Category: Cultura

Baby Lores no es un imbécil

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Por: István Ojeda Bello

Fuente: Cubaizquierda.blogspot.com

Podremos decirle cualquier cosa a Baby Lores menos imbécil, si lo fuera todo sería más sencillo.

En una entrevista a OnCuba acaba de equipararse a Nicolás Guillén. “Él declamaba, y eso le llegaba a la gente. Es lo mismo que nosotros hacemos. ¿Cómo? Ya no tan poéticamente. Pero expresamos las cosas que nos pasan en la calle, lo que vivimos en la discoteca, los sueños que buscamos. Decimos lo que piensa un pueblo. Porque nosotros no estamos inventando historias. Estamos contando historias”, dijo.

Sobrevino el escándalo porque la obra del Poeta Nacional de Cuba se ubica entre lo cuasi intocable de lo definido como la genuina cultura cubana.

 

En la contemporaneidad vemos a manifestaciones artísticas como la poesía de Guillén, la música de Benny Moré o la trova tradicional, dentro del templo sagrado de la cubanía, olvidando que en la época de su surgimiento los analistas más puristas las consideraban proporcionalmente tan marginales como lo sería hoy el reguetón cubano, si es que este existe.

Con suerte, el reguetón no llegará a tanto, pero expresa a esas culturas diferentes que conviven en el país, a esas maneras de decir, de comportarse o de pensar consideradas marginales que, quiéranlo algunos o no, existen. Lo habremos olvidado, pero ahora se ataca al reguetón en los mismos términos con los cuales se defenestraba a la “timba” o “salsa” en los años 90, la misma que pide ayuda frente al aluvión de tanto dem bow.

Discusiones musicológicas aparte, Baby Lores es un tipo que creer saber lo que quiere y eso es lo más escalofriante. Él quiere una Cuba donde prime el tener sobre el ser. Él se “rebela”, exhibiendo su riqueza y poderío monetario. “El poder salir de la pobreza con nuestro reguetón, –dice- y darle a la gente la esperanza de que nosotros, a base de talento, pudimos hacerlo, demuestra que sí se puede. Esa es una manera de protestar. Nosotros (los reguetoneros) no estamos vendiendo droga. Ni haciendo contrarrevolución. Ni traficando personas. Estamos haciendo arte, a nuestra forma”.

Mi profesor de filosofía me lo explicaba de una manera muy sencilla: el capitalismo no tiene éxito volviendo ricas a las mayorías sino haciéndoles creer que podrán vivir como los millonarios, que tendrán una limosina o una cadena de 15 mil dólares si “aprovechan” las oportunidades, cuando la acumulación de unos pocos solo es posible sobre la exclusión de miles y hasta millones.

“La vida de todos los hombres -dijo una vez Ernst Bloch- se halla cruzada por sueños soñados despierto; una parte de ellos es simplemente una fuga banal, también enervante, también presa para impostores, pero otra parte incita, no permite conformarse con lo malo existente, es decir, no permite la renuncia. Esta otra parte tiene en su núcleo la esperanza y es trasmisible. Puede ser extraída del desvaído soñar despierto y de su taimado abuso, es activable sin vislumbres engañosos. No hay hombre que viva sin soñar despierto; de lo que se trata es conocer cada vez más estos sueños, a fin de mantenerlos así dirigidos a su diana eficazmente, certeramente”. El joven reguetonero ha hecho pública su personalísima noción del éxito, del emprendimiento… de una esperanza perversa y excluyente por antonomasia. No se trata entonces de matarle los sueños a la gente o negarle el derecho a tener esperanzas, sino que Baby Lores es la superficie de algo muy más pernicioso.

Es, diría Bloch, el pretender dejarle a miles de personas el consuelo de amontonar las escorias humanas y materiales, pasadas o presentes, para trepar sobre ellas, aplastarlas y alcanzar lo que pende más allá, aunque objetivamente nunca todos podrán.

¿Envidia? Tampoco. Su manera de asumir el éxito personal exhorta a sus semejantes a soportar más o menos iluminadamente su actual desahucio, real o ficticio. “Confortados por la contemplación del plano de la parcelita y el chalet que tienen en la urbanización por venir”, según palabras del filósofo alemán.

La voz de Lores no parece ser aislada. Es la más estridente de un grupo mayor o menor dentro de la sociedad cubana actual, obviamente mucho más allá de sus colegas, que alardea bendecido por alguna prensa. Ellos sueñan ¡y están obrando! su propio proyecto de país desde una idea torcida de la prosperidad sustentada en el apetito inmoderado por el poder y el culto al triunfo a costa de la bondad y la justicia.

Lo más sensato sería preguntarse cuántos más lo acompañan en esos pensamientos. Sin hacer cacerías de brujas sino para comprender las condiciones objetivas que dan legitimidad a sus palabras.

Yo rezo por ti, Paquito

Yo rezo por ti, Paquito

Yo rezo por ti, Paquito

Por: Luis Mario Rodríguez Suñol

Fuente: https://micubaneo.wordpress.com

No soy católico ni devoto a religión alguna. Pero tampoco soy ateo; más cuando de vez en vez lanzo mis “Gracias a Dios”, o en plan desesperado, suelto mi clásico “Señor, tírame un salve”. Más, cuando me he santiguado varias veces y casi asfixio la circulación de mi niña con una cinta roja en el pie izquierdo. Aclaradas las bases teológicas de este texto continúo.

Quiero hablar de Francisco o Paquito, no del Sumo Pontífice, no de su Santidad, no del Santo Padre, no del Obispo de Roma. Y discúlpenme los que se ofendan por mi espontánea informalidad, pero les recuerdo que gracias a dios no soy devoto a religión alguna. Tampoco creo que al Papa le moleste, y si de algo sirve, yo siento que lo conozco de toda la vida.

El Paquito del que les hablo se convirtió de la noche a la mañana en el primer Papa latinoamericano y jesuita de la Iglesia Católica, y desde el 19 de septiembre en el tercer Papa que visita a nuestro país. Sin embargo, la visita de Francisco ha dejado un sabor popular sin precedentes en la Isla. Hay sus razones. Primero, Paquito es de la zona. Segundo, Paquito habla perfecto español, y sobre todo perfecto argentino. Tercero, Paquito es un Papa fuera de lo común, por decirlo del algún modo.

Francisco, antes Jorge Mario Bergoglio, llegó al Vaticano para sacudirlo a intramuros. La humildad, se ha convertido en su escoba. No usa las lujosas zapatillas rojas, se mudó a un pequeño apartamento en el Vaticano y guardó el Mercedes papal en el garaje, para utilizar un Renault de 20 años de antigüedad con 305.775 kilómetros recorridos.

Paquito agarra su Samsung Papal o su tablet eclesiástica y se pone a twittear. Sí, el papa está en twitter y tiene más de 10 millones de seguidores. Se para en la Plaza San Pedro y en un discurso le pide perdón a los divorciados por el daño que les ha hecho la iglesia católica al no aceptarlos.

Su carisma se divorcia de los protocolos y dogmas de la nunciatura vaticana. Sus discursos son escritos y leídos a la izquierda. Ha denunciado ampliamente “un nuevo colonialismo” que crea políticas con consecuencias nefastas para los pobres. Manifestó con la lengua bien rasurada, que el capitalismo deshumaniza y que el dinero debe servir y no gobernar.

Hay dos pasajes que han desvelado mi admiración por él. Uno, cuando el Jueves Santo, en el 2013, se inclinó para lavar los pies de dos musulmanes. El otro cuando recibió a un transexual en visita privada. Después de eso, me dije: “Este tipo es un líder”. Mentira, antes dije: “Este tipo está loco”.

Paquito llegó a Cuba sin avión privado ni papamóvil claustrofóbico. Eso nos los hizo mucho más terrenal. Se bajó del auto cuando quiso y no cuando debía. Tocó al pueblo y el pueblo lo tocó a él. En Estados Unidos le asignaron un carro blindado y lo primero que hizo al subir fue bajar la ventanilla y saludar a la gente.

Francisco se para ante el pleno del Congreso de los Estados Unidos, y les dice: “En definitiva: queremos seguridad, demos seguridad; queremos vida, demos vida; queremos oportunidades, brindemos oportunidades”.

De su visita me quedo con varias cosas. Con la frase que concluyó la homilía que leyó en La Habana: “Quien no vive para servir, no sirve para vivir”; con el gesto de agarrar la mano de Raúl y colocarla en su corazón, con cada bendición que realizó, y sobre todo con su definición del pueblo cubano: “Un pueblo que tiene heridas, como todo pueblo, pero que sabe estar con los brazos abiertos, que marcha con esperanza, porque su vocación es de grandeza”.

En su estancia por Holguín no tuve la posibilidad de verlo, pero más que verlo hubiese querido darle un abrazo, y justo antes de que los rascacielos segurosos del vaticano me alejaran de él, decirle de corazón: “Yo rezo por ti Paquito”.

 

El Diario del Che gay en Chile o ¿Un libro subversivo en Cuba?

che-de-los-gaysNo me leí con prisa el más reciente título del periodista y activista Víctor Hugo Robles, El Diario del Che Gay en Chile. Lo paladeé lentamente, durante varias semanas, como si leerle fuera uno de los performances callejeros de su autor. Lo mismo lo sacaba de mi mochila en un ómnibus del servicio público, que lo dejaba insinuante sobre el buró de mi oficina en el periódico, o me sentaba a hojearlo bajo una mata en cualquier sitio de cruising de La Habana.

El resultado casi siempre era idéntico. Ningún observador atento a mi lectura quedaba impasible. Los ojos de la gente resbalaban inquietos —oscilantes entre la alarma y la curiosidad— hacia su portada, obra del artista plástico Francisco “Papas Fritas”, que remeda una foto del legendario guerrillero argentino Ernesto Guevara de la Serna durante alguna ocasión solemne después del triunfo de la Revolución cubana, para mostrarnos su sacrílega metamorfosis en ese icónico personaje que inventó Víctor Hugo allá por finales de los años 90: el Che de los Gays.

“Es posible ser homosexual y ser revolucionario; ser homosexual y ser de izquierda; ser homosexual y luchar por los cambios y las transformaciones de la sociedad”, esa es la tesis primigenia, el “pecado original” que fundamenta casi veinte años de subversiva incursión de mi colega y amigo chileno en el activismo político-sexual de su país y de América Latina, con su boina y estrella, su melena insurgente y sus labios rojos a punta de creyón.

Hasta entre las blanquísimas —y solo en apariencia, pacíficas— 350 páginas de este intenso volumen con que en agosto último nació el sello SiempreViva Ediciones, nuestro Che gay causa revuelo, escándalo, incomodidad, admiración, de acuerdo con la mentalidad más o menos abierta de quienes solo entrevean o profundicen en su mensaje.

Porque además la edición tiene la impronta barroca del sujeto hiperbólico cuya historia retrata, y nos llega repleta de fotos, facsímiles, títulos y subtítulos, tipos de letras de distinto tamaño y abigarrados colores, capaces de atraer la vista de cualquiera que ronde a varios metros a nuestro alrededor mientras leemos cualquiera de sus ocho desconcertantes capítulos, más un epílogo acusatorio —valiosa alerta para Cuba— contra la burocracia neoliberal capitalista en una universidad de la supuesta izquierda chilena.

Tampoco hay un orden cronológico en esta amplia compilación de entrevistas, artículos, conferencias y testimonios — textos escritos por su protagonista o ajenos, incluyendo uno mío que publiqué en esta bitácora—, lo cual lo convierte en un tomo muy entretenido, aunque a veces no exento de reiteraciones, que al final uno termina por agradecer, como si fueran las variaciones de un mismo tema musical que permiten aprenderte la letra de una canción.

¿Y ese libro qué es?, casi me cuestionaban las personas más valientes o quienes me tienen más confianza. Incluso un señor desconocido y bastante mayor, en plena guagua, me dijo que hacía tiempo buscaba ese título (¡!) La mayoría, no obstante, me miraba de reojo, sin atreverse a preguntar, con desconfianza…

La coincidencia histórica de que en 1997 los restos del Che aparecieran un 28 de junio, Día Internacional del Orgullo Gay, motivó a Víctor Hugo en su travesía de transformismo político, agitación y propaganda revolucionaria y sexual, que arrancaría en septiembre de aquel mismo año cuando lo censuraron por boicotear un espectáculo contra la censura, al interrumpirlo con su inusitado atuendo de gay guerrillero y lanzarle agua a una artista famosa con un bidón que decía AZT, la primera droga para tratar el sida.

En Cuba, como ya sabemos, nadie habría osado nunca relacionar al Che Guevara con la homosexualidad o el VIH. Yo de hecho, para ser honesto, ni recordaba la casualidad del hallazgo de su osamenta en fecha tan significativa para el movimiento LGBT internacional.

Pero fue así como nació la idea —que el libro narra en forma de relatos progresivos como círculos concéntricos que añaden cada vez más detalles a la trama— de esta reencarnación del comandante rebelde, del héroe viril presuntamente homofóbico en concordancia con su época, en un pájaro, maricón, travesti, sidoso, comunistón, chileno, latinoamericano, loca…

Loca, sí. Esa es quizás la palabra que más veces aparece en este libro, no gratuitamente, sino como reivindicación, como militancia libertaria, como irrespeto de las normas hipócritas, dictatoriales, hegemónicas que nos impone el machismo heterosexual e incluso homosexual, que nos dicta la mojigatería de derecha e incluso de izquierda.

Acciones e intervenciones, irrupciones e interrupciones, protestas y manifestaciones, nudismos y pleitos, mitos y leyendas, toda la zaga divertida, polémica, a ratos dramática, del Che de los Gays, en un recorrido referencial y sanamente egocéntrico a través de la historia del movimiento por los derechos de la comunidad LGBT chilena, que abarca desde el gobierno socialista de Salvador Allende, pasando por la complicidad con la inolvidable dirigente comunista Gladys Marín, hasta la reciente muerte del novelista Pedro Lemebel.

Y, casi omnipresente, Cuba. Referencia obligada en Víctor Hugo Robles, fuente de inspiración y también escenario de algunas de sus más reflexivas travesuras políticas. Sus encuentros, casi encontronazos, con nuestro país; los desconciertos que provocó, y también las complicidades que fraguó, desde su primera visita en 2005 para la presentación en el 27 Festival Internacional de Cine Latinoamericano de La Habana, del documental de Arturo Álvarez, El Che de los Gays, hasta su controversial e inolvidable participación en la conga por la céntrica avenida de 23 en la capital cubana, durante la VII Jornada contra la Homofobia en 2014.

Ese compromiso visceral de Víctor Hugo con la Revolución cubana, nunca acrítico ni apologético, resulta conmovedor por su sinceridad, inteligencia y sutileza. El Che gay no pretende ser políticamente correcto, sería imposible, iría contra la propia naturaleza del personaje; pero siempre es responsable y fiel con Cuba, a su loca manera —como casi estoy seguro de que le gustaría a él que yo dijera—.

El libro explica muy bien, a través de muy diversos puntos de vista políticos y hasta ideológicos, los entrecruzamientos y significados simbólicos que vinculan al activista chileno con la historia y el presente de nuestro país, desde su admiración por la literatura de Reinaldo Arenas hasta su amistad y reconocimiento hacia la labor de Mariela Castro Espín —de quien Robles incluye una entrevista de su autoría—, por citar solo dos ejemplos que para cierto pensamiento maniqueo pudieran parecer paradójicos.

En particular, esclarece —en un artículo que firma también el propio Víctor Hugo— aquel pasaje tan polisémico y que todavía levanta ciertas ronchas en la Isla, acerca de su presencia en nuestra versión criolla de desfile gay habanero con una fotografía del Che muerto en un marco con plumas rojas, representación que no fue improvisada ni irrespetuosa, sino que tuvo su origen mucho tiempo atrás —contrario a lo que tal vez pensáramos aquel día o incluso después—, pues la muerte, el martirologio, la indefensión, la fragilidad de las víctimas siempre fueron parte de la esencia misma de la traslación de sentido propuesta por su personaje contracultural.

Para lo último, lo mejor. Víctor Hugo Robles tiene ahora un nuevo sueño: presentar El Diario del Che Gay en Chile en la próxima Feria Internacional del Libro de La Habana, y quién sabe si algún día, alguna editorial cubana, hasta le acepta la provocación y lo publica…(Tomado del blog Paquito el de Cuba)

Alvaro Torres actuará en #Holguín durante el verano

Primer concierto de Álvaro Torres en Cuba. FOTO: Ernesto Mastrascusa/Cubadebate.

Primer concierto de Álvaro Torres en Cuba. FOTO: Ernesto Mastrascusa/Cubadebate.

Por: Luis Ernesto Ruiz Martínez.

Fuente: Visiondesdecuba

Recuerdo que hace algunos años mi esposa ponía una y otra vez el viejo cassette de las canciones de Alvaro Torres. Luego nos actualizamos y la añeja cinta fue sustituída por el CD, después llegó en formato DVD y por último sus temas eran reproducidos desde una memoria flash. Ahora podrá escucharlo EN VIVO cuando el salvadoreño se presente en Holguín el 16 de julio.

La confirmación la publicó la joven periodista Arlene Gómez Palacios al compartir la siguiente nota en su cuenta de Facebook: “El Centro de Comunicación Cultural La Luz tiene la primicia y se complace en informarles que el Instituto Cubano de la Música, a través de su Centro Provincial en Holguín y la Dirección Provincial de Cultura, anuncian la Gira Nacional del cantautor Álvaro Torres el próximo 16 de julio, a las 10:00pm en el interior del estadio Mayor General Calixto García. Las entradas serán vendidas el propio 16 de julio en diferentes puntos que se habilitarán en la ciudad, por un valor de 30.00 pesos MN.”

De momento imagino senntimientos encontrados entre quienes adoran al cantautor y los que no soportan su peculiar manera de cantarle al amor.

De todos modos estoy seguro que ese día será todo un suceso en la ciudad de los parques.

 

Cuando la creatividad no alcanza

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Por: Gisselle Morales Rodríguez (https://cubaprofunda.wordpress.com)

No sé si el amor alcanza, con los saltos que provoca en el estómago y las tonterías que en su nombre se suelen cometer; no sé el amor, pero la creatividad no le ha alcanzado al Instituto Cubano de Radio y Televisión (ICRT) para redondear una telenovela como Dios manda.

A estas alturas, tan acostumbrada estoy al bajón de calidad que han dado nuestros dramatizados de turno que no se me ocurriría pedir un culebrón como Sol de batey, Pasión y prejuicio o Tierra brava, capaces de detener un país de por sí detenido en los albores del período especial; ni siquiera como los más contemporáneos Al compás del son, Bajo el mismo sol o La otra esquina; pero una nunca termina de resignarse a la mediocridad audiovisual en que ha caído nuestra pequeña pantalla, al parecer sin remedio.

Medio predispuesta le entré a la primera entrega de Cuando el amor no alcanza, el nuevo producto estrella del ICRT que, con guion de Maité Vera, colaboración de Consuelo Ramírez y dirección de Jorge Alonso Padilla, transmite Cubavisión en las noches de martes, jueves y sábados. Medio predispuesta le entré, solo para salir completamente convencida de que lo asumiría como un programa humorístico más en la parrilla de la televisión cubana.

No puedo enfrentar de otra manera una producción con tan pocos matices, tan escasas sutilezas y tantos descalabros en la dirección de actores que una llega a preguntarse si lo que tiene delante —en 50 minutos que se vuelven interminables— es el capítulo de una telenovela o el cuadro dramatizado de Cuando una mujer. Casualmente ambos espacios comienzan con “cuando”…

A mí no hay quien me convenza de que los problemas de esta serie en específico son de presupuesto: se podía filmar dentro de un estudio levantado con cajas de cartón; se podía prescindir de las luces idóneas; se podía, incluso, lamentar los deslucidos diseños de vestuario y maquillaje y, aún así, con un buen guion de base y un mínimo de creatividad, el resultado final quizás no hubiese sido tan precario. Tan naif.

Quiero pensar en los buenos propósitos detrás de cámaras, en el arduo trabajo de los actores que debutan en televisión —los “Oh, Charito” de estos tiempos—, en los esfuerzos de una posproducción más dilatada de lo que aconsejan las buenas prácticas.

Quiero pensar en ello para no preguntarme, por enésima vez frente a los audiovisuales del patio, ¿quién decide cómo distribuir los muy menguados fondos del ICRT? ¿Quién aprueba guiones que luego ni Robert de Niro pudiera recitar orgánicamente? ¿Algún día entenderemos que los públicos en Cuba tienen mando para cambiar de canal y saben usarlo?

Si algo se le agradece a Cuando el amor no alcanza —en el fondo, siempre terminamos agradeciendo algo— es el intento de recolocar en pantalla la realidad insular contemporánea, el desvelo explícito de los realizadores por llevar a primeros planos no tanto el contrapunteo cubano de los precios y el salario, como las más disímiles historias de nuestra cartografía emocional. Agradecer, lo que se dice agradecer, solo eso: el intento.

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