Category: Crónica

Muchacho de siempre que nos hablas

 

Porque la sangre termina por borrarse de los muros y las aceras, los cuerpos se hacen polvo y las lágrimas secan, se sabe que es verdad la muerte, y no un infundio para que olvidemos.

Pero hay quien tiene algo que resiste a los finales, una luz que impulsa y limpia. Hay quien recorre el tiempo —como lo haces tú, bien lo dijo la poetisa de Tirry 81— con «el oficio de eternidad debajo de los párpados».

Así vuelves a nosotros, José Antonio, en un amasijo de Echeverría, de Bianchi, Cárdenas, manzana, asma, remos, arquitectura, Radio Reloj, 13 de Marzo… para hablarle a los cubanos que te escuchan, de fe, revoluciones, luchas y de mantenerlas vivas.

Te empeñas en recordarnos lo profundo: la sangre que señala caminos de victoria, la sublime virtud de Mella, los pueblos otros que también deben dolernos, la mancha oscura del abuso y de la indiferencia, la clara dignidad del estudiante que se encuentra en y por su época.

Y aún te sobra impulso para, desde el asombro de los 24 años que siempre tendrás, invitarnos a tus pasiones de muchacho perenne, a escuchar al Benny con acento de vitrola, a extasiarnos con la hondura de una bailarina mientras danza o adentrarnos en el salvaje misterio de un cuadro de Lam.

Al descuido, con la naturalidad de las verdades tremendas, confiesas el acierto de la sonrisa y la bondad, esas que recogieron fidelísimas las fotografías, aun más en tus años de presidente de universitarios bravos, de protestas, fracturas, contusiones… pero siempre de poemas de amor en las noches.

Entonces parece más ridículo el impulso de tus asesinos de robarte homenajes con un entierro nocturno, de poca gente y farolas opacas, como si fueras a irte, como si se pudiese borrar a quien tiene conversación límpida, radical, sabia para la Isla de hoy todos los días.

Justificaciones prostitutas

Por Gretel Díaz Montalvo
tomado del Blog Las 4 y 20

Dos años, un mes y 25 días han pasado desde la ultima coma o punto que le regalé a este blog. Dos años, un mes y 14 días se han cumplido desde que supe que sería mamá.

Y dejé de escribir. ¿Me cansé? ¿Me obligaron? Nada de eso, solo dejé de escribir. Mi vida me estaba dando un giro de 180 grados, tenía novio pero no planes de ponernos serios ni de responsabilizarnos por alguien más. Aquello era un cubo de agua fría en plena madrugada invernal y tenía que asimilarlo.

Mis neuronas se entretuvieron en la adaptación y dijeron adiós a muchas cosas. Mi hoy esposo y yo también nos detuvimos en la vida sin planes que llevábamos y nos pusimos serios. Bueno, hasta nos casamos y tratamos de preparar todo lo necesario para la llegada del bebé.
En esa etapa no quería hacer nada, mi cabeza solo atinaba a hacer cosas de madre futura y ya que el susto se había desvanecido el embullo y la alegría me secuestraron para entretenerme más en la función de futura madre.

Y llegó Daniel. Menos tiempo tenía para hacer otras cosas solo me ocupaba de sus avances, sus horarios… de su vida. Y me metí tanto ahí que ni me dio por publicar cosas de mi bebé, de sus primeros pasos y palabras. Me volví fantasma.

Aún voy por la vida así, pensando más en él que en mi. Pero se me acabó la licencia de maternidad y tuve que comenzar a trabajar. No tenía justificación había que escribir.

Los primeros escritos fueron mecánicos, sin gracia; poco a poco me fui dando cuenta que solo eran justificaciones mías, que las neuronas seguían ahí solo tenía que dejarlas salir porque ser madre y escribir no son enemigas. Me había prostituido de mala manera. Pero ya estoy dejando atrás esa vida en pausa y me cargo las pilas. Ah de paso comparto fotis de estos más de dos años.

Vestida y con sombrilla

 

Tomado del blog Cuba Profunda

Para cuando mi mamá cumplió mi edad, ya yo tenía nueve años. Esa cuenta de aritmética elemental me ha dejado pensando y no precisamente en que me ha agarrado tarde para tener mis propios hijos, porque en definitiva la planificación familiar y el empoderamiento de la mujer para algo existen; sino en la relatividad de la percepción: cuando yo tenía nueve años, me figuraba que a los 33 mis padres eran personas viejísimas.

Quiero creer que fue eso, un error de apreciación, lo que provocó la escena costumbrista que aún me da vueltas en la cabeza.

Sube el telón y aparecen dos muchachos al borde de los 20 años que conversan animadamente recostados a la fachada de una cafetería. Baja el telón.

Sube el telón y viene Gisselle caminando por la acera, pensando de seguro en la rutina laboral que está a punto de morderle una canilla; con su saya negra, su pullover blanco y verde y su sombrilla de Artex con arabescos verdes. Vestida y con sombrilla, parafraseando una canción de Silvio. Y Gisselle se dispone a pasar frente a los muchachos. Baja el telón.

Sube el telón y casi junto al oído de Gisselle comienza el diálogo entre los jóvenes que mi abuela calificaría como “unos pichoncitos”.

—Mira, asere, cómo le pega la blusa con la sombrilla.

—Oye, sí, el mío; qué bien combinadita viene.

(Hasta ahí, lógicamente, todo en orden. Todo, excepto el “asere” y “el mío”, por supuesto, apelativos que a fuerza de escucharlos en cada esquina no parecen en Cuba nada del otro mundo. Pero la conversación pica y se extiende).

—Y lo bien que les queda el color verde a las rubias.

—Así mismo, el mío. Conclusión: ¡qué interesante está la veterana esa!

Baja el telón.

Cuando sube el telón, Gisselle ha seguido de largo como una gata a la que le tiran un jarro de agua fría. ¡La veterana esa! No sabe si reírse o si llorar, si aquello era un piropo o una ofensa, si esos chiquillos recién salidos del tiesto merecían una sonrisa o un sombrillazo. Y mientras baja el telón ella decide que lo va a tomar a la ligera, como su madre la primera vez que la llamaron temba.

Todavía temba es un calificativo que se puede soportar con entereza, pero veterana suena más bien a sobreviviente de guerra. Prefiero creer entonces que fue un error de apreciación lo que provocó ese piropo de pena; un error de apreciación y no la certidumbre descarnada de que tantos años de stress me están pasando la cuenta.

De Piernas y de Balas

 

por Rafael Cruz
tomado del blog Turquinauta
 
Bajó por Amargura hasta la Plaza. Mala esa, como se le ocurre caminar por una calle que se llama Amargura, después de eso nada puede salir bien. El escenario: solitario, las palomas volaban rasantes sobre las tablas, los bafles, los andamios.  Deambuló un poco, con sus botas rusas y su gorra del Che, entre los turistas y se fue hasta la dársena de los cruceros. ¡Puta madre!, que coñazo de barco, deslumbrante con su pulcra simetría, las líneas de las escotillas perfectas a lo largo de la armadura. Es insolentemente hermoso el crucero, no pudo dejar de imaginar cómo sería andar el mundo en un barcote de esos.

 

 

 

 

 

Se apostó en la ruta del cantante para saludarlo a su regreso al escenario, pero un rato después comenzaron a sonar unos violines de gloria, tocados por las diosas, y abandonó la guardia que se va a hacer,  la carne es débil.  Cuando llegó frente al escenario se preguntó ¿Si es posible, después de todo, que la perfección exista?, pues, si, existe, y son esas muchachas del grupo musical “Frasis” quienes hacen con los violines lo que la sangre hace en las arterias y el pecho con el amor. Si cierras los oídos vas a las galaxias, si solo las ves, sin oírlas, son las galaxias; ambos sentidos conectados al mismo tiempo es demasiado para un mortal. El pope de la Iglesia Ortodoxa, sentado en primera fila, ante los movimientos y el ritmo de las chicas, se aferra a las faldas de la sotana, como si de ello dependiera su vida, mientras el crucifijo de oro que lleva al cuello se le saltan los goznes de la cadena.

 

 

 

Luego del encantamiento, subió el genio. Amenazó con un concierto de trova, y el tipo sintió un estremecimiento de terror. Silvio lo buscó entre la muchedumbre, lo reconoció por las botas rusas y las cicatrices todavía frescas. Desde el escenario le soltó una sonrisa de perdonavidas y arrancó suave, con la Canción de la trova. El tipo se movió inquieto entre la multitud, tratando de hacerse invisible. Una chica soltó un grito cuando él pasaba ¡Oh! my god, take care, con el inglés molesto que hablan en Quebec ¡attention! à mes pied insistió la chica señalando sus dedos envueltos en gasa. Dio la vuelta lejos de la muchacha, Si la pisa con esas botas rusas. Seguro que Canadá le declara la guerra a Putin.

 

 

 

Dispuesto a no aburrirse, el trovador apuntó sobre el atril haciendo una línea de puntería con el traste de la guitarra y disparó sin misericordia Gaviota. La canción impactó en el pecho del tipo y lo hizo “rodar por la tierra: huérfano, desnudo, herido sangrante” ¡Mierda! él sabe, sabe de su guerra y de su paz, de esa playa soñada, del equilibrio mágico en el aíre del amor y sabe, coño, sabe que cuando todo iba bien, la puta bala le derribo, ¿fue la bala o su ingenuidad?, o ¿su idealismo? Pero el tipo no quería rendirse fácilmente se levantó y se sacudió las ropas, anduvo entre las mujeres en la plaza, mirando los muslos desnudos de las americanas, el busto generoso de las españolas, las caras de muñeca de las chinas. Pensó en buscarse una puta, es también una traficante de afectos pero le pagas en dinero, no te arranca el alma. Abordó una flaquita quien calculó su capacidad de pago de una ojeada y tanto pidió que tuvo que desistir. Le vio la pinta de loco, las miserias de los bolsillos. Seguro la chica se reserva para presas mayores, a pesar de que ella misma es la viva estampa de la desolación.

 

 

 

Sádico, el poeta usó las cuerdas de la guitarra como los tupamaros usaban las boleadoras en las calles de Montevideo y le disparó “Estoy buscando una palabra en el umbral de tu misterio quien fuera Ali Babá quien fuera el mítico Simbad quien fuera un poderoso sortilegio quien fuera…” Ahora estaba seguro de que sabía bien de su presencia en esa zona, todavía radiactiva, con las manchas de sus siluetas en los adoquines de la plaza, con las palomas que la buscan en desde el aire para volver a comer de las manos pequeñas, arroz de vida. Sabía que ir allí a escuchar trova, a escuchar a Silvio, era hacer que sus tuétanos volviesen a hervir como aquella vez cuando ella correteaba por la plaza dando saltitos de alegría y él el hacía fotos en serie antes de que ella, traviesa, le saltara al cuello para iniciarlo a regresar a casa, para esconderse desnudos bajo la ducha, para espantar a los vecinos con los ruidos del amor, con la notable diferencia que ahora ella no está.

 

 

 

Esta es una zona minada, y el trovador lo sabe, ese sexto sentido de los poetas para encontrar el rastro de los animales heridos. Por un momento pareció darle tregua, como si entendiera que uno que fue muerto, no vale la pena volverle a matar, así que le hizo una seña a Niurka quien abrió con el sonido dulce de la flauta un prólogo para Ojalá. Eso sí, pensó el tipo de las botas rusas y las cicatrices, hasta tarareo “…una luz cegadora, un disparo de nieve, ojalá por lo menos que me lleve la muerte, para no verte tanto, para no verte siempre…” alivio de la venganza, del ojo por ojo, pobre alivio, mierda de alivio.

 

 

 

Sin embargo el trovador no estaba dispuesto a soltar la presa, le dio cordel, lo vio volver al centro de la plaza, y antes de que tuviera tiempo de reaccionar, convirtió unos arpegios en dardos, con ese tono inocente de quien no sabe, cantó “De la usencia y de ti” El tipo de las botas rusas ya no pudo más, se le abrió el pecho como una sandía estallando en el suelo, y se desplomó, con la rabia de mil dolores y los destinos de todos los náufragos del mundo, mientras a su lado, unas chicas de larguísimas piernas y luengas doradas,  ondulaban el cuerpo al ritmo de la guitarra.

 

 

Ahora sólo me queda

 

Buscarme de amante

 

La respiración,

 

No mirar a los mapas,

 

Seguir en mí mismo,

 

No andar ciertas calles,

 

Olvidar que fue mío

 

Una vez cierto libro,

 

O hacer la canción

 

Y decirte que todo está igual:

 

La ciudad, los amigos y el mar,

 

Esperando por ti.

 

Sigo yendo a Teté semana por semana

 

¿te acuerdas de allá?

 

Hoy habló de fusiles despidiendo muertos.

 

Yo sé que ella me ama,

 

es por eso tal vez que te siento en su sala,

 

aunque ahora no estás.

 

Y se siente en la conversación,

 

o será que tengo la impresión,

 

de la ausencia y de ti,

 

de la ausencia y de ti.

 

No quisiera un fracaso en el sabio delito

 

que es recordar.

 

Ni en el inevitable defecto que es

 

la nostalgia de cosas pequeñas y tontas

 

como en el tumulto pisarte los pies.

 

Y reír y reír y reír,

 

madrugadas sin ir a dormir,

 

sí, es distinto sin ti.

 

Muy distinto sin ti.

 

Las ideas son balas hoy día y no puedo

 

usar flores por ti

 

 

 

Hoy quisiera ser viejo y muy sabio y poderte decir

 

lo que aquí no he podido decirte,

 

hablar como un árbol

 

con mi sombra hacia ti.

 

Como un libro salvado del mar,

 

como un muerto que aprende a besar,

 

para ti, para ti,

para ti, para ti.

Yoey, Dianet y un pino – Rodo, Karen y el Turquino

pos-kmilo

Por: Camilo Santiesteban Torres

Fuente: Letrajoven.wordpress.com

Hace casi tres años, Rodo y yo viajamos tres cuartos de isla para ser testigos de una unión maravillosa. Resulta que los afanes de una linda holguinera por los pinos cerca del mar –y por Yoey, quien sería su esposo– materializaron la idea de una boda interprovincial –que a alguno le iba a tocar–. Él, habanero; ella, holguinera. Él, enamorado, y ella enamorada de él y de las bodas tipo Corazón Valiente.

Aquella tarde–noche todo fue hermoso –hasta Yoey–. La pasamos tan bien y la idea fue tan genial que, decidimos, ya de regreso, jamás contarle de esta experiencia a ninguna novia nuestra con amplias posibilidades de envolvernos y pasar a un plano superior. Qué les digo, pasó algo de tiempo y todo fue campana. Sólo hablábamos de los detalles de la juerga, nada del romance gibareño, ni del mar y mucho menos del pino. Entonces apareció Karen, que rápidamente escaló sentimentalmente al Rodo y allá fue él a soltar la lenguaza.

Podrían preguntarme: ¿Y a ti qué? Ah! Si supieran que cada vez que al Rodo se le ocurre algo yo pongo rodilla en tierra, me entenderían un poquito.

Nada, que llegando de Baracoa, camino a casa en un P–16, todo iba sin lío y de pronto llego a mi hogar horas después y me meriendo el notición de que los nenes se iban a casar y para colmo en el Pico Turquino. Lo del Turquino no me parecía locura, lo de la boda sí. Más tarde que temprano el clima y el fango, invertirían esto último.

Por suerte ya teníamos al notario: José Francisco Reyes Moreno, alias el Tato.

La idea era loca pero atractiva. Algo excéntrica, pero romántica, quizás hasta muy nacionalista. No importaba sin alguien juzgaba o no.

Poco a poco la cosa dejó de ser de dos, para ser algo de dos docenas, o más. De alguna forma el Rodo implicaba y también resolvía. Nuestro móvil: el amor (su amor); nuestro vehículo, los blogueros, la guerrilla, nuestros amigos.

Agencias de viajes, costureras, Adela, el ticket fantasma, un nombre árabe extraño que parecía de hombre, ausencias, reintegros y un Antonov 158 que parecía un P–15. Todo eso pasó antes de vernos subidos en un camión rumbo a Santo Domingo.

A eso de las cuatro y pico de la mañana un guía optimista nos dijo, más bien advirtió ciertas cosillas, tales como: chubasquillos, algo de fango en el camino, tormentillas eléctricas y algún que otro rayito. Fuera de eso todo estaba bien.

Señores, esta vez no había ninguna dama necesitada, ningún inválido(a), o algún flojo de pata. Iría por primera vez a mi paso. Entonces los lamentos hipoglicémicos de mi querido amigo Tato me aguaron mi anhelo. A él su corpulencia no le ayudó en nada. Catorce kilómetros después de comenzada la marcha, Tato delegó en mi su responsabilidad y regresó. Al rato me reía, porque me pasé 20 minutos persuadiéndolo y terminé diciéndole: Mira que eres pendejo.

Llegamos a la cima y los novios se vistieron, el resto seguimos mugrientos. Yasel ofició la boda, apareció una nueva testigo, porque la chica árabe… nada de nada. Fue un momento inolvidable con un director loco y fotos originales y trilladas. Las nubes dijeron –su tiempo acabó– y a llover se ha dicho. Rey y Claudio llegaron con la lluvia, sabíamos que lo harían. Bridamos con Ron Caribe Refino, como los hombres- hombres y mujeres- mujeres que suben el Turquino. La bajada fue un show de fango y malas palabras.

A los novios les regalé un soporte para su locura, un estuche para que no se erosionara y una vela para que recuerden siempre, en los momentos oscuros –que habrá– la luz la tienen justo con ellos. Ahora voy a ser machista: el Rodo tiene el fósforo y Karen la caja pa´ rayarlo, jajaja.

Les deseo felicidad. El amor no está sobrevalorado.

Nota: el pino de Dianet era una casuarina, según Itzván.

Hasta pronto blogueros.

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