Category: Crónica

Remembranzas para otras mañanas con Café

Tomado del Blog Fomento en Vivo

Dayenis López Rodríguez

Aseveran los más longevos y también los especialistas, que no existe nada más rico y saludable que un buen café en las mañanas, Pero, ¿conoces la historia detrás del grano que tomas, detrás del tabaco que una vez fumaste o detrás de la fruta que hace algún tiempo ingeriste?

Tal vez fueron las manos de tus hijos o nietos quienes cosecharon ese café, o realizaron maniobras de cultivo en el tabaco y los frutales.

¿Dónde? Pues en la escuela al campo, una etapa de la adolescencia para la que no se está preparado, pero siempre es bien recibida.Cuando somos jóvenes, todo viaje a lo desconocido tiene cierto aliento a aventura. Por eso, la vinculación del estudio con el trabajo, ofrece la oportunidad para aumentar la adrenalina del cuerpo y a la vez, darse cuenta, que no todo es lo que parece.

Las historias de los estudiantes en el campo varían. Hay quienes la recuerdan como el mejor momento de sus vidas, pero hay otros que eligen borrar esa etapa.

Recuerdo y aun vivo las experiencias durante el mes de octubre del 2008 en Hoyo Corrales, tal vez uno de los sitios más intrincados del Escambray espirituano. Aunque siempre me gustó explorar no imaginaba las bellezas y secretos de mi propia localidad.

Una loma bien empinada, el agua más transparente que había visto, el canto de las aves y por supuesto, los cafetales, nos dieron la bienvenida.

Sin embargo, al anochecer, todo cambió. Los salones apenas iluminados con una pequeña planta y los típicos cuentos de horror en nuestros campos, ofrecían un halo tenebroso al ambiente.

Al otro día, no interesó recorrer kilómetros para recoger el café maduro y cumplir la norma, pendientes todos, de no tropezar con la protagonista del cuento de la noche anterior.

Las historias de nuestras escuelas al campo varían, también la añoranza por este período. Si bien es cierto que no siempre estamos preparados para ello, no lo es menos que además del trabajo fuerte, se presenta como la oportunidad perfecta para descubrir nuestra geografía, conocer lugares recónditos y maravillosos paisajes que alberga el lomerío fomentense.

Ojalá la remembranza no quede ahí y nuestros adolescentes puedan vivir los trabajos y alegrías de la escuela al campo. Al final es una etapa que no se olvida, y tal vez sea el grano de café recolectado por su hijo o nieto el que usted bebe esta mañana

Credo

A todos mis hermanos fomentenses
Por: Ángel Martínez Niubó
fomento-cubaCreo en Dios, creador del Husillo y Piedra Gorda, del río Agabama y de todos sus afluentes.

Creo en Lázaro, a quien la guerra crucificó y convirtió en el loco más célebre del pueblo. Creo en Ramona Tirabufo, porque supo que todas las riquezas cabían en una jaba, y con ella iba y venía por el pueblo. Creo en la belleza porque es efímera, y en mis amigos, porque saben que la felicidad no está en La Habana, ni en Miami, ni en Madrid, sino dentro de ellos mismos. Creo en mi padre, por enseñarme que los locos del pueblo no eran los que muchos creían, sino aquellos a quienes la ambición cegó lo suficiente como para no ver que todo tiene un fin. Creo en Sabroseao, que hizo de la alegría una bandera y la sacaba cada mañana en una bicicleta prodigiosa. Creo en Miguel Montesino porque supo que la política era una conversación con los humildes, y paseó por los parques y las plazas, y las palomas se rendían ante él. Creo en el pito distante del central, en las doce campanadas de la iglesia, y en el Criollo, que para mí –junto al “le ciel de Paris”- sigue siendo el mejor restaurante del mundo. Creo en Celia Cruz y en Silvio Rodríguez, porque un mismo río cruza por sus orillas melodiosas. Creo en mis hijas, en donde Dios hizo el único resumen de todo cuanto amo y me ofreció el pan de las misas del domingo. Creo en Gabriel, que vive en Cuba, y en Manuel, a quien la distancia no le borró la imagen de un cañaveral resplandeciente. Creo en la loma del burro, por donde cada mañana sale el sol de mi pueblo, y se empina un papalote diferente. Creo en Pedro de Jesús, a quien Dios regaló todos sus verbos y él los convirtió en mirlos y palomas. Creo en la novia que se tatuó uno de mis versos en su seno izquierdo y en aquellas, en cuya eternidad todavía hago silencio. Creo en la Ceiba de mi parque como la gran consentida de los árboles del pueblo. Creo en mi madre, que se hizo maestra porque fue otro modo de imitar a Jesús. Creo en el río de los mudos, en el arroyo del palomar, y en las pelotas que caen sobre el techo de mi niñez. Creo en Francisca, en cuya delgadez Dios hace ahora las sedas y los bálsamos. Creo en la Bota de Oro, en el lago del Cabaret, y en el cementerio, porque allí están enterrados los muertos que amo para siempre. Creo en Siboney, porque en cada mañana tenía un saludo diferente y en Ñego, porque junto a él descubrimos el cine. Creo en María, que me enseñó el camino más corto para llegar al cielo, y en Inés, porque vi como flotaba aquella noche en que faltó la luz.
En fin, creo en la esperanza, sin cuyo efecto no podría sentarme bajo la luminosa oscuridad del parque, y creo en la poesía, porque sabe que después de cada menguante, la luna vuelve a ser nueva.

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Omayda 

Por Rafael Cruz

tomado del blog Turquinauta

Los árboles tienen menos hojas, la ciudad menos brillo. Esta mañana, a la cinco el filo mínimo de una uña colgaba en el cielo, dicen que a esa hora Omayda se murió. Los árboles pelados, la uña recién cortada de Dios, las voces de la radio anudadas por el asombro. Omayda la amiga, finalmente se ha ido.
La primera palabra que dije este amanecer fue un desafío, irrepetible contra la muerte, la jodida muerte, la lenta inmerecida muerte. Esta mañana la primera palabra fue un grito a la noche donde una uña tenue cuelga en el techo estelar, los árboles sin hojas, la radio sin ella.


Omayda sabía sonreír, era una mujer entera, una trigueña hermosa, con ojos muy abiertos, mirándolo todo, como si hubiese sabido, que se iría una madrugada sin luces, con apenas la uña lunar entre los árboles sin hojas.


El locutor se ahogó en la tristeza, vino otro en su ayuda y no pudo seguir, en la cabina estaban llorando, en el “máster” los atenuadores gritan, en la redacción alguien solloza, los transmisores han comenzado a toser, los corresponsales se niegan a escribir porque el papel húmedo y salado se rompe, los oyentes han quedado desolados, en un pasillo oscuro llora escondido un hombre. 


En oficina de Radio Reloj hay un búcaro con la última rosa, seca ya, hermosa aún, alguien la puso allí como si la directora fuera a volver, pero ella se despidió esta mañana con una luna tenue imprecisa sobre la ciudad sin árboles.

La luz diferente y el mañana

Por Yeilén Delgado Calvo

Tomado del Blog De lupas y Catalejos

Cuba tiene hoy una luz diferente. Quizá sea por los árboles que un huracán desconocedor de la piedad dejó apagados y sin hojas, o porque los caminos, las casas, los bancos del parque no acaban de sacudirse la humedad pegajosa del desastre. Se camina y aunque haya sol se siente diferente, menos retador.

Hay también un silencio inusual, incluso allí donde la corriente eléctrica ya vuelve a enseñorearse, y un olor indefinible, mezcla de días y noches fuera de lo común, olor a ciclón reciente.

Quien sepa poco de esta Isla, pedazo de épica en medio del agua, quien no haya sabido o podido conectarse con sus esencias a través del sentimiento —la única manera posible— nos pensará sumidos en el letargo, apocados por la furia de la naturaleza, dubitativos.

Le resultarán inconcebibles, entonces, las banderas, flashazos de belleza en medio de la destrucción, puestas a secar junto a los bienes más preciados. Le confundirá el niño salvador del Apóstol, ya para siempre de torso desnudo en medio del gris de la tormenta, fotografiado: en sus brazos el busto del Martí nuestro, su mirada como la de quien sostiene toda la bondad del mundo.

Y será un misterio para el observador frío y también para el que quiere convencernos, una vez más, de la muerte de la historia y de todas las rebeldes herejías, el buchito de café dado por la vecina a los muchachos que vencen los escombros, y los caramelos que otra les aporta, y el agua que una más les brinda, no sin antes disculparse «por no tener aún cómo enfriarla».

Qué podrá decir el que saborea lo arduo de estos días, ansiando hincarnos en el alma el desaliento, de Irma vapuleada por el humor cubano, de la mesa de dominó más viva que nunca, de los niños pintando otra vez las calles de escuela, de la gente que dice «si tengo vida, pa’lante». ¿Cómo podrá, aquel que ignore nuestras entrañas alegres hechas para la utopía y para la cotidianidad extraordinaria, concebir esta reconciliación pronta con el mar que nos besa y esta confianza en lo por venir?

Cuba tiene hoy una luz diferente y no por derrota alguna. Las huellas físicas de la catástrofe tardan en desaparecer y nos duele hondo donde el otro sufre. Por eso llevamos prendidos en el pecho y la retina a Esmeralda, Bolivia, Punta Alegre, Yaguajay, Boca de Camarioca, Caibarién, al litoral habanero…

Volverán a ser los de siempre los colores, así como el olor a salitre y palmiche, retornará el calor a derretir el asfalto, eso es seguro, y también que seguiremos, sonrisa mediante, iluminando entre todos las cicatrices más oscuras de estas jornadas. ¿Cómo podría ser de otro modo si los de aquí nacemos con una insólita, persistente, arrolladora predisposición a la esperanza?

Ismael Francisco Cubadebate.
foto ISMAEL FRANCISCO
Iván Paz Nogueira
foto IVÁN PAZ NOGUEIRA
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foto YANDER ZAMORA

Los días de más luces que de manchas

Muelle pesquero en Playa La Boca, Trinidad, Cuba

tomado del blog Fomento en Vivo

Todos estos tiempos poshucaranes me traen más luces que manchas, y claro, no sé cuántas noches de desvelo y lágrimas. En casa, Yenny vivió su “primer” ciclón con juegos y cuentos. Acogerla en mi hogar durante los días más aciagos de Irma en la isla me llevó a una certeza de mis memorias infantiles: la inocencia del niño que fuimos. Es la borrasca de una vida que algunos quieren desterrar y el contagio con un simulado modo de bromear hoy con el retorno de la electricidad al pueblo, cuando los linieros se despellejan pegados a los cables con la misma voluntad de rehacerse de una nación tras los daños del desastre.

De niña debo haber vivido muchas emergencias en casa pero solo recuerdo una con nitidez: el verano que fuimos evacuados en la playa La Boca, en Trinidad, junto a mi familia paterna. Corrían los años 70. Mi ropa azul de láster de pantalones campana eran mi tesoro y estábamos de vacaciones en nuestro balneario favorito. Todas las primas éramos aún niñas y los varones adolescentes. Trece primos hermanos más los tíos y tías y los abuelos Matías y Ana, los que nos enseñaron el amor a la caza y la pesca y a ese sureño pueblo costero, donde después Matías levantó sobre peñascos, la otra casona donde me gustaba tomar la zambumbia hecha por Ana y jugar dominó y machuca con los primos.
Recuerdo la noticia y el correcorre y mi mejor ropa se quedó atrás, nos llevaron a dormir por una noche a una escuela en la Villa de Trinidad, yo ni sé qué se quedó ni qué se fue con nosotros, creo que solo lo imprescindible, la comida. Salvarnos ante la inundación que se nos venía encima era lo primero. Tremenda sorpresa, naufragaron las vacaciones en un santiamén, antes que los barquitos del muelle. La Boca completa se mudó al aviso de alarma. Yo perdí la voz, solo mis ojos hablaban. Y mis manos ayudaban a cargar cosas para el viaje, pegada a mi pescador favorito, papi. Tenía menos de diez años, él estaba vivo y buscaba como la sonrisa siempre dentro de mi timidez habitual. Después con la edad descubrí que se puede sonreír con lágrimas dentro. Y así son las lecciones de estos días poshuracán Irma. Tan rápido fue todo en esa, mi única evacuación, que igual de fugaces quedaron mis registros mentales. Imagino que los viejos lo recuerden mejor. Las anécdotas de mi familia son históricas, la mayoría con una bis cómica. Esta vez la vida nos puso frente a un drama, salir pronto de la playa antes que las olas entraban a la casa de costado al malecón. En la isla o te salvas o te salvan, difícilmente quedas abandonado, excepto por elección de los suicidas.
Solo me marcaron tres imágenes, parece ya de por vida. El llanto de un niño de pocos meses en esa noche largaaaaa y medio insomne. Su madre, una esquizofrénica con retraso mental no atinaba a calmarlo y nosotros caritativos como toda la familia Romero, pendientes del chiquillo. Era el hijo más pequeño de la vendedora famosa de mamoncillos del pueblecito pesquero de La Boca. Nunca supe su nombre, para mí era la Caricolorá. Uno de mis tíos, sin perder tiempo dejó caer en mis memorias de ciclones ese sonido en el tiempo: “Denle una lata de leche condensada a ese muchacho”. Una de mis tías le dio alguna bebida dulce a la madre y todo se calmó hasta el amanecer en esa descolorida escuela de paredes arcillosas de las que solo recuerdo el duro piso y el montón calentito de gente asustada que armamos los primos para dormir. Y yo al lado de mi único, el ídolo entre todos los hombres, papi.
La otra imagen, la primera y mala impresión de entonces fue el regreso a la playa. La mirada a nuestra zona de retozos y baños soleados fue desoladora. Eran piedras sobre piedras. Parecía que habían vaciado varios camiones de áridos sobre la costa. Era el año en que la mayor crecida del Río en la desembocadura al mar se llevó el Bar y toda la arena. Parecía otro lugar. Era un pedregal sin árboles y ni sonrisas, ni barcos, solo quedaba pescar y secar todo lo mojado. El sol no asomaba ni dentro de nosotros, tan jodedores por naturaleza. La verdad que no sé de qué está hecha el alma de los pescadores. Debe ser de agua salada, arena y pescado. Son hombres con casa en una chalupa, un balcón en un muelle y las mejores vacaciones en las noches de salida de la flota. La naturaleza allí había borrado la obra humana original del pueblo, el bar, los kioskos, hasta el malecón estaba medio destruido por las olas y el arrastre de los arrecifes diente de perro cubrían la estrecha callecita de entrada al balneario. Ya no era el sitio más acogedor donde las familias fomentenses se reunían en otro espacio para compartir los chismes del pueblo, donde los pescadores contaban anécdotas al volver de sus noches con su esposa samaritana, la mar. La miseria y la humildad de los pescadores era signo de elegancia a mis ojos y aún lo es, y todo lo que atentara contra ellos hería nuestro orgullo de sentirnos nativos de La Boca.
El tercer recuerdo de mi primera evacuación llegó con el regreso a la playa. Los abuelos, tíos y primos pescaban todos los días pero el río revuelto, la mar crecida y el malecón desbordado motivó una pesca en abundancia para todos. Papi aun con su primera operación de corazón y limitaciones físicas no se quedó atrás. Y quién puede contra la voluntad de un cubano. Ahí sí había fanático a los entretenimientos de la familia. Yo nunca quería ver eso, solo de lejos. Temía tanto por la osadía de mi padre de sobrepasar la voluntad familiar. Cogió su hilo, arrancó pa allá y lo lanzó como todos, por suerte tío Chiche no lo dejaba solo. Tampoco la mirada sigilosa de abuelo y los demás. Y fue al único que le mordió el anzuelo un gran pez. No podía, dijo después que primero se dejaba llevar que soltar su presa. Tío Chiche lo sacó y fue un robalo que nos regaló la nueva Boca, la que tenían que volver a construir los pobres pescadores. Nos fuimos a Fomento unos días después y la playa nunca volvió a hacer igual. Nadie reconstruyó el bar, solo las sombrillas de guano en otro estilo, pero el malecón quedó allí, testigo de nuestros paseos de familia, de mis pocas vacaciones con mi papá. Luis tuvo la vida que Dios le permitió hasta los 33 años y la que la familia le dejó tener por su propio bien, en extremo sobreprotegido como después crecí yo por perderlos a ambos en la edad de soñar.
Los días poshuracanes dejan ese mal presagio, que vuelven a ocurrir, solo que a mí me trasladan a los contados diez años que pude convivir con mi padre. Y aun cuando solo por única vez lo escriba, esas jornadas de tantas lágrimas y desgaste de trabajo en el rescate de la alegría, son y serán al final de las cuentas estatales y los pesares individuales, días de más luces que de manchas.
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