Los años no pasan por gusto

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Por Adriel Bosch Cascaret
-Oye ya no quieres hablar con la gente que estudió contigo porque eres periodista- me dijo la muchacha y yo atónito la descubrí entonces casi pasando frente a mí.

La reconocí sin contratiempos y salí a cortarle el paso, le deposité un beso en las mejillas y le repliqué que de eso que me reclamó nada, que creerme cosas no se me da bien.

Ahí mismo construimos una conversación de casi una hora de actualización sobre nuestras vidas y la de los otros 53 compañeros del aula de la secundaria, hace ya 15 años dejados atrás.

Aquello me tomó por sorpresa y fue interesante, casi increíble, sobre todo porque posiblemente en tres años de secundaria no me habló en general más de 60 minutos y casi puedo afirmar que para ella yo apenas existía.

Eran tiempos duros aquellos, de pura adolescencia, cuando ser callado, solitario, estudioso y de pocos amigos, podía ser visto como un pecado para muchos.

Pero en mi aula la cosa era peor. Ya dentro de Guantánamo, mi escuela –la Rafael Orejón- era considerada la de los hijos de “mamá y papá” –descendientes de gente con buenas posibilidades económicas o con excelente posición en la sociedad-, pero al interior del colegio mi grupo era la de los hijos de “mamá y papá”, y eso implicaba que los pocos de origen muy humilde teníamos muchísimos menos puntos de popularidad, y con color de piel negra o mestiza, la cosa se ponía en ocasiones al borde de lo imposible –aunque en algunos casos el dinero los aclaraba a la vista de otros.

Ahí, en el grupo, tuve que aprender por cuenta propia sobre discriminación y diferencias, sobre la violencia que puede acompañar una pregunta sin respuesta, unas palabras colocadas con mala intensión, la burla de quienes no respetan al que no vive o es como ellos, y el único escudo que encontré fue alejarme de la mayoría.

Pero hasta de lo malo puede brotar una flor. Las diferenciaciones provocaron que cada uno tratará de buscar a sus iguales –los de más dinero, lo intermedios, los de menos posibilidades, los más claritos, los oscuritos con dinero y los que no tenían y los inadaptados- y eso permitió que pudiera encontrar algunas de las amistades que me han acompañado toda una vida – sinceras, sencillas, solidarias, presentes aunque se imponga la distancia geográfica y el tiempo que no para.

En esa etapa gris además aprendí a crecerme a los malos tiempos, a confiar más en mi y que no es bueno cerrarse al mundo –aunque todavía hoy en grandes grupos siempre busco refugio en mi mismo, y solo con el tiempo doy a conocer al Adriel chistoso, conversador, discutidor y fiestero, que llevo también conmigo; y no le impongo a nadie lo que quiero pero hago lo que quiero, pese a ir en ocasiones contra todas las corrientes, y eso no siempre es bueno.

Por suerte la secundaria es solo recuerdo y experiencia. Los años han pasado y aquellos 54 muchachos hoy somos hombres y mujeres. Varios viven en tierras lejanas, y entre los que seguimos aquí no han disminuido las diferencias económicas, el color de piel no ha mutado, pero ha llegado para todos la madurez que solo dan los años, y con eso el respeto -y hasta ha crecido un extraño cariño por el resto de aquellos compañeros, sin mirar pieles ni billeteras-, que hace que hoy quienes ni te dirigían la palabra soliciten la tuya si creen que andas “levantando la nariz”.

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