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El documental de Lizette Vila o Padres en plural

Tomado del Blog Paquito de Cuba

No voy a intentar hacer una reseña ni valoración del documental de Lizette Vila e Ingrid León, porque sería juez y parte, y eso estaría muy feo. Más cuando todavía estoy bajo la impresión del apoteósico estreno que este sábado 18 de noviembre tuvo Soy papá… de cualquier manera, en un cine Yara a tope, lo que obligó a ofrecer una doble función.

Solo quería agradecer por el regalo, que fue grande, para mi hijo, mi pareja y para mí, que pudimos disfrutarlo además entre tanta gente amiga y buena. Apenas me repongo, eso sí, del susto de ver mi cara — ¡qué horror!— en pantalla gigante.

Admito también de modo autocrítico que subestimé el impacto de esta realización del Proyecto Palomas.

En el lobby del Yara, al salir, testimoniantes y familiares recibimos muchas muestras de afecto.

Poco más de 30 minutos con los jirones biográficos de una decena de hombres, nunca pensé que suscitaran tanta amable y hasta desbordada atención de un público amplio y diverso.

En lo personal, lo que más me gustó fue conocer las restantes historias de esta entrevista coral —conmovedora a ratos, a veces hilarante, auténtica siempre—, por lo que muestran, y más aún, por lo que uno puede adivinar detrás de cada testimonio.

Fue lindo e inmerecido poder compartir el escenario con tan grandes padrazos al concluir la proyección, y recibir junto a ellos, sus familiares y mi hijo Javier, la solidaridad y el afecto que el público nos prodigó con un aplauso que interpreto como un reconocimiento, no individual, sino colectivo, para todos los papás.

Pedro Enrique Galiano Rego

Porque más allá de los propósitos explícitos que lo enlazan con campañas internacionales y causas sociales justas, este audiovisual resulta en última instancia una reivindicación de la paternidad, cuyos mejor saldo no es el melodrama —que lo hay, no faltaba más, hablamos de Lizette Vila—, sino la fuerza natural de una alegría, realización u orgullo difícil de explicar, pero fácil de percibir hasta en sus relatos más tristes o desgarradores.

Omar Montalvo Chirino

Otro acierto grande fue su proyección vísperas del 19 de noviembre de 2017, Día Internacional del Hombre, esa celebración que existe desde los años 90 del siglo pasado, pero muy pocas veces recordamos.

Esto hace todavía más valiosa y oportuna la mirada a estos padres cubanos —progenitores o biográficos—, que comparten distintas experiencias desde diferentes edades, estados civiles, profesiones, territorios; sin olvidar variables como la orientación sexual y la identidad de género, al incluir otras perspectivas masculinas que la noción tradicional de hombría usualmente intenta ignorar, silenciar o al menos disminuir, disimular.

Tomás Griñán Portuondo

Me congratulo, pues, de formar parte de este homenaje, reflexivo, inquietante y problematizador, sobre la experiencia humana más intensa y enriquecedora que conozco: ser papá.

Juan Nodarse Ramos

Gracias, Ingrid; gracias, Lizette.

Marino Ernesto Luzardo Badía

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COCO, EL NEOCOLONIALISMO DISNEY

Pixar ha logrado que llorar como se lloró en las proyecciones de Bambi sea elogiado por los que antes denunciaban el imperialismo cultural
por ANDY ROBINSON*

<p>Fotograma de la película de Disney 'Coco'.</p>

Fotograma de la película de Disney ‘Coco’.

Este momento de tensión  entre EE.UU y México es muy desconcertante para USA Inc. Porque para las grandes corporaciones estadounidenses (y otra multinacionales), México tiene un valor incalculable a la hora de diseñar sus campañas de marketing. Y, por supuesto, a la hora de diseñar sus producciones cinematográficas. México es “auténtico” y tiene alma. Para un buen creativo corporativo con MBA, especializado en la extracción de valor intangible, quedan enormes yacimientos de cultura popular en México que, increíblemente, aún no han sido convertidos en mercancía.

Es más, en México, con su historia tan cruel, su cultura todavía no mercantilizada se ve estrechamente identificado con la última barrera de protección, la familia, otro elemento de valor inestimable para los creativos del marketing e imagineering precisamente porque se percibe como un santuario del mercado, lo último que se vendería y que se corrompería. México tiene todo lo que le faltaba a McDonalds cuanto intentó sin éxito hacer aquella campaña de  “Say it with love”. Para decirlo con amor y alma, hace falta algo mucho  más potente que un Big Mac regalado al cliente para que llame a su madre o novia y que le diga ante el público: “Te quiero”. Hace falta algo menos obviamente transaccional para así esconder la fría cotización bursátil que motiva cada decisión corporativa necesaria para su expansión imparable e insaciable. Y ¿qué mejor para penetrar hasta la zona más protegida de la cultura que hacer una ofrenda del Día de los Muertos?

La semana del 2 de noviembre podían verse ofrendas en cada uno de los centros comerciales de la Ciudad de México: calaveras de azúcar o chocolate, tamales de maíz, papel picado de colores chillones, panes de muerto, flores anaranjadas cempasúchil ya fotos del difunto, quizá, el fundador de la franquicia. México primero regaló a Frida Kahlo, una revolucionaria reconvertida en un logotipo de moda global. Más tarde, la calavera, un icono de moda auténticamente étnica. ¿Qué mejor que un esqueleto para combatir las acusaciones de superficialidad y narcisismo que suelen hacerse a la moda? 

Y ahora, la ofrenda de la fiesta del Día de Muertos como potente herramienta de marketing. No importa que fuera, en la calle, haya gente llorando y realizando ofrendas improvisadas delante de los edificios que se derrumbaron en el terremoto del 19 de septiembre. Las ofrendas de las multinacionales son mucho más ricas en simbología del México auténtico que esas pobres ofrendas caseras. Ahí están, junto a las marcas de Carolina Herrera, Estée Lauder, Victorias Secret. Y, para rematar, en el multicine, en al tercera planta, Coco, la nueva película de Pixar/Disney sobre el Día de Muertos en México, exhibida en horario continuo.

Ofrenda delante de un edificio derrumbado en el terremoto

La crítica mexicana se ha deshecho en elogios por Coco, un filme muy bien documentado, que entiende lo “auténtico” del pueblo mexicano y que muestra “admiración e incluso respeto a la cultura nacional”, según el diario El Universal. No falta ningún detalle antropológico sobre la gran fiesta popular, de orígenes precolombinos. Desde el papel picado que adorna las calles de México hasta los tamales y pan de muerto en las ofrendas. Desde la Llorona, la madre fantasma que busca a sus hijos muertos, hasta La Catrina, la cómica encarnación de la muerte de Diego Rivera. Sin olvidar la música de Jorge Negrete, Pedro Infante, con un poco de hip hop folclórico del Mexican Institute of sound. Ahí está también el perro de los aztecas, el Xoloitzcuintle, y los animales fantásticos de la artesanía de Oaxaca, los alebrijes, ya en venta en su Disney Store más próxima.

Hasta la izquierda mexicana se ha mostrado agradecida a la filial de la gigantesca Corporación Disney por explorar lo auténtico del pueblo mexicano. Hay que reconocérselo a los creativos gringos de Pixar de la escuela obsesiva de Steve Jobs. No dejarán ninguna piedra sin levantar en su búsqueda. La revista Proceso comparó la película con una novela de Carlos Fuentes. El actor progresista Gael García Bernal pone la voz al desgraciado músico Héctor que no puede cruzar el puente de flores anaranjadas cempasúchil hasta el mundo de los muertos vivientes porque nadie vivo se acuerda de él. Elena Poniatowska dobla al castellano la voz de la abuelita, nana coco, que, pese a su demencia avanzada, finalmente recuerda en una lacrimosa última escena la canción del mismo músico (su padre): Recuérdame. Pixar ha logrado que llorar como se lloró en las proyecciones de Bambi sea elogiado por los que antes denunciaban el imperialismo cultural.

Pero, quizás sea la izquierda la que ha cambiado más que Disney. Curiosamente, dada su reivindicación de la memoria colectiva, Coco ha logrado borrar totalmente la polémica que desató Disney en 2013 cuando anunció que pretendía hacerse con los derechos de propiedad intelectual del mismísimo Día de los Muertos, declarado patrimonio de la humanidad de la UNESCO. Disney quería el uso exclusivo para dotar a su marketing de “comidas snack y congeladas, adornos de árboles de navidad, imanes decorativos y productos de enseñanza y entrenamiento”, de cierta autenticidad y alma, según contaron sus abogados. Tras una oleada de protestas, la corporación retiró la solicitud.

Disney ya se ha dado cuenta de sus errores. Los cineastas de Pixar hablan de México y su identidad con el máximo respeto: “La película es una carta de amor a México”, ha insistido su director Lee Unkrich, oriundo de Ohio, que también dirigió Toy Story 3. “Coco no existiría sin la belleza ni la inspiración de México y su cultura, ni tampoco sus familias…”, coincide la productora de la película, Darla Anderson. Tras el terremoto que mató a medio millar de personas, entre ellas decenas de niños, Disney no tardó en enviar donativos a los damnificados del estado de Oaxaca, donde hizo gran parte de su investigación para la puesta en escena.

Nadie en México parece estar preguntándose si Coco, y la participación de Disney y otras corporaciones en la reconstrucción, contamina la movilización ciudadana con el veneno de filantropía corporativa. A fin de cuentas, como decía Carlos Monsivais tras la masiva movilización ciudadana después del seísmo de 1985 que derrocó al PRI en el DF, no se trata de ser solamente “solidarios” al organizarse en apoyo a las víctimas, sino de “tomar el poder”.

Para entender por qué no debería elogiarse una película de Pixar sobre el Día de muertos mexicano, lo primero que hay que hacer es visitar la doble exposición México, Walt Disney y El arte de Coco en la Cineteca  Nacional (Filmoteca) de la secretaría de Cultura en Coyoacán, que recorre los viajes de Disney en México y América Latina en los años de la guerra fría. El primer viaje, en 1942, fue como enviado de un programa exterior de Roosevelt para contener el fascismo en América Latina y, lo que sería mucho más importante conforme fueron pasando los años, para detener al comunismo y cualquier movimiento de reivindicación social. Hizo dos películas, el corto Saludos America y el largometraje Los tres caballeros, que, como recuerda la historiadora cultural argentina Marcela Croce en un número reciente deThe Jacobin, “establecieron un precedente por el cual la industria de cine trabajaba para justificar la intervención estadounidense en la región”.

La exposición en la Cineteca Nacional, sin embargo, no se detiene en esa historia de invasiones, golpes y masacres de pueblos indígenas. Recuerda que Disney realizaba minidocumentales para apoyar la campaña de salud pública del presidente Miguel Alemán. Relata cómo Pancho Pistolas, el personaje mexicano creado por Disney entonces, se convirtió en un personaje querido en todo el país. Explica la afición de Disney a la música mexicana y a los trajes de charro que a veces vestían durante sus visitas. “El legado de Walt Disney ha permanecido en los corazones de México (…) esas sonrisas que Disney nos ha regalado son parte de nuestra memoria”, pontifica el texto de la exposición. “México y Disney es un encuentro mágico”, resume.

No hay en la exposición ni una referencia al libro clásico sobre Disney en América Latina, Para leer al Pato Donald, editado en Santiago de Chile en 1972, una crítica demoledora hacia los estereotipos racistas de las tiras cómicas y las películas de Disney sobre América  Latina y hacia la “colonización mental” de los niños con “los sueños de una ideología competitiva de ultra individualismo”, según recuerda su coautor Ariel Dorfman, catedrático de la Universidad Duke de Carolina del Norte en el Huffington Post. Quemados miles de ejemplares del libro en Chile tras el golpe de 1973, la obra fue prohibida en EE.UU., dos años después, por las presiones de Disney. Finalmente, será publicado a finales de este mes y formará parte del catálogo de una nueva exposición sobre Disney en América Latina en el museo MAK de Los Ángeles. ¿Por qué no mencionaron nada de esto Francisco Haghgenbe y Hugo Derat, los dos comisarios de la exposición México y Walt Disney en la Cineteca Nacional? Quizás porque los dos son publicistas de la oficina mexicana de la Corporación Disney. “Nosotros solo prestamos la sala; Disney diseñó la exposición”, se limitó a decir un empleado de la secretaría de Cultura.

*Andy Robinson. Es licenciado por la London School of Economics en Ciencias Económicas y Sociología y en Periodismo por El País UAM. Fue corresponsal de ‘La Vanguardia’ en Nueva York y hoy ejerce como enviado especial para este periódico. Su último libro es ‘Off the Road. Miedo, asco y esperanza en América’ (Editorial Ariel, 2016).

PREMIOS DEL 27 ALMACÉN DE LA IMAGEN (Camagüey, Cuba)

Gran Premio Luces de la Ciudad: Oculta, de Jessica Franca (más lauros de Ficción, Dirección y Dirección de Arte).

Premio Promocional: Zweet and big Orange hope, de Yadniel Padrón.

Premio Minicorto: Daños colaterales, de Fernando de J. Almeida.

Premio Documental: Lecciones de Tai Chi, de Diego Rodríguez.

Mención Ficción: El hormiguero, de Alan González (más lauro de Guion).

Premio Fotografía: Aves del paraíso, de Manuel Ojeda (más lauro de Sonido)

Premio Música: Días de diciembre, de Wilma Alba (más colateral del ISA).

Premio Edición: Game Over, de Hugo Navarro

Premio Animación: En el café, de Rodolfo Caraballo (más lauro colateral Cinema)

Reconocimiento: El Almacén de la Imagen, isla de resistencia, de Alberto Santos.

Ganadores del Pitching

Proyecto de ficción: La víctima, de Henry de Armas, Yanara Kamila e Ivexy Arencibia (Camagüey)

Proyecto de animación: Razorback, de Liuxander Ricardo, Frank Alpízar y Delio Díaz (Holguín)

Colaterales

EICTV: Testigos de la luz, de Miguel Vizoso.

UJC: Cabalgando con Fidel, de Yadniel Padrón.

Claqueta: El monte, de Claudia Claremi (más el lauro de SIGNIS)

Mundo A con obra de Martha Jiménez: La gran espera, de Valerie-Marlin Schmid.

Uneac: La Máquina, de Adolfo Mena.

Video de Yadniel PAdrón uno de los jóvenes cineastas premiados

EL CALLEJÓN DE LOS MILAGROS, UN AÑO DESPUÉS

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El próximo 27 de octubre se estará cumpliendo un año de la inauguración “oficial” del Proyecto de Fomento de la Cultura Audiovisual “El Callejón de los Milagros”. La elección de la fecha no fue gratuita, pues ese día se celebra, gracias a la UNESCO, el Día Internacional del Audiovisual.

En realidad el Proyecto ya había iniciado sus actividades desde el mes de febrero anterior, cuando se realizó el Primer Encuentro sobre Cultura Audiovisual y Tecnologías Digitales, pero hablamos de una “inauguración oficial”, porque aquel 27 de octubre dejamos inaugurado el primer Portal del Paseo Temático, creado por el grupo Orsis, y fue hermoso ver cómo un gran número de personas se congregaban en Nuevo Mundo, y comenzaban a descubrir las infinitas posibilidades que brinda el uso creativo de la tecnología.

Por lo que la prensa anunció por esos días, aquello prometía convertirse en el inicio de esa segunda Campaña de Alfabetización que tanto necesita el país, vinculada en este caso a lo tecnológico. Y las esperanzas eran mayores, pues detrás del Proyecto podíamos encontrar como entes rectores al Sectorial de Cultura en la provincia, el Centro Provincial del Cine, la Asociación Hermanos Saíz, y la Unión de Informáticos de Cuba. Y además de ello, psicológicamente se contaba con la buena opinión que sobre el proyecto aún tiene el primer vicepresidente Miguel Díaz Canel, una de las personas que más ha defendido en el país la necesidad de informatizar la sociedad.

Sin embargo, un año después todo ha quedado en la promesa. Por poner algunos ejemplos: en el Complejo Audiovisual Nuevo Mundo siguen faltando las máquinas que se necesitarían, no para jugar, sino para organizar los talleres que pueden impulsar el mencionado uso creativo, mientras que la imagen de la institución (la primera de su tipo creada en el país) peor no puede ser, con esas puertas desvencijadas que en dos años la empresa Dural no ha conseguido reponer, no obstante el sinnúmero de gestiones. Y del anuncio de una futura “calle inteligente de los cines” solo queda el recuerdo de las ponencias presentadas en el Segundo Encuentro sobre Cultura Audiovisual y Tecnologías Digitales.

Algunos se preguntarán: ¿cómo es posible que nada suceda en un lugar donde está creada toda la infraestructura que permitiría desplegar las más revolucionarias actividades? El asunto no es tan sencillo de explicar, toda vez que las dinámicas culturales resultan absolutamente impredecibles: más allá de la voluntad individual o institucional siempre estará esa gran masa de prejuicios que movilizan o inmovilizan en el aspecto creativo a los seres humanos. Porque es un mito eso de que somos por esencia creadores: la creatividad es algo que hay aprender a cultivar, ya que por lo general lo que estamos haciendo es imitar los actos que hemos aprendido de los otros.

Siempre me gusta recordar que todo esto nació a raíz del Primer Foro sobre Consumo Cultural que organizamos en La Habana. En las conclusiones de aquel primer evento suscribimos la necesidad de pasar de la teoría a la construcción de una agenda práctica, donde hablásemos menos y creásemos más. Hasta ahora el Proyecto ha sido eso: no estamos hablando en abstracto de informatizar la gestión cultural, sino que estamos mostrando que es posible operar con un wifi institucional a través del cual podemos poner a circular contenidos que apoyen nuestra política cultural. Lo que ahora mismo funciona dentro de El Callejón de los Milagros, perfectamente pudiera funcionar en la Biblioteca Nacional José Martí o en la Provincial “Julio Antonio Mella”, en la sede de la UNEAC de La Habana o en la de Camagüey, en el lobby del ICAIC o del Ministerio de Cultura, o en cualquiera de las librerías o galerías de arte que existen en el país.

Que todavía no se vea lo razonable de asumir ese tipo de estrategia como un modo de acercarnos desde la institución a los nuevos públicos, se puede entender. Estamos hablando de crear nuevas modalidades de trabajo, nuevas maneras de pensar la gestión cultural, y siempre será más difícil crear lo nuevo, que afianzar lo que ya existe.

Eso es lo que explicaría, por ejemplo, que la idea de hacer un Taller de la Crítica Cinematográfica germinase en Camagüey de modo tan hermoso en medio de uno de los períodos más oscuros vividos por el país, y en cambio, la de El Callejón de los Milagros, con todas las condiciones creadas, no despunta.

Con el Taller de la Crítica se trataba de salvar algo (el ejercicio de la crítica fílmica) que corría el peligro de perderse, es decir, se aspiraba a salvar una tradición. Por supuesto, coincidió con que al frente del Centro del Cine estaba en ese instante un director como Armando Pérez Padrón, que era y es un gran cinéfilo, y trabajaba dentro de la institución ese apasionado por el cine a tiempo completo que es Luciano Castillo, y el Sectorial de Cultura era dirigido por Zenaida Porrúa, que se enamoró de inmediato de la idea, y al público camagüeyano todavía le gustaba ir a los cines e intercambiar en vivo con los principales expertos del país, y las personas que trabajaban en esos cines (pese a que los salarios siempre fueron los peores) se quedaban en las salas hasta que el último espectador se perdía en la madrugada. Fue una conjura extraordinaria de circunstancias favorables: en esos instantes había mucha gente sintiendo amor por el cine; viviendo por el cine, no del cine.

Hoy es diferente: las personas consumen más audiovisuales que nunca, pero lo hacen por su cuenta, apelando al Paquete, y en su casa. Por eso cada vez tienen menos idea de lo que es “el cine”, tal como lo defendíamos en nuestros antiguos programas culturales. Y en la orilla contraria falta el equipo capaz de articular las nuevas estrategias, toda vez que, en sentido general, nos hemos estancado en las maneras de pensar el fenómeno audiovisual, apelando de modo mecánico a las herramientas heredadas del siglo XX.

Para poner un ejemplo que toca a la crítica: a estas alturas del siglo XXI, apenas Antonio Enrique González Rojas se ha atrevido a incursionar en el libro electrónico como un modo de ponerse al día, sin prejuicios, con los nuevos lectores. Es decir, que en sentido general los críticos cubanos seguimos con “las mismas palabras, los mismos gestos”, escuchándonos entre nosotros mismos (cada vez menos), mientras la vida y su gente van por otro lado (somos la reencarnación de Los sobrevivientes de Titón). De allí que el Proyecto “El Callejón de los Milagros” no pueda contar con el respaldo de la institución “Crítica”, y deba comenzar a formar su comunidad de usuarios prácticamente desde cero.

Y a pesar de lo anterior, creo que el Proyecto va siendo una gran escuela para los pocos que han decidido acercarse y experimentar. Y en este año lleno de frustraciones, se ha conseguido hacer bastante: allí está disponible el Portal “El Callejón de los Milagros”, que a estas alturas ya es también un buen repositorio de libros que hablan del cine, y se han podido impartir Talleres de uso creativo a personas de las más diversas edades (desde niños de 8 años hasta adultos que sobrepasan los setenta). Y hemos celebrado par de Encuentros sobre cultura audiovisual y tecnologías digitales. Y ha nacido esa Enciclopedia Digital del Audiovisual Cubano, que es hija de todos estos meses de permanente aprendizaje.

Así que un año después de creado, y pese a la falta de un apoyo real, sigo creyendo en el Proyecto “El Callejón de los Milagros”. A Miguel de Unamuno le gustaba repetir que lo suyo era poner la levadura con la que los demás después construirían el pan.

En El Callejón de los Milagros entregamos la levadura para elaborar un pan que, para decirlo como Soler Puig, en estos instantes está dormido. Pero lo que importa es eso: que es pan, y en algún momento nos resultará útil.

 

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