Category: Crónica

GARCÍA MÁRQUEZ: LA PRIMERA NOCHE DEL BLOQUEO

Aquella noche, la primera del bloqueo, había en Cuba unos 482 560 automóviles, 343 300 refrigeradores, 549 700 receptores de radio, 303 500 televisores, 352 900 planchas eléctricas, 286 400 ventiladores, 41 800 lavadoras automáticas, 3 510 000 relojes de pulsera, 63 locomotoras y 12 barcos mercantes. Todo eso, salvo los relojes de pulso que eran suizos, había sido hecho en los Estados Unidos.

Al parecer, había de pasar un cierto tiempo antes de que la mayoría de los cubanos se dieran cuenta de lo que significaban en su vida aquellos números mortales. Desde el punto de vista de la producción, Cuba se encontró de pronto con que no era un país distinto, sino una península comercial de los Estados Unidos. Además de que la industria del azúcar y el tabaco dependían por completo de los consorcios yanquis, todo lo que se consumía en la Isla era fabricado por los Estados Unidos, ya fuera en su propio territorio o en el territorio mismo de Cuba. La Habana y dos o tres ciudades más del interior daban la impresión de la felicidad de la abundancia, pero en realidad no había nada que no fuera ajeno, desde los cepillos de dientes hasta los hoteles de veinte pisos de vidrio del Malecón.

Cuba importaba de los Estados Unidos casi 30 000 artículos útiles e inútiles pera la vida cotidiana. Inclusive los mejores clientes de aquel mercado de ilusiones eran los mismos turistas que llegaban en el Ferry boat de West Palm Beach y por el Sea Train de Nueva Orleáns, pues también ellos preferían comprar sin impuestos los artículos importados de su propia tierra. Las papayas criollas, que fueron descubiertas en Cuba por Cristóbal Colón desde su primer viaje, se vendían en las tiendas refrigeradas con la etiqueta amarilla de los cultivadores de las Bahamas. Los huevos artificiales que las amas de casa despreciaban por su yema lánguida y su sabor de farmacia tenían impreso en la cáscara el sello de fábrica de los granjeros de Carolina del Norte, pero algunos bodegueros avispados los lavaban con disolvente y los embadurnaban de caca de gallina para venderlos más caros como si fueran criollos.

No había un sector del consumo que no fuera dependiente de los Estados Unidos. Las pocas fábricas de artículos fáciles que habían sido instaladas en Cuba para servirse de la mano de obra barata estaban montadas con maquinaria de segunda mano que ya había pasado de moda en su país de origen. Los técnicos mejor calificados eran norteamericanos, y la mayoría de los escasos técnicos cubanos cedieron a las ofertas luminosas de sus patrones extranjeros y se fueron con ellos para los Estados Unidos. Tampoco había depósitos de repuestos, pues la industria ilusoria de Cuba reposaba sobre la base de que sus repuestos estaban sólo a 90 millas, bastaba con una llamada telefónica para que la pieza más difícil llegara en el próximo avión sin gravámenes ni demoras de aduana.

A pesar de semejante estado de dependencia, los habitantes de las ciudades continuaban gastando sin medida cuando ya el bloqueo era una realidad brutal. Inclusive muchos cubanos que estaban dispuestos a morir por la Revolución, y algunos sin duda que de veras murieron por ella, seguían consumiendo con un alborozo infantil. Más aún: las primeras medidas de la Revolución habían aumentado de inmediato el poder de compra de las clases más pobres, y éstas no tenían entonces otra noción de la felicidad que el placer simple de consumir. Muchos sueños aplazados durante media vida y aun durante vidas enteras se realizaban de pronto. Sólo que las cosas que se agotaban en el mercado no eran repuestas de inmediato, y algunas no serían repuestas en muchos años, de modo que los almacenes deslumbrantes del mes anterior se quedaban sin remedio en los puros huesos.

Cuba fue por aquellos años iniciales el reino de la improvisación y el desorden. A falta de una nueva moral  –que aún habrá de tardar mucho tiempo para formarse en la conciencia de la población–el machismo Caribe había encontrado una razón de ser en aquel estado general de emergencia.

El sentimiento nacional estaba tan alborotado con aquel ventarrón incontenible de novedad y autonomía, y al mismo tiempo las amenazas de la reacción herida eran tan verdaderas e inminentes, que mucha gente confundía una cosa con la otra y parecía pensar que hasta la escasez de leche podía resolverse a tiros. La impresión
de pachanga fenomenal que suscitaba la Cuba de aquella época entre los visitantes extranjeros tenía un fundamento verídico en la realidad y en el espíritu de los cubanos, pero era una embriaguez inocente al borde del desastre.

En efecto, yo había regresado a La Habana por segunda vez a principios de 1961, en mi condición de corresponsal errátil de Prensa Latina, y lo primero que me llamó la atención fue que el aspecto visible del país habla cambiado muy poco, pero que en cambio la tensión social empezaba a ser insostenible. Había volado desde Santiago hasta La Habana en una espléndida tarde de marzo, observando por la ventanilla los campos milagrosos de aquella patria sin ríos, las aldeas polvorientas, las ensenadas ocultas, y a todo lo largo del trayecto había percibido señales de guerra. Grandes cruces rojas dentro de círculos blancos habían sido pintadas en los techos de los hospitales para ponerlos a salvo de bombardeos previsibles. También en las escuelas, los templos y los asilos de ancianos se habían puesto señales similares. En los aeropuertos civiles de Santiago y Camagüey había cañones antiaéreos de la Segunda Guerra Mundial disimulados con lonas de camiones de carga y las costas estaban  patrulladas por lanchas rápidas que habían sido de recreo y entonces estaban destinadas a impedir desembarcos. Por todas partes se veían estragos de sabotajes recientes: cañaverales calcinados con bombas incendiarias por aviones enviados desde Miami, ruinas de fábricas dinamitadas por la resistencia interna, campamentos militares improvisados en zonas difíciles donde empezaban a operar con armamentos modernos y excelentes recursos logísticos los primeros grupos hostiles a la Revolución. 

En el aeropuerto de La Habana, donde era evidente que se hacían esfuerzos para que no se notara el ambiente de guerra, había un letrero gigantesco de un extremo al otro de la cornisa del edificio principal: “Cuba, territorio libre de América”. En lugar de los barbudos de antes, la vigilancia estaba a cargo de milicianos muy jóvenes con uniforme verde olivo, entre ellos algunas mujeres, y sus armas eran todavía las de los viejos arsenales de la dictadura. Hasta entonces no había otras. El primer  armamento moderno que logró comprar la Revolución, a pesar de las presiones contrarias de los Estados Unidos, había  llegado de Bélgica  el 4 de marzo anterior, a bordo del barco francés “La Coubre”, y este voló en el muelle de La Habana con 700 toneladas de armas y municiones en las bodegas a causa de una explosión provocada. El atentado produjo además 75 muertos y 200 heridos entre los obreros del puerto, pero no fue reivindicado por nadie, y el Gobierno cubano lo atribuyo a la CIA.

Fue en el entierro a las victimas cuando Fidel Castro proclamo la consigna que había de convertirse en la divisa máxima de la nueva Cuba: Patria o Muerte.  Yo la había visto escrita por primera vez en las calles de Santiago, la había visto pintada a brocha gorda sobre los enormes carteles de propaganda de empresas de aviación y pastas dentríficas norteamericanas en la carretera polvorienta del aeropuerto de Camagüey, y la volví a  encontrar  repetida sin tregua en cartoncitos improvisados en las vitrinas de las tiendas para turistas del aeropuerto de La Habana, en las antesalas y los mostradores, y pintadas con albayalde en los espejos de las peluquerías y con carmín de labios en los cristales de los taxis. Se había conseguido tal grado de saturación social, que no había ni un lugar ni un instante en que no estuviera escrita aquella consigna de rabia, desde las pailas de los trapiches hasta el calce de los documentos oficiales, y la prensa, la radio y la televisión la repitieron sin piedad durante días enteros y meses interminables, hasta que se incorporó a la propia esencia de la vida cubana.

En La Habana, la fiesta estaba en su apogeo. Había mujeres espléndidas que cantaban en los balcones, pájaros luminosos en el mar, música por todas partes, pero en el fondo del júbilo se sentía el conflicto creador de un modo de vivir ya condenado para siempre, que pugnaba por prevalecer contra otro modo de vivir distinto, todavía ingenuo, pero inspirado y demoledor. La ciudad seguía siendo un santuario de placer, con máquinas de lotería hasta en las farmacias y automóviles de aluminio demasiado grandes para las esquinas coloniales, pero el aspecto y la conducta de la gente estaban cambiando de un modo brutal. Todos los sedimentos del subsuelo social habían salido a flote, y una erupción de lava humana, densa y humeante, se esparcía sin control por los vericuetos de la ciudad liberada, y contaminaba de un vértigo multitudinario hasta sus últimos resquicios. Lo más notable era la naturalidad con que los pobres se habían sentado en las sillas de los ricos en los lugares públicos. Habían invadido los vestíbulos de los hoteles de lujo, comían con los dedos en las terrazas de las cafeterías del Vedado, y se cocinaban al sol en las piscinas de aguas de colores luminosos de los antiguos clubs exclusivos de Siboney. El cancerbero rubio del hotel Habana Hilton, que empezaba a llamarse Habana Libre, había sido reemplazado por milicianos serviciales que se pasaban el día convenciendo a los campesinos de que podían entrar sin temor, enseñándoles que había una puerta de ingreso y otra de salida, y que no se corría ningún riesgo de tisis, aunque se entrara sudando en el vestíbulo refrigerado. Un chévere legítimo del Luyanó, retinto y esbelto, con una camisa de mariposas pintadas y zapatos de charol con tacones de bailarín andaluz, había tratado de entrar al revés por la  puerta de vidrios giratorios del hotel Riviera, justo cuando trataba de salir la esposa suculenta y emperifollada de un diplomático europeo. En una ráfaga de pánico instantáneo, el marido que la seguía trató de forzar la puerta en un sentido mientras los milicianos azorados trataban de forzarla desde el exterior en sentido contrario. La blanca y el negro se quedaron atrapados por una fracción de segundo en la trampa de cristal, comprimidos en el espacio previsto para una sola persona, hasta que la puerta volvió a girar, y la mujer corrió confundida y ruborizada, sin esperar siquiera al marido, y se metió en la limusina que la esperaba con la puerta abierta y que arrancó al instante. El negro, sin saber muy bien lo que había pasado, se quedó confundido y trémulo.

– ¡Coño! –suspiró– ¡Olía a flores!

Eran tropiezos frecuentes. Y comprensibles, porque el poder de compra de la población urbana y rural había aumentado de un modo considerable en un año. Las tarifas de la electricidad, del teléfono, del transporte y de los servicios públicos en general se habían reducido a niveles humanitarios. Los precios de los hoteles y de los restaurantes, así como los de los transportes, habían sufrido reducciones drásticas, y se organizaban excursiones especiales del campo a la ciudad y de la ciudad al campo que en muchos casos eran gratuitos. Por otra parte, el desempleo se estaba reduciendo a grandes pasos, los sueldos subían y la Reforma Urbana había aliviado la angustia mensual de los alquileres, y la educación y los útiles escolares no costaban nada. Las veinte leguas de harina de marfil de las playas de Varadero, que antes tenía un solo dueño y cuyo disfrute estaba reservado a los ricos demasiado ricos, fueron abiertas sin condiciones pare todo el mundo, inclusive para los mismos ricos. Los cubanos, como la gente del Caribe en general, habían creído desde siempre que el dinero sólo servía para gastárselo, y por primera vez en la historia de su país lo estaban comprobando en la práctica.

Creo que muy pocos éramos conscientes de la manera sigilosa pero irreparable en que la escasez se nos iba metiendo en la vida. Aun después del desembarco en Playa Girón, los casinos continuaban abiertos, y algunas putitas sin turistas rondaban por los contornos en espera de que un afortunado casual de la ruleta les salvara la noche. Era evidente que a medida que las condiciones cambiaban, aquellas golondrinas solitarias se iban volviendo lúgubres y cada vez más baratas. Pero de todos modos las noches de La Habana y de Guantánamo seguían siendo largas e insomnes, y la música de las fiestas de alquiler se prolongaba hasta el alba. Esos rengos de la vida vieja mantenían una ilusión de normalidad y abundancia que ni las explosiones nocturnas, ni los rumores constantes de agresiones infames, ni la inminencia real de la guerra conseguían extinguir, pero que desde hacía mucho tiempo habían dejado de ser verdad. A veces no había carne en los restaurantes después de la media noche, pero no nos importaba, porque tal vez había pollo. A veces no había plátano, pero no nos importaba, porque tal vez había boniato. Los músicos de los clubs vecinos y los chulos impávidos que esperaban las cosechas de la noche frente a un vaso de cerveza, parecían tan distraídos como nosotros ante la erosión incontenible de la vida cotidiana.

En el centro comercial habían aparecido las primeras colas y un mercado negro incipiente, pero muy activo, empezaba a controlar los artículos industriales, pero no se pensaba muy en serio que eso sucediera porque faltaran cosas, sino todo lo contrario, porque sobraba dinero. Por esa época, alguien necesitó una aspirina después del cine y no la encontramos en tres farmacias. La encontramos en la cuarta, y el boticario nos explicó sin alarma que la aspirina estaba escasa desde hacía tres meses. La verdad es que no sólo la aspirina, sino muchas cosas esenciales estaban escasas desde antes, pero nadie parecía pensar que se acabarían por completo. Casi un año después de que los Estados Unidos decretan el embargo total del comercio con Cuba, le vida seguía sin cambios muy notables, no tanto en la realidad como en el espíritu de la gente.

Yo tomé conciencia del bloqueo de una manera brutal, pero a la vez un poco lírica, como había tomado conciencia de casi todo en la vida. Después de una noche de trabajo en la oficina de Prensa Latina me fui solo y medio entorpecido en busca de algo para comer. Estaba amaneciendo. El mar tenía un humor tranquilo y una brecha anaranjada lo separaba del cielo en el horizonte. Caminé por el centro de la avenida desierta, contra el viento de salitre del Malecón, buscando algún lugar abierto para comer bajo les arcadas de piedras carcomidas y rezumantes da le ciudad vieja. Por fin encontré una fonda con la cortina metálica cerrada, pero sin candado, y traté de levantarla para entrar, porque dentro había luz y un hombre estaba lustrando los vasos en el mostrador. Apenas lo había intentado cuando sentí a mis espaldas el ruido inconfundible da un fusil al ser montado, y una voz de mujer, muy dulce, pero resuelta:

-Quieto, compañero –dijo-. Levanta las manos.

Era una aparición en la bruma del amanecer. Tenía un semblante muy bello, con el pelo amarrado en la nuca como una cola de caballo, y la camisa miliciana ensopada por el viento del mar. Estaba asustada, sin duda, pero tenía los tacones separados y bien establecidos en la tierra, y agarraba el fusil como un soldado.

-Tengo hambre –dije.

Tal vez lo dije con demasiada convicción, porque sólo entonces comprendió que yo no había tratado de entrar en la fonda a la fuerza, y su desconfianza se convirtió en lástima.

-Es muy tarde –dijo.

-Al contrario –le repliqué–; el problema es que es demasiado temprano. Lo que quiero es desayunar.

Entonces hizo señas hacia dentro por el cristal, y convenció al hombre de que me sirviera algo, aunque faltaban dos horas para abrir. Pedí huevos fritos con jamón, café con leche y pan con mantequilla y un jugo fresco de cualquier fruta. El hombre me dijo con una precisión sospechosa que no había huevos ni jamón desde hacía una semana ni leche desde hacía tres días, y que lo único que podía servirme era una taza de café negro y pan sin mantequilla, y si acaso un poco de macarrones recalentados de la noche anterior. Sorprendido, le pregunté qué estaba pasando con las cosas de comer, y mi sorpresa era tan inocente que entonces fue él quien se sintió sorprendido.

-No pasa nada -me dijo-. Nada más que a este país se lo llevó el carajo.

No era enemigo de le Revolución, como lo imaginé al principio. Al contrario: era el último de una familia de once personas que se habla fugado en bloque para Miami. Había decidido quedarse, y en efecto se quedó para siempre, pero su oficio le permitía descifrar el porvenir con elementos más reales que los de un periodista trasnochado. Pensaba que antes de tres meses tendría que cerrar la fonda por falta de comida, pero no le importaba mucho, porque ya tenía planes muy bien definidos para su futuro personal.
Fue un pronóstico certero. El 12 de marzo de 1962, cuando ya habían transcurrido trescientos veintidós días desde el principio del bloqueo, se impuso el racionamiento drástico de las cosas de comer. Se asignó a cada adulto una ración mensual de tres libras de carne, una de pescado, una de pollo, seis de arroz, dos de manteca, una y media de frijoles, cuatro onzas de mantequilla y cinco huevos. Era una ración calculada para que cada cubano consumiera una cuota normal de calorías diarias. Había raciones especiales para los niños, según le edad, y todos los menores de catorce años tenían derecho a un litro diario de leche. Más tarde empezaron a faltar los clavos, los detergentes, los focos y otros muchos artículos de urgencia doméstica, y el problema de las autoridades no era reglamentarlos, sino conseguirlos. Lo más admirable era comprobar hasta qué punto aquella escasez impuesta por el enemigo iba acendrando la moral social. El mismo año en que se estableció el racionamiento ocurrió la llamada Crisis de Octubre, que el historiador inglés Hugh Thomas ha calificado como la más grave de la Historia de la Humanidad, y la inmensa mayoría del pueblo cubano se mantuvo en estado de alerta durante un mes, inmóviles en sus sitios de combate hasta que el peligro pareció conjurado, y dispuestos a enfrentarse a la bomba atómica con escopetas.

En medio de aquella movilización masiva que hubiera bastado para desquiciar a cualquier economía bien asentada, la producción industrial alcanzó cifras insólitas, se terminó el ausentismo en las fábricas y se sortearon obstáculos que en circunstancias menos dramáticas hubieran sido fatales. Una telefonista de Nueva York le dijo en esa ocasión a una colega cubana que en los Estados Unidos estaban muy asustados por lo que pudiera ocurrir.

En cambio, aquí estamos muy tranquilos -replicó la cubana-. Al fin y al cabo, la bomba atómica no duele. El país producía entonces suficientes zapatos para que cada habitante de Cuba pudiera comprar un par al año, de modo que la distribución se canalizó a través de los colegios y los centros de trabajo. Sólo en agosto de 1963, cuando ya casi todos los almacenes estaban cerrados porque no había materialmente nada que vender, se reglamentó la distribución de la ropa. Empezaron por racionar nueve artículos, entre ellos los pantalones de hombre, la ropa interior para ambos sexos y ciertos géneros textiles, pero antes de un año tuvieron que aumentarlos a quince.

Aquella Navidad fue la primera de la Revolución que se celebró sin cochinito y turrones, y en que los juguetes fueron racionados. Sin embargo, y gracias precisamente al racionamiento, fue también la primera Navidad en la historia de Cuba en que todos los niños sin ninguna distinción tuvieron por lo menos un juguete, A pesar de la intensa ayuda soviética y de la ayuda de China Popular, que no era menos generosa en aquel tiempo, y a pesar de la asistencia de numerosos técnicos socialistas y de la América Latina, el bloqueo era entonces una realidad ineludible que había de contaminar hasta las grietas más recónditas de la vida cotidiana y apresurar los nuevos rumbos irreversibles de la historia de Cuba. Las comunicaciones con el resto del mundo se habían reducido al mínimo esencial. Los cinco vuelos diarios a Miami y los dos semanales de Cubana de Aviación a Nueva York fueron interrumpidos desde la Crisis de octubre. Las pocas líneas de América Latina que tenían vuelos a Cuba los fueron cancelando a medida que sus países interrumpían las relaciones diplomáticas y comerciales, y sólo quedó un vuelo semanal desde México que durante muchos años sirvió de cordón umbilical con el resto de América, aunque también como canal de infiltración de los servicios de subversión y espionaje de los Estados Unidos. Cubana de Aviación, con su flota reducida a los épicos Bristol Britannia, que eran los únicos cuyo mantenimiento podían asegurar mediante acuerdos especiales con los fabricantes ingleses, sostuvo un vuelo casi acrobático a través de la ruta polar hasta Praga. Una carta de Caracas, a menos de 1 000 kilómetros de la costa cubana, tenía que darle la vuelta a medio mundo para llegar a La Habana. La comunicación telefónica con el resto del mundo tenía que hacerse por Miami o Nueva York, bajo el control de los servicios secretos de los Estados Unidos, mediante un prehistórico cable submarino que fue roto en una ocasión por un barco cubano que salió de la bahía de La Habana, arrastrando el ancla que habían olvidado levar. La única fuente de energía eran los cinco millones de toneladas de petróleo que los tanqueros soviéticos transportaban cada año desde los puertos del Báltico, a 14 000 kilómetros de distancia, y con una frecuencia de un barco cada cincuenta y tres horas.

El “Oxford”, un buque de la CIA equipado con toda clase de elementos de espionaje, patrulló las aguas territoriales cubanas durante varios años para vigilar que ningún país capitalista, salvo los muy pocos que se atrevieron, contrariara la voluntad de los Estados Unidos. Era además una provocación calculada a la vista de todo el mundo. Desde el Malecón de La Habana o desde los barrios altos de Santiago se veía de noche la silueta luminosa de aquella nave de provocación anclada dentro de las aguas territoriales. Tal vez muy pocos cubanos recordaban que del otro lado del mar Caribe, tres siglos antes, los habitantes de Cartagena de Indias habían padecido un drama similar.

Las 120 naves mejores de la Armada Inglesa, al mando del almirante Vernon, habían sitiado la ciudad con 30 000 combatientes selectos, muchos de ellos reclutados en las colonias americanas que más tarde serían los Estados Unidos. Un hermano de George Washington, el futuro libertador de esas colonias, estaba en el Estado Mayor de las tropas de asalto. Cartagena de Indias, que era famosa en el mundo de entonces por sus fortificaciones militares y la espantosa cantidad de ratas de sus albañales, resistió al asedio con una ferocidad invencible, a pesar de que sus habitantes terminaron por alimentarse con lo que podían, desde las cortezas de los árboles hasta el cuero de los taburetes. Al cabo de varios meses, aniquilados por la bravura de guerra de los sitiados, y destruidos por la fiebre amarilla, la disentería y el calor, los ingleses se retiraron en derrota. Los habitantes de la ciudad, en cambio, estaban completos y saludables, pero se habían comido hasta  la última rata.

Muchos cubanos, por supuesto, conocían este drama. Pero su raro sentido histórico les impedía pensar que pudiera repetirse. Nadie hubiera podido imaginar, en el incierto año nuevo de 1964, que aún faltaban los tiempos peores de aquel bloqueo férreo y desalmado, y que había de llegarse a los extremos de que se acabara hasta el agua de beber en muchos hogares y en casi todos los establecimientos públicos.

Cáncer: te confieso mis miedos

Tomado del blog: Bitácora de Glenda

El día que el médico de guardia me examinó los senos, yo ni siquiera podía excitarme con su cara de doctor lindo. Estaba asustada.

Mis miedos comenzaron en 2013, pero no con el cáncer de seno de mi hermana Kenia. Mis miedos comenzaron un domingo mucho después, con mis propios dolores en los senos… y no se han marchado más.

Desde entonces una displasia —normal a mi edad y por mi condición de nulípara— debe ser evaluada cada tres meses con ultrasonido y examen médico. Los antecedentes de cáncer en mi familia así lo sugieren.

Cada consulta, cada ultrasonido, es una prueba de resistencia a mis nervios. Nada puede disimular mis dientes apretados, nada puede calmarme: ni 500 padres nuestros y avemarías, ni un juego en el celular, ni un buen libro, ni conversar de cualquier tontería o tema interesante. Tengo miedo, siempre.

Hace dos años el seguimiento a una imagen en ambos senos me tuvo en vilo durante mucho tiempo. Una desapareció, la otra comenzó a crecer. “Hay que operar, no voy a correr riesgos”, me tranquilizó mi doctora… y también me asustó.

Yo era la operada número 4 de siete. La lista era por edad. Las tres muchachas que me sucedían se habían operado ya otras 2 veces. Y aunque disimulé calma, ellas notaron mis nervios. Y yo noté los suyos, a pesar de conocer el procedimiento.

Cambio de ropa: bata verde. Silla de ruedas: preoperatorio. Agujitas en las orejas para los nervios. Salón quirúrgico: cuatro médicos; brazo izquierdo amarrado; hidrocortisona en vena para el asma; anestesia general… y todo se apagó.

Desperté 45 minutos después en postoperatorio. Seno izquierdo vendado. Receta con pastillas para el dolor, método para limpiar la herida. Reposo por 15 días. Y el brazo izquierdo sin poderlo levantar.

Luego vino la rehabilitación por una bursitis, la consulta de seguimiento externo, la recogida de la biopsia. Negativa. Alivio. Llanto. Todavía miedo.

La cicatriz hizo un queloide en mi seno izquierdo. Desnuda frente al espejo no se ve, pero se descubre al tacto. Es mi marca personal, y hay quien dice que me vuelve una mujer más interesante, como imperfecta, más real. Yo he aprendido a quererla, más allá de esteticidades.

Cada tres meses vuelve el ciclo atemorizante. Sigo con mucho miedo, pero mi cicatriz me recuerda que el miedo no me puede paralizar.

Finding Nemo

tomado del blog Letra Joven

Por Rodolfo Romero Reyes

La primera vez que utilicé el seudónimo de Nemo fue precisamente en las páginas de la revista Alma Mater. Respondió en aquel momento a una petición de alguien —algún directivo, supongo—, en mi opinión un poco absurda. Me fue comunicada por quien, en aquel entonces, fungía como director de la publicación.

En ese momento yo colaboraba con bastante sistematicidad en la sección: «¿Quién le pone el cascabel al látigo?». En primer lugar porque era la sección que me permitía llevar a un medio nacional el mismo estilo con el que escribíamos en La Papilla, publicación dedicada a «dar chucho» en la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana. En segundo lugar, había descubierto que ese espacio, con más de 20 años de creado, había sido testigo de autores bien graciosos y carismáticos que yo frecuentemente leía. Y en tercero, porque siempre tuve gran sentido de pertenencia por la publicación que antes fue de Mella, también de Tamara y ahora de Mayra.

Me llama mi director y me informa que una persona no podía publicar dos y tres trabajos en un mismo número. Tampoco se podían monopolizar los espacios y mi nombre aparecía con mucha frecuencia, según él. Pero, como él era mi amigo, me dio una idea: «Te buscas un seudónimo y entonces algunos trabajos los firmamos con tu nombre y otros con el seudo».

Aquella idea, en principio un poca loca, me fue agradando. Entonces decidí buscar. Siempre he sido fan de Silvio Rodríguez y algunas de sus canciones han acompañado parte importante de mi vida: Playa Girón, Historia de las sillas, El elegido, obviamente Escaramujo, y Quién fuera.

De esta última siempre guardé tres imágenes bellas: Silvio desconectado del mundo, con la mano en su oreja, repitiendo «corazón…»; mi amiga Yaima siendo «un poderoso sortilegio» en el umbral de los misterios; y aquella muchacha que buscaba una escafandra, «al pie del mar de los delirios». Me pregunté muchas veces: ¿Quién fuera Lennon y McCartney…? ¿Quién fuera Nemo, el capitán?

El capitán Nemo, comandante del submarino Nautilus, es el protagonista de la novela de Julio Verne Veinte mil leguas de viaje submarino y uno de los personajes de La isla misteriosa. Nemo es un personaje sombrío y misterioso, que esconde su verdadera identidad tras un nombre que alude al episodio de Ulises y Polifemo en la Odisea. Obsesionado por un misterioso pasado, ha renunciado a vivir en sociedad y recorre los mares en un afán de investigación científica (las exploraciones del submarino Nautilus), de justicia (ayuda a los revolucionarios griegos en su lucha de emancipación respecto a Turquía), y de venganza (se dedica a hundir navíos que lleven la bandera de Inglaterra). En Veinte mil leguas de viaje submarino, Nemo y su leal tripulación parecen suicidarse hundiéndose en los torbellinos del Maelstrom.

Más que de los libros, tomé el seudónimo de la canción de Silvio. Así empecé a firmar como Nemo. Después, cuando tuve que escribir sobre mi tesis de licenciatura un artículo para la Editorial Caminos, utilicé la metáfora de «Nemo y su primera expedición», en la cual iniciaba una travesía incierta como parte del Proyecto Escaramujo, un «nautilus educomunicativo» que empezábamos a construir en la Facultad de Comunicación.

Así empecé a firmar indistintamente como Rodolfo y como Nemo. Una amiga que «lanza botellas» de Villa Clara insiste en decir que fue por el pececito anaranjado de la película animada. Yo le confieso que no, pero no me hace caso.

Aunque la idea nunca fue esconderlo, el verdadero nombre de Nemo se volvió un misterio. Todos en Escaramujo lo sabían pero los lectores de Alma Mater no. Hasta el día en que, y aquí viene lo cómico de esta historia, como parte de los cambios editoriales de la revista empiezan a pedir que los artículos deben ir acompañados de una foto de su autor.

Y entonces, en el próximo número, sin que diseñadores, editores o el propio director se dieran cuenta del garrafal error, salió para los estanquillos un artículo firmado por Nemo acompañado de una foto mía. ¿Qué les parece? Ese día cualquiera pudo encontrar a Nemo, sin ninguna complejidad.

Publicado por vez primera en 2015.

Cómo explicárselo

Esta tarde se me quebró la voz mientras leía mi texto “Según pasan los años” en voz alta.

Manzano, como lo llamamos todos los que lo queremos y admiramos, me había invitado a almorzar y a asistir a su “Peña del hurón azul”, que conduce junto a Reyna Cruz, su esposa.

Se me había olvidado que era hoy. Había ido, no tan temprano, cerca de la Plaza Roja (por la calzada de 10 de octubre) a ver si me aguardaba algo en el segundo piso de la tienda “El Asia”.

Máximo, el librero, me había dicho que todos los sábados había una especie de feria, de mercado de las pulgas, donde sacaban muchas cosas. Cuando llegué a la parada del rutero en Monte, ceca del Parque de la Fraternidad, me llevé la sorpresa de ser el primero en marcar. Me bajé en la Plaza Roja y, ¡milagro, milagro!, la librería “Alejandro de Humboldt” estaba abierta. Compré dos libros de En lo más implacable de la noche, la antología de Idea Vilariño publicada por Casa de las Américas. En “El Asia” no había nada esperándome.

Como ya sabía el camino emprendí el regreso por la Calzada de 10 de octubre, rumbo a Centro Habana, con el firme propósito de llegar a pie. Sabiendo el camino no podía ser tan largo. O bueno… por lo menos para mí. Cuando llegué a la Esquina de Teja, antes de doblar para buscar Monte, sonó mi celular: era Roberto Manzano. Quería saber si iba a ir a su casa a almorzar.

-Era hoy… no sé, Manzano, por qué pensaba que era el próximo fin de semana. Estoy en la Esquina de Teja. Lo que me demore en llegar…

Como estaba seguro del recorrido peatonal más no del guagüero decidí esperar un rutero o una máquina que me bajara a La Habana para, después de pasar por Concordia, dejar mi morral (la mochila) y reemprender el camino de regreso. La vuelta del bobo, sí. Como corresponde.

Una mano me tocó el brazo y me llamó. Era Zuleica Romay. Nos dimos un fuerte abrazo, sudorosos y emocionados. No alcanzamos a conversar mucho porque, ¡milagro, milagro!, ya venía el rutero. Semi vacío.

Dejé mi mochila (mi morral), tomé un poco del yogur que hace Michel, cogí el único ejemplar que tengo acá de Un librero y emprendí el camino de regreso al Parque de la Fraternidad, a la parada del rutero. Marqué el último en una cola zigzagueante y amplia. De repente, sin anuncio, apareció un P 8 vacío. Corrí a él e hice el viaje, hasta la parada de La Palma, sentado, con la ventana abierta y el viento corriendo por mi cara.

Apenas me bajé de la guagua una máquina, a la que le faltaba un pasajero, me estaba esperando para llegar a la Curva de Párraga. Ya todos habían almorzado cuando llegué. Manzano, como lo llamamos todos los que lo admiramos y queremos, abrió su abrazo inmenso apenas me vio. Hacía seis meses no nos encontrábamos. La última vez fue el 17 de febrero.

-Llegué tarde, lo siento…

-No te preocupes… lo importante es que viniste… Y, al ser el último, eres el más afortunado: puedes comer más.

-Eso era en otros tiempos, Manzano… -le respondí sonriéndole al que fui alguna vez: lento pero aplastante como la pata del elefante.

Conversamos un rato. Nos actualizamos y emprendimos todos el camino al “Hurón Azul”, la casa de campo de Carlos Enríquez donde, desde hace un año, funciona la peña que coordinan su esposa Reyna y él.

Si la palabra “apóstol”, en Cuba, no tuviera ya dueño, sería la indicada para nombrar a Roberto Manzano. Apóstol de la poesía. Y como lo conozco (y todos los que lo conocemos) sé que, aunque esta palabra no tuviera dueño, él la rechazaría.

Estar con Manzano, escucharlo, es encontrarse con un ser humano de una bondad y sabiduría infinitas, un poeta en el sentido amplio y profundo de la palabra, un creador, un artesano, un amador de las palabras y del estudio. Un permanente y constante descubridor para quien la vida debe vivirse de acuerdo con la vocación y con una fidelidad absoluta a la verdad. Creo, y no me sonrojo al decirlo, que es el hombre más noble que he conocido. El poeta más amable que existe.

Uno de los invitados a la peña de hoy era el poeta Jorge García Prieto, quien nos leyó algunos de sus poemas y décimas entrañables. Y nos habló (como debe ser en toda peña de poesía) de un poeta que admiraba: Eduardo Mejides Díaz, autor de un solo libro, una delgadísima plaquette publicada por Ediciones Extramuros en 1986, La rendija de la calle, escrito ante la insistencia de un amigo y acompañado por una botella de ron. Poeta del que no se sabe su paradero. Está perdido. O como dijo Jorge: “Desaparecido”.

No me resistí a fotografiar todos sus poemas con mi cámara invencible. Había algo que me tocaba en lo más hondo: aquello que me hablaba directamente sobre lo que no hay que olvidar jamás y “recordar para recordar”. Como un deber. Como un pacto. Porque si no se hace esas vidas, esos momentos, esos tiempos se perderán irremediablemente. Son poemas que me hablan a los ojos. Que me dibujan lo irrepetible.

Este fue uno de los que leyó Jorge:

Elegía

A Francisco, a quien no puede decirse en un poema; a esos, a los que dijeron ¡coño!, se nos ha ido “Mortadella”.

tu traje de béisbol está canoso
francisco martínez “mortadella”
las pelotas andan de luto
y el jonrón que nunca diste te recuerda
francisco te perdiste por el cáncer
y te buscaron iglesias
misas
oraciones
y hasta el brujo
más brujo
de los brujos
y ni los hospitales más audaces te encontraron
y hoy que has permorido a ciencia cierta
me pregunto
quien nos menichea
el placer está muy pálido
a decir verdad
aquí todo está muy pálido
tu casa
la bodega
el camión de leche que vendiste
el bombillo de la esquina
pobrecitos todos
si los vieras
ahora que te hemos deshallado eternamente
cómo explicarle a tu guante
a tu gorra
a tus espais
a esas cosas tremendas que mimabas
cómo explicarle que jamás se efectuará un torneo
“MORTADELLA IN MEMORIAM”
cómo explicárselo
francisco
cómo.

Tal vez fue el tono de los poemas de “Chaca” que Jorge leyó… tal vez el saber que era la primera vez que iba a leer algunos textos de mi libro ante cubanas y cubanos que no conocía o que frente a mí estuvieran Manzano y Reyna o quién sabe qué fue… lo único cierto fue que cuando leí “Según pasan los años” y volví a pronunciar los nombres de Gilber y Rolando, no pude evitar que mi voz se quebrara un segundo y tuviera que decir “lo siento” y Manzano, como lo llamamos todos los que lo que lo admiramos y queremos, me sonriera y me dijera:

-Tranquilo. No importa.

Y yo terminara de leer y por un momento, tan sólo un momento, esos dos libreros volvieran a existir en mis palabras y comenzaran a habitar en la memoria de todos los que, a pesar del calor y la lejanía, nos habíamos reunido en la “Peña del hurón azul” para compartir por un rato la poesía y la amistad.

Y un vaso de té con ron, un buchito de café y un pedacito de cake porque hoy la peña cumple un año y no podemos dejar de celebrar y “armarnos de amigos, porque los amigos son los amigos y si nos entran a trompones se reparten entre todos”.

Y de recordar sin explicárselo.

Bonitillo y sencillo

tomado de: Letra Joven

Por Rodolfo Romero Reyes

¿Cómo definir a alguien integral? Cuando escribo la interrogante, me pregunto si la cuestión de la integralidad solo nos preocupa en algunos países, específicamente en aquellos con vocación socialista. Sí, porque quizás en el primer mundo los parámetros son: competitividad, creatividad, inteligencia… No imagino que para ser el jefe de una empresa o el «trabajor/a del año» haya que ser una «persona integral».

En cambio, en Cuba aprendimos que la integralidad es la meta. De ahí que para ser buen estudiante no baste con formarse académicamente, sino que es necesario también contar con determinadas competencias o actitudes. En ese sentido aparecen parámetros como: ser artista aficionado en los festivales de cultura, participar en los juegos deportivos, sobresalir en docencia o en investigación, conocer la historia de Cuba, llevarse bien con los compañeros de aula, mantener buena asistencia y puntualidad, cumplir con las normas de la beca, entre otros.

Estoy de acuerdo con que, teniendo en cuenta el mundo mejor por el que estamos apostando, debemos priorizar la formación integral, aunque no es menos cierto que algunos parámetros de dicha formación resultan ambiguos o subjetivos. ¿Cómo medir que un estudiante tiene «buen porte y aspecto»?

En las enseñanzas primaria y secundaria, la cuestión de la integralidad es premiada con un diploma o el reconocimiento colectivo en los matutinos de la escuela. Pero al llegar a la educación superior, puede determinar una ubicación laboral y de esta forma comprometer el futuro de los estudiantes. Así que ahí el asunto gana mayor seriedad. Hasta existen Asambleas de Integrales, en 5to. año, en las cuales salen a flote los trapos más sucios y clasificados con tal de subir un peldaño en el escalafón.

Por suerte, mi 5to. año de Periodismo pasó ileso de tal evento. Aún no recordamos por qué, pero quizás sabiéndonos uno de los grupos «mejor llevados» e integrados en la historia de la Facultad de Comunicación, algún mensajero celestial decidió que no debíamos pasar por eso, evitando el mal rato que, en algunos casos, suponen estos debates asamblearios.

Pero no todas son malas experiencias y les cuento una, la más simpática. Estaba en el preuniversitario cuando, al llegar al grado doce, se hizo el análisis previo a la conformación del escalafón final.

Uno de los primeros analizados fue Manolo, el tipo más gracioso de mi aula, y probablemente de la unidad 5 de la graduación 31 de la Lenin —sí, porque en la unidad 6 estaban Tato y Fernando que le hacían competencia—. Después de que algunos realzáramos sus virtudes, siempre hubo quien le criticó su poca «participación en los debates estudiantiles». Manolo lo «cogió muy a pecho» y decidió que esa misma asamblea sería el lugar para demostrar que aquel era ya un señalamiento superado.

A partir del siguiente analizado, cada vez que le daban la palabra al grupo, el Manu se «despatillaba» —como los muñequitos verdes de los semáforos—, pedía la palabra y comenzaba a dar sus criterios. Como no conocía mucho a las personas en cuestión —pues era un grupo recién formado con las personas que queríamos estudiar Letras o Ciencias Sociales— y haciendo gala de su buen humor, comenzaba su discurso diciendo:

—Bueno, de Raúl yo pudiera decir que es un muchacho bonitillo y sencillo, y se lleva bien con todo el mundo…

—Patricia, es una muchacha bonitilla y sencilla. Ella e Ileana son muy responsables y estudiosas—. De más está decir que cada vez que mencionaba los dos adjetivos, el aula entera era una gigantesca carcajada. Pero más allá de la mala cara de la profesora guía, que sentía le estaban «saboteando la actividad», Manolón continuaba.

—Julio, es un chamaco bonitillo y sencillo…

Y así, hasta que llegó mi nombre. Me puse de pie y la profe guía preguntó:

— ¿Qué creen de Rodolfo?

Manolo levantó la mano y sorprendió con un repentino cambio en su «speech».

—Rodolfo… ummmm… Rodolfo es un muchacho extremadamente sencillo.

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