Category: Opinión

Las falacias en su centro

Por Enrique Ubieta

Tomado del blog La Pupila Insomne

La verdad social puede ser escurridiza. No basta con pretenderla para hallarla. A diferencia de la manzana de Newton, no siempre cae hacia abajo. En gran medida su descubrimiento depende de nuestros ojos; y más que de los ojos, de nuestra mirada, o para ser más exactos, de nuestro ángulo de visión, de nuestra atalaya. Existe con independencia de los individuos; pero la guerra en torno a su legitimación expresa intereses. Las simplificaciones más comunes acogen extremos falsos: que la verdad está repartida entre todos, que es la suma de todos los ángulos de visión; que sin la verdad de los explotadores es parcial e incompleta la verdad de los explotados. Es curioso, pero los extremismos se ubican, paradójicamente, en la comodidad del centro.

Algunos textos de apreciados colegas que fueron publicados en medios digitales y la entrevista que Cubadebate me hiciera –aparecida también en las páginas de Granma–, todos sobre el supuesto centrismo de corrientes ideológicas que intentan asentarse en Cuba, provocaron un enorme revuelo en diversas plataformas digitales, algunas de abierto perfil contrarrevolucionario. Lo paradójico es que, al menos en las primeras jornadas, los aludidos y los que no habían sido aludidos –pero sintieron que podían serlo–, en lugar de discutir los argumentos, invirtieron los roles: nos acusaron de victimarios, de censores. La exigencia de que hablásemos de los problemas de la agricultura, o de la burocracia, o de cualquier asunto no resuelto, y no de tendencias ideológicas, paralizaba el debate. Pero la excusa es insostenible: ninguno de los problemas actuales que enfrenta el país podrá ser resuelto si perdemos la Revolución (1).

Iniciaré estas reflexiones, que pretenden rescatar el debate extraviado, con una breve referencia al artículo que Cuba Posible –principal plataforma en la web del más sutil pensamiento restaurador– coloca como primera respuesta a la denuncia de su intención desmovilizadora, e iré abriendo el análisis a otros tópicos. El autor del texto, Lennier López, acepta y reivindica el término desde el propio título: La centralidad del tablero es radical, demócrata, socialista e ilustrada. Para ello apela a dos o tres ideas muy simples, impracticadas e impracticables: hay que eliminar los “discursos polarizadores”, la “política de guerra”, porque según su aséptica comprensión, la política “es la administración efectiva del poder”, y no “una batalla desleal, sin reglas”, por eso propone sustituir el eje “izquierda-derecha” por “la centralidad del tablero (…) de una partida en desarrollo”. Todo esto, reconozcámoslo, dicho de forma elegante, desde una torre que llaman “laboratorio de ideas” –como se autodenomina esa Cuba que solo sería Posible si perdemos a Cuba–, construida, según declaración reciente de sus fundadores, para propiciar “una evolución gradual del actual modelo sociopolítico cubano”, mientras otros desde Washington, y desde algunas otras sedes alternas y subcapitalistas de América Latina, mueven en Caracas los hilos de la “política de guerra”, de la violencia, o alternan funciones en el reparto de zanahorias y garrotes para Cuba (Obama dixit).

Lennier insiste en la metáfora de la partida de ajedrez –empleada antes por el derechista Aznar, cuando era primer ministro de España y respondida por Fidel– para entender la política: “las piezas –dice el articulista citado– están dispersas ocupando columnas, diagonales y casillas en todos los sectores del tablero. La centralidad resulta, entonces, un intento de hacer política desde la transversalidad”. Viene al caso la respuesta de Fidel al político español: “hubo un caballerito que como en un tablero de ajedrez me dijo que si Cuba movía fichas, ellos movían fichas y yo le dije que el destino de un país no se juega en un tablero de ajedrez”. Lennier, desde luego, no pretende una discusión de pueblo, aunque la invoque y enumere deficiencias o carencias no estructurales, que cualquiera reconocería, para eludir los temas de fondo.

Hay señales de olor en el texto que atraen al público entendido, capaz de “degustarlo”; actitudes correctísimas, que prestigian mucho: Lennier defiende, por supuesto, la Razón y adopta el discurso de la Ilustración, el de la burguesía en ascenso, en una suerte de utopía reaccionaria, aunque se declara, a la vez, moderno, postmoderno y postestructuralista. Pretende estar en el centro, ser antidogmático, pero asume todos los dogmas de la derecha. Hay que reconocer que fue creativo al utilizar el término Centralidad… ¡qué hallazgo! Como me comentaba alguien que no respeta esa portentosa imagen: es un gato en el centro del tejado de zinc caliente. Y en un quejido lastimero declara: “¡Qué desperdicio para una nación el dejar fuera de la participación política a varios segmentos de sí misma!” ¡Sí, qué desperdicio, digo yo, que haya clases y lucha de clases, naciones opresoras y naciones oprimidas, patriotas y vendepatrias! Lennier es tan socialista como Felipe González.

Porque en lo común no se trata de perspectivas o de opiniones diferentes, sino de intereses contrapuestos. Repito y preciso: intereses de clase. El conflicto histórico de los Estados Unidos con Cuba, el que hoy todavía nos separa, nada tiene que ver con una diferente comprensión de los derechos humanos. Batista, Trujillo, Somoza, Pinochet, fueron socios –en el sentido cubano del término– del imperialismo (no hablo únicamente de los gobernantes estadounidenses). Donald Trump acaba de regresar de Arabia Saudita, adora a los jeques sauditas –el nombre del país se deriva del apellido de la familia real–, y les venderá armas con componentes israelíes. No se confundan: no es el abrazo final de árabes y judíos, es el abrazo de árabes ricos, judíos ricos y estadounidenses ricos en contra de sus respectivos pueblos. En los 70 del siglo pasado, los hippies enfrentaron al sistema con audacia y candor: “hagamos el amor y no la guerra”, decían y recibían una paliza tras otra como respuesta, mientras los B52 partían con sus armas químicas –ahora son drones o misiles “inteligentes”, la muerte se administra por computadora–, sordos de ira, hacia Viet Nam. La guerra imperialista en Indochina terminó porque el pueblo vietnamita expulsó con las armas en la mano a los invasores y a sus mercenarios locales ¿Es cosa del pasado?

¿Los frentes amplios de la izquierda son centristas?

Todo pareciera conducir en el mundo al centrismo: los movimientos revolucionarios construyen frentes amplios que incorporan a una militancia no tradicional, históricamente desmovilizada y descreída, que exige el cumplimiento estricto de la democracia burguesa. Ello es saludable, es un paso de avance y una estocada de muerte, ya que sabemos que en tiempos de crisis el sistema ni quiere ni puede cumplir con unas reglas que fueron concebidas para reproducir el poder burgués, no para socavarlo. Sin embargo, el proceso debe servir para educar a las masas, y sobre todo, a los dirigentes; la democracia burguesa solo los llevará al gobierno si está rota, si alguno de sus conductos de oxigenación está obstruido por la crisis, y aún así, nunca al poder; entonces, ya en el gobierno, tendrán dos alternativas: o mantienen un perfil anodino, de infinitas dejaciones y concesiones, de espaldas al pueblo, lo que desilusionará a los electores en la próxima ronda (y no evitará la cruenta demonización mediática) o intentan tomar el poder, es decir, radicalizarse.

Si anuncian que van a por más, que quieren el poder, el tigre (que no es de papel) saltará al cuello, a morder la yugular; y si lo anuncian y no se mueven, la pierden. Si, en cambio, permanecen en los límites precisos de la democracia burguesa y a pesar de ello entorpecen los proyectos de enriquecimiento trasnacional –de los que la viceburguesía antinacional obtiene siempre alguna ganancia–, el ALCA por ejemplo, el sistema judicial encargado de proteger a los ricos intentará castigarlos de manera drástica. Para eso existe la “separación” de poderes, todos en manos de una minoritaria clase social. Escoja usted la variante más eficaz: golpes de estado judiciales (Honduras, Paraguay, Brasil), procesos y condenas a expresidentes “indisciplinados” que conservan el apoyo de las masas y pueden regresar al Gobierno –nunca tuvieron el poder– (Dilma y Lula en Brasil, Cristina Fernández en Argentina).

Finalmente, si el frente amplio toma el poder, será declarado totalitario, antidemocrático, y populista (una palabra que despojan de sus significados históricos y concretos para reducirla a la acepción más grosera, la de demagogia). Y vaya paradoja, los restantes frentes que puedan existir en el mundo en lucha electoral, tendrán que moderar aún más el lenguaje, evitar hablar de los que consiguieron llegar, desmarcarse de ellos. Da igual, el sistema los acusará de ser sus cómplices o peor, sus seguidores: ahora por ejemplo está de moda espantar al electorado colonizado –y a los políticos “correctos”– con la amenaza de que la nueva izquierda quiere convertir el país en otra Venezuela, o en otra Cuba.

Así las cosas, mientras el sistema hace aguas en medio mundo, sus ideólogos intentan reciclarlo asfixiando revoluciones y retornándolas de vuelta al redil. Si le exigen a una Revolución en el poder que restaure la democracia burguesa (separación de poderes, pluripartidismo y medios de comunicación privados), porque esa democracia es importante (para que ellos puedan recuperar lo perdido, desde luego), y sitúan como ejemplo a quienes buscan el poder en países burgueses construyendo frentes amplios –a estos los acusan de ser como nosotros, a nosotros nos acusan de no ser como ellos–, ya sabemos lo que quieren.

Entiéndase esto: la única validación aceptable para el sistema de que hemos introducido correctamente esos instrumentos suyos, es que perdamos las elecciones, el gobierno y el poder. Venezuela es un ejemplo clásico: el respeto estricto a todos los códigos de esa democracia nunca obtuvo la certificación imperialista. Porque si esa “democracia” existe para impedir que la voluntad popular derribe el sistema de dominación, allí donde este ha sido derribado y en los siguientes cinco o diez años no ha logrado restaurarse –esto puede afirmarse de modo “científico”–, funciona mal.

En realidad queremos democracia, sí, eso son las Revoluciones, grandes saltos democráticos, y de lo que se trata es de echar a andar la nueva visión que tenemos de ella, no de restaurar sus viejos postulados. No estamos conformes con el nivel alcanzado en el ejercicio de esa nueva democracia, pero no porque queramos la otra, la que ya sabemos inservible: la comparación es y será con nuestros propios ideales. Porque, hay que recordarlo, en Cuba no pretendemos tomar el poder, ya lo tenemos.

Es cierto que Fidel, como Martí en el siglo XIX, fue el artífice de la unidad de todas las fuerzas revolucionarias. Fidel salvó para la Revolución a seres humanos honestos, que eran revolucionarios o que se hicieron revolucionarios con los acontecimientos o que nunca fueron contrarrevolucionarios, pero no integró de manera ecléctica diferentes tendencias ideológicas, ni incluyó a una sola persona pagada desde los Estados Unidos o Europa. Blas Roca como presidente y Raúl Roa como vicepresidente de la primera Asamblea Nacional, conformaron un dúo simbólico: ambos pusieron su talento y su capacidad creadora al servicio de la más radical de las miradas posibles, la de Fidel, la del Partido, que bajo su liderazgo todos contribuyeron a construir. Fidel no hizo pactos, construyó un nuevo consenso, el que emanaba de la justicia social postergada y anhelada por el pueblo. Rechazó el Pacto de Miami, en momentos en que parecía más necesario que nunca, con argumentos diáfanos: “lo importante para la revolución –escribió Fidel–, no es la unidad en sí, sino las bases de dicha unidad, la forma en que se viabilice y las intenciones patrióticas que la animen”. No adoptó el camino socialista porque el gobierno estadounidense fuera hostil, esa es una afirmación reductora, aunque sin dudas aquel fue un factor catalizador. En septiembre de 1961 escribió:

La Revolución no se hizo socialista ese día [16 de abril]. Era socialista en su voluntad y en sus aspiraciones definidas, cuando el pueblo formuló la Declaración de La Habana. Se hizo definitivamente socialista en las realizaciones, en los hechos económicos-sociales cuando convirtió en propiedad colectiva de todo el pueblo los centrales azucareros, las grandes fábricas, los grandes comercios, las minas, los transportes, los bancos, etc.

El germen socialista de la Revolución se encontraba ya en el Movimiento del Moncada cuyos propósitos, claramente expresados, inspiraron todas las primeras leyes de la Revolución.

El 16 de abril se reafirmó y se llamó por su nombre, lo que orientaba ya hacia el ideal socialista desde el día mismo en que, frente a las aspilleras de la fortaleza militar de Santiago de Cuba o en sus celdas de tortura y muerte o frente a los pelotones de criminales –que defendían un poder caduco–, daban su vida casi un centenar de jóvenes que se proponían lograr un cambio total en la vida del país. Y dentro de un régimen social semicolonial y capitalista como aquel, no podía haber otro cambio revolucionario que el socialismo, una vez que se cumpliera la etapa de la liberación nacional.

En su última alocución pública, que a la postre fue su despedida, frente a los delegados al Congreso del Partido –abril de 2016–, Fidel reafirmó su credo comunista: “A todos nos llegará nuestro turno, pero quedarán las ideas de los comunistas cubanos”, dijo.

No me sorprende que Arturo López Levy, uno de los asiduos ideólogos de Cuba Posible, en uno de los artículos más transparentes de la última semana, escribiera: “La pregunta central de este debate sobre opciones ideológicas no debe formularse en términos históricos, sino políticos [olvidemos la historia, pedía Obama]. No debe ser sobre lo que hubiese hecho Fidel Castro hoy (…) Cuba pertenece a las generaciones actuales de cubanos”. Este autor, que se declara socialdemócrata y sionista, coloca varias carnadas en su anzuelo, pero en un comentario al debate abierto en un blog, termina donde debe terminar: “El día en que se acabe el bloqueo/embargo, soy partidario de que se inicie un proceso hacia la instauración de una democracia multipartidista en Cuba, con libertades de prensa, asociación, y todas las otras recogidas en la Declaración Universal de Derechos Humanos, tal como se entienden por los comités que han estado a cargo de manejar su interpretación”. El título del artículo, sin embargo –que manipula una frase de Martí, el más radical de los cubanos– revela ya su sentido: La moderación probada del espíritu de Cuba. Volveremos a él.

¿Lo mejor de uno y otro sistema?

¿Por qué ha causado tanto escozor mi afirmación de que no es posible integrar “lo mejor” del capitalismo y lo “mejor” del socialismo? Tal manera de concebir la coexistencia (nada pacífica en términos sociales) de elementos de uno y otro sistema, algo que es inevitable, parece establecerlo como fin y no como punto de partida. Hablo desde la perspectiva de un revolucionario (que defiende los intereses de los desposeídos), que es diferente a la de un reformista (que le teme a las masas aunque las invoque mientras procura resguardar sus intereses). La prensa trasnacional hegemónica, al mencionar los cambios que el pueblo cubano decidió introducir, utiliza el vocablo “tránsito” –reiterado por Veiga, uno de los fundadores de Cuba Posible– como si fuese el inicio de un proceso de restauración capitalista.

La promoción de cambios no es per se revolucionaria; tampoco es reaccionaria o conservadora la intención de conservar algo. Todo depende de lo que se quiera cambiar y de lo que se pretenda conservar. En ambos casos, el punto determinante está en las necesidades de los más humildes (“con los pobres de la Tierra quiero yo mi suerte echar”, escribía Martí), solo en relación a ellos se es o no se es revolucionario. La condición del revolucionario no se mide ni por los métodos que se utilizan, ni por la intención de cambios; puede sintetizarse en dos cualidades: va a la raíz de los problemas (es radical) y siente como agravio personal la injusticia, donde quiera que se cometa. Pero aviso a los académicos burgueses (sordos, ciegos y mudos para la verdad): en el siglo XX lo que fracasó, definitivamente, fue el capitalismo. Y los que aman las estadísticas deberían saberlo: el un por ciento de la población mundial tiene tanto dinero como el otro 99 por ciento (datos de la ONG Oxfam divulgados por la BBC). Según RTVE, nada sospechosa de infidencia, el un por ciento de los españoles acumula tanta riqueza como el otro 88 por ciento, lo que significa decir que 466 mil personas poseen tanto como 37,3 millones de conciudadanos.

Algunos autores que desde una supuesta moderación abrazan la idea de “fundir” los dos sistemas, es decir, retornar al capitalismo, aseguran con cinismo que se preservarían las conquistas sociales y la soberanía nacional, aunque saben –claro que lo saben, y los que no, amigos, son unos ignorantes– que a la larga se perderían ambas, por eso exigen que se “profundicen” los cambios. Sabemos el sentido que tiene para ellos el verbo profundizar. Por eso en la entrevista que me hizo Cubadebate insistí en la necesidad de desentrañar la direccionalidad discursiva de cada discurso, no a partir de la posición que cada cual se atribuye, sino a partir de una pregunta simple, que Lenin usó con efectividad: ¿a quién sirve? La palabra cambio implica para los revolucionarios cubanos que se perfeccione el socialismo; para los contrarrevolucionarios, que se desarticule, que evolucione hacia su contrario. Esta no es una discusión teórica ajena a los intereses del pueblo: todas las dificultades, insuficiencias, errores, que hoy padecemos, tendrán solución o no, en la medida en que triunfe o fracase el socialismo cubano. Por eso, sin subestimar las contradicciones (antagónicas) que los elementos de capitalismo y de socialismo generan en Cuba, como en cualquier otro lugar, las preguntas claves son estas: ¿a cuál de los dos sistemas se subordinan?, ¿a cuál sirven?, ¿hacia dónde nos proponemos ir?

La Conceptualización del Modelo, discutida y aprobada por decenas de miles de cubanos en reuniones auténticamente democráticas, que recogían y clasificaban cada criterio, y en la Asamblea Nacional, con las enmiendas derivadas de esos debates, dice en su primer capítulo:

[Este documento] (…) sirve de guía para avanzar hacia la materialización plena de la Visión de la Nación: independiente, soberana, socialista, democrática, próspera y sostenible, mediante el Plan Nacional de Desarrollo Económico y Social a largo plazo, y otras acciones.

Los objetivos estratégicos de la actualización del Modelo son: garantizar la irreversibilidad y continuidad de nuestro socialismo afianzando los principios que lo sustentan, el desarrollo económico y la elevación del nivel y calidad de vida con equidad. Todo ello, conjugado con la necesaria formación de los valores éticos y políticos, en contraposición al egoísmo, el individualismo y el consumismo enajenante y depredador.

Desde luego, la interacción y lucha de elementos capitalistas y socialistas en el mundo en el que vivimos es una realidad de múltiples aristas. De una parte, el capitalismo, en su guerra por la sobrevivencia, ha incorporado ciertos mecanismos y visiones socialistas de carácter colateral: las luchas sindicales, de género, las victorias anticolonialistas, las revoluciones del siglo XX, la existencia de experiencias, fallidas o no, de construcción socialista, han introducido elementos de justicia social, sobre todo en los países más ricos. No cometamos el error de atribuirle al capitalismo –en su versión de Bienestar Social, en países que fueron usufructuarios del sistema colonial y neocolonial, tuviesen colonias o no, y de la injusta división internacional del trabajo, o simplemente, a sus conquistas laborales–, los huevos de la nueva sociedad (uso de manera libre una imagen de Lenin), engendrados por la resistencia al capitalismo. El capitalismo, como sistema, es el mismo en todos los países ¿Por qué tomamos de ejemplo a los países nórdicos y no a los del Sur, que comparten nuestra historia de expoliaciones, y son, además, la mayoría? ¿Por qué el capitalismo en Cuba –si solo se tratara de copiar un sistema– nos llevaría a ser como Suecia, Suiza o Reino Unido y no como Honduras o Haití? Pero en Suecia, dicho sea también, hay elementos del nuevo orden socio-económico por el que luchamos, que niegan en alguna pequeña medida, el que allí existe.

Es decir, la superación del capitalismo ocurre por diferentes vías, de manera simultánea. Cuando los países latinoamericanos, por ejemplo, adoptan una posición común que se opone a la injerencia imperialista o rescatan la soberanía nacional –que solo puede ser defendida como valor regional–, más allá de sus razones puntuales, están golpeando al sistema. Si un sector de la burguesía argentina o de la brasileña decide reivindicar sus intereses y enfrentar la hegemonía económica y política del imperialismo, el golpe no es bilateral, es sistémico. Todo golpe al imperialismo es un golpe al capitalismo. Los sectores más radicales de esos países en ocasiones no perciben que ese gobierno burgués, a pesar de sí mismo, es un aliado de “lo nuevo que nace”. El imperialismo, por el contrario, sí lo percibe, y le declara la guerra.

Por otra parte, la cultura socialista (anticapitalista) existe como contracultura aún en los países donde hay gobiernos revolucionarios, e incluso en aquellos donde las transformaciones han sido más radicales, porque la cultura del capitalismo (hablo de sus modos de vida, de sus conceptos de éxito y de felicidad) es hegemónica. La base material que sustenta a la nueva cultura es aún débil, de resistencia, tiene un alcance limitado. Un partidario e incluso un protagonista de la revolución, puede ser también un adicto acrítico a los realitys shows de Miami o un reproductor de la cultura del tener, es decir, del capitalismo; puede trabajar durante toda la semana por la consolidación del Gobierno revolucionario, y reproducir en su vida privada, en sus sueños más íntimos, los valores del sistema que combate.

Como el triunfo en el capitalismo se asocia indefectiblemente al dinero, sin importar su origen, y el esfuerzo personal en el trabajo no suele conducir al éxito prometido, el sistema abre pequeñas válvulas de entrada, ajenas al aporte social del individuo: la herencia, el juego en todas sus modalidades, el matrimonio de conveniencia, lo mismo para la mujer que para el hombre, el robo de cuello blanco o de pistola en mano (siempre que el autor logre evadir la justicia). El mercado del deporte se convierte para los pobres en un camino a transitar. Ningún otro relato clásico expresa la esencia de este postulado como el de Cenicienta: un cuento recreado y actualizado de todas las maneras posibles. La corrupción es un subproducto del capitalismo. Si el origen del dinero no es importante, y su posesión establece el rango de éxito o fracaso social del individuo, las vías fraudulentas son un recurso tolerado. Decir que el socialismo genera también burocratismo o corrupción, significa reconocer que hay bolsones de capitalismo en su seno.

¿Qué supone la normalización de relaciones con los Estados Unidos?

Se ha dicho que quienes nos oponemos a las máscaras de centro, conformamos un grupo duro opuesto a la normalización de relaciones entre los Estados Unidos y Cuba. Nada más ajeno a la realidad. Es una idea que reproduce el esquema que otorga una falsa paridad a los supuestos extremos de La Florida y La Habana: si bien el extremo floridano pudiera asociarse al terrorismo y a la politiquería anticubana, es decir, al lacayismo proimperialista ¿a qué se asocia el de La Habana?, ¿a la defensa de la Patria socialista? Ningún revolucionario cubano viajó en lanchas rápidas para ametrallar poblados floridanos, ni colocó o pagó para que colocasen bombas en industrias o centros recreativos de Miami. Ni siquiera quemó banderas estadounidenses. Pero existe un tercer elemento, que es decisivo: el imperialismo de ese país. Un blog contrarrevolucionario ya de capa caída, publicó hace algunos años un artículo esclarecedor de un tal Castillón:

Pocos luchan mejor por sus países de adopción que los inmigrantes. La historia norteamericana está llena de ejemplos […] Posada Carriles ha sido soldado estadounidense en tiempo de guerra y eso le da derecho a estar en Estados Unidos. Porque Posada, a pesar de haber luchado en un campo de batalla diferente, no es tan distinto de todos esos otros soldados. Porque aunque nos hayamos olvidado de ella y la hayamos relegado a ese cajón en que se guardan los recuerdos molestos, la Guerra Fría fue una guerra real. Una guerra en la que participaron numerosos exiliados en contra de los estados que dirigían sus naciones.

Es aquí donde aparecen las reminiscencias autonomistas y anexionistas. Ambos proyectos decimonónicos, que no conciben el desarrollo nacional sin la presencia dominadora de una potencia extranjera, empalman con el reformismo contemporáneo, gústele o no a López Levy. Evidentemente, no existe concordancia entre el extremismo lacayo y la defensa radical de la soberanía nacional. Permítaseme que me cite brevemente: “¿Qué significa ser extremista? –decía en el artículo La Patria posible–, ¿cuáles son los extremos del debate nacional? Para los revolucionarios cubanos, el extremista es quien adopta de manera irreflexiva consignas y frases hechas, cuyo fondo conceptual ignora o no comprende, y es incapaz por tanto de discernir qué es esencial y qué no lo es. El extremismo conduce al dogmatismo y a la doble moral. (…) Pero nada tiene que ver con la visión radical –que va a las raíces–, y a la postura revolucionaria frente a la realidad”.

Los revolucionarios cubanos (no pertenezco a ningún grupo) abogamos por unas relaciones “normales” entre vecinos civilizados; no obstante, lo que me parece más peligroso de esa suposición que se nos imputa es que revela lo que algunas personas entienden por normalización. Ya se sabe que el restablecimiento de relaciones diplomáticas es el primer paso, y que la normalización, tal como la proyecta Cuba, implica la derogación absoluta del bloqueo económico, comercial y financiero, la devolución de la Base Naval de Guantánamo y el cese de las actividades subversivas en el país. Sin embargo, López Levy es osado y –no puedo evitar la palabra– cínico, al escribir:

No caben dudas de que como priorizamos los intereses de desarrollo económico y bienestar del pueblo cubano, así como el alejamiento de un conflicto militar con Estados Unidos que puede ser devastador para Cuba, los “centristas” tenemos visiones distintas a las de Iroel Sánchez y Enrique Ubieta sobre las relaciones a buscar con Estados Unidos. Una política de distensión, incluso de acciones persuasivas de corte hegemónico, es preferible a la estrategia de coacción imperial por sanciones y financiamiento directo de opositores. (…) Este ambiente distendido permite, también, avanzar en reformas dirigidas a una economía de mercado y a una sociedad más plural en lo político, con afinidades a posiciones como las nuestras, pues Cuba tendría una interacción mayor con un mundo más favorable a ese rumbo.

De esa manera, casi al finalizar su artículo, el socialdemócrata López Levy declara abiertamente su respaldo al proyecto obamista de eliminar el bloqueo por ineficaz –en términos políticos– y no por inmoral y criminal, y sustituirlo por otra política igualmente injerencista, pero menos confrontativa, que reinstaure en Cuba el capitalismo (y la subordinación a Washington). Aceptamos el reto –creemos que este pequeño David puede batir a Goliat en el terreno de las ideas–, a pesar de que el articulista sabe, más por viejo que por diablo, que se trata de una guerra de baja intensidad, con financiamiento a proyectos subversivos de corte no confrontacional como Cuba Posible. Pero igual, cobren o no, el que intente retornar a Cuba a un pasado de capitalismo semicolonial, es mi enemigo. No creo en los centrismos; nadie, ni ellos mismos, creen que sea posible “estar en el medio”.

Nota

(1) El debate en las redes sociales se aleja del debate. Es la fiesta de los asombros, cuando aparece, esta vez sí, un grupo. El “sabio” Pedro Monreal casi escribe un tratado para reivindicar la importancia de las estadísticas –Julio Carranza, antes o después que él, insiste en ello–, a partir de una lectura primitiva y/o tendenciosa de mi entrevista. Se quedan en los marcos de la puerta, sin entrar. Un tal Domingo Amuchástegui me endilga todas las culpas y desvíos del espíritu revolucionario, ocurridos desde mis tres años de vida y aún antes. En cambio, algunos de los protagonistas de esos desvíos, censores y adoradores de manuales, escriben largas peroratas sobre la flexibilidad del pensamiento y la dialéctica. Haroldo Dilla, expulsado de la politiquería dominicana por su desmedido oportunismo, propone que se me expulse del debate político de la Revolución cubana.

Muchacho de siempre que nos hablas

 

Porque la sangre termina por borrarse de los muros y las aceras, los cuerpos se hacen polvo y las lágrimas secan, se sabe que es verdad la muerte, y no un infundio para que olvidemos.

Pero hay quien tiene algo que resiste a los finales, una luz que impulsa y limpia. Hay quien recorre el tiempo —como lo haces tú, bien lo dijo la poetisa de Tirry 81— con «el oficio de eternidad debajo de los párpados».

Así vuelves a nosotros, José Antonio, en un amasijo de Echeverría, de Bianchi, Cárdenas, manzana, asma, remos, arquitectura, Radio Reloj, 13 de Marzo… para hablarle a los cubanos que te escuchan, de fe, revoluciones, luchas y de mantenerlas vivas.

Te empeñas en recordarnos lo profundo: la sangre que señala caminos de victoria, la sublime virtud de Mella, los pueblos otros que también deben dolernos, la mancha oscura del abuso y de la indiferencia, la clara dignidad del estudiante que se encuentra en y por su época.

Y aún te sobra impulso para, desde el asombro de los 24 años que siempre tendrás, invitarnos a tus pasiones de muchacho perenne, a escuchar al Benny con acento de vitrola, a extasiarnos con la hondura de una bailarina mientras danza o adentrarnos en el salvaje misterio de un cuadro de Lam.

Al descuido, con la naturalidad de las verdades tremendas, confiesas el acierto de la sonrisa y la bondad, esas que recogieron fidelísimas las fotografías, aun más en tus años de presidente de universitarios bravos, de protestas, fracturas, contusiones… pero siempre de poemas de amor en las noches.

Entonces parece más ridículo el impulso de tus asesinos de robarte homenajes con un entierro nocturno, de poca gente y farolas opacas, como si fueras a irte, como si se pudiese borrar a quien tiene conversación límpida, radical, sabia para la Isla de hoy todos los días.

Cuba entre opciones

Tomado de Dialogar, dialogar
Luis Toledo Sande

Se cuenta que hace diez años, o algo más, un reconocido profesor universitario de Historia, encargado de aplicar a jóvenes aspirantes a estudiar esa disciplina la entrevista de ingreso a la Facultad habanera donde se cursa, le pidió a uno de ellos que valorase el anexionismo, y el entrevistado respondió: “Tal vez deberíamos probar ese camino, porque por los otros no han venido los frutos deseados”.

Formado en una Cuba donde a la inmensa mayoría del pueblo la beneficiaron los logros de una Revolución que puso al país en el centro de miras del mundo, para el joven, probablemente sin una buena información, esa realidad parecería tan natural que no merecía ser tomada en cuenta. Pero no vería de igual modo las carencias que —en medio de expectativas sin precedentes— han dado pie a una vida cotidiana distante de la que la población merece y la dirección revolucionaria se había planteado propiciarle.

Que por diversas razones la anexión carezca de camino, no basta para menospreciar el efecto que el anexionismo tuvo, y pudiera aún hoy tener, al generar en algunos la ilusión de que valía la pena zafarse de España aunque fuera para quedar bajo el poder de los Estados Unidos. La vanguardia revolucionaria necesitó combatir de diversos modos maniobras anexionistas y autonomistas. Convencido de que Cuba debía “ser libre de España y de los Estados Unidos”, en su brega organizativa y suasoria José Martí sintetizó la experiencia precedente y puso en tensión un decir que fue parte de su hacer.

Se pronunció asiduamente contra autonomistas y anexionistas. Desconocerlo se explicaría por un conocimiento escaso o nulo de su obra, o por el deseo de que hoy no se combata lo heredado de aquellas tendencias. A manera de clímax, no aisladamente, en su discurso del 26 de noviembre de 1891 Martí sintetizó su proyecto unitario basado en el plan de fundar una república “con todos, y para el bien de todos”; pero sabía que de ese ideal se autoexcluían las fuerzas opuestas a la revolución emancipadora, y lo expuso también con claridad no solo en ese texto.

Hasta que el independentismo se afianzó como la opción representativa y guía de la patria, no tanto quizás las cúpulas de aquellas tendencias, pero sí sus seguidores de filas, podían ser honrados al resignarse con la idea de que la anexión o una relativa autonomía eran ventajas suficientes para Cuba. Al estudiante de marras había derecho a pedirle que valorase las grandes realizaciones del país y que, sin soslayar ineficiencias y errores internos, al considerar las frustraciones tuviera en cuenta los hechos militares y terroristas y el férreo bloqueo con que le ha causado a Cuba graves estragos el imperio que desde el siglo XIX ha tenido el apoyo de anexionistas y de autonomistas.

Pero, si aquel joven podía ver las realizaciones del país como naturales, el bloqueo, de tan establecido, y de tan santificado por medios dominantes, acaso no lo tendría ni presente, o no le reconocería fuerza bastante para ser tan nocivo como ha sido para Cuba. Hasta quizás creería que era un pretexto de esta para justificar sus errores.

Cabría tal vez relacionar la respuesta del joven, por descabellada que se estime o sea, con insatisfacciones que perduran tras décadas de programa revolucionario. Si a este lo ha signado el fin de construir una sociedad socialista, el capitalismo en general, más que en particular la opción anexionista —aunque sea inseparable de él—, puede en algunos generar la ilusión de que ese sistema, con siglos campeando en el planeta, tiene lecciones que dar para transformar el país, o hasta ser el camino para conseguirlo.

Con su currículo de negocios, y con poderosos medios (des)informativos a su servicio, el capitalismo ha logrado que para muchos su imagen sea la de los millonarios de Londres, París o Nueva York, ni siquiera la de los pobres del Reino Unido, Francia o los Estados Unidos. Para no hablar de Burundi, Burkina Faso o Haití.

Ha conseguido que se consideren exclusivamente suyos logros básicos de la humanidad, no digamos ya los ideales de libertad, igualdad y fraternidad, y en general los derechos humanos que la burguesía en ascenso capitalizó desconociendo a los humildes que la siguieron en la lucha. También pasan como patrimonio suyo la puntualidad, la eficiencia económica, la disciplina social y otras virtudes colectivas apetecibles, sin las cuales no habrá proyecto político ni social que pueda sostenerse con eficacia y prosperidad.

Los esclavos de cualquier época ¿podían faltar al trabajo cuando querían y desobedecer al amo sin exponerse al castigo físico? ¿Era dable a los siervos ignorar que tenían que acatar la voluntad del señor feudal o morir de hambre? El capitalismo sustituyó cepo y látigo, y señorío, por salario e hipotecas. Cuando avanzó la tecnología y tras largas luchas se generalizó la jornada de ocho horas, logró que la plusvalía se concentrara con mayor provecho para él que en jornadas más largas. Aun así, no siempre ni en todas partes se ha acatado la conquista de las ocho horas, violada incluso a golpe de leyes.

Eso no debe olvidarse en parte alguna del mundo, ni siquiera en Cuba, donde hoy, en medio del crecimiento de la propiedad privada, parece que algunos dueños olvidan lo que significó aquella conquista para los trabajadores. Urge mantener la orientación justiciera, aunque algunos de estos disfruten perder sus derechos a cambio de salarios más altos que los que la administración estatal ha estado en condiciones o ha sido capaz de propiciarles a quienes, al laborar en el ámbito con que ella está centralmente responsabilizada, garantizan el predominio del modo de producción socialista.

Dar por sentado que la eficiencia y el orden son patrimonio exclusivo del capitalismo es una manera vigorosa de rendirle culto a ese sistema. Resulta cuando menos curioso que algunos se muestren más que nunca apasionados citadores de Lenin y del Che al recordar que ambos, como seres inteligentes que eran, comprendieron que los afanes socialistas debían aprender de cuantas experiencias humanas les fueran útiles, incluidas las del largo y contemporáneo capitalismo. Pero a menudo no recuerdan con igual pasión que ambos insistieron en la necesidad de que, si se trataba de edificar el socialismo, no se debía incurrir en el riesgo de perder la orientación necesaria para ello.

No estará de más recordar también que Lenin no dirigió una realidad ejemplar, idílica, sino la cruda de un territorio poco desarrollado y con no pocos rasgos de modo de producción asiático, lo que cabría asimismo decir de otros intentos de real o sedicente construcción socialista. En cuanto a poner juntos en el mismo saco de opciones a Lenin y al Che, parece impreciso, o más, desconocer las críticas del segundo a la Nueva Política Económica (NEP), diseñada con la guía del primero.

Se sabe que lo trazado por Lenin se incumplió en gran medida después de su muerte, aunque no siempre fuera por actos de mala fe y traiciones. Cuéntense también las posibilidades permitidas por la terca realidad. Pero no es necesario negarle la sal y el agua al capitalismo para considerar injusto atribuir a Lenin o al Che el olvido de que ese sistema tiene al menos un gran defecto: se sustenta sobre la injusticia social, por la que a toda costa la minoría acumula millones de millones, norma inmoral que dicho sistema cuida para seguir existiendo. Aquellos dos revolucionarios no perdieron de vista que la mayor virtud con que está responsabilizado el socialismo es la búsqueda de la equidad social sobre bases económicas y éticas democráticas, y siempre que descuida esa orientación lo paga caro. De poco suelen valer las autocríticas, y menos si son tardías.

Para Cuba el ideal de la equidad precedió al proyecto socialista, que sería irresponsable explicar como un mero saldo oportunista de la hostilidad imperial y la ayuda soviética. Ideólogo y dirigente de un frente de liberación nacional, Martí aportó una ética iluminadora incluso para el socialismo por construirse. En “Nuestra América”, ensayo de 1891, señaló como raíz de las frustraciones de la independencia latinoamericana el no haber hecho “con los oprimidos […] causa común para afianzar el sistema opuesto a los intereses y hábitos de mando de los opresores”. Ya en Versos sencillos había expresado: “Con los pobres de la tierra / Quiero yo mi suerte echar”.

Si en el artículo titulado precisamente “Los pobres de la tierra”, y publicado en Patria el 24 de octubre de 1894, sostuvo que a la república por la que se luchaba nadie podía “llevar moldes o frenos”, también elogió en primer término el aporte de los trabajadores a “la patria, ingrata acaso, que abandonan al sacrificio de los humildes los que mañana querrán, astutos, sentarse sobre ellos”. Desde su personal honradez les dijo a los pobres: “Sépanlo al menos: no trabajan para traidores”, y ya antes, previendo que la independencia podía ser insuficiente para alcanzar la equidad necesaria y justa, en “¡Vengo a darte patria!”, aparecido en el mismo periódico el 14 de marzo de 1893, había declarado: “Volverá a haber, en Cuba y en Puerto Rico, hombres que mueran puramente, sin mancha de interés, en la defensa del derecho de los demás hombres”.

Ni siquiera por la ardua búsqueda de la unidad necesaria renunció Martí a exponer los ideales con que concebía una independencia inseparable de la justicia social, ni a librar la lucha de pensamiento requerida en el seno del propio independentismo. Hoy, la Revolución que lo ha reconocido como su autor intelectual está llamada a no disimular ni ocultar el alcance limitado de determinadas medidas que necesite poner en práctica. Mucho menos aún ha de renunciar a defender el alcance justiciero mayor que debe tener como guía, lo que implica batallas cotidianas.

Ambrosio Fornet, quien ha contribuido a esclarecer qué fue la realidad calificada por él como “quinquenio gris”, y ha refutado por igual a plattistas y platistas —ya sean unos y otros los mismos o primos putativos— se ha referido al hecho de que, para salvar en las actuales circunstancias un proyecto socialista, Cuba necesitará aplicar prácticas consideradas propias del capitalismo. Pero también se ha preguntado cuántas, hasta qué punto y de qué modo le será factible asumirlas sin dejar de ser socialista. Tal es el ser o no ser de la Revolución Cubana, según el articulista le oyó a Fornet sostener en la Casa de las Américas, en un panel presenciado por el Comandante en Jefe Fidel Castro.

 

 

Fornet no propuso un cartabón teórico, dogmático, sino una tabla de sentido común y, por tanto, extraordinario. Cuba tendrá que seguir actuando en un entorno regido por el poderío imperialista y, para ella en particular, por un bloqueo que no cesa y, si cesara, no sería precisamente para facilitarle su existencia socialista, sino para torcérsela. Debe Cuba, pues, hilar fino, y sin demoras —se podrán necesitar pausas y replanteamientos, y máxima cautela, pero demoras excesivas le resultarían fatales—, en pos de una economía solvente y una vida cotidiana amable, con una prosperidad signada por una ética profunda, inseparable de la equidad, la justicia y la democracia.

En su pueblo hay luz y capacidad de esfuerzo bastantes para enfrentar desafíos, pero esa luz y esa capacidad son un tesoro que sería inútil guardado en arcas bajo llave, y se dilapidaría en esperas y tanteos de ciego. El concepto de Revolución legado por su líder está para usarlo bien, no para citarlo cansonamente sin buenos resultados. La fuente de enseñanzas concretas puede hallarse en todo el mundo, pero no podrá olvidarse que el tronco de la República es y debe estar en su historia y sus caminos, y en sus recursos.

Para deslumbramientos habrá siempre ocasiones e imágenes. A una abuela le cabrá sentirse dichosa de que su nieta preferida haya cazado a un sueco y se haya ido a hacerse la sueca. En un ejemplo concreto llegado al articulista, la abuela comenta cuán agradecida se siente de las remesas que le envía la nieta, y cuánto desea que Cuba finalmente se convirtiera en la Suecia de América. Otro miembro de la familia, jocoso, criollo de raíz, le respondió: “Abuela, ¿tú quieres que Cuba se suecide?”

Tela hay para cortar. Solo falta que, en nombre de la libertad de expresión, no se llegue a suponer que el derecho a manifestarse les pertenece nada más a los partidarios del capitalismo y sus lecciones sacrosantas, mientras que a los defensores del socialismo les toca guardar silencio. Asoman indicios de que hay quienes estiman necesaria una cruzada de pensamiento y bytes contra la idea socialista y el correspondiente propósito de que cada vez menos jóvenes —o no jóvenes— crean valedero decir: “Debemos probar la opción del capitalismo, porque la otra no ha traído los frutos deseados”.

Según la calidad de las diferencias: diálogo, debate, lucha…

Por: Camilo Rodríguez Noriega* camilo@espnl.co.cu

tomado del Blog: Cuba Por Dentro
El diálogo de ideas entre iguales cursa con facilidad al debate ideológico. ¡Que fuera de esta realidad estaríamos si esto no ocurriera con cierta frecuencia!

Es curioso cómo en ese debate se va articulando una malla ideológica cual soporte compartido en sus esencias, al tiempo que se sostienen, deshacen, rehacen y asoman múltiples cabos sueltos y hasta encontrados; un anuncio de que el tejido deberá seguir haciéndose con suma laboriosidad cotidiana. Es esa, más o menos, la textura ideológica posible de una sociedad en Revolución; de una sociedad en transición socialista. En ese entramado se cuecen, una y otra vez, los posibles frutos de unidad y se deslindan, en sus prioridades, los frentes de acción.

Si aprendemos bien a debatir nos evitaremos que sobrevenga el encontronazo desgastador entre quienes formamos el diverso “nosotros”. Si la mesura y la reflexión no nos asisten nos abocamos al enfrentamiento interno. Si nos une en verdad lo que nos es esencial retornaremos, todas las veces, al re-encuentro. Puede ser normal que esto ocurra, pero, en nuestras condiciones de plaza que sigue siendo sitiada debiéramos evitar el empeño en naturalizarlo. Eso nos erosiona y desorienta, al tiempo que alboroza a quienes procuran que caigamos en la trampa o, al menos, que nos encharquemos cerca de ella.

La reflexión conduce a la mesura. Reflexionar implica examinar un estado de cosas en sus diversas aristas y terminar proyectando un pensamiento final acerca de lo examinado. Es una meditación; un ejercicio de pensar nuestra propia experiencia e información sobre un asunto de interés para sacar conclusiones. Cuando se reflexiona es posible comprender mejor lo que sucede a nuestro alrededor. Nos ponemos alertas en relación con determinadas situaciones, las formas en que se desenvuelven y su significado y nos disponemos a participar en la búsqueda del mejor modo en que podemos conservar-cambiar un estado de cosas. La alerta reflexiva es un estímulo para penetrar las situaciones de interés; para ir más allá del fenómeno, captar el significado de los estados en que se expresa el objeto de análisis y disponernos mejor a una relación activa respecto al mismo. Así, cuando reflexionamos podemos entender mejor los comportamientos, el tipo y calidad de las fijaciones mentales que tenemos sobre el asunto (y las que tienen otros) y, por tanto, si lo amerita, replanteárnoslas (e invitar a otros al replanteo) y buscar caminos para actuar mejor. Si el estado de cosas es favorable o útil, desbrozaremos caminos para fortalecerlos, de lo contrario para transformarlo intencionadamente o para combatirlo.
En fin, parece sabio que la reflexión presida cada capítulo del debate y de la lucha ideológica. Más reflexión que ese discurso de refriega que se regala a la crítica a la forma y obstaculiza el debate porque posibilita el desvío de atención o la manipulación que subyuga el contenido. La refriega también; en su momento. La red ayuda, pero no es todo. Valen los espacios físicos que surgen para este ejercicio reflexivo pero parecen insuficientes. Que la novedad del espacio virtual no nos haga subestimar la tradición en trabajo ideológico para discernir sobre lo histórico-social racional, desde el recurso primario del diálogo honesto, cara a cara, donde a cada cual nos toque, si no es que su imposibilidad ha sido lanzada ya por quienes no tienen mejores intenciones.

Todo ello debe estar presidido por lo esencial. ¿Cuál es la médula ideológica del debate ideológico? La cuestión de los principios que sostenemos, crecidos desde nuestra conciencia reflexiva de los intereses supremos que asumimos, defendemos y nos esforzamos en realizar en contextos históricos concretos. Por eso, todo “tope” ideológico está objetivamente intencionado. Es menester evitar a toda costa que las escaramuzas de otros coloquen el orden del día. A veces no nos queda otra opción digna que ser subalternos de la agenda que nos colocan. La producción ideológica (desde la conexión pasado-presente-futuro), su socialización, el diálogo y el debate ideológico revolucionario son, en su unidad dialéctica, el antídoto. Digámoslo de otro modo: la médula ideológica del debate ideológico está en nuestra plataforma espiritual de anclaje para pensar y enrumbar las complejidades y contradicciones de las que somos parte y continuar construyendo un NOSOTROS, desde la diversidad.

No siempre es menester desenvainar ‘a priori’ nuestros principios. Puede interpretarse como valladar para amordazar. Es mejor ensartarlos con tino en el tejido de las ideas que explican las realidades como totalidades. Entonces sí deben emerger apuntados y apuntadores, colmados de argumentos. En ese momento las reglas del juego quedan bien establecidas para seguir todos abriendo caminos con brújula estratégica en ristre, como batallón que rastrea todas las posibilidades, tratando de encontrar la mejor. Así hemos andado juntos muchas veces. El escenario cambió, la lucha continúa definida desde iguales pilares esenciales, con muy pocos derechos a viejos esquemas y a nuevas confusiones.

Cuando las diferencias no son sobre unas u otras ideas sino de principios el debate se torna difícil. Ya no se busca llegar a más en unidad. La lucha ideológica sobreviene como única alternativa factible. Y hay que darla con todas las armas, conscientes de que todos los contendientes estamos apostados en trincheras. Nos corresponde conocer bien la ubicación de la nuestra. La pretensión de las partes es la de vencer al otro. Precisamente, porque somos entes ideológicos, nuestras preferencias toman aquí partido definidor. Lo que debe contar, en primer lugar, es aquello esencial que defendemos; ante todo la unidad. También es importante todo lo demás que nos define.

El advenimiento de la polarización ideológica que instaura el enfrentamiento, la lucha, debe ser una evidencia resultante; nunca una alusión de partida.
Sin embargo, aún en tal clima, nunca debiéramos dejar de esforzarnos por evitar que lo primero sea el etiquetado ideológico de los bandos en contienda. Solo debiera ocurrir, si es necesario, después de la argumentación posible de las ideas. Esto es muy importante, sobre todo, porque las etiquetas parecieran que se establecen por cierta necesidad de sintetizar las actitudes y posicionamientos, en aras de la comunicación ideológica sin ambages. Pero los rótulos también suelen enrarecer los análisis entre nosotros mismos. No es menos cierto que a veces el rotulista es el mismo que luego desdeña que le llamen como se auto-nombró. El empleo de las etiquetas ideológicas menosprecia la historicidad de los argumentos y, por consiguiente, nos arrima a la superficialidad.

Cuando nos incorporamos a un debate o enfrentamiento ya en curso debemos procurar suficiente claridad de su sustancia ideológica para evitar montarnos en cualquier “hojarasca” que nos llegue ensartada en velocidad digital. Al calor de nuestras emociones individuales necesitamos cuidarnos de ser confundidos, engañados o manipulados.
Lo mejor sería el debate ideológico de todas las ideas que circulan en la nación. Pero plantearnos esto como premisa absoluta puede ser tan ingenuo e irresponsable como descalificar ‘per se’ tal posibilidad. Cuando un extranjero intruso de talaje imperialista se esfuerza históricamente en escamotearnos el derecho al pleno ejercicio de libertad de la Patria, el paisano que se acerque a sus posiciones, por mucha paja que ponga en el medio, anula su posibilidad de ser parte igual en el debate. Pero es menester no extender esto como presupuesto para manejar lo diferente que sí cabe en la infinita hondura de los principios que defendemos los revolucionarios cubanos, también en el contexto de los cambios que vivimos.

Vale insistir en que se impone el ejercicio inteligente y reflexivo de la mesura, sobre todo para tratar en unidad, en todo lo posible, nuestras diferencias. En estas cuestiones hemos de “domar” la convocatoria inusitada y a veces furiosa de una red que disimula, en su delirio de inusual democracia, que en sus espacios hay determinadas relaciones de poder, que se emparentan con otros poderes tradicionales que aún la dominan. La unidad entre los iguales diferentes debe salir no solo viva, sino bien nutrida de cualquier debate o enfrentamiento ideológico.

También conviene preguntarnos ¿por qué a veces ocurre ese empantanamiento dañino de ideas en el debate? Procurando una respuesta, debiéramos revelarnos ¿qué tópicos se muestran endebles en la estructuración de nuestra conciencia de realidad que nos llevan, con aparente facilidad, a maltratarnos y menoscabarnos en el bloque unido de los diferentes en Revolución? Sobre esos tópicos, teóricos y prácticos, debemos también reflexionar, dialogar y debatir. No para que nos hagan de “cuco” si no para ser más conscientes de la altura ideológica en que, todas las veces, debemos reafirmar nuestra voluntad de vencer también esta vez. Nos asiste como pueblo, por dignidad humana y patriótica colectiva, ese derecho.

La red parece legitimar como de interés público toda su carga. Lo público en Revolución se gesta en la búsqueda unida de toda la justicia ahora posible. Ocurre en medio de disímiles dificultades y con perenne hostigamiento enemigo que da calidad a nuestra lucha de clases. Lo público no es un “vale todo”, sino la martiana convocatoria del “con todos y para el bien de todos” en su juntura dialéctica.

La lucha ideológica es carente de ingenuidad y casi siempre convoca determinada política. En nuestro punto de miras debe estar el leitmotiv político de determinado flujo ideológico, aunque ese no sea, en lo inmediato, el objeto de interés específico.
En todo esto, tengamos siempre presente que nuestra gran complicación es coincidente con nuestro gran mérito: tratar de hacer una sociedad diferente en una nación subdesarrollada y haber andado en ese camino con la zancadilla perenne del país más poderoso de la Tierra. Una sociedad sin las pretensiones de dignidad y justicia social para todos, como la cubana, se ahorraría una parte importante de los contenidos del debate y la lucha ideológica actual. Pero no nos es posible, en manera alguna, renunciar a dichas pretensiones. Por tanto, debemos seguir aprendiendo a crecer desde esa contienda y para ella, desde la más alta seriedad y responsabilidad social.

Todos los días hemos de salir a escuchar, a decir nuestras verdades y a aprender en colectivo.

 

*Dr. C. Filosóficas, profesor Titular de la Escuela Superior del Partido ´´Ñico López´´, vicepresidente de la sección de Ciencias Sociales de la Sociedad Económica Amigos del País.

Ideas y consejos de una profesora a sus estudiantes de 5to año del curso 2016-2017 Graduación Facultad 2

Tomado del blog Cuba Por Dentro

El 12 de julio es un día de nacimientos de grandes en la historia. Personajes de las artes que nuestros artistas aficionados deben conocer y estudiar como el escultor Marcelo Pogolotti y el músico Amadeo Roldán;El 12 de julio es un día de nacimientos de grandes en la historia. Personajes de las artes que nuestros artistas aficionados deben conocer y estudiar como el escultor Marcelo

Pogolotti y el músico Amadeo Roldán; grandísimos de las luchas independentistas como el hijo de esclavos y también poeta Juan Gualberto Gómez y una de las mujeres y madre con más coraje: Mariana Grajales. Hoy también nacen ustedes, los hijos de Ingeniería en Ciencias Informáticas de la mejor Facultad 2 de la Universidad de las Ciencias Informáticas. Y como estos personajes, deben hacer historia y crear sus propias hojas de vida para que no pasen desapercibidos, para hacer el bien, para emplearse en lo que mejor saben hacer.

Aun algunos antiguos estudiantes y profesores me preguntan por qué fui la elegida para este honor. Sinceramente, puede que hasta yo me lo haya preguntado. Y aunque me pone en un aprieto gordo de verdad, con lo que saben que me molesta lo gordo, les agradezco el reconocimiento que pararme aquí, ante ustedes, me causa.

El próximo sábado 15, muy oportunamente, tengo reunión de la graduación del 2002. Hace 15 años nos graduábamos los únicos 96 estudiantes de Ingeniería Informática de ese año porque la carrera era nacional. Hoy somos casi una plaga, sin embargo continuamos siendo medios incomprendidos en lo que hacemos. Y eso está claro. Aun hay algunos que, sentados aquí ya, están esperando ver una modelación o un algoritmo que resuelva un problema difuso del que todos esperan una soluciones exactas. En aquel momento se agradecía la aparición de un Carlos Varela, de un Silvio Rodríguez o de un Gerardo Alfonso que, con sus letras y su pasión, nos hiciera remover el piso y se bailaban ritmos acompasados como el casino, el merengue y la kisomba que nuestros colegas africanos, no solo angolanos, nos trajeron. Las discotecas eran el ambiente dubitativo de nuestros padres. Hoy los gustos son otros y muchos prefieren remover ellos mismos el corazón (y algunas cosas más) de sus parejas al compás de las caderas con un (sin adjetivo) reguetón. Ya casi nadie oye rock ni lee un buen libro. Sentarse en el malecón solo es hobby de algunos. Sin embargo, la cita para nuestra reunión el sábado dice así textualmente: “y quizás acabemos en el malecón como antaño”.

Los tiempos no son los mismos. Esperar que se comporten, piensen o ideen igual es una utopía pero hay principios que no deben decaer nunca. La universidad es un tiempo donde se corren dos maratones y digo maratones con toda intención: lo importante no es la velocidad si no la resistencia y la perseverancia. Un maratón es la que tiene como meta apropiarte de cuanto conocimiento puedas, desarrollar cuantas habilidades tengas potencial para ganar y formarte bajo el amparo de sentimientos y valores para con tu profesión, tu trabajo y tu patria. El otro maratón tiene la virtud mayor de enseñar a ser el tipo de persona por el que te vas a definir, a ser disciplinado o no, a tener palabra o no, a responsabilizarte por tus acciones y a tender la mano sin necesidad de que alguien te lo pida, sea amigo o no. A mi entender, la universidad ha dejado de prestarle un poco de atención a este tipo de segunda maratón, que debe ir en paralelo y que de verdad logra un profesional comprometido como dice el objetivo rector del plan de estudio que acaban de vencer.

Hoy, estoy convencida, quien ya pudo concientizar el momento que vive, tienen muchos temores, alegrías y sentimientos confundidos y mezclados en una gran madeja. ¿Podré hacer lo que me manden cuando llegue a mi nuevo trabajo?, ¿estaré a la altura de lo que se me pide?, ¿mis amigos seguirán siendo mis amigos?, ¿los volveré a ver?. Les cuento que a las dos primeras preguntas solo el camino que ya recorrieron y que no tiene remedio y el que sean capaces de forjarse, les van a dar la respuesta. En cuanto a los amigos deben entender que las graduaciones tienen el símil de ser despedidas pero les cuento que los verdaderos amigos, aunque sea una llamada de vez en vez, van a darles, no importa dónde estén ni en qué condiciones. Ya son hombres y mujeres, hay quien por edad hace rato, y deben empezar a entenderlo y comportarse como tales. La universidad es casa de “travesuras” de alta calidad, según lo dispusieron ustedes los clientes, con una gestión del costo mínimo. La vida real es diferente: los clientes son variados, la calidad como dice Jarabe de palo, DEPENDE de según como se mire, y el costo… altísimo porque la gestión de riesgos se va de las manos.

Hoy tienen algo que escasea en sus vidas y eso se llama tiempo. Si les parece que son jóvenes y claro que lo son, tanto como yo, es un dato con una probabilidad rara, que cuando chasqueas los dedos, ya no es. Les sugiero entonces: propónganse metas a corto plazo, realizables pero retadoras, que los haga crecer siempre. Estar estancados los hace obsoletos y convertirse en heredados en vida, no es tener buena reputación. Nunca dejen para mañana, siquiera para ahorita, lo que pudieron haber hecho ayer. La vida es un ir y venir con obstáculos y vicisitudes de todos los colores y les aseguro que todavía no tienen ni remota idea de lo que son capaces de hacer, de vencer y de maniobrar. Si alguien hace dos meses me hubiera dicho que iba a tomar las decisiones que he tomado en estas dos semanas, me le hubiera reído en la cara porque me hubiera parecido inconcebible que estuviera en tal situación. Y, como para variar poco, al menos en mi vida, la conciencia y la razón no se ponen de acuerdo, hay que irse por una de ellas y rezar porque hayas tomado el mejor camino.

Muchachos, es hora de otros consejos:

La universidad los preparó que fueran curiosos y no menesterosos: estudien, investiguen, averigüen. Recuerden siempre que los proyectos, trabajos de curso y la tesis no se hicieron solos.
No siempre se va a estar donde se prefiere y eso no hace que sea mejor o peor ni que el lugar tenga la culpa de lo felices o infelices que puedan ser. Eso solo lo pueden hacer ustedes con voluntad y corazón.
Hagan lo que hagan, siempre que sea con la premisa de que al poner la cabeza en la almohada puedan dormir como buenos samaritanos y no como guerreros bárbaros. Las guerras y personas que destruyan sobran en este mundo
Pocas cosas en la vida no tienen su simulacro en la universidad. Cuando enfrenten alguna decisión, busquen su analogía que algo similar tuvieron los tiempos docentes. Eso los va ayudar a calmarse y encontrar la mejor solución.
Hagan su papel de ingenieros y solucionen. Emprendan aunque sepamos que es difícil. Si fuera fácil cualquiera pudiera hacerlo.

No tengan miedo a asumir tareas porque ellas son quienes le enseñarán lo que falta. Algunos ya me han oído muchas veces, algunos piensan que es una letanía, hoy lo repito a todos: No cambien el lindo envase por un buen contenido. Un short corto, un par de chancletas o un pelado exótico no los define. Y si lo hacen, solo valen eso. Sean ustedes algo más que la moda o una tendencia.

Valoren las experiencias que tengan porque ninguna es tan buena ni tan mala como parece y todas son fuentes de sabiduría. A un traspié, un disimulo de caída, una mirada alrededor a ver quién ríe, echarle una mirada terrorífica y seguir con el mejor talante. Sean parte de las soluciones, no de la creación de problemas y, si necesitan ser problema alguna vez, pues también sean parte de la solución entonces.

Si alguna vez dudan, recuerden a la profesora que les habló aquí hoy. Todos los días amanece con alguna, incluso con la duda de si podrá levantarse de la cama. Nunca las hagan notar. Coger lucha es parte del plan si quieren hacer la diferencia.

No me resta nada más que decirles. Aun les falta 15 años para ser mis colegas amén de lo que algunos piensan. Pero de cualquier manera les digo con alegría y con el agradecimiento de alguien que ve sus pichones volar.

FELICIDADES MIS INGENIEROS!!!

Su profe, Madelín Haro Pérez

12 de julio de 2017

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