Dios y las heridas

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Por: Yaimara Cao
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Hay en los niños una sensibilidad especial. Ellos viven en un mundo donde lo real y lo imaginario don cómplices para explicar lo increíble. Alguien lo dijo así “hay poesía y hay fantasía en los niños” . La inteligencia y la imaginación de un niño o una niña puede cambiarlo todo porque ellos ven donde los ojos no alcanzan, juntan lo que las ideologías separan, viven sin buscar la maldad, sin otro fin que seguir, como Peter Pan, seguir siendo niño.

Comparto algunas experiencias de mi carrera más importante, la que no se puede postergar, ni te da vacaciones, la de ser madre. Renecito es mi niño, un chiquillo hermoso, travieso y saludable que nació cuando en el noveno año del siglo XXI. Recuerdo que en esos días las noticias anunciaban la turbulencia del golpe de Estado en Honduras, recuerdo que pasé muchas horas siguiendo los acontecimientos desde la cadena Tele Sur.

Hace unos días, Renecito, muy serio me comentó en tono de sentencia “Mamá, Dios no existe” y luego para superar a Friedrich Nietzsche aseguró “Dios soy yo por dentro, porque por fuera soy Renecito… Dios somos todos”. Mi pequeño de ocho años trataba de encontrar al Dios del que le habla su abuelita. ¿Cuántas teorías puede derribar la imaginación de un niño?
En estos días, aquejada de una lesión en la pierna pasé mucho tiempo con él porque se negó a irse con el padre para no dejarme sola, ni ante la tentación de visitar el Zoo o la playa cedió, pero no estaba lastimero, ni me condolía, me cuidaba con naturalidad. “Tu no tienes heridas mamá” me dijo mientras reposaba en el sofá. “Tu no tienes heridas, heridas tiene abuela, porque tu no tienes arrugas y abuela sí, las arrugas son heridas”. Otra vez la profundidad, la hondura del pensamiento infantil que descubre las cicatrices y las heridas de los años en las arrugas de la piel.

Mi pequeño, un niño cubano, aprende en la pregunta crece en el diálogo, admira el conocimiento, y con sus ocurrencias oportuna hace feliz a quienes saben mirar lejos.
Quiero cultivar los sueños anhelos y esperanza mi niño, y de todos los niños del siglo XXI perseguidos por “lo digital” “lo tecnológico”. Quiero que todos consideremos, incluso aquellos con la posibilidad de decidir sobre los demás que Dios somos todos, Dios está en nuestras propias fuerzas y con ello contamos para los cambios que a gritos pide la humanidad.

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