Category: Opinión

LA GUAYABA DEL PERÚ

tomado del blog La bicicleta

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Cuando mi abuela agarró por la oreja a Rufino Mermelada, después de sorprenderlo adulterando el dulce de guayabas que ella le daba a vender; solo atinó a decirle, o más bien, hacerle una advertencia mucho más educativa que amenazante: EL FRAUDE Y LA TRAICIÓN ES COSA DE SERVILES, yo creo que en ese momento el muchacho no sabía muy bien de lo que le estaban hablando, pero al pasar los años lo supo mejor y aun así, ignoró el consejo y se pasó para el bando de los que prefieren la abundancia de todas las cosas, menos de la vergüenza.

Por extrañas coincidencias de la vida aquel episodio de mi infancia tiene ahora simbolismos extraordinarios, las matas de guayabas eran de una variedad conocida como ¨ Guayaba del Perú¨ que produce unos frutos grandes y en forma de peras, de abundante masa y pocas semillas. Pero sucede además, que una forma muy criolla de llamar a las mentiras es empleando justamente la denominación de ¨Guayaba¨, al menos en mi región natal así decíamos a los embustes más notorios.

Viendo algunos personajillos que se han ido hasta Perú por estos días, cargados de intrigas, mentiras y odios contra Cuba, resultaba inevitable que me vinieran a la mente aquellos recuerdos guayaberos y sus analogías con la susodicha congregación de mercenarios que conforman lo que podríamos llamar ¨La Sociedad Servil¨ muy lejos de nuestra ¨Sociedad Civil¨ que puede carecer de muchas cosas , pero les sobra coraje y dignidad para dejar sin cortezas a las ¨Guayabas del Perú¨

Esa fuente originaria que llamamos país

Cada persona es una historia, conformada por parajes, voces, texturas…y dejar atrás alguna de esas partes implica siempre una reinvención personal…

La nostalgia es un tipo dulce de tristeza. Cuando se te aloja en medio del pecho, no puedes más que ceder a los recuerdos, a la evocación, y regresar al menos con el pensamiento a los lugares o personas que te llaman desde la lejanía.

Cada persona es una historia, conformada por parajes, voces, texturas…y dejar atrás alguna de esas partes implica siempre una reinvención personal, que no significa olvidar, sino aprender a amar de otro modo.

Cuba, con su circunstancia, ¿bendita o maldita? del agua por todas partes, ha visto llegar e irse de sus orillas a mucha gente dividida por el conflicto de empezar otra vez.

Mi bisabuela canaria nunca dejó de tomar caldos hirvientes con pan, aún en los veranos más agotadores de Guanabacoa, ni de reprocharle a esa niña cubana (mi madre) su desprecio por aquellas sopas demasiado espesas.

Porque una puede aplatanarse en tierras nuevas, pero siempre hay un gusto especial en plantar su bandera y con ella sus costumbres. Así van los cubanos por el mundo, sembrando la huella de gente buena, alegre, dadora…orgullosos de su historia,  su música, de sus playas, de su calor.

Y con ellos llevan pequeños tesoros, tangibles e intangibles, para tener presentes a toda hora esa fuente originaria que llamamos país.

He sabido de los que quieren montar en el avión un aguacate, o de los que se llevan un paquetico de café “de la bodega”, y también de los que añoran una caja de cigarros Popular.

La nostalgia es un tipo dulce de tristeza, que manejada con optimismo nos puede conducir a la alegría.

Cuando Cubahora convocó al foro ¿Si sales de Cuba qué llevarías contigo?, tal vez no esperó tantas respuestas genuinamente hermosas, ni que los seres “ácidos” estarían tan en desventaja con respecto a los que andan vestidos de amor por nuestra patria.

Ese “algo” que recuerde el hogar fue definido en los planos material y espiritual, y esas naturalezas se entrecruzan:

Las fotos y los números de teléfono de la familia, la bandera, las canciones de Silvio Rodríguez, un pulóver con la imagen de José Martí, un pasaje de regreso, una piedrecita del pueblo, un retrato de Fidel…

El olor, los principios, el decoro, la trova, la poesía, «mi pedacito de mar», el deseo de volver, la alegría, los lugares, la añoranza,  el amor por la tierra, la convicción de que la distancia no cambia nada…

Escojo cuatro fragmentos de lo escrito por los usuarios que me parecen dictados por almas claras:

“Me llevaría en una bolsa en mi corazón los días felices que disfruté, el olor del campo y la tierra mojada, el cantar de las aves, el azul del mar y el cielo, los recuerdos de mi niñez, el calor del sol, los recuerdos de Papá y el de su verde uniforme militar y por supuesto el recuerdo de Fidel”.

“Llevaría… toda la añoranza que quepa en mi maleta hasta que vuelva”.

“Un familiar muy cercano, que decidió hacer su nido fuera de Cuba, cuando vino por primera vez, soltó los zapatos, bailó ritmos cubanos y dijo que no había como sentir el suelo de tu patria, créanme, las lágrimas corrían por su rostro”.

“Si saliera de Cuba, me llevaría el recuerdo, el inolvidable recuerdo de todos los que amo, me llevaría una enorme bolsa de besos, los besos de mis hijos, de mi madre y mi amado, me llevaría el deseo, el inquebrantable deseo de volver”.

Por eso la Patria es un concepto  que rehúye de las definiciones reduccionistas, de los estereotipos; la Patria está hecha de sus hijos y en ellos va dondequiera que funden.

Yo, por mi parte, para salir de Cuba con el sentimiento pleno, solo necesito, antes de partir, el perfume de ciertos abrazos, y la certeza de que estarán ahí cuando vuelva.

(Publicado originalmente en Cubahora + Video)

Candados al deseo de hacer

Tomado del blog Mira Joven (Cuba)

Por Yasel Toledo Garnache

¿Y qué pasa si el trabajador lleva varios días cabizbajo, con la tristeza circulando por las mareas de su cuerpo? ¿Y si el jefe enaltece la incomunicación y ya existe como un muro entre ambos? ¿Qué debería hacer quien se siente como atado, a pesar de tantos deseos de ser útil, proponer y aportar?

El muchacho de esta historia, que puede tener varios nombres, quiere recuperar su alegría de antes y la energía para impulsar proyectos, conversar y soñar en un ambiente de entusiasmo y unidad. En estos momentos lo carcome la inmovilidad, y eso le duele, le golpea el alma, por eso cierra los ojos e intenta recobrar el ánimo de casi siempre.

Numerosos jóvenes llegan a los centros laborales repletos de ímpetu y deseos de hacer, demostrar lo aprendido en la academia, sin embargo, no encuentran el escenario más adecuado. A otros de más edad también les puede suceder algo similar.

A veces, del otro lado de la puerta los recibe alguien que pone frenos a la voluntad, candados al deseo de hacer o que, simplemente, les explica: «aquí está todo inventado, lo tuyo es solo esto, eso y aquello».

En ocasiones, hasta se encuentran un jefe que habla siempre más alto que los demás. Hace una reunión en la empresa casi todos los días y su palabra preferida parece ser «yo», porque es la primera de la mayor parte de sus oraciones. Da golpes sobre la mesa, regaña y amenaza con expulsiones. Los subordinados, quienes no suelen expresar sus criterios, le tienen miedo, y él parece orgulloso.

«Respeto, me tienen respeto», piensa el hombre del buró y retoca la corbata inexistente. Camina por el interior de la instalación y no saluda a nadie, entra a la oficina en las alturas, su reino más pequeño, y cierra la puerta.

Otras veces, son recibidos por personas que verdaderamente los tratan bien, pero todas parecen muy conformes con los resultados productivos y las maneras de organización del trabajo, aunque los éxitos pudieran ser mayores.

El recién llegado propone, quiere hacer de una manera diferente, habla de ciencia, de que sería más favorable intentarlo de esta manera…, y eso motiva incomprensiones. Él percibe también poca unidad, deficiente gestión de la comunicación interna y demasiada conformidad.

Cada acción suele indicarse desde las oficinas, sin debate entre todos ni propuestas de ideas. Luego no se valoran los impactos y existe la sensación de lanzar pelotas sin importar cuántas caen en zona de strikes.

Verdaderamente, la comunicación interna, el ambiente agradable y el afán colectivo de conquistar triunfos son esenciales. Especialistas aseguran que la mala gestión comunicativa suele ser causa de numerosos problemas puertas adentro, incluidos sentimientos negativos entre compañeros, relaciones débiles de jefes y subordinados, un mal clima laboral y disminución de la producción, en cantidad y calidad.

Resulta lamentable que en algunos sitios pululen las malas sensaciones, los chismes, rechazos a las figuras de autoridad cercanas, frustraciones, los resentimientos y la desmotivación.

Para lograr la armonía y éxitos no existen modelos. Alguien o varios podrían tener las mejores intenciones, pero a veces un «rosca izquierda», una persona empeñada en nadar siempre en contra, pudiera lacerar las sonrisas, por eso es esencial también conocer a cada quien y descubrir las maneras de motivarlo.

Afortunadamente, en algunos sitios todo fluye bien, con entusiasmo, propuestas desde la humildad y el anhelo de ayudar, sin pretender aplausos.

Cada centro laboral debe constituir un grupo de amigos, una familia unida por el objetivo común de alcanzar éxitos individuales, pero sobre todo colectivos, aprovechando al máximo las potencialidades de cada uno, siempre con exigencia y la fuerza necesaria para señalar los errores con respeto, y especialmente indicar cómo hacerlo.

También es necesario felicitar a los más destacados, dar unas palmaditas en el hombro, buscar entre todos soluciones a las dificultades y encontrar las maneras más favorables de alcanzar triunfos, con unidad y conciencia de que la fuerza y la inteligencia del grupo siempre serán superiores a las de cada quien.
El presente y el futuro serán mejores si todos caminamos juntos como un gran equipo, a favor del bien.

Voté por Cuba

 

voto y el de mi familia fue Por Cuba, la misma isla que no me dejó morir cuando estuve grave a los pocos días de nacer, por la Revolución que me ha garantizado todo cuanto he necesitado para ser igual a los demás, por Fidel, el artífice de esta obra, por Raúl, de quien recibí el abrazo más tierno de toda mi vida. Por los cubanos, esos compatriotas sin iguales que han resistido de todo en la defensa de su derecho a construir una alternativa que puede ser otra que el socialismo.

Acabo de ejercer mi derecho al voto, lo hice por quien yo entiendo que sea mejor. Aquí las elecciones son tranquilas, no hay revueltas, aunque puede haber sus planes no se lanzan porque los que estamos con la patria somos más.

Mientras en otros países esto es un negocio, yo no tengo una cédula electoral, que constituya una mercancía codiciada por sargentos políticos, no tengo pasquines que llenen las calles de mi Consejo Popular de propagandas, mis candidatos no han hecho campaña política para que yo vote por una de ellas, mucho menos tienen millones para invertirlos en anuncios televisivos, solo cuentan con la moral.

Todavía recuerdo la primera vez que ejercí mi derecho al voto, iba orgulloso, pues ya era grande, esto es lo mucho que significa saber que eres parte de un sistema electoral que está dentro de los más transparentes del mundo.

Esto pasa únicamente en Cuba, un mi país que puede no ser el más justo del mundo, pero si el menos injusto.

 

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El liberalismo oligárquico latinoamericano

Tomado del blog: Segunda Cita

Por Emir Sader

En el debate con Andrés Manuel López Obrador, uno de los más conocidos teóricos del
liberalismo latinoamericano, Enrique Krauze, protesta por haber sido calificado de conservador. Los liberales latinoamericanos siempre creen que la defensa de las libertades es lo que los define.

Se reivindica la filiación al liberalismo europeo, que fue la ideología de la burguesía ascendente en la lucha en contra el feudalismo. Trasfieren mecánicamente el rol del liberalismo en Europa a América Latina, sin darse cuenta de cómo los marcos históricos de los dos continentes son muy distintos, definiendo naturalezas radicalmente diferentes para el liberalismo.

En América Latina el liberalismo fue la ideología de los modelos primario- exportadores, es decir, de la derecha oligárquica, con su defensa de la apertura de los mercados. Estuvo asociada a los regímenes políticos de derecha, entre ellos las dictaduras militares.

Se opone al Estado, a los liderazgos populares, a sus políticas –tildadas de “populistas”– de distribución de renta, de reconocimiento de los derechos sociales de todos. El liberalismo en América Latina nunca se ha identificado con la defensa de la “libertad”, salvo que consideremos que la “libertad de prensa” de los medios represente ello.

El liberalismo por acá, oponiéndose al Estado, se ha identificado con el mercado, por lo tanto con el gran empresariado y sus políticas económicas liberales y neoliberales. Ha sido siempre de derecha.

La derecha, en Europa, se ha identificado con la defensa del Estado y de la nación. Pero bajo la concepción chovinista, según la cual un Estado es siempre mejor que el otro. No hay dominación externa.

En América Latina es la izquierda la que asume la defensa del Estado y de las cuestiones nacionales, en contra de la explotación externa. El liberalismo fue siempre apropiado por la derecha en América Latina.

En la era neoliberal, la conexión entre liberalismo y mercado se ha vuelto estructural. Se ha dado la convergencia entre el liberalismo económico y el liberalismo político. En México, la llegada de los gobiernos del PAN a la presidencia en el 2000 fue saludada como la democratización de México. Claro que, después de los fracasos de los gobiernos de ese partido, los liberales no han hecho ningún balance de sus ilusiones y siguen apoyando candidatos de los partidos tradicionales, para evitar lo que para ellos es el mal más grande: la alternativa de izquierda.

Así en toda América Latina. Fernando Henrique Cardoso, supuestamente socialdemócrata, incorporó a los liberales a su gobierno, para realizar un gobierno neoliberal. En todos lados los liberales se han acomodado a los intereses del mercado, peleando contra el Estado y su capacidad de inducir el desarrollo económico, de garantizar los derechos sociales a la masa siempre postergada de la población, de poner en práctica políticas externas soberanas.

Es que los liberales latinoamericanos confunden combate contra el Estado como combate por las libertades. No se dan cuenta de que quien expropia los derechos de la gran mayoría de la población no es el Estado, sino el mercado, que ellos añoran como supuesto espacio de libertad. Libertad del capital, del gran empresariado, que expropia derechos, concentra renta: eso es lo que hace el mercado, frente al Estado mínimo que propugnan los liberales.

Los ricos no necesitan del Estado. Tienen los bancos privados, tienen trasporte privado, tienen educación privada, tienen planes privados de salud. Los que necesitan del Estado son los más frágiles, los más desvalidos, los excluidos, siempre que sea un Estado que deje ser instrumento de los poderosos y de los millonarios.

Los liberales no entienden a América Latina porque no se dan cuenta de que vivimos en sociedades capitalistas, en la era neoliberal. Que vivimos en sociedades oprimidas por el imperialismo. Son categorías esenciales –capitalismo, neoliberalismo, imperialismo– que ellos desconocen.

Ahora los liberales se concentran en México, en atacar a la candidatura que puede rescatar a México de las desgracias que los gobiernos neoliberales y el Tratado de Libre Comercio con EEUU han traído para el país. Su pánico es que un gobierno que defienda los intereses de la gran mayoría de la población mexicana, que defienda los intereses nacionales de México, que acerque México a América Latina, triunfe. Pero esa es la esperanza de la mayoría del pueblo mexicano y también de América Latina. Derrotar al neoliberalismo y a la subordinación a EEUU, para afirmar un México justo y soberano.

Fuente: https://www.alainet.org/es/articulo/191136

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