Category: Crónica

Yoey, Dianet y un pino – Rodo, Karen y el Turquino

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Por: Camilo Santiesteban Torres

Fuente: Letrajoven.wordpress.com

Hace casi tres años, Rodo y yo viajamos tres cuartos de isla para ser testigos de una unión maravillosa. Resulta que los afanes de una linda holguinera por los pinos cerca del mar –y por Yoey, quien sería su esposo– materializaron la idea de una boda interprovincial –que a alguno le iba a tocar–. Él, habanero; ella, holguinera. Él, enamorado, y ella enamorada de él y de las bodas tipo Corazón Valiente.

Aquella tarde–noche todo fue hermoso –hasta Yoey–. La pasamos tan bien y la idea fue tan genial que, decidimos, ya de regreso, jamás contarle de esta experiencia a ninguna novia nuestra con amplias posibilidades de envolvernos y pasar a un plano superior. Qué les digo, pasó algo de tiempo y todo fue campana. Sólo hablábamos de los detalles de la juerga, nada del romance gibareño, ni del mar y mucho menos del pino. Entonces apareció Karen, que rápidamente escaló sentimentalmente al Rodo y allá fue él a soltar la lenguaza.

Podrían preguntarme: ¿Y a ti qué? Ah! Si supieran que cada vez que al Rodo se le ocurre algo yo pongo rodilla en tierra, me entenderían un poquito.

Nada, que llegando de Baracoa, camino a casa en un P–16, todo iba sin lío y de pronto llego a mi hogar horas después y me meriendo el notición de que los nenes se iban a casar y para colmo en el Pico Turquino. Lo del Turquino no me parecía locura, lo de la boda sí. Más tarde que temprano el clima y el fango, invertirían esto último.

Por suerte ya teníamos al notario: José Francisco Reyes Moreno, alias el Tato.

La idea era loca pero atractiva. Algo excéntrica, pero romántica, quizás hasta muy nacionalista. No importaba sin alguien juzgaba o no.

Poco a poco la cosa dejó de ser de dos, para ser algo de dos docenas, o más. De alguna forma el Rodo implicaba y también resolvía. Nuestro móvil: el amor (su amor); nuestro vehículo, los blogueros, la guerrilla, nuestros amigos.

Agencias de viajes, costureras, Adela, el ticket fantasma, un nombre árabe extraño que parecía de hombre, ausencias, reintegros y un Antonov 158 que parecía un P–15. Todo eso pasó antes de vernos subidos en un camión rumbo a Santo Domingo.

A eso de las cuatro y pico de la mañana un guía optimista nos dijo, más bien advirtió ciertas cosillas, tales como: chubasquillos, algo de fango en el camino, tormentillas eléctricas y algún que otro rayito. Fuera de eso todo estaba bien.

Señores, esta vez no había ninguna dama necesitada, ningún inválido(a), o algún flojo de pata. Iría por primera vez a mi paso. Entonces los lamentos hipoglicémicos de mi querido amigo Tato me aguaron mi anhelo. A él su corpulencia no le ayudó en nada. Catorce kilómetros después de comenzada la marcha, Tato delegó en mi su responsabilidad y regresó. Al rato me reía, porque me pasé 20 minutos persuadiéndolo y terminé diciéndole: Mira que eres pendejo.

Llegamos a la cima y los novios se vistieron, el resto seguimos mugrientos. Yasel ofició la boda, apareció una nueva testigo, porque la chica árabe… nada de nada. Fue un momento inolvidable con un director loco y fotos originales y trilladas. Las nubes dijeron –su tiempo acabó– y a llover se ha dicho. Rey y Claudio llegaron con la lluvia, sabíamos que lo harían. Bridamos con Ron Caribe Refino, como los hombres- hombres y mujeres- mujeres que suben el Turquino. La bajada fue un show de fango y malas palabras.

A los novios les regalé un soporte para su locura, un estuche para que no se erosionara y una vela para que recuerden siempre, en los momentos oscuros –que habrá– la luz la tienen justo con ellos. Ahora voy a ser machista: el Rodo tiene el fósforo y Karen la caja pa´ rayarlo, jajaja.

Les deseo felicidad. El amor no está sobrevalorado.

Nota: el pino de Dianet era una casuarina, según Itzván.

Hasta pronto blogueros.

Extraña felicidad

Extraña felicidad

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Por: Betsy Benitez

Fuente: Lacubanita2311.wordpress.com

Se lo debe a la montaña, a la hermandad de hombres, al mar del sur, a los amigos de siempre, a las cremitas engullidas, al agua de lluvia, a los niños del sábado, al pescado de las 5 de la mañana, al ritmo de la fiesta, al silencio de un rio, a las madrugadas sobre ruedas, a los miedos extremos.
Sufre de una extraña felicidad, que la aleja del desaliento.
¿Quién dijo que todo está perdido? Nos dice el poeta. Guarda el corazón, por sobre todas las cosas, porque de él emana el misterio.

Libertad

Libertad

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Por: Rafael Cruz

Fuente: Turquinauta.blogspot.com

Si es sábado y hay mar, a qué estamos esperando. No importa si son las aguas de una bahía salpicada de despojos, o las limpias de la costa sur, es el mar. La maestra dijo que toda la vida surgió entre esas transparencias azules, por eso el agua salada cura las ñañaras. Pero hoy no hay que hablar de la maestra, y mucho menos de ñañaras. Es sábado y hay mar, no se puede ser más feliz. Ese muro carcomido por el salitre no nos detendrá, especialmente si hay olas suaves, peces y…es sábado.

Sabemos todo de la captura, los nombres de los pejes, no los científicos esos tan raritos. Los comunes, así como se llama la gente buena en el barrio, sin apellidos ni linajes: picúa, guasa, biajaiba. Sabemos cuanta carnada debe llevar un anzuelo para engolosinar a una guabina, o como nadar sin cansarse hasta el tronco viejo, encajado en el fondo desde el tiempos de los galeones.

Hay muchos atajos para escapar de la vigilancia, de la correa o el cuje de guayaba. Hay caminos secretos entre el mangle, los edificios ruinosos, la vieja ermita, para llegar hasta la orilla a recoger escaramujos ocultos en los peñascos mojados por la marea. Es sábado, ¡viva! allí está el mar. Tenemos la cara sucia, la ropa mojada, la felicidad. Vamos a correr por el muelle de tablas renegridas, vamos a saltar con la rodilla contra el pecho, vamos a salpicar duro para asustar a los cangrejos. somos felices, es sábado y tenemos el mar.

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Cinco pesos en Bartolomé Masó o Guerrilleras sí o sí

12190884_1016261245104792_2111566140544209650_nLa gente buena anda regada en este mundo. Son blancos, negros, colorados, usan barbas o andan con la piel en cero. Son hippies, reppas, rockers. Van de uniforme o de paisano. La gente buena nos sorprende a veces en medio de la mierda, en medio del desierto, en medio de la hipocresía y del marasmo.

En eso andaba pensando en esa mañana, al pie de la cadena de montañas de la Sierra Maestra. Habíamos desistido de subir a la cima más alta de Cuba, la K y yo, y regresado a espantar el sueño tranquilo del custodio del Parque Nacional Turquino, acomodado sobre una mesa de tablas de madera semipulida.

Era de baja estatura y tenía una voz rara, una voz de esas que bien le cabrían a los muñequitos de la television, para personificar una lagartija o algún otro bicho que nos imaginemos altisonante, pero era un hombre amable, tanto que nos regaló el resto del sueño que le quedaba y era algo, alguito si es verdad que el guajiro está medio emparentado con las gallinas en eso de levantarse antes que el sol.

“Ustedes no saben de lo que se salvaron”, nos dijo, y de pronto me sentí un poco más reconfortada. Yo me sentía una rajada, una floja, una compañera inmerecida de aquel viaje y de aquellos consortes. “Uno que nació entre estas lomas se las siente cuando empieza a subir. Imagínense ustedes. De dónde vienen, por cierto?”. “Yo soy de Guantánamo”, dije yo. “Yo soy de Holguín”, aclaró la K. “El resto de todas las provincias excepto Cienfuegos, Villa Clara y la Isla”, continuó.

Yo había virado porque no podía más. Sencillamente empecé a subir la loma hasta el Alto del Naranjo -la pendiente más inclinada de Cuba, nos había dicho el carpeta de la institución- y me abandonó el aliento y la confianza, y sentí en el talón izquierdo una punzada conocida. Subir sin la certeza de valerme por mí misma no era una opción. En la montaña, no valerse por sí mismo es ser una carga y yo no rehusaba a afectar la marcha del grupo, a ser un obstáculo para la boda soñada en el Turquino por Rodolfo y Karen. La K y su catarro congestionándole el pecho coincidieron conmigo.

Así que la mañana nos agarró en un banco del campamento de Santo Domingo, a 18 kilómetros de un sendero de subidas y bajadas hasta la cima de Cuba y su busto de Martí, y sus historias increíbles.

Mirándolo, tuvimos suerte. A Santo Domingo va un carro una vez a la semana, el jueves. Y eso era, un jueves de resplandores increíbles, y rocío, y sonido de río bravo al fondo. Luego, supimos que en realidad estábamos premiadas. Aquel almatroste se había pasado dos semanas sin subir, pero ahí estaba, listo para tragarse un montón de gente que bajaba al llano a turnos médicos, a visitas, a hacer trámites, a apertrecharse de lo que escasamente puede encontrarse en esa serranía.

Nosotras no teníamos dinero. O casi. Tres pesos que por casualidad se quedaron en mi bolso no es dinero en ninguna parte del mundo y lo sabíamos. El dinero, junto con todo lo demás, se había quedado en el campamento. “Cuando se sube esas lomas hasta el carné pesa”, había advertido el Turquinauta en un post y nosotros seguimos la máxima al pie de la letra: En la mochila, solo lo imprescindible, “Y allá arriba, nos había dicho alguien, no era necesario el dinero”. Por suerte, cada pasaje costaba un peso. Todavía sobraba uno.

Hombres ágiles y no tanto, mujeres de todas las edades, niños en brazos -algunos de unos pocos meses- se juntaban como podían para formar una carga de cuerpos luchando como podían con la inercia, con la escasez de algo a lo que agarrarse en aquellas subidas y bajadas. A nosotras, a la K y a mí, nos impresionaron las madres con niños pequeños. A mí, tan sobreprotectora con la mía, tan gallina con sus pollitos, se me ocurrió que aquello era una irresponsabilidad mayúscula hasta que caí en la cuenta de que, no importa la edad que tengan, el único medio de transporte posible para los habitantes en esas montañas de pendientes imposibles era un camión justo como aquel, y que,  en realidad, yo, precisamente la misma que había renunciado a vencer la pendiente, no estaba en posición de juzgar a nadie.

Para ser sinceros, las que más trabajo pasamos en subir fuimos nosotras. La K y yo. Yo subí primero y me gané sendos raspones en los codos. La escalerilla, que no habíamos visto hasta el momento de la verdad, estaba al lado de la cabina del conductor, y estaba desvencijada y ruda, sin nada de qué apoyarte más que en las ganas de subirte en aquel camión y enrumbar rumbo al llano. La K vino después. Casi se enreda con un pequeño bolso de tela, pero lo atajamos a tiempo para evitar desgracias y acomodarnos en medio del gentío.

El camino hasta Bartolomé Masó fue una mezcla de asombros y vaivenes. “La Farola no le hace nada a estas lomas”, me había dicho uno del grupo en medio de la noche, mientras el camión sorteaba a paso de hormiga las lomas que ahora podíamos ver con todo el esplendor. Y es verdad. La Farola tiene sus abismos, su vértigo, pero ni la loma más complicada se compara con aquellas.

El paisaje, ya sin ánimos de comparaciones, es apabullante. Cadenas de montañas de varios tonos, abrazándose en sus cimas verdeazuladas, recién besadas por el sol, con sus abismos y sus casas imposibles, contrariando la lógica y la gravedad. Y los rios, y la presa que -me dijo un pasajero- estaba casi al rebazar su capacidad, que es casi el doble de la presa de mi ciudad, la Faustino Pérez.

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A Bartolomé Masó llegamos una hora después. Cansadas. Yo con sed y la K con una enorme necesidad de ir a un baño. Y un peso en los bolsillos, o en el bolso de la K, donde lo habíamos puesto con cuidado de que no se nos fuera a perder, a caer…., como si aquella moneda pudiera realmente hacer la diferencia.

El baño le llegó a la K luego de muchos remilgos de una señora que no se cansó de advertirnos de que, en aquella taza, nada más que líquidos. En la vida, así como hay personas buenas, desprendidas, sencillas…, hay otras que te lo ponen todo más difícil, o que ceden después de negar, de maldecir, usando a su antojo la pequeña y dramática cuota de poder que te da la posesión de la llave de un baño que, siendo como era de una cafetería, debía de ser público.

Pero todavía teníamos el asunto del dinero. Un peso para dos personas que necesitaban ser pasajeros de algo que fuera hacia el Caney de las Mercedes, donde nos esperaba un piso, o una cama, donde nos esperaba el origen de aquel viaje que no fuimos capaces de completar.

Yo revisé mi morral. Solo lo imprescindible incluía un par de latas de bebidas energizantes. Zumo de velociraptor, había bromeado Itsván cuando me vio comprarlas casi llegando al campamento, un día antes. Eran la salvación. Venderlas a un precio menor al oficial en alguna tienda en divisa era la solución así que empezamos a caminar, dos, tres puntos de venta en los que había de todo, menos aquellas benditas bebidas.

La K propuso ir a la policía. Quizás, reflexionó, podríamos contarles lo que nos había pasado y pararnos un carro que nos llevara hasta el Che, pero finalmente nos sentamos en un banco y nos reímos con la idea. Frente a nosotros, un policía conversaba con un hombre de civil cuando se acercó un hombre con un retraso mental evidente y malformaciones en todo  el cuerpo. En un giro, se acercó al uniformado y puso su cabeza bajo el brazo del otro, que lo acercó en una rara caricia que ambas, la K y yo, observamos desde el principio -francamente- esperando una reacción diametralmente opuesta.

Ese gesto inesperado, pensándolo desde la distancia- fue el que me levantó del asiento y me impulsó a cruzar la calle donde, a esas alturas, solo quedaba el policía y el primer hombre que, al verme llegar, se apartó hasta que lo perdí de vista. Quizás fue eso, quizás fue la desesperación, pero el hecho es que empecé a contar al policía cada peripecia -desde nuestra profesión, el camión rugiente loma arriba, hasta el desfallecimiento y la retirada-, mientras este me escuchaba con toda atención.

“No subir fue lo mejor que hicieron, yo tuve que subir en mayo para bajar a un muerto, y aquello fue lo peor del mundo”, me dijo al punto y me preguntó qué podía hacer por nosotras. “Bueno, en realidad, queremos saber cómo llegar hasta el Caney de las Mercedes”, le respondí. “Fácil. Ahora mismo salió una guagua para allá, pero van hasta ese claro -y señaló la plazoleta donde nos había dejado el almatroste- y seguro aparace otra cosa”. “Y cuesta… más o menos”. “Unos tres pesos por persona”. “Y no hay algo, digamos, más barato, o gratis. Es que tenemos un peso, y somos dos”, le dije con la esperanza de que alargara la mano para detener algún transporte salvador y eso hizo, o por lo menos algo parecido. Metió la mano en un bolsillo y sacó sin susto de equivocarse un billete de cinco pesos. Yo me puse roja y miré a la K, que no podía evitar una sonrisa al otro lado de la calle. Que conste que me negé, que le dije que no hacía falta aunque sí hacía…, pero fue más fuerte el cansancio, y la sonrisa de la K, al otro lado de la calle.

“Yo solo espero que un día, si ando botado por ahí, me veas y te acuerdes”. Le di las gracias dos, tres, cuatro veces. Las iba mascullando incluso cuando no podía verlo. Ahora mismo no sé si mi entusiasmo le plantó un beso en la mejilla, y si no debería haberlo hecho: es lo menos que se merecen esos seres así, esa gente buena que uno se encuentra en cualquier parte, esa gente que con su buen talante y con su ayuda, salva para la bondad lo mejor de los días.

La muchacha y el faro

100_4959Marianela tomo el sábado para hacer sus labores domésticas, por eso la encontré en la puerta de la cocina metiendo ropas en el tambor de la lavadora. Me atendió con toda la amabilidad del mundo- teniendo en cuenta que la estaba distrayendo de su labor doméstica- y me contó de su singular oficio. Su centro de trabajo lo tiene en el patio de la casa. Una enorme torre circular de 32 metros de altura, construida con bloques de piedra de más de 500 kilos a la que se debe subir cada cuatro horas en la noche, para darle cuerda, como se le da a un reloj de contrapesos y péndulos. Marianela es torrera, una de las dos mujeres torreras de Cuba, y su faro está en el codo del caimán, justo en Cabo Cruz al sur de la provincia de Granma, donde las aguas claras del Golfo de Guacanayabo se juntan con las profundas del Caribe.

Marianela Rodríguez Deveras se crio entre el mar la costa de mangles y diente perro, viendo los pesqueros salir al océano, a los pescadores trajinar sus artes, conoce la mar brava y la mar tranquila. Desde chiquilina aprendió del formidable torreón de piedra y de la hermosa casa colonial de los torreros en la época de España, de columnas neoclásicas, que hoy está en derrumbe, a pesar de ser Monumento Nacional  y según me cuenta va tan lenta la reparación que terminará por caerse.100_4947

Debido a las condiciones extremas y distantes donde se ubican la mayoría de las torres el oficio de farero es, en todo el mundo, una labor de familia transmitida entre generaciones. Marianela subía desde niña, primero con su abuelo y luego con su padre, así se enamoró del oficio; cuando el abuelo se jubiló, ella decidió ser su relevo, con ello entró a la pequeña y familiar dotación de los vigías de Cabo Cruz. Marianela conoce el mar lo suficiente como para respetarlo y amarlo, no le teme, se mantiene en vela cuando su esposo sale a pescar al Caribe. Sus momentos de mayor zozobra ocurren cuando en las situaciones extremas- como los huracanes- son evacuadas las personas a sitios seguros. A ella la trasladan y queda su padre en el faro enfrentando la tormenta. “Me da terror dejarlo solo” me dice y le brillan los ojos chinos.

Mientras subimos ella me cuenta del faro, a la hermosa cúpula de acero níquel se llega por más de un centenar de escalones. La joven torrera exige que me quite los zapatos para acceder al interior de la torre. Adentro todo está cuidado, limpio, pintado con barnices que protegen al metal y la piedra de la erosión del salitre. Uno puede marearse fácilmente dando vueltas por el formidable caracol. La escalera principal da acceso a una terraza circular desde donde se manejan los péndulos que sirven para dar cuerdas a la maquinaria del faro. Por una escotilla se sale a la terraza que bordea el cono en su punta, y desde la que se ve la frontera entre las aguas sedimentadas del Golfo y las hondísimas de la fosa del Caribe.

Encima de la torre la cúpula de ópticas francesas, en sus inicios se iluminaba con una llama alimentada con aceite de oliva, ahora cuenta con una bombilla eléctrica cuya luz, aumentada por los espejos y los lentes, es visible con buen tiempo a más de 30 millas náuticas guiando a los marinos que pasan por las aguas al sur de Cuba. El faro presta servicios desde el 5 de mayo de 1871 y en sus inicios se llamó Faro Vargas debido al nombre del ingeniero constructor.

Las llamadas insistentes al móvil debido a la premura con el tiempo, me impiden prolongar la estancia en compañía de la muchacha, supongo que ella igual agradece mi partida para poder seguir en sus labores domésticas. Me doy prisa por la calle que bordea la marina, con sus barcos pesqueros atracados entre las espumas y los sargazos. No puedo dejar de sentir tristeza por irme, creo que alguna vez volveré, me quedé encantado de ese lugar, de su historia y de Marianela la chica torrera más simpática del Caribe.

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