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¿Descemer Bueno es chantajeado en #Miami?

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No hay dudas, que la presión mediática obliga a Decemer Bueno, no solo a retractarse de su entrevista a RT en Español, sino también a traicionar al pueblo cubano, donde se le acogió, abriéndole las puertas nuevamente a su patria y a su público.

Descemer, parece no tener ningún compromiso musical, tampoco político, ni moral con su público en la isla, cuando en la entrevista dada al canal Univisión por sus declaraciones al canal de noticia RT dijo: “Yo le quiero pedir disculpa de todo corazón a toda la Comunidad Cubano Americana que esta aquí en Miami”, motivado por la avalancha de críticas recibidas por sus comentarios al canal ruso.

¿Dónde queda la supuesta libertad de expresión que reina en Miami?, que deja al descubierto el temor insuperable de aquellos que no tienen el coraje, y olvidan los principios esenciales de humanidad. No hay que ser político para darse cuenta y denunciar lo que le ha costado a este pueblo más de 50 años de bloqueo, no hay que documentarse tanto cuando sus efectos están palpables en la vida cotidiana de cualquier cubano, sobre todo de aquellos niños, que esperan por medicamentos de ultima generación de fabricación y patentes americanas y que Cuba no puede acceder directamente.

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Seguir siendo San Antonio de los Baños

DSC06415Debí haberme preparado mejor para el concierto de San Antonio de los Baños. Debí haber montado con los músicos todas las canciones evocativas que le tengo… Aunque, pensándolo mejor, llevo a mi pueblo tan adentro que no hay canción mía donde no esté su marca.

Aquellos tiempos de naturaleza en eclosión y de libertad son tan importantes que, cuando pienso en mi infancia, he borrado los años que pasé encerrado en apartamentos habaneros y sólo me afloran los fines de semana en que mi madre nos montaba en dos guaguas para, al final, llegar a la casita en que habíamos nacido, en la calle Caridad, número 2 y medio. Allí nos esperaban mis abuelos, María y Félix –y mi tía Marta, la más chiquita de las hijas, que todavía vivía con ellos.

Yo saludaba y desaparecía. Sin tocar el suelo andaba cuadra y media, hasta La Callancha (la calle ancha), hasta la casa de mi primo Hectico, para reencontrarme con el Chentum, Carlitos, los dos Julios, Kike, el indómito Guácara, Arminda y Miriam; para ver a mi prima Adita, recogida por tía Lidia desde la muerte de Adelfa, la hermana “que en Gloria esté”.

Justo enfrente, sólo cruzando, quedaba el bajareque de Narciso el Mocho, entre una ceiba y la casa de su hermana Lorenza. En el traspatio de Lorenza había una valla de gallos y los domingos aquello era un hormiguero. Mano y sus hermanos cuidaban los animales finos, pero entre semana no se dejaba pasar niños.

Cien metros a la izquierda, el bodegón de El Sol de Cuba. Cincuenta a la derecha, un ancho terraplén que decían que llegaba a Cayo La Rosa, pasando por la laguna Arigüanabo. Ambas márgenes de aquel camino que subía y bajaba estaban cerrados de monte, campo de operaciones de mi infancia, antesala del río…

El concierto de anoche fue en El Parque Central. A mis espaldas, el busto del hombre con la única palabra que lo explica todo, la que renombró la antigua Calle Real: Martí. Veinte metros atrás, el otrora imponente edificio del Teatro Casino, la Sociedad y uno de los dos cines que había en San Antonio (el primero en que estuve). Hoy todo puras ruinas. Reconstrucción calculada en un millón de dólares.

Con el busto de Martí, la bandera cubana que pusimos y las ruinas del Teatro Casino en las espaldas, fue el concierto de anoche. Como algunos otros buenos conciertos, llovió. Llovió después de muchos días de cielo despejado. Supongo que algo nos tenía que caer de arriba a aquellos locos que cantábamos empecinadamente, pese a los instrumentos anegados, diciéndonos tanto los unos a los otros.

Algo que dije con palabras fue un modestísimo homenaje a Rodolfo Chacón, quien asombró mi infancia con una voz que hasta aquella tarde en La Quintica yo no podía imaginar. Rodolfo hoy día es un jubilado de la escena que dedica horas y fuerzas a preparar jóvenes y niños en el hermoso arte de la lírica. Enseñar a cantar es enseñar historia, maneras, cultura a los que crecen, haciéndoles crecer. Espero que algún día la importante labor de Chacón le sea sea reconocida, como mucho merece.

Las autoridades de San Antonio nombraron hijo ilustre a Frank Fernández, y a mi también. Agradezco el elogio a mi trabajadora y soñadora familia. En unos días hará 68 años que lo de hijo de mi pueblo me conforma.

Cumplida quedó la fraterna porfía con Frank de hacer conciertos en Mayarí y en San Antonio. Acuerdo que no fue más que un pretexto para retomar lo que hemos hecho tantas veces. En ambos conciertos llovió; en ambos el pueblo se mantuvo hasta el fin. Ambos sabemos que volveremos a estar juntos, de alguna forma, en nuestras respectivas patrias chicas y siempre en la grande.

Cuántos amigos de la infancia, cuántos conocidos y cuántos episodios revisitados. Cuántos hijos de vecinos, cuántos nietos de primos hermanos. Cuántos idos por llamamientos naturales; cuantos porque los hijos se les fueron y “qué voy a hacer con la vejez”.

Yendo hacia el pueblo, mi madre extraía de entre las brumas a Mayuya y sus hermanos, familia cuya casa colindaba con el placer de pelota de la esquina. En medio del concierto, increíblemente, una nieta de aquellos se me acercó a preguntarme dónde estaba mi madre. ¿Cómo es que la memoria de dos familias, con tanta ausencia de por medio, pudo coincidir y buscarse allí, bajo la lluvia, en aquel parque?

Milagros en los que vale la pena creer.

Gracias mi pueblo, por de cierta manera seguir siendo San Antonio de los Baños.

(Tomado del blog Segunda cita. Por Silvio Rodríguez)

Los mejores cuentos del mundo, según Vicente Battista

battista1“La puta con la que debuté se tiene que haber muerto. Si no murió debe ser una mujer muy mayor. Quiero encontrar a esa mujer. No recuerdo cómo se llama aunque eso no importa, porque las putas como las monjas, siempre cambian de nombre”. Así ha concebido el escritor argentino Vicente Battista el comienzo de su próxima novela. Un pueblecito milenario en el Pirineo francés le ofreció los primeros indicios de la historia, específicamente una calle. Desde ese momento “El libro de los sueños inconfesados” es compañero de viaje, proyecto inconcluso, sombra ávida por concretarse en su cuerpo definitivo.

Pero la novela seguirá en el espacio intangible, al menos en los próximos días, porque Vicente está en La Habana. Llegó como jurado del Premio Iberoamericano de Cuento Julio Cortázar y también para conversar sobre la novela policial, un género que según reconoce sigue siendo subvalorado dentro de la “gran literatura”.

“Es como el pariente pobre de la creación literaria. A veces nos invitan a alguna mesa de debate referida al género, pero cuando se habla de literatura seria no se incluye. Eso es un error garrafal. Escribo esa literatura aunque no solo ese tipo de literatura”, refiere el autor de Esta noche reunión en casa, El final de la calle y El mundo de los otros.

“Te llamás como uno de mis personajes, Laura”. Me dice como bienvenida. Vicente tiene la mirada suave pero detrás de ella hay filos cristalinos y una ebullición que no detienen los años. Me recibe con un gesto de simpatía que agradezco. Unos segundos después hablará sobre la escritura y los argentinos, Borges y Sabato; la novela negra, Cuba y el periodismo; el escarabajo y el grillo.

“Yo manejo los códigos de la escritura argentina, porteña, que es muy acotada, muy del cuento. De ahí que el escritor más grande sea Jorge Luis Borges y que el primer cuento que aparece en mi país es El matadero de Esteban Echeverría, dos años antes de que Edgar Poe estableciera las pautas del cuento moderno. Contrariamente a lo que sucede con la literatura cubana, nosotros tenemos el barroco un poco alejado aunque hay algunos ejemplos en nuestra literatura”.

Vicente asegura que no conoció personalmente a Borges. Fue tal vez uno de los pocos argentinos que nunca lo ayudó a cruzar la calle. Le fue ajeno físicamente, pero no desde el espacio de la fabulación literaria. “Borges me es tan lejano en cuerpo, digamos, como Cervantes. Lo leí, nunca lo traté, lo cual me da cierta ventaja para admirarlo mucho más. Borges influye no por su escritura porque aquel que lo imita lo está copiando, sino por el modo en que trata sus historias y sus personajes, cómo logra en tres o cuatro páginas mostrar todo un universo que a cualquier otro escritor le llevaría unas 40 o 50 páginas”.

En mi caso particular estoy influido por cuanto autor he leído ya sea bueno o malo –asegura el novelista argentino. “Cuando leés, te están dando algo, estás escogiendo algo; lo que no trato de hacer es reproducir los estilos. Por ejemplo, Borges a mí me enseñó a trabajar con frases cortas y a evitar los adjetivos altisonantes”.

Su admiración se extiende hacia autores como Roberto Arlt, considerado el Rimbaud de la narrativa, también en la obra de Ernesto Sabato descubre personajes memorables. “No reconozco o no creo tener influencias de Sabato. A él lo conocí y lo traté mucho. Tiene la grandeza de haber creado personajes irrepetibles. Recordemos a Fernando Vidal Olmos en su Informe sobre ciegos o Alejandra con toda esa perversidad. Son realmente grandes personajes”, precisa el autor de novelas como Siroco y Sucesos argentinos, ganadora del Premio Planeta.

Oro y papel. Escarabajo y cigarra

No hablamos de un tratado sobre insectos. Mucho menos de un manual. Transcurrían los años 60 cuando surgió en el panorama literario argentino una publicación que comenzó a hacer visible la obra de jóvenes autores. Se trataba de El escarabajo de oro, sitio donde Vicente aprendió a entender la literatura como un proyecto de confrontación y diálogo. En ese momento, con apenas 21 años, estaba convencido de que sus relatos eran los mejores que se habían escrito en la historia del arte –me cuenta sonriendo, sin negar cierta ternura soterrada por aquel joven que fue.

“Me felicitaban las novias y los amigos que me querían. Hasta que un día me vinculé con El escarabajo, leí mi primer cuento y me destrozaron. Me di cuenta de que no era un grande como yo pensaba. Nos criticábamos con mucha pasión y con mucha impiedad. Nos sirvió para salir adelante”. Pero más allá de funcionar como taller, la revista tenía un pasado político muy interesante. Según Battista, sus antecedentes están en la publicación El grillo de papel.

“Era común que en ese momento hubiese tres o cuatro años de gobierno democrático y luego venía la dictadura, hasta que llegó la última que fue terrible y lo modificó todo. Por suerte no pensamos volver a soportar otra dictadura como esa, aunque hoy estén presentes en Argentina y Latinoamérica los golpes económicos y financieros como los fondos buitre”, enfatiza mientras en la cabeza hacen fila los amigos muertos, los numerosos desaparecidos.

“En 1955 había caído el gobierno peronista, un gobierno que la izquierda no había terminado de entender. Estaba mezclado con cierto tufito fascista, Mussolini, el populismo a ultranza, pero también había un montón de leyes sociales que modificaron el pensamiento del obrero contemporáneo. Cuando cae el peronismo tengo 15 años. Hubo un montón de intelectuales, mayores que yo, que comenzaron a darse cuenta de que aquello no era ninguna revolución y menos aun libertadora. Ellos quedaron con cierta culpa ancestral”.

El grillo aparece a finales de los años 50 y la costumbre era que cuando un gobierno encontraba una revista literaria que le caía mal la clausuraba. La misma revista podía salir con otro nombre –narra Vicente. Fue Ernesto Sabato precisamente el que sugirió el título al director de la publicación, Abelardo Castillo. Le dijo: si ustedes son tan admiradores de Poe, por qué no le ponen El escarabajo de oro. Así quedó.

Marx, de la balalaika al son

Con 19 años Vicente supo de la victoria de los barbudos cubanos. En esa época su admiración por lo que sucedía en suelo insular lo llevó a la cárcel. El motivo, ser miembro del Comité de Solidaridad con Cuba. “Hay que entender que cuando triunfa la Revolución, aquellos románticos con barba y uniforme, entre ellos un doctor argentino con un apellido ilustre –Guevara Lynch– todo estaba condimentado para que cierta burguesía comprara ese producto, pero cuando Fidel dice señores esto es marxismo-leninismo y llega la Segunda Declaración de La Habana, esos personajes empiezan a tirarse del pelo. Mientras tanto, para los que sí estábamos con el marxismo, se nos abrió un camino formidable. De pronto teníamos una Revolución marxista en idioma español. Nos entendíamos a ritmo de chachachá y son, no a ritmo de balalaika. Era otra cosa, era nuestra, latinoamericana”.

Desde entonces se mantuvo cerca de los cubanos. Esa relación se enraizó aun más cuando en 1967 obtuvo una mención en Casa de las Américas por su primer libro de cuentos. En manos del escritor Leopoldo Marechal, quien venía como jurado del certamen en la categoría de novela, llegó a Cuba el volumen Los muertos.

“Recuerdo que envié el texto a través de Suiza. En ese momento estaba prohibido cualquier contacto con la Isla. De ambas copias, solo llegó a La Habana la de Marechal. Cada vez que alguien regresaba de Cuba hacíamos una mesa para conocer sobre la situación en el país porque no teníamos ni la menor información. Era en Montevideo donde encontrábamos materiales sobre la Isla y debíamos traerlo camuflado”.

“Cuba nos unió en la admiración. El actual gobierno de mi país está conducido por una presidenta que es impagable por lo que dice y hace. Hay mucha gente joven jugándose todo y para mí eso es maravilloso”.

El periodismo, una ferretería o el túnel

“En los 60 teníamos a Ernesto Sabato como una especie de referente. Nos llevaba 20 años y aparecía como un tipo muy inteligente y agudo, sarcástico, reunía diversas facetas del ser porteño. Tenía por costumbre citar una frase de León Bloy que decía que el periodismo era el mingitorio de la literatura. Sostenía que era preferible para un escritor trabajar en una ferretería que en un diario vendiendo su pluma”.

Justo en ese punto comenzaban las discusiones entre ambos –asegura el Vicente periodista. “Yo no tenía idea de qué era un tornillo. Pero igual, si trabajo en una ferretería no me voy a aliar al patrón. Cuando colaboro con una revista que no es de mi ideología, si en algún momento me dicen que cambie la información, renuncio. Durante todo mi ciclo como periodista siempre me caractericé por no ponerme la camiseta del diario. Hay una escuela de periodismo en Argentina, TEA, que entrega una manzana al maestro más querido. Fui uno de los que recibió orgulloso esa manzana y ahí la tengo. Debe ser por todos mis años como periodista”.

Lo cierto es que la extensa mayoría de los escritores han pasado por esa labor –concluye Battista mientras recuerda un caso singular de rejuego entre buena literatura y las formas del periodismo, aunque trastocadas.

“En Argentina había un diario muy sensacionalista pero fuera de serie titulado Crítica y en su redacción estuvo toda una generación de escritores argentinos. Los grandes de ese momento pasaron por allí”. En el suplemento cultural La revista multicolor de los sábados, Borges comenzó a publicar algunos textos que luego conformarían la Historia universal de la infamia.

El difícil arte de escribir (o de matar) 

Yo no era un escritor de policial, asegura el autor argentino. “Si agarrás mis primeros libros encontrarás algunos crímenes pero no se trata exactamente de textos policíacos. Todo nació a partir de un concurso de cuentos de una revista española. Aquel relato se convirtió en la novela Siroco. Antes había escrito El libro de todos los engaños, que es la historia de mi familia. Ahora el diario Página/12 va a sacar tres novelas mías y un libro de cuentos del género”.

“¿Por qué me gusta tanto la novela policial? Porque está emparentada con el cuento. Es un género muy rico que aparece con el policial de enigma. Cuando se agota este surge el policial negro y cuando parecía que este último también se había agotado sale a escena Henning Mankell en Suecia, con el comisario Wallander”.

Sin embargo, coincidimos en que el policial sigue siendo subestimado por la crítica y los círculos literarios. “Lo que pasa es que se unen las grandes novelas con otras obras menores, algo que no sucede con otros géneros; se sabe cuál es el best-seller, cuál es la novela basura, pero en este caso todo aparece bajo el mismo rótulo. En el policial todo entra, sea bueno o malo, y no está clara esa diferenciación”.

Más allá de una mirada desafortunada en el ámbito intelectual, ese tipo de escritura se abre camino entre las nuevas promociones de escritores –enfatiza.

“En Argentina hay muchos jóvenes que escriben literatura policial. Tomando como base a Raymond Chandler, y aportándole un poco a su definición, podemos decir que incursionan en el (nada) simple arte de matar”, asegura Vicente Battista mientras piensa en su juventud y El escarabajo, su generación, la próxima novela por escribir. Tiene muchas cosas en la cabeza pero en algún momento tendrá que darle cuerpo al nuevo volumen. Por ahora, solo puede recitar de memoria el principio de su historia. Sabe que en ella habrá una pérdida y una búsqueda; que estará feliz de aferrarse otra vez a la punta del iceberg.

(Tomado del blog La muerte de un pájaro profeta. Por: Yenys Laura Prieto Velazco)

Sinfonity y el bendito sacrilegio de querer tocar a Vivaldi

03Pudiera creerse que solo interesaban a nuestras legiones de metaleros y algún que otro curioso. Pero vi a más de una señora que jamás se ha acercará a la obra de Joe Satriani levantarse del asiento y arrancar a aplaudirlos.

Leo Brouwer e Isabelle Hernández, más sabios que este autor prejuiciado, tuvieron el olfato de invitar a una orquesta de guitarras eléctricas al VI Festival Leo Brouwer de Música de Cámara, y ha sido ese llamado lo que ha mantenido viva la experiencia de Sinfonity los últimos dos años, confesó Pablo Salinas, director de la agrupación.

La retribución a su esfuerzo comenzó con la noticia, en la mañana del sábado 4 de octubre, de que las entradas de su concierto se habían agotado. En el equipo del Festival brincó una alarma alegre; sabíamos que su originalidad sería de gran atractivo para los espectadores, pero no imaginamos que la sensación llegara a tanto teniendo en cuenta que, con la honrosa excepción del programa que en el Canal Habana les dedicara Guille Vilar, en Cuba su trabajo era absolutamente desconocido.

Minutos antes del comienzo del concierto, nos aparecimos en la puerta del teatro con un paquete de entradas y sentimos lo que deben sentir los revendedores a la puerta de un estadio durante la final de la Serie Mundial de la MLB. En un instante los boletos volaron de nuestras manos; apenas dábamos abasto para entregarlas, meter el dinero en un bolsillo y evitar ser aplastados contra la puerta del Mella. Fue alucinante. O eso creía yo. Lo alucinante fue lo que ocurrió dentro, cuando 11 guitarras armadas en coro mezclaron rigor con virtuosismo y entregaron uno de los Vivaldi más extraordinarios que alguna vez se escucharán en La Habana.

Estos hombres han tenido la osadía de retrotraer uno de los instrumentos más jóvenes del mundo hacia los tiempos del siglo XVIII, en un homenaje a todos los artistas de arco, en especial al grupo de mujeres que –transgresoras como ellos– se lanzó siglos atrás a cruzar los Alpes con la música de Vivaldi a cuestas.

La idea, creo yo, no es sonar como una orquesta de cuerdas, sino partir de una partitura leída en clave de guitarra eléctrica. Sin embargo, en ciertos pasajes, al cerrar los ojos se podía ver-y sobre todo escuchar- sin dificultades una sección de violines, cellos y violoncelos en todo su cromatismo. Moviéndose entre esos dos planos, el de la traducción y el de la reproducción, Sinfonity embrujó a una audiencia que aplaudió frenética cada una de las piezas, prueba de que, a pesar de todos los cantos funerarios, Vivaldi y sus composiciones consiguen despertar las mismas emociones que hace casi trescientos años.

Aunque probablemente sea el concierto más discreto de los que se han presentado, en términos de montaje en escena; ha sido a su vez uno de los más espectaculares del Festival Leo Brouwer; una de esas actuaciones notables que quedan en el oído de los espectadores más allá de la memoria.

Desde el sábado 4 de octubre, quienes disfrutamos de Sinfonity no podremos escuchar a Vivaldi de la misma manera. Ahora juraremos que en el segundo movimiento de Verano hay unas eléctricas distorsiones; que los solos en Otoño tienen un inconfundible aire rockero; que ese Vivaldi era un metalero del carajo y que Steve Vai y compañía no pasan de ser unos dignos admiradores del maestro de la armonía y la invención.

 

Créditos:

Sinfonity (España) Orquesta de Guitarras Eléctricas

Pablo Luis Salinas, guitarra y director

Miguel Larregla de del Palacio

José Antonio Romero

Miguel Losada

Luis Cruz Vivar

Guillermo Guerrero

Sergio Bernardo Rivas

Osvaldo Rene Grecco

Salvador López, contrabajo y bajo eléctrico

Paloma Suárez, productora y mánager

Jesus Suzo Ramallo, ingeniero de sonido

(Tomado del blog El microwawe)

El sonido de Miami

okoncuba-bfe-miami-2014-1-755x490Ya no sorprende. Cada fin de semana Miami se llena de Cuba. Donde quiera que vayas hay música, baile, disfrute. Poco a poco la ciudad abandona el espacio sórdido del recuerdo y mira la cultura de la Isla como parte amigable de la vida diaria.

Si la Ley Torricelli, en su carril dos, esbozaba la política people to people con el fin de que existiera una participación de académicos cubanos, artistas e intelectuales en foros norteamericanos, lo que se ha dado en llamar “intercambio cultural” es un fenómeno distinto. Más allá de ideologías y de un uso deliberadamente político del asunto, lo que está pasando desborda toda previsión.

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