EL CALLEJÓN DE LOS MILAGROS, UN AÑO DESPUÉS

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El próximo 27 de octubre se estará cumpliendo un año de la inauguración “oficial” del Proyecto de Fomento de la Cultura Audiovisual “El Callejón de los Milagros”. La elección de la fecha no fue gratuita, pues ese día se celebra, gracias a la UNESCO, el Día Internacional del Audiovisual.

En realidad el Proyecto ya había iniciado sus actividades desde el mes de febrero anterior, cuando se realizó el Primer Encuentro sobre Cultura Audiovisual y Tecnologías Digitales, pero hablamos de una “inauguración oficial”, porque aquel 27 de octubre dejamos inaugurado el primer Portal del Paseo Temático, creado por el grupo Orsis, y fue hermoso ver cómo un gran número de personas se congregaban en Nuevo Mundo, y comenzaban a descubrir las infinitas posibilidades que brinda el uso creativo de la tecnología.

Por lo que la prensa anunció por esos días, aquello prometía convertirse en el inicio de esa segunda Campaña de Alfabetización que tanto necesita el país, vinculada en este caso a lo tecnológico. Y las esperanzas eran mayores, pues detrás del Proyecto podíamos encontrar como entes rectores al Sectorial de Cultura en la provincia, el Centro Provincial del Cine, la Asociación Hermanos Saíz, y la Unión de Informáticos de Cuba. Y además de ello, psicológicamente se contaba con la buena opinión que sobre el proyecto aún tiene el primer vicepresidente Miguel Díaz Canel, una de las personas que más ha defendido en el país la necesidad de informatizar la sociedad.

Sin embargo, un año después todo ha quedado en la promesa. Por poner algunos ejemplos: en el Complejo Audiovisual Nuevo Mundo siguen faltando las máquinas que se necesitarían, no para jugar, sino para organizar los talleres que pueden impulsar el mencionado uso creativo, mientras que la imagen de la institución (la primera de su tipo creada en el país) peor no puede ser, con esas puertas desvencijadas que en dos años la empresa Dural no ha conseguido reponer, no obstante el sinnúmero de gestiones. Y del anuncio de una futura “calle inteligente de los cines” solo queda el recuerdo de las ponencias presentadas en el Segundo Encuentro sobre Cultura Audiovisual y Tecnologías Digitales.

Algunos se preguntarán: ¿cómo es posible que nada suceda en un lugar donde está creada toda la infraestructura que permitiría desplegar las más revolucionarias actividades? El asunto no es tan sencillo de explicar, toda vez que las dinámicas culturales resultan absolutamente impredecibles: más allá de la voluntad individual o institucional siempre estará esa gran masa de prejuicios que movilizan o inmovilizan en el aspecto creativo a los seres humanos. Porque es un mito eso de que somos por esencia creadores: la creatividad es algo que hay aprender a cultivar, ya que por lo general lo que estamos haciendo es imitar los actos que hemos aprendido de los otros.

Siempre me gusta recordar que todo esto nació a raíz del Primer Foro sobre Consumo Cultural que organizamos en La Habana. En las conclusiones de aquel primer evento suscribimos la necesidad de pasar de la teoría a la construcción de una agenda práctica, donde hablásemos menos y creásemos más. Hasta ahora el Proyecto ha sido eso: no estamos hablando en abstracto de informatizar la gestión cultural, sino que estamos mostrando que es posible operar con un wifi institucional a través del cual podemos poner a circular contenidos que apoyen nuestra política cultural. Lo que ahora mismo funciona dentro de El Callejón de los Milagros, perfectamente pudiera funcionar en la Biblioteca Nacional José Martí o en la Provincial “Julio Antonio Mella”, en la sede de la UNEAC de La Habana o en la de Camagüey, en el lobby del ICAIC o del Ministerio de Cultura, o en cualquiera de las librerías o galerías de arte que existen en el país.

Que todavía no se vea lo razonable de asumir ese tipo de estrategia como un modo de acercarnos desde la institución a los nuevos públicos, se puede entender. Estamos hablando de crear nuevas modalidades de trabajo, nuevas maneras de pensar la gestión cultural, y siempre será más difícil crear lo nuevo, que afianzar lo que ya existe.

Eso es lo que explicaría, por ejemplo, que la idea de hacer un Taller de la Crítica Cinematográfica germinase en Camagüey de modo tan hermoso en medio de uno de los períodos más oscuros vividos por el país, y en cambio, la de El Callejón de los Milagros, con todas las condiciones creadas, no despunta.

Con el Taller de la Crítica se trataba de salvar algo (el ejercicio de la crítica fílmica) que corría el peligro de perderse, es decir, se aspiraba a salvar una tradición. Por supuesto, coincidió con que al frente del Centro del Cine estaba en ese instante un director como Armando Pérez Padrón, que era y es un gran cinéfilo, y trabajaba dentro de la institución ese apasionado por el cine a tiempo completo que es Luciano Castillo, y el Sectorial de Cultura era dirigido por Zenaida Porrúa, que se enamoró de inmediato de la idea, y al público camagüeyano todavía le gustaba ir a los cines e intercambiar en vivo con los principales expertos del país, y las personas que trabajaban en esos cines (pese a que los salarios siempre fueron los peores) se quedaban en las salas hasta que el último espectador se perdía en la madrugada. Fue una conjura extraordinaria de circunstancias favorables: en esos instantes había mucha gente sintiendo amor por el cine; viviendo por el cine, no del cine.

Hoy es diferente: las personas consumen más audiovisuales que nunca, pero lo hacen por su cuenta, apelando al Paquete, y en su casa. Por eso cada vez tienen menos idea de lo que es “el cine”, tal como lo defendíamos en nuestros antiguos programas culturales. Y en la orilla contraria falta el equipo capaz de articular las nuevas estrategias, toda vez que, en sentido general, nos hemos estancado en las maneras de pensar el fenómeno audiovisual, apelando de modo mecánico a las herramientas heredadas del siglo XX.

Para poner un ejemplo que toca a la crítica: a estas alturas del siglo XXI, apenas Antonio Enrique González Rojas se ha atrevido a incursionar en el libro electrónico como un modo de ponerse al día, sin prejuicios, con los nuevos lectores. Es decir, que en sentido general los críticos cubanos seguimos con “las mismas palabras, los mismos gestos”, escuchándonos entre nosotros mismos (cada vez menos), mientras la vida y su gente van por otro lado (somos la reencarnación de Los sobrevivientes de Titón). De allí que el Proyecto “El Callejón de los Milagros” no pueda contar con el respaldo de la institución “Crítica”, y deba comenzar a formar su comunidad de usuarios prácticamente desde cero.

Y a pesar de lo anterior, creo que el Proyecto va siendo una gran escuela para los pocos que han decidido acercarse y experimentar. Y en este año lleno de frustraciones, se ha conseguido hacer bastante: allí está disponible el Portal “El Callejón de los Milagros”, que a estas alturas ya es también un buen repositorio de libros que hablan del cine, y se han podido impartir Talleres de uso creativo a personas de las más diversas edades (desde niños de 8 años hasta adultos que sobrepasan los setenta). Y hemos celebrado par de Encuentros sobre cultura audiovisual y tecnologías digitales. Y ha nacido esa Enciclopedia Digital del Audiovisual Cubano, que es hija de todos estos meses de permanente aprendizaje.

Así que un año después de creado, y pese a la falta de un apoyo real, sigo creyendo en el Proyecto “El Callejón de los Milagros”. A Miguel de Unamuno le gustaba repetir que lo suyo era poner la levadura con la que los demás después construirían el pan.

En El Callejón de los Milagros entregamos la levadura para elaborar un pan que, para decirlo como Soler Puig, en estos instantes está dormido. Pero lo que importa es eso: que es pan, y en algún momento nos resultará útil.

 

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