La bolita: suerte propia y dinero ajeno

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DSC_0024-opLos nombres y circunstancias de los personajes fueron cambiados para proteger su identidad) “…porque a las mujeres, la política y el azar nadie los entiende; pero no podemos vivir sin eso”, comenta el viejo apostador de bolita mientras anotan su número. Yo te doy 2 pesos, y si me salen, se vuelven mil. ¿Ustedes son comemierdas o el comemierda soy yo? ¿Cuántas veces tengo que apostar pa´ que me salga el parlé? Desde el año pasado cazo al 8 con el 88; parece que los sacaron del sorteo. ¿Y al 12? ¿Quién entiende al 12? El 12 es mujer santa y también puta. ¿Cómo el mismo número es las dos cosas? ¿Acaso en la vida es así?”… Prosigue el hombre su monólogo mientras Osvaldo le ofrece el comprobante. “Suerte, mi viejo; si te sale, acuérdate de mí que vine a recogerte”, dice, y se guarda las dos monedas en el bolsillo. El otro prosigue la perorata de la historia de su vida, que si con 17 años estaba tirando tiros en Etiopía, que le dieron una casa, una moto y un televisor cuando regresó ileso, que hubo quien no viró o quien lo hizo tuerto, manco o cojo, que en el Período Especial lo vendió todo para comprar comida y alcohol… Cada día desde hace 15 años, Osvaldo recorre religiosamente las calles de un barrio de La Lisa. No importa la lluvia, el sol, o el calor inclemente. Sin ser policía ni del CDR, conoce al detalle la vida de los vecinos. Anticipó, por ejemplo, el explote del jefe del almacén de comida de la zona. La suerte es loca, pero no estúpida, y el tipo no supo aprovechar su momento. En un tiempo perdió la cabeza y desviaba las rastras de arroz, azúcar, coditos, lo que fuera, a la vista de todos. En estas cosas hay que tener discreción. Toda la jama del barrio salía de sus traquimañas, y la paga iba directo a su morral. Empezó a jugarle 6 mil y 7 mil pesos diarios a más de 30 números. Tuvo contento a los banqueros, pero en una semana se sacó cuatro números consecutivos: 270 mil, 50 mil, 70 mil, y 270 mil otra vez. Casi arruina al banco. “Yo fui su listero los cuatro días. Con lo que me regaló, me compré la moto. Pero cuando el DTI le cayó encima un mes después, habló por los codos y la mierda se nos puso hasta el cuello. Por suerte las aguas tomaron su nivel. Él tenía que haber cogido una lancha y pirarse pa´ la Yuma, pero la avaricia rompió el saco, y en el tanque, seguro le rompieron otra cosa”, cuenta Osvaldo para el coro de consortes que en la esquina estallan de la risa. *** El negocio de la bolita en Cuba —que junto a las peleas de gallos constituye el juego prohibido más popular del país—, posee una estructura definida y estable que lo hace funcionar con eficiencia. Cada día se realizan dos sorteos, uno a las 2:15 pm y otro a las 8:15 pm. La información se obtiene vía Internet, mediante conexiones ilegales de televisión por cable o por estaciones de radio de onda corta. En los casos contactados asumen como referencia los resultados de la lotería de Miami. Para convertir el billete de lotería a los números de la bolita, se desecha la primera cifra del número que salió “en el Norte”. Los siguientes dos números son considerados como el fijo, y el par consecutivo como los corridos. Por ejemplo, si el resultado fuese el 423 57 80, el 23 lo asumen como fijo, y el 57 y 80 como corridos. El parlé sería la combinación del fijo con los corridos (23-57 y 23-80). Aunque en las diferentes zonas varían los premios, suelen poseer valores semejantes. Los corridos los pagan entre 20 y 30 pesos por cada uno apostado, los fijos entre 75 y 100, y los parlé de 900 a 1000. El verdadero empuje y masividad del juego lo aporta la gente que está detrás y que se enriquecen o pierden según su posición en el sistema. En el escalón más bajo de los organizadores, un ejército de listeros recorre las barriadas citadinas buscando a los clientes; o bien, como en el caso de Osvaldo, que es muy conocido en su zona, los jugadores visitan al apuntador para realizar las apuestas. Con jerarquía superior aparecen los colectores, que acuden dos veces al día —una por cada tiro de la charada— a casa del listero. Aquí recogen el dinero y las anotaciones para llevarlas al banco una hora antes del sorteo. Como no resulta propicio involucrar a tanta gente, algunos apuntadores hacen a la vez de colectores, pero solo aquellos elegidos tratan personalmente con el banquero, la figura clave y más protegida del engranaje. Existen muchos listeros que jamás llegan a conocerlo. Quien contrata a Osvaldo –llamémosle X– se involucró en la Bolita desde principios de los 90´s. Las cabezas del negocio suelen llevar décadas en él. La desconfianza que siempre muestran a flor de piel no es paranoia o capricho: además de las autoridades, los banqueros eluden a los maleantes que acechan su dinero y a los competidores que quieren arruinarlos. A la “bóveda” solo llegan las personas de máxima cercanía del dueño, casi siempre familiares. Algunos se encargan de organizar la información que traen los colectores, lo cual consiste en pasar en limpio y en una sola hoja todas las apuestas a las que debe responderse. Este es un momento crítico para el banquero, porque termina de realizarse después que se conoce el número salido. Si alguien lo traiciona e inventa una apuesta a posteriori, él no tendrá manera de comprobar y deberá desembolsar su dinero, por eso no le quita el ojo al proceso. El misterioso banquero fue el padrino de Osvaldo. Amigo de su padre —muerto en una misión militar en África—, se encargó del cuidado del muchacho desde la adolescencia. De ahí la confianza y consideraciones mutuas. Además de la cercanía fraternal, Osvaldo es el apuntador estrella de la zona, por lo que recibe otros beneficios por su condición, además del dinero que le corresponde. El hombre reporta cerca de 2 mil pesos diarios, de los cuales le toca el 20 por ciento, la norma general, según afirman diversas personas. Entre los banqueros existe competencia por robarse a los mejores listeros. Por eso, X estimula a su ahijado con dinero extra y con los premios de algún número. *** En casa, la mujer del listero prepara algo en la cocina. Se anticipa a la llegada de la hija. En pocos meses la niña cumplirá 15 años y papá “trabaja” duro para la fiesta. En los últimos tiempos, el hombre llega más tarde de la calle y corre riesgos superiores, pero gracias a eso incrementan los ahorros. X también los ha ayudado y promete aumentos. A Osvaldo lo envidia mucha gente que anhela su puesto. Afloran los enemigos. Otros listeros han comenzado a difamarlo para robarle clientes. Riegan en el barrio que no anunció el último aumento del banco al parlé —a mil pesos—, y sigue pagando los 900 de antes. Que el fijo lo mantiene en 75 y el corrido a 25, cuando ya los subieron a 100 y a 30. Que deben dejarlo a él y apostar con ellos. Osvaldo se defiende con la desmemoria, alega que en ese mismo mes iba a pactar las nuevas tarifas. De repente, llega un joven inspirado con un billete de 100. “Ayer soñé, y viví, y tengo la certeza”, dice. “Voy a ganarme to´ esa mierda. Ponle 20 pesos al 98, fijo, y 20 más al 71, y otro Camilo al 69. Ponle 20 a cada parlé”. Osvaldo le entrega el comprobante al muchacho. Un par de horas después su mujer sirve la mesa. La niña no para de hablar de todos los fotógrafos que le recomendaron en el aula. El que prefiere la muchacha cobra 200 CUC por el álbum. El estudio queda en una finca en las afueras de la ciudad. El padre llega a tiempo para almorzar con su hija antes de la visita del colector. Nunca le ha gustado que ella lo vea en los trasiegos del negocio, aunque no la mantiene en la ingenuidad y le ha enseñado cuándo callarse y mantener la discreción. Luego, sobre la mesa de la que han retirado los platos y cubiertos, el apuntador organiza la lista y el dinero que le pasará al banquero. Como es costumbre, selecciona los números que no reportará para quedarse con la ganancia. Cuando llega a la apuesta del muchacho inspirado, duda. Las jugadas pesadas siempre son peligrosas. Si sale uno de los corrido, debe pagarle 600 pesos; pero si es el 98, serían 2 mil. El parlé no, eso es casi imposible. Osvaldo calcula que si falla, cuenta con el fondo para asumir la apuesta. Lo puede restar de los ahorros de los 15 de la niña. Me voy a meter los 100 pesos y bien, se convence. A las 2:10 de la tarde, como siempre, enciende el televisor en el canal 3, el habilitado para el cable ilegal. Se coloca los espejuelos y termina de afilar el lápiz sobre una esquina del papel. Cada día, en par de ocasiones, experimenta la aceleración del pulso que tanto disfruta. Lo disfruta como ver un juego de béisbol, o un filme de suspenso; con la lejanía del observador que se sabe por encima del resultado, que siempre se siente ganador. Cinco minutos más tarde, caen en la pantalla encendida los números de la lotería de La Florida: 598 56 71. El suspenso se vuelve tragedia. Sentada en el aula, la niña de Osvaldo ignora que su fiesta de quince años se ha evaporado. En otra sala, un joven salta de alegría con su novia por los 20 mil pesos que se han ganado. Bendita sean tus piernas, le susurra al oído mientras le aprieta una nalga. (Por: René Camilo García)(Tomado del blog: La Letra Incómoda)

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