Category: Opinión

Viaje al extremo de una isla. Parte II: Rumbo a Guantánamo

101_1045

Salimos de Camagüey a las tres de la mañana. Nos esperaban varias horas de camino. Cada quien se acomodó en su asiento como pudo y comenzó la aventura que nos llevaría a Guantánamo y Baracoa. Mientras atravesábamos el extenso Camagüey me invadía la incertidumbre que provoca lo inesperado. Por momentos me invadía las dudas. ¿Valdría la pena el harakiri monetario que me acababa de hacer? El reencuentro feliz con los viejos amigos de bloguerías me separaba de esos pensamientos. Además, conocería de una vez la región más oriental de Cuba, viejo anhelo detenido en el tiempo.

Durante el trayecto, amparados por la oscuridad de la madrugada, la guagua se silenció totalmente. Cuando comenzó a clarear la gente comenzó a desentumecerse y se escucharon los primeros chistes y risotadas.

Ya era media mañana cuando desembarcamos en Guantánamo. Nos dirigimos a la Escuela del Partido, donde dormiríamos esa noche. Allí conocimos del abultado programa que habían preparado los anfitriones, anunciando los días de constantes aventuras y descubrimientos que aguardaban por nosotros.

por: arnaldomirabal

https://arnaldobal.wordpress.com/

¿Cómo construir un mejor Holguín?

calle_amauris08

 

“El mejor Holguín que queremos construir todos juntos” a veces parece un tanto lejano cuando al recorrer los barrios y hasta el propio centro de nuestra urbe observamos hechos y acciones de los propios holguineros, que más que construir, destruyen a nuestra hermosa ciudad cubana de los parques.
Basta tener los ojos y el corazón abiertos para sufrir con la indolencia y percatarse que para muchas personas, la propiedad social es de todos, pero al mismo tiempo de nadie, pues no se responsabilizan por su cuidado.
Innumerables son las inquietudes de quienes habitan el territorio, con planteamientos como el de los baches, algunos tan antiguos que se han unido para formar un gran bache piscina, cada vez que llega el agua.
Y ya que hablamos del preciado líquido, muy escaso por estos días dada la sequía que afecta a nuestra provincia, parece risible que en no pocos lugares se vea correr el agua calle abajo, producto de los incontables salideros o por la inconciencia de los vecinos que dejan las pilas abiertas.
En contraste con esta situación, se encuentran otros casos donde la escasez de agua provoca incontables males, entre ellos la falta de higiene y la molestia para quienes la necesitan para vivir y que a veces no la pueden obtener por irresponsabilidad de alguna entidad.
Asimismo sobran los malos ejemplos de gente que bota su basura en plena calle o de los colectores de desperdicios desbordados, pues comunales se pasa días y días sin recogerlos. Y así podríamos seguir citándolos, pero creo que resulta mejor hacer un alto y además de reconocer errores, tanto institucionales como cívicos, comenzar a accionar por el futuro.
Buscarse problemas, en el buen sentido de la palabra, al enfrentar esos males que nos rodean, debe ser obligación de todo el que se sienta verdaderamente holguinero. Pues solo así transitaremos por cualquier barrio o calle, sin esquivar el bache, los charcos de aguas albañales o la basura; porque solo así disfrutaremos de la convivencia pacífica y de la historia que nos ha distinguido entre otros pueblos cubanos.
Una historia que construimos a diario para tener siempre una hermosa ciudad.

Por Betsy Segura Oro

Cuando voy al zoológico de pronto me siento infeliz

20150514_121213

Desde la poza de la piña hasta el campismo el Yunque hay más o menos un kilómetro. Se puede ir caminando por tierra de un punto a otro, o nadando por el cauce del río Duaba. Cuando propuse ir por agua me di cuenta que nadie valoró esa posibilidad. Y me pareció absurdo. Así que esta vez, fuimos solo cuatro: Chely, Yondainer, Raúl (que se incorporó después) y yo. En una parte del tramo el fondo es muy profundo, y en otra es demasiado bajo: un pedregal insoportable para la planta de los pies, un calvario que al final uno prefiere sobrellevar flotando a costa de rayarse un poco el pecho.
Era una escena absurda, sin nada de gloria, vernos allí como cocodrilos que la corriente despoja de dignidad y son puestos bocarriba, encallarse en una piedra o dar vueltas. Pero en general fue una de las experiencias más finas que tuve en esta versión de la guerrilla. Hay muy poco peligro en este tramo, incluso yo que ando imaginándome siempre bichos bajo el agua, me sentí muy confiado porque el Duaba es un rio de montaña, no una ciénaga. La montaña es primigenia, sincera, ingenua; la ciénaga es cínica, pragmática, tierra de pícaros. Sé que suena fula, inflado, idiota pero la montaña, el monte y yo, siempre seremos esa gente que se aparta buscado un tono común, un poco de silencio, que de solo mirarse ya sabe lo que piensa uno y otro.
Bueno, la cuestión es que nadando por el tramo profundo comienzo a oír, -pues no hay nada más que oír- el choque del río contra la orilla, el discurrir del agua y su murmullo, algunos bichos que se adelantaban a la noche – el cielo iba poniéndose mate y todo se teñía de un tranquilo gris. Y le explico a Yon que ese murmullo del agua en primer plano, me hace recordar una de mis escenas cinematográficas preferidas, la del estanque en Luz Silenciosa de Carlos Reygadas. ¿Por qué es hermosa esta escena? En ella, no pasa absolutamente nada aristotélicamente hablando. Una experiencia pequeña, incluso sin consecuencias: unos hermanos pequeños con sus padres, pecosos, rubios, se bañan tranquilos, enjabonándose la cabeza, sin sobresaltos en una especie de piscina de rio, natural, represada. Escena que no estallará nunca, al menos no de forma causal. Una pequeñez que reflexiona sobre la pequeñez misma: el espectador se da cuenta que en ella no sucede nada en un marco cinematográfico contemporáneo donde por lo general suceden cosas extraordinarias o simples que deberán crecer o estallar después, como la famosa regla de Chejov: una pistola que aparece en el primer acto debe disparar en el último. En Luz Silenciosa la misión es otra: una historia de amor, extraordinaria no por su valor formal o sociológico, sino por su búsqueda documental aun siendo ficción. La del estanque es una escena que anuncia lo que pretende Reygadas en todo el filme: la expresión de Goethe: “detente momento eres tan hermoso”, es decir, hacer un alto y mirarnos vivir, latir a nosotros mismos.
Cuando vi Luz silenciosa por primera vez en 35 milímetros, creí en la intención de simular la mirada de un dios menor -es decir, acaso un alienígena- que visitaba la tierra y se maravillaba mirándonos. Criaturas que viven, inhalan y exhalan. Que viven y mueren, se alumbran y se apagan al mismo tiempo. Digamos que el dios menor en ese safari didáctico por el universo descubría en nosotros la grandeza de la Naturaleza. El no-actor es expresión máxima de este enfoque: se deja filmar, no posa, no actúa, no se enciende, porque cuando se actúa -bajo cualquier método- se pierde a ese hombre despojado y de bajo perfil que en verdad somos. Solo al no-actor lo podemos ver vivir y morir frente a la cámara. Mucho mejor si el que lo filma lo sabe. El que prefiere al no-actor le hace sobre todo un culto a la Naturaleza. Bueno, pretendí explicarle a Yon que la del estanque, era una escena valiosa por la misma razón, o predisposición sensible que nos impulsaba a nosotros a flotar lentamente, sin sobresaltos, por el Duaba. Nadando hasta el campismo por el cauce perseguíamos una experiencia poética -eso no se lo dije-, estética, épica, ingenua, despojada. En general queríamos inyectarle, y generarle valor al tiempo insulso que dedicaríamos en el traslado de regreso al campismo. El tiempo muerto, el sonido de las aguas, generaban la necesidad de detenernos sobre su simplicidad, sobre la simplicidad, y generarle un sentido. Haberlo hecho juntos propició la posibilidad de compartirla entre nosotros -Yon, Chely, Raul y yo- o en último caso con los que leen ahora este blog.
Pero que viajemos juntos a un campismo, a un safari de atracciones colectivas o personalizadas, no quiere decir que estemos juntos y en disposición de compartir. Mientras más atractivas son las vivencias menos posibilidad tenemos de generarle sentido, nuestro propio sentido, o mirar hacia un lado. No por gusto aquel viaje al Nicho, donde solo teníamos casas de campaña, un río, una comunidad vecina a la que tuvimos que abordar para sobrevivir, fue una de las más intensas y donde más nos conocimos unos a otros. En el mismo tono del río Duaba, y la escena del estanque de Reygadas, y Yon íbamos descubriendo algunos puntos en común: orinar de cara al monte; trabajar de madrugada y en silencio; la deliciosa celulitis que la mujer comienza a criar a medida que madura.
La experiencia de flotar por el rio, asistir a esa galería natural de grandes palmas, árboles de cacao, murmullos que nos miraban, pero indiferentes, tiene sentido para mí, pero no por ellos mismos, sino por la necesidad de compartirlos. La naturaleza, los lugares que visitamos, las proezas locales, estas son en última instancia, igualmente indiferentes, frías, enfocadas cada una en lo suyo. Una de las cosas que más me molestan de los zoológicos, lugar que detesto tanto como los circos, es la indiferencia trascendente de esas bestias encerradas. La forma oblicua en que me mira la hiena o el tigre que van de aquí para allá, me hacen sentir idiota. Solo piénsenlo: hay algo profundamente idiota en eso que hacemos, algo profundamente angustioso en el acto de encerrarlos y luego visitarlos. Me pregunto si el animal no lo siente, hablo en serio, solo es un sentimiento, no digo una idea, el animal debe sentirlo, es una pequeña sensación de vacío, al menos una vez en su vida. Siempre tuve ese sentimiento visitando un zoológico, desde niño: “hay algo mal en esto que hacemos, sí, hay algo mal en poner a ese gorila ahí -los patos no, todos saben que se lo pasan de maravilla-, pero los gorilas no”. Cuando voy al zoológico de pronto me siento infeliz. Para esas criaturas solo somos sombras. Cuando paso por la Plaza de la Revolución y veo a todos esos ancianos blancos, occidentales, tirándonos fotos, me siento un animal en su reja, y siento que lo prefiero, sé que harán con esas fotos, y que harán luego mañana y pasado mañana. Puedo sentir que sentirán ellos al llegar a sus casas y cerrar la puerta tras de sí. Entonces prefiero ser hiena, y mirarlos ajenos a esta catedral de contenido que soy capaz de generar en apenas cinco o seis metros cuadrados de jaula.

por: Carlos Melián Moreno

https://cronomelian.wordpress.com

Del cable, un pelo

del-cable-un-pelo

La noticia no me la dio el diario de la juventud cubana, que en un atípico rapto de primicias editoriales publicó antes que nadie las declaraciones de ETECSA; ni el noticiero del mediodía, que repite lo que ya vienen informando los medios desde la jornada anterior, sino un vecino joyero que suele entablar kilométricas discusiones conmigo sobre la posibilidad de que el dinero lo compre todo. “Casi todo”, le respondo siempre, y mantengo la cabeza en alto en un arranque de dignidad con el que le impido avasallarme.

De modo que entiendo su satisfacción de ayer en la mañana cuando me restregó en las narices las tarifas aprobadas para que los cubanos accedan a la red de redes. “¿Viste, periodista? El dinero ya compra hasta Internet”.

Iba a responderle que este país se ha propuesto priorizar el uso social de la tecnología, que se irán abriendo las capacidades en dependencia de los sectores que más necesiten la información, que se explotarán al máximo las facilidades del cable submarino de fibra óptica y un larguísimo rosario de argumentos que esgrimen los funcionarios del Ministerio de Comunicaciones en casos como este. Iba a responderle pero me contuve, porque saqué un cálculo de primaria: para navegar durante una hora por el ciberespacio -más allá del limitado ciberespacio nacional- un trabajador estatal promedio debe invertir el sueldo de cuatro o cinco días de trabajo. Me quedé sin palabras.

No pude explicarle, porque en principio no lo entiendo, que las exorbitantes tarifas de la navegación internacional favorezcan el tan cacareado “uso social” de Internet. Se pone Internet al alcance de quien lo pueda pagar y punto, sin traumas, sin que tal realidad pueda andarse enmascarando con eufemismos.

Tampoco le dije, por supuesto, que la liberación del acceso a Internet me confirma lo que ya sospechaba desde que se autorizó la compraventa de casas y carros, se eliminaron las trabas que impedían a los cubanos viajar al extranjero u hospedarse en los hoteles del país: que no hay peor coyunda al desarrollo personal que la precariedad de los salarios.

Por: Gisselle Morales Rodríguez 

https://cubaprofunda.wordpress.com

Inflación económica en Cuba: desentrañando el misterio

inflacion-cuba

Me llama la atención un artículo de la sección “Cartas a la Dirección” del periódico Granma, donde se publicó la opinión de un lector: “Sin control de los precios”, quien asegura que en innumerables artículos se ha criticado cuán elevados son algunos productos, tanto de los cuentapropistas como de los mercados estatales, sin embargo, la situación parece que no tiene solución y tampoco aparece un responsable. ¿Será tan difícil?

Pude seguir el ciclo productivo de uno de los condimentos que se encuentra en la cultura culinaria del cubano: el puré de tomate. Este es un ingrediente que se usa a diario en la cocina y hoy lo podemos encontrar en la cadena de tiendas del comercio minorista a un precio de 133 pesos un galón (3.78 litros). Representa el 30 % del salario medio del trabajador cubano en un mes.

El costo de producción de un galón de puré, incluyéndole todas las variables que influyen en su producción, es de 46 pesos. La Ministra (1) estableció, según la resolución No.93/13, un precio de 60 pesos con el cual es vendido este producto a Comercio Minorista. Dejando un margen de utilidad para la industria de 14.88 pesos, un 25% de los ingresos, esto le permite pagarle al trabajador que se encuentra directo a la producción un salario de 700.00 pesos mensuales como promedio. Además de fijar un precio de compra de la materia prima fundamental, el tomate, a 100 pesos el quintal (100 libras).

En entrevista con un grupo de campesinos estos me comentan que están muy contentos con los precios, lo consideran bastante justo y les dejan buenos dividendos: “cuando uno saca lo que le costó la semilla, preparar la tierra, los fertilizantes,  el abono y además de la mano de obra que te ayuda, sales con un 60% de ganancias”. Hubo campesinos a los que el Estado pagó 30 000 pesos por su cosecha de tomate.

Quien comercializa este producto, el Ministerio de Comercio Interior (MINCIN), lo vende con un sobreprecio de 72 pesos (133-60). El costo por galón no debe de ser muy alto, no tengo la información pero en las condiciones precarias que se encuentran la mayoría de sus establecimientos para brindar el servicio y los bajos salarios de sus trabajadores, no le incluyen al producto ningún valor agregado. El MINCIN es simplemente un intermediario que recibe un margen de ganancias cercano al 110 %. Con un sistema tan intrincado como innecesario, el MINCIN se convierte entonces en responsable de los precios inflados.

A lo mejor estoy equivocado porque no cuento con toda la información para hacer un análisis más objetivo y puede que esté siendo injusto con el Ministerio de Comercio Interior, pero precisamente estas carencias informativas son producto de una pobrísima cultura de protección y respeto a los consumidores.

Los Estados Financieros de las empresas cubanas son información clasificada, los artículos que he leído en la prensa o la televisión sobre este tema son sumamente superficiales y siempre desde la visión de la administración, se limitan a señalar como responsables a los cuentapropistas. Esta visión edulcorada y benevolente con las empresas y a la vez muy reduccionista a la hora de aplicar responsabilidades a los trabajadores por cuenta propia, es incompatible con los tiempos que corren.

Estos últimos también tienen su cuota de responsabilidad, desde hace rato está funcionando el tan deseado mercado mayorista pero de manera ilegal y de espaldas al Estado. Existe un grupo de productos deficitarios en la red de comercialización estatal que están mayormente en manos de los particulares. Estos van, gracias a sobornos y manos corruptas, desde los almacenes centrales del Estado directamente hasta los pequeños negocios legales. Los “empresarios emergentes” aplicando la “ley del acaparamiento” inflan los precios de estos productos, en algunos casos hasta un 200%. Así el capitalismo se va colando por nuestra economía bajo nuestras propias narices, mientras la indolencia de unos y la actitud de otros que prefieren ignorar el problema, lo permiten.

Entiendo y estoy de acuerdo en que el ron y los cigarros tengan precios muy por encima de sus costos de producción para desestimular su consumo, pero aplicar la misma política de precios con los productos básicos no lo creo correcto. Aquí tampoco se aplica la ley de oferta y demanda porque los precios son tan altos que existe la oferta pero no la demanda, para el cubano promedio estos productos son prácticamente inaccesibles.

Del análisis anterior surgen tres interrogantes:

¿Qué fórmula se aplica para fijar los precios de comercialización a los productos necesarios para la alimentación del pueblo?

¿El mayor margen de ganancias no debería ser para el productor primario (el campesino) y la industria que le incluye valor agregado al producto?

Con la falta que hace capitalizar la industria cubana, en este caso cuenta con tecnología del año 1945. ¿Por qué la industria tiene un margen de ganancias muy por debajo a las entidades comercializadoras?

(1) El precio de comercialización mayorista de estos productos es centralizado, lo aprueba la Ministra de la Industria Alimenticia según la resolución 451/12 del Ministerio de Finanzas y Precios que le dio esa facultad.

 

Por: Roberto G. Peralo (roberto.peralo@umcc.cu)

http://jovencuba.com

A %d blogueros les gusta esto: