La noche junto al Parque Maceo

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tomado del blog Habana por Dentro

vista nocturna de la calle San Lázaro
Foto: Randdy Fundora

Cuando por fin se esconde nuestro sol abrasador en La Habana, hay zonas que quedan tan dormidas que transitarlas es casi un hundimiento del ser. Un acto de desprendimiento en el que uno, acogido por las sombras, va soltando los humores del día. Después de ese transitar apresurado en los otros barrios solo quedan la cama y los sueños (incluidos los imposibles). Sin embargo, vemos que esta misma ciudad en otras zonas nunca duerme. Su gente la recorre como si fuera de día, ávidos de mostrar su entrega bohemia lanzando gritos ahogados a la noche, provistos de cualquier objeto que responda a los golpes de la clave cubana, de la entrega de cualquier mujer que se deja dar las vueltas por su compañero de baile. El cuerpo, claramente sabe de qué zona estamos hablando. Lo percibe con solo adentrarse en el tono amarillento lanzado por las farolas que, al rebotar, dejan el pavimento como mojado. Nadie arrastra los pies, todos van sigilosos, ahora miran de frente. Si escuchas un chiflido, corre. Si escuchas una canción, aprovecha y alégrate. Si están peleando, por tu propio bien, no te metas. La vida nocturna en esta ciudad a veces es una manera de llorar, de rebelarse, de demostrar a cuántos decibeles grita el cansancio. La vida nocturna en esta ciudad a veces es un arriesgado juego, una verónica a esta dura realidad, una serpiente larguísima cuya baba de luces tapa el sol cuando amanece, pero ahí está, aunque no se la vea, vivita y coleando.

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