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GARCÍA MÁRQUEZ: LA PRIMERA NOCHE DEL BLOQUEO

Aquella noche, la primera del bloqueo, había en Cuba unos 482 560 automóviles, 343 300 refrigeradores, 549 700 receptores de radio, 303 500 televisores, 352 900 planchas eléctricas, 286 400 ventiladores, 41 800 lavadoras automáticas, 3 510 000 relojes de pulsera, 63 locomotoras y 12 barcos mercantes. Todo eso, salvo los relojes de pulso que eran suizos, había sido hecho en los Estados Unidos.

Al parecer, había de pasar un cierto tiempo antes de que la mayoría de los cubanos se dieran cuenta de lo que significaban en su vida aquellos números mortales. Desde el punto de vista de la producción, Cuba se encontró de pronto con que no era un país distinto, sino una península comercial de los Estados Unidos. Además de que la industria del azúcar y el tabaco dependían por completo de los consorcios yanquis, todo lo que se consumía en la Isla era fabricado por los Estados Unidos, ya fuera en su propio territorio o en el territorio mismo de Cuba. La Habana y dos o tres ciudades más del interior daban la impresión de la felicidad de la abundancia, pero en realidad no había nada que no fuera ajeno, desde los cepillos de dientes hasta los hoteles de veinte pisos de vidrio del Malecón.

Cuba importaba de los Estados Unidos casi 30 000 artículos útiles e inútiles pera la vida cotidiana. Inclusive los mejores clientes de aquel mercado de ilusiones eran los mismos turistas que llegaban en el Ferry boat de West Palm Beach y por el Sea Train de Nueva Orleáns, pues también ellos preferían comprar sin impuestos los artículos importados de su propia tierra. Las papayas criollas, que fueron descubiertas en Cuba por Cristóbal Colón desde su primer viaje, se vendían en las tiendas refrigeradas con la etiqueta amarilla de los cultivadores de las Bahamas. Los huevos artificiales que las amas de casa despreciaban por su yema lánguida y su sabor de farmacia tenían impreso en la cáscara el sello de fábrica de los granjeros de Carolina del Norte, pero algunos bodegueros avispados los lavaban con disolvente y los embadurnaban de caca de gallina para venderlos más caros como si fueran criollos.

No había un sector del consumo que no fuera dependiente de los Estados Unidos. Las pocas fábricas de artículos fáciles que habían sido instaladas en Cuba para servirse de la mano de obra barata estaban montadas con maquinaria de segunda mano que ya había pasado de moda en su país de origen. Los técnicos mejor calificados eran norteamericanos, y la mayoría de los escasos técnicos cubanos cedieron a las ofertas luminosas de sus patrones extranjeros y se fueron con ellos para los Estados Unidos. Tampoco había depósitos de repuestos, pues la industria ilusoria de Cuba reposaba sobre la base de que sus repuestos estaban sólo a 90 millas, bastaba con una llamada telefónica para que la pieza más difícil llegara en el próximo avión sin gravámenes ni demoras de aduana.

A pesar de semejante estado de dependencia, los habitantes de las ciudades continuaban gastando sin medida cuando ya el bloqueo era una realidad brutal. Inclusive muchos cubanos que estaban dispuestos a morir por la Revolución, y algunos sin duda que de veras murieron por ella, seguían consumiendo con un alborozo infantil. Más aún: las primeras medidas de la Revolución habían aumentado de inmediato el poder de compra de las clases más pobres, y éstas no tenían entonces otra noción de la felicidad que el placer simple de consumir. Muchos sueños aplazados durante media vida y aun durante vidas enteras se realizaban de pronto. Sólo que las cosas que se agotaban en el mercado no eran repuestas de inmediato, y algunas no serían repuestas en muchos años, de modo que los almacenes deslumbrantes del mes anterior se quedaban sin remedio en los puros huesos.

Cuba fue por aquellos años iniciales el reino de la improvisación y el desorden. A falta de una nueva moral  –que aún habrá de tardar mucho tiempo para formarse en la conciencia de la población–el machismo Caribe había encontrado una razón de ser en aquel estado general de emergencia.

El sentimiento nacional estaba tan alborotado con aquel ventarrón incontenible de novedad y autonomía, y al mismo tiempo las amenazas de la reacción herida eran tan verdaderas e inminentes, que mucha gente confundía una cosa con la otra y parecía pensar que hasta la escasez de leche podía resolverse a tiros. La impresión
de pachanga fenomenal que suscitaba la Cuba de aquella época entre los visitantes extranjeros tenía un fundamento verídico en la realidad y en el espíritu de los cubanos, pero era una embriaguez inocente al borde del desastre.

En efecto, yo había regresado a La Habana por segunda vez a principios de 1961, en mi condición de corresponsal errátil de Prensa Latina, y lo primero que me llamó la atención fue que el aspecto visible del país habla cambiado muy poco, pero que en cambio la tensión social empezaba a ser insostenible. Había volado desde Santiago hasta La Habana en una espléndida tarde de marzo, observando por la ventanilla los campos milagrosos de aquella patria sin ríos, las aldeas polvorientas, las ensenadas ocultas, y a todo lo largo del trayecto había percibido señales de guerra. Grandes cruces rojas dentro de círculos blancos habían sido pintadas en los techos de los hospitales para ponerlos a salvo de bombardeos previsibles. También en las escuelas, los templos y los asilos de ancianos se habían puesto señales similares. En los aeropuertos civiles de Santiago y Camagüey había cañones antiaéreos de la Segunda Guerra Mundial disimulados con lonas de camiones de carga y las costas estaban  patrulladas por lanchas rápidas que habían sido de recreo y entonces estaban destinadas a impedir desembarcos. Por todas partes se veían estragos de sabotajes recientes: cañaverales calcinados con bombas incendiarias por aviones enviados desde Miami, ruinas de fábricas dinamitadas por la resistencia interna, campamentos militares improvisados en zonas difíciles donde empezaban a operar con armamentos modernos y excelentes recursos logísticos los primeros grupos hostiles a la Revolución. 

En el aeropuerto de La Habana, donde era evidente que se hacían esfuerzos para que no se notara el ambiente de guerra, había un letrero gigantesco de un extremo al otro de la cornisa del edificio principal: “Cuba, territorio libre de América”. En lugar de los barbudos de antes, la vigilancia estaba a cargo de milicianos muy jóvenes con uniforme verde olivo, entre ellos algunas mujeres, y sus armas eran todavía las de los viejos arsenales de la dictadura. Hasta entonces no había otras. El primer  armamento moderno que logró comprar la Revolución, a pesar de las presiones contrarias de los Estados Unidos, había  llegado de Bélgica  el 4 de marzo anterior, a bordo del barco francés “La Coubre”, y este voló en el muelle de La Habana con 700 toneladas de armas y municiones en las bodegas a causa de una explosión provocada. El atentado produjo además 75 muertos y 200 heridos entre los obreros del puerto, pero no fue reivindicado por nadie, y el Gobierno cubano lo atribuyo a la CIA.

Fue en el entierro a las victimas cuando Fidel Castro proclamo la consigna que había de convertirse en la divisa máxima de la nueva Cuba: Patria o Muerte.  Yo la había visto escrita por primera vez en las calles de Santiago, la había visto pintada a brocha gorda sobre los enormes carteles de propaganda de empresas de aviación y pastas dentríficas norteamericanas en la carretera polvorienta del aeropuerto de Camagüey, y la volví a  encontrar  repetida sin tregua en cartoncitos improvisados en las vitrinas de las tiendas para turistas del aeropuerto de La Habana, en las antesalas y los mostradores, y pintadas con albayalde en los espejos de las peluquerías y con carmín de labios en los cristales de los taxis. Se había conseguido tal grado de saturación social, que no había ni un lugar ni un instante en que no estuviera escrita aquella consigna de rabia, desde las pailas de los trapiches hasta el calce de los documentos oficiales, y la prensa, la radio y la televisión la repitieron sin piedad durante días enteros y meses interminables, hasta que se incorporó a la propia esencia de la vida cubana.

En La Habana, la fiesta estaba en su apogeo. Había mujeres espléndidas que cantaban en los balcones, pájaros luminosos en el mar, música por todas partes, pero en el fondo del júbilo se sentía el conflicto creador de un modo de vivir ya condenado para siempre, que pugnaba por prevalecer contra otro modo de vivir distinto, todavía ingenuo, pero inspirado y demoledor. La ciudad seguía siendo un santuario de placer, con máquinas de lotería hasta en las farmacias y automóviles de aluminio demasiado grandes para las esquinas coloniales, pero el aspecto y la conducta de la gente estaban cambiando de un modo brutal. Todos los sedimentos del subsuelo social habían salido a flote, y una erupción de lava humana, densa y humeante, se esparcía sin control por los vericuetos de la ciudad liberada, y contaminaba de un vértigo multitudinario hasta sus últimos resquicios. Lo más notable era la naturalidad con que los pobres se habían sentado en las sillas de los ricos en los lugares públicos. Habían invadido los vestíbulos de los hoteles de lujo, comían con los dedos en las terrazas de las cafeterías del Vedado, y se cocinaban al sol en las piscinas de aguas de colores luminosos de los antiguos clubs exclusivos de Siboney. El cancerbero rubio del hotel Habana Hilton, que empezaba a llamarse Habana Libre, había sido reemplazado por milicianos serviciales que se pasaban el día convenciendo a los campesinos de que podían entrar sin temor, enseñándoles que había una puerta de ingreso y otra de salida, y que no se corría ningún riesgo de tisis, aunque se entrara sudando en el vestíbulo refrigerado. Un chévere legítimo del Luyanó, retinto y esbelto, con una camisa de mariposas pintadas y zapatos de charol con tacones de bailarín andaluz, había tratado de entrar al revés por la  puerta de vidrios giratorios del hotel Riviera, justo cuando trataba de salir la esposa suculenta y emperifollada de un diplomático europeo. En una ráfaga de pánico instantáneo, el marido que la seguía trató de forzar la puerta en un sentido mientras los milicianos azorados trataban de forzarla desde el exterior en sentido contrario. La blanca y el negro se quedaron atrapados por una fracción de segundo en la trampa de cristal, comprimidos en el espacio previsto para una sola persona, hasta que la puerta volvió a girar, y la mujer corrió confundida y ruborizada, sin esperar siquiera al marido, y se metió en la limusina que la esperaba con la puerta abierta y que arrancó al instante. El negro, sin saber muy bien lo que había pasado, se quedó confundido y trémulo.

– ¡Coño! –suspiró– ¡Olía a flores!

Eran tropiezos frecuentes. Y comprensibles, porque el poder de compra de la población urbana y rural había aumentado de un modo considerable en un año. Las tarifas de la electricidad, del teléfono, del transporte y de los servicios públicos en general se habían reducido a niveles humanitarios. Los precios de los hoteles y de los restaurantes, así como los de los transportes, habían sufrido reducciones drásticas, y se organizaban excursiones especiales del campo a la ciudad y de la ciudad al campo que en muchos casos eran gratuitos. Por otra parte, el desempleo se estaba reduciendo a grandes pasos, los sueldos subían y la Reforma Urbana había aliviado la angustia mensual de los alquileres, y la educación y los útiles escolares no costaban nada. Las veinte leguas de harina de marfil de las playas de Varadero, que antes tenía un solo dueño y cuyo disfrute estaba reservado a los ricos demasiado ricos, fueron abiertas sin condiciones pare todo el mundo, inclusive para los mismos ricos. Los cubanos, como la gente del Caribe en general, habían creído desde siempre que el dinero sólo servía para gastárselo, y por primera vez en la historia de su país lo estaban comprobando en la práctica.

Creo que muy pocos éramos conscientes de la manera sigilosa pero irreparable en que la escasez se nos iba metiendo en la vida. Aun después del desembarco en Playa Girón, los casinos continuaban abiertos, y algunas putitas sin turistas rondaban por los contornos en espera de que un afortunado casual de la ruleta les salvara la noche. Era evidente que a medida que las condiciones cambiaban, aquellas golondrinas solitarias se iban volviendo lúgubres y cada vez más baratas. Pero de todos modos las noches de La Habana y de Guantánamo seguían siendo largas e insomnes, y la música de las fiestas de alquiler se prolongaba hasta el alba. Esos rengos de la vida vieja mantenían una ilusión de normalidad y abundancia que ni las explosiones nocturnas, ni los rumores constantes de agresiones infames, ni la inminencia real de la guerra conseguían extinguir, pero que desde hacía mucho tiempo habían dejado de ser verdad. A veces no había carne en los restaurantes después de la media noche, pero no nos importaba, porque tal vez había pollo. A veces no había plátano, pero no nos importaba, porque tal vez había boniato. Los músicos de los clubs vecinos y los chulos impávidos que esperaban las cosechas de la noche frente a un vaso de cerveza, parecían tan distraídos como nosotros ante la erosión incontenible de la vida cotidiana.

En el centro comercial habían aparecido las primeras colas y un mercado negro incipiente, pero muy activo, empezaba a controlar los artículos industriales, pero no se pensaba muy en serio que eso sucediera porque faltaran cosas, sino todo lo contrario, porque sobraba dinero. Por esa época, alguien necesitó una aspirina después del cine y no la encontramos en tres farmacias. La encontramos en la cuarta, y el boticario nos explicó sin alarma que la aspirina estaba escasa desde hacía tres meses. La verdad es que no sólo la aspirina, sino muchas cosas esenciales estaban escasas desde antes, pero nadie parecía pensar que se acabarían por completo. Casi un año después de que los Estados Unidos decretan el embargo total del comercio con Cuba, le vida seguía sin cambios muy notables, no tanto en la realidad como en el espíritu de la gente.

Yo tomé conciencia del bloqueo de una manera brutal, pero a la vez un poco lírica, como había tomado conciencia de casi todo en la vida. Después de una noche de trabajo en la oficina de Prensa Latina me fui solo y medio entorpecido en busca de algo para comer. Estaba amaneciendo. El mar tenía un humor tranquilo y una brecha anaranjada lo separaba del cielo en el horizonte. Caminé por el centro de la avenida desierta, contra el viento de salitre del Malecón, buscando algún lugar abierto para comer bajo les arcadas de piedras carcomidas y rezumantes da le ciudad vieja. Por fin encontré una fonda con la cortina metálica cerrada, pero sin candado, y traté de levantarla para entrar, porque dentro había luz y un hombre estaba lustrando los vasos en el mostrador. Apenas lo había intentado cuando sentí a mis espaldas el ruido inconfundible da un fusil al ser montado, y una voz de mujer, muy dulce, pero resuelta:

-Quieto, compañero –dijo-. Levanta las manos.

Era una aparición en la bruma del amanecer. Tenía un semblante muy bello, con el pelo amarrado en la nuca como una cola de caballo, y la camisa miliciana ensopada por el viento del mar. Estaba asustada, sin duda, pero tenía los tacones separados y bien establecidos en la tierra, y agarraba el fusil como un soldado.

-Tengo hambre –dije.

Tal vez lo dije con demasiada convicción, porque sólo entonces comprendió que yo no había tratado de entrar en la fonda a la fuerza, y su desconfianza se convirtió en lástima.

-Es muy tarde –dijo.

-Al contrario –le repliqué–; el problema es que es demasiado temprano. Lo que quiero es desayunar.

Entonces hizo señas hacia dentro por el cristal, y convenció al hombre de que me sirviera algo, aunque faltaban dos horas para abrir. Pedí huevos fritos con jamón, café con leche y pan con mantequilla y un jugo fresco de cualquier fruta. El hombre me dijo con una precisión sospechosa que no había huevos ni jamón desde hacía una semana ni leche desde hacía tres días, y que lo único que podía servirme era una taza de café negro y pan sin mantequilla, y si acaso un poco de macarrones recalentados de la noche anterior. Sorprendido, le pregunté qué estaba pasando con las cosas de comer, y mi sorpresa era tan inocente que entonces fue él quien se sintió sorprendido.

-No pasa nada -me dijo-. Nada más que a este país se lo llevó el carajo.

No era enemigo de le Revolución, como lo imaginé al principio. Al contrario: era el último de una familia de once personas que se habla fugado en bloque para Miami. Había decidido quedarse, y en efecto se quedó para siempre, pero su oficio le permitía descifrar el porvenir con elementos más reales que los de un periodista trasnochado. Pensaba que antes de tres meses tendría que cerrar la fonda por falta de comida, pero no le importaba mucho, porque ya tenía planes muy bien definidos para su futuro personal.
Fue un pronóstico certero. El 12 de marzo de 1962, cuando ya habían transcurrido trescientos veintidós días desde el principio del bloqueo, se impuso el racionamiento drástico de las cosas de comer. Se asignó a cada adulto una ración mensual de tres libras de carne, una de pescado, una de pollo, seis de arroz, dos de manteca, una y media de frijoles, cuatro onzas de mantequilla y cinco huevos. Era una ración calculada para que cada cubano consumiera una cuota normal de calorías diarias. Había raciones especiales para los niños, según le edad, y todos los menores de catorce años tenían derecho a un litro diario de leche. Más tarde empezaron a faltar los clavos, los detergentes, los focos y otros muchos artículos de urgencia doméstica, y el problema de las autoridades no era reglamentarlos, sino conseguirlos. Lo más admirable era comprobar hasta qué punto aquella escasez impuesta por el enemigo iba acendrando la moral social. El mismo año en que se estableció el racionamiento ocurrió la llamada Crisis de Octubre, que el historiador inglés Hugh Thomas ha calificado como la más grave de la Historia de la Humanidad, y la inmensa mayoría del pueblo cubano se mantuvo en estado de alerta durante un mes, inmóviles en sus sitios de combate hasta que el peligro pareció conjurado, y dispuestos a enfrentarse a la bomba atómica con escopetas.

En medio de aquella movilización masiva que hubiera bastado para desquiciar a cualquier economía bien asentada, la producción industrial alcanzó cifras insólitas, se terminó el ausentismo en las fábricas y se sortearon obstáculos que en circunstancias menos dramáticas hubieran sido fatales. Una telefonista de Nueva York le dijo en esa ocasión a una colega cubana que en los Estados Unidos estaban muy asustados por lo que pudiera ocurrir.

En cambio, aquí estamos muy tranquilos -replicó la cubana-. Al fin y al cabo, la bomba atómica no duele. El país producía entonces suficientes zapatos para que cada habitante de Cuba pudiera comprar un par al año, de modo que la distribución se canalizó a través de los colegios y los centros de trabajo. Sólo en agosto de 1963, cuando ya casi todos los almacenes estaban cerrados porque no había materialmente nada que vender, se reglamentó la distribución de la ropa. Empezaron por racionar nueve artículos, entre ellos los pantalones de hombre, la ropa interior para ambos sexos y ciertos géneros textiles, pero antes de un año tuvieron que aumentarlos a quince.

Aquella Navidad fue la primera de la Revolución que se celebró sin cochinito y turrones, y en que los juguetes fueron racionados. Sin embargo, y gracias precisamente al racionamiento, fue también la primera Navidad en la historia de Cuba en que todos los niños sin ninguna distinción tuvieron por lo menos un juguete, A pesar de la intensa ayuda soviética y de la ayuda de China Popular, que no era menos generosa en aquel tiempo, y a pesar de la asistencia de numerosos técnicos socialistas y de la América Latina, el bloqueo era entonces una realidad ineludible que había de contaminar hasta las grietas más recónditas de la vida cotidiana y apresurar los nuevos rumbos irreversibles de la historia de Cuba. Las comunicaciones con el resto del mundo se habían reducido al mínimo esencial. Los cinco vuelos diarios a Miami y los dos semanales de Cubana de Aviación a Nueva York fueron interrumpidos desde la Crisis de octubre. Las pocas líneas de América Latina que tenían vuelos a Cuba los fueron cancelando a medida que sus países interrumpían las relaciones diplomáticas y comerciales, y sólo quedó un vuelo semanal desde México que durante muchos años sirvió de cordón umbilical con el resto de América, aunque también como canal de infiltración de los servicios de subversión y espionaje de los Estados Unidos. Cubana de Aviación, con su flota reducida a los épicos Bristol Britannia, que eran los únicos cuyo mantenimiento podían asegurar mediante acuerdos especiales con los fabricantes ingleses, sostuvo un vuelo casi acrobático a través de la ruta polar hasta Praga. Una carta de Caracas, a menos de 1 000 kilómetros de la costa cubana, tenía que darle la vuelta a medio mundo para llegar a La Habana. La comunicación telefónica con el resto del mundo tenía que hacerse por Miami o Nueva York, bajo el control de los servicios secretos de los Estados Unidos, mediante un prehistórico cable submarino que fue roto en una ocasión por un barco cubano que salió de la bahía de La Habana, arrastrando el ancla que habían olvidado levar. La única fuente de energía eran los cinco millones de toneladas de petróleo que los tanqueros soviéticos transportaban cada año desde los puertos del Báltico, a 14 000 kilómetros de distancia, y con una frecuencia de un barco cada cincuenta y tres horas.

El “Oxford”, un buque de la CIA equipado con toda clase de elementos de espionaje, patrulló las aguas territoriales cubanas durante varios años para vigilar que ningún país capitalista, salvo los muy pocos que se atrevieron, contrariara la voluntad de los Estados Unidos. Era además una provocación calculada a la vista de todo el mundo. Desde el Malecón de La Habana o desde los barrios altos de Santiago se veía de noche la silueta luminosa de aquella nave de provocación anclada dentro de las aguas territoriales. Tal vez muy pocos cubanos recordaban que del otro lado del mar Caribe, tres siglos antes, los habitantes de Cartagena de Indias habían padecido un drama similar.

Las 120 naves mejores de la Armada Inglesa, al mando del almirante Vernon, habían sitiado la ciudad con 30 000 combatientes selectos, muchos de ellos reclutados en las colonias americanas que más tarde serían los Estados Unidos. Un hermano de George Washington, el futuro libertador de esas colonias, estaba en el Estado Mayor de las tropas de asalto. Cartagena de Indias, que era famosa en el mundo de entonces por sus fortificaciones militares y la espantosa cantidad de ratas de sus albañales, resistió al asedio con una ferocidad invencible, a pesar de que sus habitantes terminaron por alimentarse con lo que podían, desde las cortezas de los árboles hasta el cuero de los taburetes. Al cabo de varios meses, aniquilados por la bravura de guerra de los sitiados, y destruidos por la fiebre amarilla, la disentería y el calor, los ingleses se retiraron en derrota. Los habitantes de la ciudad, en cambio, estaban completos y saludables, pero se habían comido hasta  la última rata.

Muchos cubanos, por supuesto, conocían este drama. Pero su raro sentido histórico les impedía pensar que pudiera repetirse. Nadie hubiera podido imaginar, en el incierto año nuevo de 1964, que aún faltaban los tiempos peores de aquel bloqueo férreo y desalmado, y que había de llegarse a los extremos de que se acabara hasta el agua de beber en muchos hogares y en casi todos los establecimientos públicos.

Noventa años de los 7 ensayos de Mariátegui

tomado del blog: Segunda Cita
En los días 18 y 19 de octubre, con motivo de cumplirse ese mes noventa años de la aparición inicial del libro 7 ensayos de interpretación de la realidad peruana, de José Carlos Mariátegui, tuvo lugar en Lima, Perú, el Simposio Internacional sobre Mariátegui auspiciado por la Universidad de Valparaíso, el Centro de Estudios del Pensamiento Iberoamericano, el Instituto de Ciencia Alejandro Lipschutz y la Cátedra Mariátegui. Los organizadores le solicitaron a Roberto Fernández Retamar una carta para ser leída al inicio del Simposio, y la Directora de la Cátedra Mariátegui, tras concluir dicho Simposio, le envió otra. A continuación publicamos ambas cartas.

La Habana, 1 de octubre de 2018
Año 60 de la Revolución

Compañera Sara Beatriz Guardia
Directora de la Cátedra Mariátegui

Estimada compañera:

En atención a su honrosa solicitud, le envío esta carta para ser leída al inicio del Simposio Internacional en Conmemoración del 90º Aniversario de 7 Ensayos de Interpretación de la Realidad Peruana, de José Carlos Mariátegui.

Aunque el hecho es infrecuente, voy a dedicar esta carta a la memoria del compañero Antonio Melis, quien de estar vivo hubiera participado brillantemente en este Simposio. Él era muy joven, y yo no lo conocía aún personalmente, cuando leí su excelente ensayo «Mariátegui, primer marxista de América», que incluí en el número 48 (mayo-junio de 1968) de la revista Casa de las Américas: un número destacado también porque en él apareció el primer texto literario que, después de publicada la trepidante novela Cien años de soledad, su autor, Gabriel García Márquez escribiera y me enviara, siendo su colaboración inicial en la revista. Melis, uno de los mejores estudiosos de Mariátegui, llegó, como se sabe, a dirigir el notable Anuario Mariateguiano. Además integró el jurado del Premio Literario Casa de las Américas y, hecho ya un amigo fraterno, prologó un libro mío aparecido en Italia que fue traducido por su compañera.

He dicho en otras ocasiones, y me complace reiterar, que creo firmemente que la Revolución Cubana no solo es, como se proclama, martiana, marxista, leninista yfidelista, sino también mariateguiana. Asimismo he dicho, y repito, que nuestro socialismo ha sido y es, como Mariátegui quiso que fuera en nuestra América, creación heroica, aunque en raros momentos, infelices, incurriera en calco y copia.

No puedo imaginar siquiera que lectores tan voraces y omnívoros como Fidel y el Che no hayan leído a Mariátegui, al menos sus imperecederos 7 ensayos, que por cierto la Casa de las Américas publicó, como segundo título de su Colección Literatura Latinoamericana, en 1963, es decir, cuando el Che se encontraba aún en Cuba, y reeditó después en varias ocasiones. Luego publicó, en la Colección Pensamiento de nuestra América (que se inició con una vasta antología de textos del Che que compilé), una selección en dos tomos de Obras (1982) de Mariátegui, escogidas por Francisco Baeza y prologadas por Enrique de la Osa. Mariátegui es presencia constante en la Casa de las Américas, como lo ratifican no pocos textos relativos a él que ha editado. Y en la conmemoración de su centenario, la Casa realizó el Coloquio Internacional Mariátegui en el pensamiento actual de nuestra América, que tuvo lugar en la sala Che Guevara de la institución, del 18 al 21 de julio de 1994. En él participó el doctor Javier Mariátegui Chiappe, el más joven de los hijos del Amauta, quien ya había estado antes en Cuba, ocasión en que, a solitud suya, nos reunimos en vísperas de su muerte con el destacado intelectual cubano Juan Marinello, quien se había carteado con su padre. Dicho Coloquio se realizó cuando Cuba vivía la durísima experiencia del llamado Periodo Especial en Tiempo de Paz, lo que implicaba una gran escasez material. Por ello no pudimos costear la publicación de los materiales presentados en el Coloquio, y la Empresa Editora Amauta S.A. lo hizo en Lima, indicando que era una coedición con la Casa de las Américas; ni pudimos costear el pasaje de los invitados, a lo que el doctor Javier Mariátegui aludió con delicadeza pero con claridad en sus palabras de clausura al decir, refiriéndose a nuestra institución, que «[c]on escasos recursos, tuvo su invitación tal fuerza de convocatoria que fue generosamente acatada por los participantes, principalmente por los venidos de fuera». En aquel Coloquio intervinieron, entre otros, Antonio Melis, Antonio Cornejo Polar, Mabel Moraña, Jorge Ruffinelli, Edgar Montiel, Roberto Armijo, Guillermo Mariaca Iturri, Tomás. Escajadillo, Neil Larsen, Harry E. Vanden, Javier Bernal Vence y un grupo de pensadores cubanos, jóvenes la mayoría.

Es imprescindible que mencione lo mucho que mi modesta tarea intelectual debe a Mariátegui: no solo a sus 7 ensayos, sino también a otras de sus obras. Lo proclaman mi texto más conocido, «Caliban», y al menos dos de mis libros: Para una teoría de la literatura hispanoamericana y Algunos usos de civilización y barbarie, que han conocido varias ediciones.

El notable estudioso Michael Löwy, en su valiosa antología del marxismo en la América Latina (1980), señaló en él tres períodos durante el siglo XX. Al primero lo llamó «período revolucionario», y lo consideró desde los años veinte hasta mediados de los años treinta. Cuba estuvo presente, en la ocasión, gracias a figuras como Julio Antonio Mella y Rubén Martínez Villena. Pero sin duda la criatura solar de ese momento fue José Carlos Mariátegui, de pensamiento pasmosamente amplio y audaz, acompañado de una praxis formidable. Para Löwy, el segundo período del marxismo latinoamericano del siglo XX, comprendido entre mediados de los años treinta y 1959, fue el «período estalinista». Significativamente, se discutió entonces el valor de los extraordinarios aportes de Mariátegui, como se vio en artículos aparecidos en varios números de la revista cubana Dialéctica. Y un tercer y «nuevo período revolucionario» del marxismo latinoamericano, según Löwy, se abrió con la victoria en 1959 de la Revolución cubana. De manera significativa, Mariátegui volvió a ser figura estelar. Melis, entrados los años sesenta del siglo pasado, lo comentó así: «El pensamiento de Mariátegui ha conocido en los últimos años una fortuna renovada, sobre todo a raíz del despertar político de la América Latina. Es significativo que la Cuba socialista haya promovido una edición popular de los Siete ensayos, y que el debate sobre la experiencia de Mariátegui se desenvuelva con más intensidad donde más viva es la lucha política.»

Pero la Revolución cubana está a punto de cumplir sesenta años, y es explicable que Marco Álvarez, en reciente entrevista a Löwy, le preguntara cómo denominaría él la etapa del marxismo en la América Latina durante los últimos veinticinco años, y cuáles serían sus principales características. Löwy le respondió sin sugerir nombre para la etapa y aduciendo distintas conjeturas. Por otra parte, se trata de una interrogación ante la cual no es posible la violenta derechización actual del mundo, con un capitalismo particularmente depredador, renacidas guerras coloniales, brutal xenofobia e incluso amagos fascistas. Al frente del imperio se halla quien he llamado Calígula atómico, mientras el politólogo John Saxe-Fernández se ha referido al nacionaltrumpismo. Y en estas condiciones, indudablemente, el pensamiento y la acción de Mariátegui son tan necesarios como siempre: y quizá mucho más aún. De ahí que tengan tanta importancia reuniones como el Simposio presente. No se trata de salvar a Mariátegui, sino de que sus lecciones y sus batallas contribuyan a salvar la humanidad. Se sabe bien que la gran Rosa Luxemburgo consideró que si el capitalismo no era sucedido por el socialismo, podía serlo por la barbarie. Tal es la dramática opción en todo el planeta.

Así como inicié esta carta de modo no convencional, voy a concluirla de manera similar, que creo que no hubiera disgustado a quien, como el peruano universal, evocó tan conmovedoramente su amor con Ana Chiappe, la preciosa muchacha que conoció en Italia cuando ella tenía diecisiete años. Terminaré citando versos del último poema que escribí a mi inolvidable compañera, Adelaida de Juan, desaparecida hace pocos meses tras más de sesenta y cinco años de unión que solo la muerte, como preví en otros poemas, pudo romper:

Casi imposible recordar algo
​​Sin recordarte a ti también.
​​​Al principio, tenías diecisiete años,
​​​Un traje sastre color arena,
​Un foulard verde,
​​​La sonrisa, los ojos tristes.
​​​Luego, un pañuelo en la cabeza,
​​​Sandalias,
​​​Caminando por la carretera bajo el sol. […]

Han pasado los años como olas​
​​​Del mar sobre la orilla,
​​​Tranquilas o encrespadas. 

Ya lo dijo Mariátegui:
La vida
Que te falta
Es la vida
Que me diste.​​​.​​​​

Fraternalmente,
Roberto Fernández Retamar

++++

[Lima], 20 de octubre de 2018​​

Estimado compañero Roberto Fernández Retamar:

Ayer concluyó el Simposio Internacional 7 ensayos noventa años. Treinta ponencias estudiadas, analizadas, bien documentadas. Dos intensos días de análisis, propuestas, ideas, voluntad de luchar y pensar. Todo lo cual empezó con la lectura de su carta, escuchada con atención y respeto. Pero no sé qué ocurrió. Cuando llegué al final se me quebró la voz:

​​​Han pasado los años como olas
Del mar sobre la orilla,
Tranquilas o encrespadas
​​Ya lo dijo Mariátegui:
​​​ La vida
​​ Que te falta
​​ ​Es la vida
​​ ​Que me diste.

Apenas musité: Fraternalmente, Roberto Fernández Retamar.
Y un estruendoso aplauso expresó nuestro inmenso afecto por usted.

Fraternalmente,
Sara Beatriz.

Cáncer: te confieso mis miedos

Tomado del blog: Bitácora de Glenda

El día que el médico de guardia me examinó los senos, yo ni siquiera podía excitarme con su cara de doctor lindo. Estaba asustada.

Mis miedos comenzaron en 2013, pero no con el cáncer de seno de mi hermana Kenia. Mis miedos comenzaron un domingo mucho después, con mis propios dolores en los senos… y no se han marchado más.

Desde entonces una displasia —normal a mi edad y por mi condición de nulípara— debe ser evaluada cada tres meses con ultrasonido y examen médico. Los antecedentes de cáncer en mi familia así lo sugieren.

Cada consulta, cada ultrasonido, es una prueba de resistencia a mis nervios. Nada puede disimular mis dientes apretados, nada puede calmarme: ni 500 padres nuestros y avemarías, ni un juego en el celular, ni un buen libro, ni conversar de cualquier tontería o tema interesante. Tengo miedo, siempre.

Hace dos años el seguimiento a una imagen en ambos senos me tuvo en vilo durante mucho tiempo. Una desapareció, la otra comenzó a crecer. “Hay que operar, no voy a correr riesgos”, me tranquilizó mi doctora… y también me asustó.

Yo era la operada número 4 de siete. La lista era por edad. Las tres muchachas que me sucedían se habían operado ya otras 2 veces. Y aunque disimulé calma, ellas notaron mis nervios. Y yo noté los suyos, a pesar de conocer el procedimiento.

Cambio de ropa: bata verde. Silla de ruedas: preoperatorio. Agujitas en las orejas para los nervios. Salón quirúrgico: cuatro médicos; brazo izquierdo amarrado; hidrocortisona en vena para el asma; anestesia general… y todo se apagó.

Desperté 45 minutos después en postoperatorio. Seno izquierdo vendado. Receta con pastillas para el dolor, método para limpiar la herida. Reposo por 15 días. Y el brazo izquierdo sin poderlo levantar.

Luego vino la rehabilitación por una bursitis, la consulta de seguimiento externo, la recogida de la biopsia. Negativa. Alivio. Llanto. Todavía miedo.

La cicatriz hizo un queloide en mi seno izquierdo. Desnuda frente al espejo no se ve, pero se descubre al tacto. Es mi marca personal, y hay quien dice que me vuelve una mujer más interesante, como imperfecta, más real. Yo he aprendido a quererla, más allá de esteticidades.

Cada tres meses vuelve el ciclo atemorizante. Sigo con mucho miedo, pero mi cicatriz me recuerda que el miedo no me puede paralizar.

Las invasiones bárbaras

Tomado del blog: Golpeando el Yunque

A propósito de la columna de migrantes hondureños que marchan hacia Estados Unidos.

Rafael Cuevas Molina/Presidente AUNA-Costa Rica

Migrantes hondureños a la espera de cruzar
la frontera entre Guatemala y México.

Nosotros los pueblos de la periferia, los abatidos por la violencia y la pobreza, gobernados por pequeños reyezuelos corruptos que ostentan su riqueza y su poder en sus pequeñas cortes de genuflexos cortesanos. Nosotros los perdedores de siempre, los que no aparecemos en los tratados de literatura o de la historia mundial, los que no hacemos arte sino folclor; los que estamos apenas comenzando, los que vamos bien pero “les falta mucho”.

Nosotros los muertos de hambre, a los que nos llegó el cambio climático sin avisar y por sorpresa, a los que se nos van los hijos transformados en esqueletos andantes de enormes vientres y pesadas cabezas de marcianos moribundos; nosotros los de los labios secos, los de los pelos hirsutos, opacos y resecos, los ancianos prematuros. Nosotros los tarados, los que fuimos desnutridos desde el vientre primigenio, a los que se nos secó el cerebros, a quienes se nos fueron apagando las neuronas poco a poco al tragar leche lavada de las tetas flácidas.

Nosotros los mugrosos, los harapientos, los feos, los hediondos, los que extendemos la mano suplicante musitando letanías y plegarias mientras mostramos nuestras llagas, nuestros miembros tullidos, los espacios desdentados de nuestras bocas malolientes. Nosotros los de las esquinas sucias, los que vivimos entre orines, en los rincones oscuros alfombrados con cartones.

Nosotros los invisibles, a los que nos cierran las ventanillas de los carros, los vistos con horror por las muchachas rozagantes, los posibles violadores, los posibles asaltantes, los posibles agresores, los violentos, los malos, los desviados.

Nosotros los de la orilla de la orilla, los que venimos de ese paisito de mierda que nadie sabe nunca en dónde queda, los que siempre salen de Guatemala para caer en Guatepior, los que aún estando en Guatepior no sentimos mejor que en Guatemala.

Nosotros los expulsados, lo echados, los salidos por la tangente, los eternos desarraigados, los eternos anhelantes de los volcanes azules, de los lagos transparentes, de las mañanas vaporosas que solo existen en la mente.

Nosotros los del tren de la muerte, los que cruzamos ríos, los que yacemos en las fosas clandestinas de Chihuahua, de Nayarit, de Tamaulipas. Nosotros los secuestrados en el desierto de Sonora, los cazados como venados por rancheros panzones y pedorros en sus haciendas de Arizona; los apresados por las patrullas fronterizas, los encerrados en gallineros, los separados de los hijos y las hijas.

Nosotros los malditos, los anatemizados en discursos altisonantes aplaudidos por muchedumbres enardecidas, los causantes de zozobra, de odio, de miedo, de incertidumbre. Nosotros los acusados de amenazar al imperio, de poner en jaque sus torreones fronterizos, de hacer peligrar su gran dominio, de quitarle la comida de la boca a sus buenos ciudadanos.

Nosotros nos hemos puesto nuevamente en movimiento, hemos echado a andar en largas caravanas que cada vez serán más grandes y golpearán las murallas que protegen al imperio. Nosotros somos miles de miles de imparables y nos multiplicamos como langostas.

Nosotros, los bárbaros, haremos caer al imperio.

Céspedes. Una figura hechizante

Tomado del Blog Turquinauta

Por su valor testimonial, Turquinauta repone la intervención del Dr. Eusebio Leal en el Salon de Mayo del Pabellón Cuba,  el 28 de agosto del 2016.

Eusebio Leal habla de Carlos Manuel de Céspedes

Yo tenía el conocimiento de Céspedes que se adquiere en los libros, en el anecdotario infinito, ya conocemos aquellos años tan importantes para Cuba. Yo visitaba a un historiador que estaba muy enfermo, al extremo de que, al lado de su escritorio, tenía un balón de oxígeno. Estaba muy mal el ancianito, entonces, él se había dedicado a las mujeres de la historia de Cuba que habían sido agraviadas o desconocidas, allí estaba trabajando en esas mujeres.
Trabajaba por ejemplo en Carmen Zayas Bazán, que ha sido muy calumniada por el solo hecho de que no se entendió con Martí. No pudo ser, cuantas veces ha ocurrido eso, sería eso necesario para exigirle que fuera ella una nueva Amalia Simoni, o una Mariana o una Manana; no es posible, cada cual tiene a veces un signo. Y esa discordia generó para la historia romántica de Cuba, toda una página que Cintio y Fina resolvieron cuando encuentran el libro de bodas -que nosotros reprodujimos- y donde aparecen lo que los amigos escribieron a partir de aquel matrimonio celebrado en México.
Claro, había un peso muy grande en esa figura, y yo cuando leo sus versos: El infeliz que la manera ignore/ de alzarse bien y caminar con brío/ que de una virgen celeste se enamore/y arda en su pecho el esplendor del mío. Es él hacía ella, con un verso que se llama “Dolor a grietas” entonces el historiador José de la Luz León que firmaba con el seudónimo de Clara del Claro Valle en el periódico El Mundo, que había escrito un libro precioso sobre Ramón Emeterio Betánces, estaba escribiendo también sobre Ana de Quezada que había sido calumniada, gravemente calumniada.
Por ese tiempo yo visitaba a Hortensia Pichardo y a Fernando Portuondo que eran los cespedianos fundamentales para mí. Tan es así que la Habana no tenía un monumento de Céspedes, y fueron ellos lo que lo colocaron en el Instituto de la Víbora, pagado con sus esfuerzos y el de las personas que lo lograron. Yo los visitaba, la pasión de ellos era Céspedes y habían escrito unos tomos maravillosos donde está en gran medida la historia de aquel gran hombre. Había leído el elogio de Martí, de Céspedes y Agramonte, en su espíritu de buscar la cohesión y vencer las cosas que separan a los individuos que tienen una determinada aspiración.
En esa pasión un día compré un libro en la plaza, en algún lugar, en una librería y dentro tenía un papelito con un manuscrito, era un papelito de Céspedes arrancado de una carta en el cual decía algo así como: “Primero triunfará la injusticia y después finalmente se abrirá paso la verdad” y yo me fui corriendo con el papel a ver a Hortensia Pichardo y le dije. Doctora mire esto. Ella veía todavía, vio el escrito y me dijo. Es él. Ellos vivían obsedidos por el diario que Céspedes escribió y que su paradero era totalmente desconocido. Solamente se había publicado una parte de ese diario y las cartas de él a Ana de Quezada su esposa.
Antes tenemos que decir Céspedes era viudo, su esposa había muerto poco antes del 68 de hechos hay una leyenda áurea de que la franja azul de la bandera de Céspedes, fue tomada del velo que cubría el retrato de Carmen. Creo que lo fueron a detener cuando ella estaba gravemente enferma. Viudo desolado e inconsolable, pasó el tiempo y vino la Revolución como una especie de tormenta y cuando llega a Camagüey, conoce a la muy bella, joven y tempestuosa Ana de Quezada, hermana de los Generales Rafael y Manuel de Quezada que venían de México, donde habían escrito una página muy bella y ahora se sumaban al esfuerzo de los camagüeyanos. Entonces cuando Céspedes la conoce surge un flechazo a pesar de que él tenía cuarenta tantos años y ella veintitantos y surge esa pasión tremenda, de la cual nacieron dos niños: Gloria de mis Dolores se llamó una y Carlos Manuel el otro.
José de la Luz león nunca me dijo que tenía el diario de Céspedes que faltaba, pero cuando él murió, su viuda Adis Dana, hija de Charles Dana el famoso amigo de Martí, me llama y me dice. Óigame venga por aquí que mi esposo dejó algo para usted. Fui a casa de ella y me da un sobre manila que dice. Estos papeles son de mi patria. Y dentro estaban los dos diarios, las dos libretas, una grande y una pequeña, pero además las cartas de Ana de Quezada en su diálogo epistolar, con los que habían adquirido el diario, de manos españolas y ahora, a pesar de que estaba dedicado a ella, con su dirección en Nueva York donde debían llevárselo, esta persona le retenía el diario diciendo que era un “trofeo de guerra”, y ella le responde colérica. ¿Cómo es posible que un cubano diga que el diario de Céspedes es un trofeo de guerra de los españoles, comprado por unos centavos en una taberna? Además vienen las cartas en que la calumnian a ella que también él las había adquirido.
¿De dónde había salido eso? Había salido del archivo de Manuel Sanguily, cuando la viuda de su hijo Sara Cuervo se fue a ir de Cuba, ella fue a ver a Raúl Roa y Roa le abrió el camino por haber sido la viuda de un oficial del ejército y de una figura de la historia, el hijo de Manuel Sanguily. Ella le dejó una serie de papeles a Roa, que en artículo mortis me entregó a mí, fui a casa de Roa, ya acostado y me entregó los papeles de Maceo que están en nuestro archivo, pero los de Céspedes ¿dónde estaban? Habían estado en ese archivo que era un archivo muy grande que tenía Sanguily.
Cuando empecé a leer el diario me quedé estupefacto porque hay cosas que se dicen ahí que hasta ahora la historia no había referido, cosas tremendas, en las cuales aparece un hombre lleno de carácter, lleno de fuerza y al mismo tiempo la víctima de un proceso político- con sus responsabilidades personales también- porque lo peor que podemos hacer es tratar de reducir la condición de un gran hombre, o una gran mujer, y tratar de separarlo de su condición humana. Él es un hombre de pasión, pongo un ejemplo: Ella lo acompaña a la Sierra y está con él allá arriba en el campamento, hasta que decide que hay que sacarla del país porque estaba embarazada. La llevan hasta un punto de la costa, en el que también está el poeta Juan Clemente Zenea, que había venido a Cuba con una misión compleja y ahora se iba. Se le atribuyó a Zenea haber sido el delator de ella, ella lo creyó también, porque cuando llegaron los españoles y capturaron a los que estaban allí, ella enseguida se identificó, mientras que él saca un pasaporte español. Es una historia de la cual un día daré una conferencia. Es tremendo eso, es casi una novela.
A ella la traen para la Habana, la encierran en la Casa de Recogidas de San Juan Nepomuceno y de ahí le toman la fotografía en la que está toda de negro, asistiendo a la entrevista con el Capitán General, Conde de Balmaceda, que era un hombre de armas tomar. Él le pide a ella que medie, para que su esposo acceda, después de haber apretado a Céspedes hasta el límite del fusilamiento de su hijo Oscar, que provocó sus célebres palabras. Ella le responde que. Es la esposa del Presidente de la República. Y el Conde se molesta y le dice. No importa, un cubano me lo entregará. Como así fue.
En el diario viene el dilema de esa estrella que es el líder del movimiento y al mismo tiempo su deposición y su entrega a la soledad de un lugar llamado San Lorenzo, donde es sorprendido.
Todo eso estaba en el diario. Eso provocó en mí un extraordinario reconocimiento, de que esta figura era la piedra angular de la historia de Cuba, y que sin esa piedra, el arco no podía de ninguna manera cumplir su papel de resistir la carga que tiene encima. De hecho cuando Martí se enfrenta a la figura de Céspedes así lo describe en su maravillosa semblanza, cuando él todavía era el hombre que fue antes: con el pelo a la moda, perfectamente arreglado, con el traje elegantísimo, con el diamante en el dedo, con el bastón de carey y oro; todo lo cual deja en el camino y al final es un peregrino en medio de los ríos crecidos, de la pobreza del monte, de las desdichas y el infortunio de la guerra y solamente se vestirá de nuevo, con lo mejor que tenía, el día de su muerte.
Quiere decir va a asistir a un matrimonio que le ha sido revelado unas noches antes, tiene un sueño premonitorio en el cual va describiendo a cada uno de sus enemigos políticos, haciendo un juicio de cada uno de ellos, pero antes, revela que había soñado que estaba en una boda y que él era el novio. Se presentaba su difunta esposa Carmen cubierta por un velo, pero de pronto él cree que está casándose con otra mujer y como lo ha creído así, cuando se revela que es ella, se abraza y llora. Todo eso está escrito en el diario. Hay una mano profana que escribió “Qué extraño que unas horas antes de su muerte Céspedes sueñe con muertos y aparecidos”
Esa figura ha sido muy hechizante para mí, es una figura para mí completa, viajero, recorrió parte del mundo de aquella época, políglota, poeta, escribió versos a la naturaleza al país, pequeño de estatura, para demostrar que no hay nada pequeño para un hombre grande, buen jinete, enamorado como tiene que ser todo cubano. Si no es muy enamorado entonces no reconoceremos en nosotros la estirpe patricia que nos llega, ahí viene todo. Mi tesis de trabajo de la universidad la hice sobre Céspedes y me recuerdo en el cementerio Santa Ifigenia cuando le llevé allí las flores de devoción a su tumba.
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