No ha muerto la leyend

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Mi generación nació en los primeros años posteriores al triunfo de la Revolución de 1959 y una parte de ella, en los meses previos. Cuando los barbudos tomaron Santiago, y luego llegaron en caravana hasta La Habana, la República Popular China contaba apenas con una década de fundada y los estados socialistas de Europa del este no rebasaban los 15 años de vida. La Revolución soviética y su Estado multinacional, en cuyas ciudades y naciones muchos de nosotros estudiaríamos, era la más antigua: 40 años de resistencia frente al capitalismo internacional y al fascismo. Pero, adolescentes al fin, en los 70 creíamos que nuestros padres y sus revoluciones eran viejos (algunas revoluciones lo eran, en efecto, pero no por razones de calendario).

He revisitado en estos días mis fotos de los 80, cuando recién graduados de la Universidad blandíamos con ímpetu la espada juvenil, convencidos de que estábamos destinados a instaurar de una vez y para siempre la verdad, la razón y la justicia revolucionarias, y he sacado cuentas: nuestros padres, entonces, eran más jóvenes que nosotros hoy. Ay de quienes no intentaron transformar el mundo en sus primeros pasos por la vida, incluso con cierta dosis de autosuficiencia, esos nunca fueron jóvenes. Los que al paso de los años y las décadas no cejaron en su intento de transformarlo, sin embargo, no pueden considerarse viejos.

Poco a poco descubrimos que la vanguardia revolucionaria es supratemporal, aunque sea muy de su tiempo; conecta bajo tierra (donde crecen y se extienden las raíces) con las vanguardias anteriores y la integran hombres y mujeres de edades diversas. Si alguna duda persiste, Gómez y Martí, Baliño y Mella, podrían despejarla; pero también, el puente histórico que une a Martí y a Fidel. De no ser así, ¿cómo explicar la necesidad que sienten los revolucionarios latinoamericanos de invocar el hacha, el sable o el machete de sus antepasados? Ellos insisten en ser llamados martianos, sandinistas, zapatistas, bolivarianos, fidelistas. Los héroes del pasado alientan a los nuevos, discuten con ellos como jóvenes apasionados que son. No pueden ser embalsamados, son camaradas de lucha. Todavía recuerdo con emoción el instante mágico en que un millón de jóvenes de todas las edades tributaba al Comandante en Jefe de la segunda mitad del siglo XX la más alucinante despedida que un héroe pueda recibir: «yo soy Fidel», proclamaba su pueblo con el puño en alto, lo que significa decir, «no te dejaremos morir». Fidel le había dicho lo mismo a Martí, en el año de su centenario, pero las épocas son diferentes: el Apóstol había sido abandonado, y Fidel no lo está.

Hay que aprender a identificar a un joven. No se trata, es obvio, de cuán tersa sea su piel o negro el pelo, tampoco sirve preguntar la edad. Esos son datos confusos. Los moncadistas eran, aparentemente, como sus coetáneos, pero mientras ellos asaltaban el Moncada muchos otros bailaban en los carnavales. Hay que desconfiar de quienes insisten en acatar los consensos que la moda, las transnacionales de la comunicación o el cansancio han sembrado. Por otra parte, «lo que los jóvenes piensan» es una frase que admite manipulaciones diversas y un truco muy usado por los viejos para justificar su propia deserción. Los consensos se construyen –esa es tarea de revolucionarios– y en la medida en que responden o no a los intereses reales de las mayorías, de los humildes, se acercarán o no a la verdad. La vanguardia de los jóvenes revolucionarios es intergeneracional. No existe un Partido de los de menos edad (estos tienen intereses tan disímiles como el resto de la sociedad); existe en cambio el Partido de los jóvenes de cualquier edad, el que enarbola el ideal comunista.

Es cierto que cada generación aporta un ángulo de visión diferente y que esa mirada otra descubre aspectos soslayados, sensibilidades no percibidas con anterioridad; pero el eje moral de un revolucionario, no importa el siglo en el que viva, es la justicia, la posible y la que aparenta no serlo. Para ello tratará de que las desigualdades de hoy –las inevitables, las que son o parecen «justas»– sean temporales. No se conformará. Ese es el horizonte, la tierra difusa que se vislumbra en la niebla, hacia la que hay que remar: toda la justicia. Nadie remará si desaparece, si deja de ser invocada. Y es imprescindible el relevo de remadores, que todos nos asumamos como protagonistas de este esfuerzo colosal.

El hecho que motiva estas reflexiones es sencillo: en unos días empezaremos a vivir el año 60 de la Revolución, y nosotros, sus primeros hijos, en el transcurso de este y de los siguientes años, alcanzaremos su edad. La Revolución Cubana ya tiene más años que los que tenían los estados socialistas de Europa cuando desaparecieron. El Estado multinacional soviético no existe más. Hemos sido el referente de otras revoluciones latinoamericanas más recientes, sin que nadie intentara copiar nuestros modos y maneras. Muy cerca de estas costas, al acecho, con las fauces abiertas, están los depredadores del gran Capital. Algunos amigos esgrimen razones para la rendición. Dicen, comprensivos: no podemos exigirle al pueblo cubano más sacrificios. Me pregunto si la entrega de nuestras conquistas es un sacrificio menor, si el capitalismo dependiente que espera en las aguas estancadas del barranco al que nos empujan, no acrecentaría el sufrimiento de las mayorías y les arrebataría la posibilidad de pelear por un futuro mejor. Todas las insuficiencias que los revolucionarios detectan, todas las insatisfacciones, podrán ser resueltas si (y solo si) somos capaces de conservar la Revolución.

Mientras avanza el año 60 –los adolescentes de hoy nos suponen muy viejos, es natural–, conmemoraremos otras efemérides: el aniversario 150, por ejemplo, del inicio de la Guerra de Independencia. Alguna vez Fidel se refirió a que en Cuba solo había habido una Revolución, la iniciada por Céspedes en La Demajagua, lo dijo hace medio siglo, cuando éramos muy jóvenes y no sabíamos que nuestros padres lo eran también. En aquella oportunidad, Fidel afirmó: «nosotros debemos saber, como revolucionarios, que cuando decimos de nuestro deber de defender esta tierra, de defender esta patria, de defender esta Revolución, hemos de pensar que no estamos defendiendo la obra de diez años, hemos de pensar que no estamos defendiendo la revolución de una generación: ¡Hemos de pensar que estamos defendiendo la obra de cien años!». Eso explica también por qué la Revolución Cubana del 59 no se fue a bolina cuando las otras cayeron. Explica el engarce de las generaciones en una guerra que para ser anticolonialista, en el siglo XIX, y antimperialista en el xx, tuvo que ser anticapitalista.

Soy cuatro meses mayor que la Revolución que me educó, y tan joven como ella. Una Revolución que se renueva, valga la redundancia, que se refunda. A pocos días de iniciarse el nuevo año –un final y un comienzo que nos otorgamos para la meditación–, no hallo mejor arenga patriótica que la del joven José Martí: «No ha muerto la leyenda. ¡Indómitos y fuertes, prepáranse sus hijos a repetir sin miedo, para acabar esta vez sin tacha, las hazañas de aquellos hombres bravos y magníficos que se alimentaron con raíces; que del cinto de sus enemigos arrancaron las armas del combate; que con ramas de árboles empezaron una campaña que duró diez años; que domaban por la mañana los caballos en que batallaban por la tarde!».

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