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Eduardo Ramos

tomado del blog Segunda Cita

En la madrugada de hoy, viernes 16 de marzo de 2018, se nos fue Eduardo Ramos Montes, hermano, bajista y uno de los fundadores del Grupo de Experimentación Sonora del ICAIC. Pongo la nota que escribí en enero para su último disco, que debe salir pronto. Segunda Cita abraza a Popy, a Elis Regina, a Jean Franco y a Laura, y desea el mejor de los viajes a este amigo querido, excelente músico e impecable caballero en todas las circunstancias de la existencia.

Hace unos días, pensando las palabras que debía pronunciar como inauguración del Premio Casa de las Américas, cuando recordaba que en el próximo febrero se iba a cumplir medio siglo de que algunos trovadores de mi generación habían cantado por primera vez en aquella importante institución de la cultura Latinoamericana, recordaba que, aquel 19 de febrero de 1968, uno de los presentes concertantes fue Eduardo Ramos.Yo había conocido a Eduardo un par de meses antes, porque habíamos coincidido en las actividades colaterales al Primer Festival de la Canción Popular, en el famoso balneario de Varadero. Recuerdo hasta la primera vez que hablamos, en los jardines del hotel Kawama, en cuyo cabaret nos habían asignado actuar. Eduardo por entonces era la segunda guitarra del importante grupo Sonorama 6, que dirigía Martín Rojas e integraban músicos que luego fueron de mucha trascendencia como Enrique Pla, Changuito, Carlos del Puerto, Carlos Averoff.Eduardo ya escribía canciones con unas armonías muy particulares y llegó a desarrollar uno de esos estilos tan peculiares que son únicos. Sus temas me fascinaban, tenían unas atmósferas oscuras, con giros armónicos y melódicos inhabituales, y estoy seguro de que, en aquellos años en que yo me formaba, me sirvió de mucho la honestidad de un autor como él, para completar mi conciencia exigente respecto al arte de la canción.Desde entonces fundamos una amistad invariable, basada siempre en goces y afinidades tanto estéticas como éticas. Recuerdo cuando vivía en el barrio de Pogolotti, con sus padres; recuerdo cuando nació cada uno de sus hijos. Vivimos años inolvidables en el Grupo de Experimentación Sonora del ICAIC –donde él quedaba como director cuando Leo Brouwer se ausentaba–. Para aquel grupo legendario Eduardo escribió páginas fundamentales y, como bajista, fue uno de los autores de su sonoridad. En aquella etapa me ayudó con varias orquestaciones y fue el productor de mi álbum Tríptico. Después viajamos juntos a muchos eventos musicales.Eduardo fue elegido, por aclamación, el segundo dirigente que tuvo el Movimiento de la Nueva Trova, y en los años 90, cuando fundamos los estudios Abdala, fue de los primeros en acudir a echarnos una mano, siempre con la responsabilidad que le caracteriza.Para mi, más que gusto, es honor presentar este disco de uno de los músicos que más quiero y respeto, por ser siempre intranquilo, por no achantarse, por estar siempre dispuesto a dar un paso más, como hacen los que eligen el arte como forma de vida y se hacen niños para siempre. Así es Eduardo Ramos, quien tiene residencia en el infinito parque de diversiones de la música.Silvio Rodríguez Domínguez
La Habana, 8 de enero, 2018.

Mi hermano Vicente

por Silvio Rodriguez

tomado del blog Segunda Cita

Algo que siempre recuerdo son los ojos azules de Elsa Miranda, muy abiertos y fijos en los míos, apretándome los dos brazos y diciéndome “¡Tráemelo vivo!”, en vísperas de Angola. Pero desde muchos años antes su hijo Vicente era uno de los estudiantes más aguerridos de la secundaria. De todos nosotros era el que parecía un héroe y, a la vez, el más elegante, el único que casi siempre andaba en saco. Nunca pude explicarme cómo conseguía aquel balance entre muchacho de clase media y feroz combatiente.

Yo con dieciséis y él con quince, nos gustaban las mismas músicas, las mismas películas y a veces las mismas compañeras (cosa que nunca nos llevó a disgustos). Creo que la segunda vez que bebí en mi vida fue una noche que fuimos a un bar a escuchar a Los Astros, de Raúl Gómez, que por entonces tenían un número pegado en la radio. Después de un par de cubalibres salimos a coger la ruta 27 frente a Maternidad de Línea, y ya en su casa de la calle Neptuno tuve que subirlo en hombros por las empinadas escaleras. No se me olvida que Esther y Tata, sus inmortales tías, me dijeron horrores por llevarlo en semejante estado.

Cuando me desmovilicé de las FAR y volví a verlo, se debatía entre hacer canciones y graduarse de profesor de Física. Pero la bohemia acabó seduciéndolo (era demasiado tentadora) y aquel muchacho con portafolios se convirtió en el jipi más sangriento de su generación. Escribió las canciones más extremas que yo haya escuchado nunca, en las que era bala feroz, rompía monte encuero y llegaba a pedir que hundieran las manos en sus entrañas y experimentaran con sus vísceras. Cantando y prodigando generosamente su existencia, mi amigo Vicente se convirtió en una suerte de holocausto cotidiano que tributaba a un luminoso porvenir.

Se sabe que la vida no siempre premia la virtud con la justicia. Pero si este amigo tiene fama de algo entre sus compañeros –además de trovador irreductible– es de nobleza humana. Y es que todos sabemos que él siempre ha sido el más dispuesto al sacrificio, verdadero cantor de barricadas, tantas veces no bien gratificado.

Para decir exactamente eso son estas palabras y esta entrada, para decir que, aunque en ocasiones falten honores, medallas y reconocimientos, sin duda existen dignidades ejemplares mucho más necesarias y ciertas que las que son de humo.

Felicidades en tus nobles 70, Vicente Feliú Miranda.

Seguir siendo San Antonio de los Baños

DSC06415Debí haberme preparado mejor para el concierto de San Antonio de los Baños. Debí haber montado con los músicos todas las canciones evocativas que le tengo… Aunque, pensándolo mejor, llevo a mi pueblo tan adentro que no hay canción mía donde no esté su marca.

Aquellos tiempos de naturaleza en eclosión y de libertad son tan importantes que, cuando pienso en mi infancia, he borrado los años que pasé encerrado en apartamentos habaneros y sólo me afloran los fines de semana en que mi madre nos montaba en dos guaguas para, al final, llegar a la casita en que habíamos nacido, en la calle Caridad, número 2 y medio. Allí nos esperaban mis abuelos, María y Félix –y mi tía Marta, la más chiquita de las hijas, que todavía vivía con ellos.

Yo saludaba y desaparecía. Sin tocar el suelo andaba cuadra y media, hasta La Callancha (la calle ancha), hasta la casa de mi primo Hectico, para reencontrarme con el Chentum, Carlitos, los dos Julios, Kike, el indómito Guácara, Arminda y Miriam; para ver a mi prima Adita, recogida por tía Lidia desde la muerte de Adelfa, la hermana “que en Gloria esté”.

Justo enfrente, sólo cruzando, quedaba el bajareque de Narciso el Mocho, entre una ceiba y la casa de su hermana Lorenza. En el traspatio de Lorenza había una valla de gallos y los domingos aquello era un hormiguero. Mano y sus hermanos cuidaban los animales finos, pero entre semana no se dejaba pasar niños.

Cien metros a la izquierda, el bodegón de El Sol de Cuba. Cincuenta a la derecha, un ancho terraplén que decían que llegaba a Cayo La Rosa, pasando por la laguna Arigüanabo. Ambas márgenes de aquel camino que subía y bajaba estaban cerrados de monte, campo de operaciones de mi infancia, antesala del río…

El concierto de anoche fue en El Parque Central. A mis espaldas, el busto del hombre con la única palabra que lo explica todo, la que renombró la antigua Calle Real: Martí. Veinte metros atrás, el otrora imponente edificio del Teatro Casino, la Sociedad y uno de los dos cines que había en San Antonio (el primero en que estuve). Hoy todo puras ruinas. Reconstrucción calculada en un millón de dólares.

Con el busto de Martí, la bandera cubana que pusimos y las ruinas del Teatro Casino en las espaldas, fue el concierto de anoche. Como algunos otros buenos conciertos, llovió. Llovió después de muchos días de cielo despejado. Supongo que algo nos tenía que caer de arriba a aquellos locos que cantábamos empecinadamente, pese a los instrumentos anegados, diciéndonos tanto los unos a los otros.

Algo que dije con palabras fue un modestísimo homenaje a Rodolfo Chacón, quien asombró mi infancia con una voz que hasta aquella tarde en La Quintica yo no podía imaginar. Rodolfo hoy día es un jubilado de la escena que dedica horas y fuerzas a preparar jóvenes y niños en el hermoso arte de la lírica. Enseñar a cantar es enseñar historia, maneras, cultura a los que crecen, haciéndoles crecer. Espero que algún día la importante labor de Chacón le sea sea reconocida, como mucho merece.

Las autoridades de San Antonio nombraron hijo ilustre a Frank Fernández, y a mi también. Agradezco el elogio a mi trabajadora y soñadora familia. En unos días hará 68 años que lo de hijo de mi pueblo me conforma.

Cumplida quedó la fraterna porfía con Frank de hacer conciertos en Mayarí y en San Antonio. Acuerdo que no fue más que un pretexto para retomar lo que hemos hecho tantas veces. En ambos conciertos llovió; en ambos el pueblo se mantuvo hasta el fin. Ambos sabemos que volveremos a estar juntos, de alguna forma, en nuestras respectivas patrias chicas y siempre en la grande.

Cuántos amigos de la infancia, cuántos conocidos y cuántos episodios revisitados. Cuántos hijos de vecinos, cuántos nietos de primos hermanos. Cuántos idos por llamamientos naturales; cuantos porque los hijos se les fueron y “qué voy a hacer con la vejez”.

Yendo hacia el pueblo, mi madre extraía de entre las brumas a Mayuya y sus hermanos, familia cuya casa colindaba con el placer de pelota de la esquina. En medio del concierto, increíblemente, una nieta de aquellos se me acercó a preguntarme dónde estaba mi madre. ¿Cómo es que la memoria de dos familias, con tanta ausencia de por medio, pudo coincidir y buscarse allí, bajo la lluvia, en aquel parque?

Milagros en los que vale la pena creer.

Gracias mi pueblo, por de cierta manera seguir siendo San Antonio de los Baños.

(Tomado del blog Segunda cita. Por Silvio Rodríguez)

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