Category: Crónica

Los diversos mapas de un país (I): Camino a Camagüey

viajaren-tren-miniFinalmente me incorporé a una de las guerrillas de Blogosfera Cuba. Lo del Centro Martin Luther King Jr. no cuenta como tal porque fue en La Habana, donde vivo; demasiado fácil como para pensar siquiera denominarlo acampada. El pretexto de la reunión sirvió para encontrarme con Camagüey, una ciudad que me había sido esquiva y a la que le debía hace mucho una visita.

Para llegar a Camagüey fue preciso viajar en tren, cosa que no hacía desde hace un par de años. Mis compañeras de ruta fueron Disamis, Karina, Marian y Mayra. Todas mujeres, todas inteligentes, qué más se puede pedir. Apenas salimos la ferromoza pronunció un curioso discurso que fue una revelación para mí, no tanto por la prohibición del consumo de bebidas alcohólicas –prohibición que, por demás no entiendo– ni por el aviso de que los pasajeros somos responsables de nuestro equipaje, sino por la manera educadamente despótica en que lo dijo. Supongo que así hablen las directoras de orfanatos en lugares difíciles, los guardias de prisión, los cuidadores de baños públicos; gente convencida de que no hay remedio y se enfocan en la conservación del puesto y no en el impacto social de su trabajo.

Este viaje me permite alejarme de La Habana por varios días, cosa que, de no ser por la ausencia de D, casi agradezco. Ya me hacía falta sentir en el cuerpo la tensión del viaje, especialmente la que provoca el viajar en tren. Extrañaba todo esto. El paseo interminable de los capitos de turno, pasando de vagón en vagón una y otra vez. Los vendedores que, por mucho que uno quiera, no dejan de parecer sospechosos y la mano instintivamente busca el bolso. El paisaje adjunto a la línea, bello en su monotonía. La calma chicha del tren, su suave embriaguez, lo mismo buena para tertulias y cavilaciones que para quedarse dormido. El fermento de tanta literatura.

Cuando se viaja de noche en tren el tiempo suele pasar volando, y antes que nos percatáramos ya estábamos entrando en la provincia de Camagüey. Solo tuvimos un pequeño contratiempo. Nuestro pasaje era hasta Florida, un pueblo que queda antes de llegar a la ciudad de Camagüey. En teoría debíamos bajarnos y tratar de conseguir pasaje para continuar pero, afortunadamente, la misma ferromoza que parecía de hierro nos dejó continuar como polizones el tramo que nos faltaba. Las muchachas consiguieron sentarse, pero yo debí permanecer de pie. El último pedazo del viaje lo hice parado frente a una ventana que no tenía ventana, con el frío de las cinco de la madrugada acuchillándome la cara, pensando en palabras que no existen.

A las seis de la mañana descendimos en el andén de Camagüey y a los pocos minutos comenzamos a sentir el peso abrumador de la hospitalidad de nuestros anfitriones camagüeyanos. Antes nos encontramos Disamis y yo con un pan con minuta, una de esas sencillas delicias que en La Habana suelen estarnos vedadas, al menos en la forma de auténticos panes con minutas ya que lo que nos venden como tal es un engrudo de pescado desmenuzado pasado por dos baños de harina y grasa.

La hospitalidad de nuestros anfitriones camagüeyanos, decía. Apenas llegamos un carro nos trasladó hacia la residencia estudiantil de la Universidad de Ciencias Médicas, donde nos acomodaron en una habitación. Yo, que hice el viaje sin pareja me encontré de pronto en una habitación sencilla, sintiéndome extraño por ser la primera vez en mucho tiempo que no compartía una habitación de provincias con nadie. Al rato me acostumbré, y para cuando había descubierto la ducha me había olvidado por completo de la extrañeza y estaba francamente encantado. Dejé correr el agua calentísima por mi cuerpo, despojándome de la suciedad acumulada en los últimos cientos de kilómetros, en los últimos cientos de cientos de vidas.

Después del baño decidí quedarme conversando con Rachel y Kako en lugar de ir a la Casa de la Trova. Ya sé que la idea de estos encuentros es compartir lo más posible con un grupo diverso que tiene pocas posibilidades de reunirse de otra manera, pero el cansancio del viaje en el tren el día anterior me estaba golpeando (¿síntoma de vejez? Mejor ni pensarlo).

Aproveché para descubrirle a Kako el Maggot Brain de Eddie Hazel, ese negro endemoniado en el que parece haber reencarnado Hendrix sin que el mundo se enterara. Maggot Brain es una de las canciones más hermosas que he escuchado alguna vez, un lamento hiriente y estremecedor que va cobrando fuerza hasta convertirse en aullido desenfrenado; una histérica declaración de principios que a pesar de todo conserva en su centro la calma de seis notas que bien pudieran ser el background de la construcción del universo. Todo aficionado a la música debería tener la oportunidad de vivir la experiencia que es escuchar esos 10:18 minutos de postsicodelia.

Ni Funkadelic ni la cerveza evitaron que después de un par de rodeos termináramos conversando de política, el eterno punto de debate de las conversaciones entre Rachel, Kako y yo. En eso echamos los restos de energía que nos quedaban. Un poco después de las once de la noche, arrastré mi cuerpo hasta la cama personal de la habitación 304 y caí como una piedra.

(Tomado del blog El microwave. Por Rafa González)

El mundo bajo la lluvia

foto-btik-quinque-cuba-rainy-day-ii-2Puedes quedarte bajo la lluvia durante más de una hora. Sentado en un banco. Esperar la guagua mientras las intermitentes gotas te ruedan por los cristales de los espejuelos. Puede que no pase nada. Ni la guagua. Ni nada. Puedes incluso cerrar los ojos y dormitar algunos minutos. Pero el mundo bajo la lluvia será el mismo. O no.

Quizás te levantaste tarde. Y llegaste tarde a todos los lugares. Y el trabajo en la calle, como últimamente, te lo ha echado a perder la lluvia. Quizá tanto calor. Tanto cansancio. Y quizá es de noche y esperas la guagua. Treinta minutos. Una hora. Y nada.

Puede entonces que hayas decidido esperar. En el trabajo pensaste ir temprano a casa; estaba lloviendo poco y daba tiempo a llegar y descansar un rato (claro, como ahora te gusta regresar a casa). Y aunque algo se vislumbraba interesante a esa hora, y por suerte no había trabajo pendiente, apagaste la máquina y saliste, sin mucho ánimo –ni sabes por qué– al elevador de siempre, y luego a enseñar el bolso, y más tarde a caminar por el costado del “yate”, y ya luego –con las sandalias definitivamente mojadas– a Ayestarán, y al final, a la parada, al banco, a la lluvia, a la espera.

Todo es igual bajo la lluvia. Nada cambia. Está lloviendo. Sí. Pero la gente, esencialmente, es la misma.

Sin embargo, Argos teatro no es lo mismo bajo la lluvia que a pleno sol. Bien sabes por qué. Pero este post no es de ella. Ya nada…

Sin embargo, puedes quedarte hoy bajo la lluvia, bajo esas intermitentes gotas que no son ni aguacero ni cesan de caer. Apagas el móvil. O lo enciendes. (Esa relación últimamente está tensa: poca cobertura y poco crédito tensan cualquier relación.) Mandas un mensaje, dos, tres. Llega más gente y tú inmóvil. Eres el primero; estás sentado bajo un árbol; no piensas moverte; la mirada fija en Ayestarán.

Claro. Estás ahí, bajo la lluvia, durante más de una hora, porque tientas a tu paciencia. Últimamente es un ejercicio que llevas hasta el límite. Y las miradas fijas en Ayestarán de las diez o quince personas de la parada te han sacado esa idea a flote. Haces los cálculos. Miras la hora. Pones el cartel de espera. Una hora como máximo. La guagua no puede demorar más que eso. Y esperas.

Entonces ocurre lo mejor y lo peor. La ensoñación. El cansancio. Los pies mojados. El frío. Los deseos y resúmenes del día mezclados en los dos o tres minutos que dormitas sin dejar de oír los carros, la lluvia, los rezos de la gente, tu resuello. El celular que anuncia un par de mensajes. La espera. Tanta espera. Y tu paciencia intacta.

Pero las miradas fijas es lo que más te atrae. Todos, increíblemente todos, miran en una sola dirección. Miran y desean, ruegan porque aparezcan un par de luces, solo un par de luces, las demás no importan, más bien molestan, cuando se confunden. Algunos tienen sombrillas, otros paraguas, uno tiene un nylon sobre la cabeza, tres o cuatro, como tú, se refugian bajo un árbol, aunque no el tuyo. Tú estás sentado, casi inmóvil, en una posición felina que te permite mirar, dormir, dilucidar el mundo a tu alrededor sin demasiado esfuerzo. Pero tu paciencia comienza a molestarse. Y las miradas fijas siguen la línea, no descansan, imploran.

De pronto una luz se hace inconfundible. Ya viene. Es ella. Desacelera, y justo unos metros antes, el chofer clava el pie y pasa de largo.

Entonces estallas. Mandas todo al carajo. Todo lo mandable. Y rompes a caminar bajo el agua. Y ni la sientes. Aunque se te empañen los espejuelos. Aunque tengas en los pies más tierra y agua que nunca. Aunque te asqueen la calles del Cerro empapadas de suciedad. Llegas a Infanta. Elijes al azar una esquina para buscar un carro –esquina incorrecta– y la guagua que esperabas dobla junto a ti como un rayo.

Todo lo que pasa después no importa. Porque tú sonríes bajo la lluvia durante 10 minutos más. Y la tercera guagua te recoge. Y llegas a casa. Y comes. Y te bañas. Y duermes. Y Madonna que sigue ahí, sin chistar; y Jesús a su lado. Y apagas la luz y no se escucha ya la lluvia.

Y recuerdas a Argos teatro, y a tu paciencia. Y te das cuenta que, no importa cuánto estalles, el mundo, bajo la lluvia, nunca es el mismo.

(Tomado del blog Esquinas. Por Alejandro Ulloa García)

no puedo, doctor…

blanco1Escribir de lo desconocido no se me da bien. Por eso no hilvano palabras sobre ovnis, fantasmas, o economía. Se lo digo al médico, pero no me cree. Me mira más con cara de juzgarme vaga que de creerme. Si fuera un psiquiatra pensaría que la cordura se me escapa. A fin de cuentas soy periodista, ¿no?

Pero no es psiquiatra. Y este doctor se ha quedado hoy a la espera de las letras que me pidió. Unas letras que no puedo darle porque mi argumento de “no puedo escribir de alguien que no conozco”, es realmente válido.

No podría decirle que su letra es mejor que la mía, que camina tan rápido que a veces se me pierde, que me habla de diagnósticos como si yo entendiera más allá de la segunda palabra…

Que es la única persona que ha logrado que yo ingiera dexametasona. Que las batas blancas de médico me desconcentran y por eso me turbo y le escucho solo a medias. Que tiene manos que encuentran dolencias. Y que las manos es otra de las cosas que me desconcentran.

Debería advertirle que nací con fórceps (ese es mi justificación más valiosa cuando hago alguna torpeza) y que por eso y por mujer, es que se me desarrolló solo una neurona. He ahí que me despisto por otros pasillos buscándolo, que pronuncio mal su apellido unas tres veces hasta aprendérmelo, y que digo cosas que le resultan disparatadas, como que no puedo escribir de él.

Aunque supongo que ya él adivinó mis musarañas de antemano, y me dice “espérame aquí, no te muevas que te pierdes” o “siéntate y pórtate bien para que no te reganen”. O me acompaña hasta el elevador en un intento de que yo me conserve en una sola pieza.

Por suerte no es psiquiatra, o mis diagnósticos y pastillas serían otras. Por suerte… pero es neurocirujano y entonces no puedo decirle todo esto, o correría el riesgo de una operación para ver qué hay dentro de mi cabeza.

Mejor mantengo mi postura inicial, y sostengo lo que me aprendí desde que entré al hospital. Decirle y repetirle hasta el cansancio: “No puedo escribir de usted, doctor. No puedo”.

(Tomado del blog Botellas al mar. Por Leydi Torres Arias)

Espátulas, tijeras

el-aquaceroSobre la prisa pones cada día un castillo de arenas blancas. Lo moldeas con minuciosa intranquilidad, pasas horas en vilo labrando uno a uno cada mínimo detalle. Sale el sol y de tus bolsillos arrancas espátula en mano y modelas y esculpes tramo a tramo las pequeñas ventanas, los fosos y murallas, las cúpulas e inmensos portones; y de un malabar de tijeras sacas milimétricos sobrantes, ínfimos granos o conchas que arrugan las paredes.

Entonces llega la tarde. Y llueve. Y desliza sobre tus pies hasta el último cristal de arena que una vez fue vitral sobre la capilla. Y respiras complacido. Y duermes hasta el otro día. Sin el sobresalto de un lejano castillo, un imperfecto castillo que la lluvia no es capaz de limpiar.

Porque solo la perfección del momento justo es manjar digno de carpintero o escultor. Lo demás es pasto de la lluvia, de las llamas, de la prisa.

De eso se trata la paciencia. Aunque nos cueste espátulas, tijeras.

(Tomado del blog Esquinas. Por Alejandro Ulloa )

90 millas

cuba-malecc3b3nLos cubanos no nos identificamos con esta unidad de medida. Será acaso porque en la infancia los profesores nos enseñaron el kilómetro para calcular las grandes distancias. “Cien centímetros son un metro, y mil metros son un kilómetro“, nos decían. Y así crecimos con este razonamiento.

A la milla la ignorábamos. Nunca la hemos tomado en serio. ¿Para qué emplearla si nos basta nuestro método? Además, nos resulta un poco “imprecisa”. Una milla son 1609 metros, cifra nada especial. Así, el kilómetro se coronó en esta Isla como “rey de las medidas”. Su hegemonía se extendió a cada instante en que fuera preciso calcular trechos de gran envergadura.

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