salsa” en los años 90, la misma que pide ayuda frente al aluvión de tanto dem bow.

Discusiones musicológicas aparte, Baby Lores es un tipo que creer saber lo que quiere y eso es lo más escalofriante. Él quiere una Cuba donde prime el tener sobre el ser. Él se “rebela”, exhibiendo su riqueza y poderío monetario. “El poder salir de la pobreza con nuestro reguetón, –dice- y darle a la gente la esperanza de que nosotros, a base de talento, pudimos hacerlo, demuestra que sí se puede. Esa es una manera de protestar. Nosotros (los reguetoneros) no estamos vendiendo droga. Ni haciendo contrarrevolución. Ni traficando personas. Estamos haciendo arte, a nuestra forma”.

Mi profesor de filosofía me lo explicaba de una manera muy sencilla: el capitalismo no tiene éxito volviendo ricas a las mayorías sino haciéndoles creer que podrán vivir como los millonarios, que tendrán una limosina o una cadena de 15 mil dólares si “aprovechan” las oportunidades, cuando la acumulación de unos pocos solo es posible sobre la exclusión de miles y hasta millones.

“La vida de todos los hombres -dijo una vez Ernst Bloch- se halla cruzada por sueños soñados despierto; una parte de ellos es simplemente una fuga banal, también enervante, también presa para impostores, pero otra parte incita, no permite conformarse con lo malo existente, es decir, no permite la renuncia. Esta otra parte tiene en su núcleo la esperanza y es trasmisible. Puede ser extraída del desvaído soñar despierto y de su taimado abuso, es activable sin vislumbres engañosos. No hay hombre que viva sin soñar despierto; de lo que se trata es conocer cada vez más estos sueños, a fin de mantenerlos así dirigidos a su diana eficazmente, certeramente”. El joven reguetonero ha hecho pública su personalísima noción del éxito, del emprendimiento… de una esperanza perversa y excluyente por antonomasia. No se trata entonces de matarle los sueños a la gente o negarle el derecho a tener esperanzas, sino que Baby Lores es la superficie de algo muy más pernicioso.

Es, diría Bloch, el pretender dejarle a miles de personas el consuelo de amontonar las escorias humanas y materiales, pasadas o presentes, para trepar sobre ellas, aplastarlas y alcanzar lo que pende más allá, aunque objetivamente nunca todos podrán.

¿Envidia? Tampoco. Su manera de asumir el éxito personal exhorta a sus semejantes a soportar más o menos iluminadamente su actual desahucio, real o ficticio. “Confortados por la contemplación del plano de la parcelita y el chalet que tienen en la urbanización por venir”, según palabras del filósofo alemán.

La voz de Lores no parece ser aislada. Es la más estridente de un grupo mayor o menor dentro de la sociedad cubana actual, obviamente mucho más allá de sus colegas, que alardea bendecido por alguna prensa. Ellos sueñan ¡y están obrando! su propio proyecto de país desde una idea torcida de la prosperidad sustentada en el apetito inmoderado por el poder y el culto al triunfo a costa de la bondad y la justicia.

Lo más sensato sería preguntarse cuántos más lo acompañan en esos pensamientos. Sin hacer cacerías de brujas sino para comprender las condiciones objetivas que dan legitimidad a sus palabras.

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