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Finding Nemo

tomado del blog Letra Joven

Por Rodolfo Romero Reyes

La primera vez que utilicé el seudónimo de Nemo fue precisamente en las páginas de la revista Alma Mater. Respondió en aquel momento a una petición de alguien —algún directivo, supongo—, en mi opinión un poco absurda. Me fue comunicada por quien, en aquel entonces, fungía como director de la publicación.

En ese momento yo colaboraba con bastante sistematicidad en la sección: «¿Quién le pone el cascabel al látigo?». En primer lugar porque era la sección que me permitía llevar a un medio nacional el mismo estilo con el que escribíamos en La Papilla, publicación dedicada a «dar chucho» en la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana. En segundo lugar, había descubierto que ese espacio, con más de 20 años de creado, había sido testigo de autores bien graciosos y carismáticos que yo frecuentemente leía. Y en tercero, porque siempre tuve gran sentido de pertenencia por la publicación que antes fue de Mella, también de Tamara y ahora de Mayra.

Me llama mi director y me informa que una persona no podía publicar dos y tres trabajos en un mismo número. Tampoco se podían monopolizar los espacios y mi nombre aparecía con mucha frecuencia, según él. Pero, como él era mi amigo, me dio una idea: «Te buscas un seudónimo y entonces algunos trabajos los firmamos con tu nombre y otros con el seudo».

Aquella idea, en principio un poca loca, me fue agradando. Entonces decidí buscar. Siempre he sido fan de Silvio Rodríguez y algunas de sus canciones han acompañado parte importante de mi vida: Playa Girón, Historia de las sillas, El elegido, obviamente Escaramujo, y Quién fuera.

De esta última siempre guardé tres imágenes bellas: Silvio desconectado del mundo, con la mano en su oreja, repitiendo «corazón…»; mi amiga Yaima siendo «un poderoso sortilegio» en el umbral de los misterios; y aquella muchacha que buscaba una escafandra, «al pie del mar de los delirios». Me pregunté muchas veces: ¿Quién fuera Lennon y McCartney…? ¿Quién fuera Nemo, el capitán?

El capitán Nemo, comandante del submarino Nautilus, es el protagonista de la novela de Julio Verne Veinte mil leguas de viaje submarino y uno de los personajes de La isla misteriosa. Nemo es un personaje sombrío y misterioso, que esconde su verdadera identidad tras un nombre que alude al episodio de Ulises y Polifemo en la Odisea. Obsesionado por un misterioso pasado, ha renunciado a vivir en sociedad y recorre los mares en un afán de investigación científica (las exploraciones del submarino Nautilus), de justicia (ayuda a los revolucionarios griegos en su lucha de emancipación respecto a Turquía), y de venganza (se dedica a hundir navíos que lleven la bandera de Inglaterra). En Veinte mil leguas de viaje submarino, Nemo y su leal tripulación parecen suicidarse hundiéndose en los torbellinos del Maelstrom.

Más que de los libros, tomé el seudónimo de la canción de Silvio. Así empecé a firmar como Nemo. Después, cuando tuve que escribir sobre mi tesis de licenciatura un artículo para la Editorial Caminos, utilicé la metáfora de «Nemo y su primera expedición», en la cual iniciaba una travesía incierta como parte del Proyecto Escaramujo, un «nautilus educomunicativo» que empezábamos a construir en la Facultad de Comunicación.

Así empecé a firmar indistintamente como Rodolfo y como Nemo. Una amiga que «lanza botellas» de Villa Clara insiste en decir que fue por el pececito anaranjado de la película animada. Yo le confieso que no, pero no me hace caso.

Aunque la idea nunca fue esconderlo, el verdadero nombre de Nemo se volvió un misterio. Todos en Escaramujo lo sabían pero los lectores de Alma Mater no. Hasta el día en que, y aquí viene lo cómico de esta historia, como parte de los cambios editoriales de la revista empiezan a pedir que los artículos deben ir acompañados de una foto de su autor.

Y entonces, en el próximo número, sin que diseñadores, editores o el propio director se dieran cuenta del garrafal error, salió para los estanquillos un artículo firmado por Nemo acompañado de una foto mía. ¿Qué les parece? Ese día cualquiera pudo encontrar a Nemo, sin ninguna complejidad.

Publicado por vez primera en 2015.

¿Cómo nació “la margarita” que representa los festivales?

Publicado en el blog Cuba X dentro

Por Luis Enriquez Benet

La edición número 19 del Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes comenzará este sábado 14 de octubre en la ciudad de Sochi, Rusia. La cita, convocada por la Federación Mundial de la Juventud Democrática y organizaciones estudiantiles internacionales, reunirá a unos 20 mil jóvenes de 150 países del mundo.

Se trata de una plataforma devenida espacio de comunicación caracterizado por el intercambio libre, donde a través del diálogo, debates, actividades culturales y competencias deportivas,  se intercambian criterios que permiten a la joven generación enfrentar los desafíos actuales.

Al igual que en las ediciones anteriores, el logo del festival es la margarita multicolor que simboliza la continuidad de las tradiciones, la conexión de las generaciones, paz y unidad mundial.

Esta vez caracterizan en el emblema los píxeles de colores, en alusión al progreso tecnológico así como la convivencia en una era marcada por el uso de las tecnologías de la información y las comunicaciones.

La margarita como distintivo gráfico en la historia de los festivales mundiales, fue creada en la antigua Unión Soviética por el pintor moscovita Konstantín Kuzguinov, con motivo de la sexta edición del certamen en el año 1957.

En esa fecha se realizó un Concurso Nacional donde se presentaron unas 300 creaciones, entre las cuales destacó por su originalidad y sencillez la propuesta de la flor.

Por su aceptación entre los participantes, en 1958 el Congreso de la Federación Mundial de la Juventud Democrática anunció que la margarita de Konstantín Kuzguinov quedaba aprobaba como base permanente para todos los foros posteriores.

De acuerdo con Liubov Borísova, hija del pintor, su padre hablaba de cómo fue el proceso de creación de lo que hoy conocemos como un símbolo mundial:

Me pregunté, ¿qué es el festival? Y respondí así: juventud, amistad, paz y vida. ¿Qué puede simbolizarlo de la manera más exacta? Estaba trabajando en el boceto en mi casa de campo, rodeado de flores. La asociación nació pronto y con una facilidad sorprendente. Una flor. El corazón – el globo terráqueo, y 5 pétalos-continentes a su alrededor. Los pétalos enmarcan el globo azul de la Tierra con el lema del festival: ¡Por la paz y la amistad!

Así mismo asegura que recuerda a su padre decir que, como deportista, se había inspirado en los aros olímpicos, el símbolo de unidad de los atletas del mundo.

Lo cierto es que la margarita ha quedado en la memoria de varias generaciones hasta llegar a convertirse en expresión de la cultura del festival, portando en sí misma los valores e ideales de paz, unión y libertad que este defiende.

 

Las noches en la Universidad, ay, las noches…

A Carlos, Alipio, a todos los amigos de la Uni, a mí en esos tiempos…

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Esos fueron de mi tiempo, detrás, el excelso departamento de periodismo y comunicación social de la sede Mella

Siempre me han importado los comienzos. Un buen comienzo lo es todo, o por lo menos el comienzo de todo, el primer vistazo, el primer gustazo, ese interruptor que define cualquier lectura, del género que sea.
El caso es que hace días estoy buscando palabras para contar algo de la Universidad, lo que más recuerdo, lo que pueda mover las nostalgias que andan sueltas, encabritadas en cada mensaje, en cada foto de los que se encuentran después de tanto tiempo, de cinco años compartiendo la Universidad, con todas sus causas.
Claro, buscar la aguja, encontrar la justa es el problema. Esta es mi versión décima y todavía puedo intentar otras. Claro que entonces lo más probable es que lo deje para luego y se quede para nunca. Así que dejo los escrúpulos a un lado y escribo.
Hoy voy a hablar de las noches. En la Universidad, era la vida misma. La sede Mella, e imagino que Quintero también, era una ciudad de noches abiertas, donde todo se hacía un espacio, porque el cielo para entonces era el mismo para todos.
Había fiestas. Las mías en cinco años fueron muchas y la mayoría desenfrenadas, de ron marca matarratas, cuando más un aguardiente de Central cañero.
Nunca más lo he vuelto a probar, pero sí me queda el recuerdo. Era indefinible el sabor, el color variable, la textura de mejor ni averiguar, pero siempre merecido, siempre agradecido por barato, por de a buena hora luego de tanto tratar con profesores, pruebas y horarios.
Se acompañaba de música, de buenos amigos, y bajaba bien al estómago casi siempre vacío. Ahora pienso en alquimia, entonces pensaba muy poco porque de alguna manera esa forma de muerte lenta que venía en cada trago era una contribución simbólica a la vida, que vivíamos con alevosía, a sabiendas de nuestra mortalidad.
La música, en medio de todo, era fundamental. Fueron tiempos de descubrimientos, de navegar con los ojos cerrados gracias a algún socio que se entretenía en sorprenderme.
De entonces guardo la convicción del espacio de la música en mi vida, como un componente dramático imprescindible para vivir lo más intensamente posible los momentos, a sumergirme en la nostalgia con notas tales o saltar de alegría con algún acorde de locos si era el caso.
Allí le cogí el gusto a Estopa, a Jarabe de Palo, escuché por primera vez una canción de La Cabra Mecánica, que nunca más encontré. De esas noches, guardo lo mejor de la música y lo más vulgar de la moda.
A compases cambiaba de palo para rumba, según el cuarto, la hora y los socios. En una misma noche podía escuchar a Bach, Gilberto Santa Rosa y Candyman. Aprendí que la alegría es una actitud, una decisión que no tiene que ver con niveles culturales, a veces barreras para esos de narices altas y mentes estrechas.
En muchas de esas noches, tuvimos la oportunidad de la primicia. Una bailé por primera vez con Sur Caribe, todavía sin fama pero siempre genial, moviendo todo en aquella sede donde había mucho por mover, por desestresar. Recuerdo al guajiro Eliades, ya con nombre conocido, bajando de su carro cuatro puertas, flamante, para ir a verter sudores en el teatro de Quintero, sauna concurrida en una tradición de mucho tiempo, me dijeron entonces. No sé si mantenida.
Muchos de los buenos pasaron por allí y quedaron en el recuerdo, en las peñas que también ponían su nota y sus nostalgias. Todavía, después de algunos cursos, seguía en el aire la de los Raros, que intentamos continuar en las afueras del aula de televisión, con el empujo empalagador del profe Ramiro, conspirando con Luis Enrique y Karina y todos los que ayudaban en aquellos círculos en los que yo no faltaba, con novio o sin él, corriendo por algún trabajo o más relajada.
Aunque muchos piensen lo contrario, las noches también eran de estudio. Como se podía se husmeaba en las palabras, cazando valoraciones, sorpresas y contrarios. En la Casa Azul, denominación para aquella Girón de cuatro pisos y un millón de locos que acogió por unos cinco años a los estudiantes del Departamento de Periodismo y Comunicación Social, y todo aquel con suficiente palanca como para colarse; los libros estaban a la mano, codiciados, de primera necesidad, imprescindibles.
Noches también de televisor, y musiquita privada, de guitarra, de conversación suave en algún banco o cazando mosquitos en los escalones. Noches de pelota, en turba frente a la pantalla o en las gradas del Guillermón, para después ir de conga los que ganaban, alicaídos pero nunca callados los que perdían.
Noches y noches de ventanas alumbradas, de gente despertando a deshoras para dormir cuando a las gallinas les falta poco para irse al palo, noches de besos ocasionales y adormecidos, como a suerte de ver qué nos trae la mañana. Noches de laboratorio, de alguna película de sexo de esas que enseñan muy poco en realidad aunque muestran mucho, colada por milagro en la sacra red de los laboratorios.
Noches de caminar buscando algo que comer, cuadra tras cuadra tras la promesa de una pizza, entumecida a esas horas. Noches de no saber qué hacer y de extrañar. Noches de aquelarre y diversidad, de aceptar sus velos y velorios, en los que velábamos que no se despertara la intolerancia.
Carlitos y sus fiestas del cuarto piso de la Casa Azul. Tico y sus alhajas de carey, madera, semillas. Todos con todos. El teléfono, las tías, los inventos para subir al novio ingeniero de turno para pasar la noche.
Y los insomnios que me hicieron sentarme en algún sitio y mirar la noche, fijarme en las ventanas encendidas a las tres, las cuatro de la mañana, e imaginar qué hacían a esas horas, si el amor, o un seminario, o estaban tan insomnes como yo, quizás ocupados también en imaginar, sumergidos en la contemplación de lo invisible.
Porque la Universidad, lo supe desde la primera noche, no duerme nunca

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