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Bonitillo y sencillo

tomado de: Letra Joven

Por Rodolfo Romero Reyes

¿Cómo definir a alguien integral? Cuando escribo la interrogante, me pregunto si la cuestión de la integralidad solo nos preocupa en algunos países, específicamente en aquellos con vocación socialista. Sí, porque quizás en el primer mundo los parámetros son: competitividad, creatividad, inteligencia… No imagino que para ser el jefe de una empresa o el «trabajor/a del año» haya que ser una «persona integral».

En cambio, en Cuba aprendimos que la integralidad es la meta. De ahí que para ser buen estudiante no baste con formarse académicamente, sino que es necesario también contar con determinadas competencias o actitudes. En ese sentido aparecen parámetros como: ser artista aficionado en los festivales de cultura, participar en los juegos deportivos, sobresalir en docencia o en investigación, conocer la historia de Cuba, llevarse bien con los compañeros de aula, mantener buena asistencia y puntualidad, cumplir con las normas de la beca, entre otros.

Estoy de acuerdo con que, teniendo en cuenta el mundo mejor por el que estamos apostando, debemos priorizar la formación integral, aunque no es menos cierto que algunos parámetros de dicha formación resultan ambiguos o subjetivos. ¿Cómo medir que un estudiante tiene «buen porte y aspecto»?

En las enseñanzas primaria y secundaria, la cuestión de la integralidad es premiada con un diploma o el reconocimiento colectivo en los matutinos de la escuela. Pero al llegar a la educación superior, puede determinar una ubicación laboral y de esta forma comprometer el futuro de los estudiantes. Así que ahí el asunto gana mayor seriedad. Hasta existen Asambleas de Integrales, en 5to. año, en las cuales salen a flote los trapos más sucios y clasificados con tal de subir un peldaño en el escalafón.

Por suerte, mi 5to. año de Periodismo pasó ileso de tal evento. Aún no recordamos por qué, pero quizás sabiéndonos uno de los grupos «mejor llevados» e integrados en la historia de la Facultad de Comunicación, algún mensajero celestial decidió que no debíamos pasar por eso, evitando el mal rato que, en algunos casos, suponen estos debates asamblearios.

Pero no todas son malas experiencias y les cuento una, la más simpática. Estaba en el preuniversitario cuando, al llegar al grado doce, se hizo el análisis previo a la conformación del escalafón final.

Uno de los primeros analizados fue Manolo, el tipo más gracioso de mi aula, y probablemente de la unidad 5 de la graduación 31 de la Lenin —sí, porque en la unidad 6 estaban Tato y Fernando que le hacían competencia—. Después de que algunos realzáramos sus virtudes, siempre hubo quien le criticó su poca «participación en los debates estudiantiles». Manolo lo «cogió muy a pecho» y decidió que esa misma asamblea sería el lugar para demostrar que aquel era ya un señalamiento superado.

A partir del siguiente analizado, cada vez que le daban la palabra al grupo, el Manu se «despatillaba» —como los muñequitos verdes de los semáforos—, pedía la palabra y comenzaba a dar sus criterios. Como no conocía mucho a las personas en cuestión —pues era un grupo recién formado con las personas que queríamos estudiar Letras o Ciencias Sociales— y haciendo gala de su buen humor, comenzaba su discurso diciendo:

—Bueno, de Raúl yo pudiera decir que es un muchacho bonitillo y sencillo, y se lleva bien con todo el mundo…

—Patricia, es una muchacha bonitilla y sencilla. Ella e Ileana son muy responsables y estudiosas—. De más está decir que cada vez que mencionaba los dos adjetivos, el aula entera era una gigantesca carcajada. Pero más allá de la mala cara de la profesora guía, que sentía le estaban «saboteando la actividad», Manolón continuaba.

—Julio, es un chamaco bonitillo y sencillo…

Y así, hasta que llegó mi nombre. Me puse de pie y la profe guía preguntó:

— ¿Qué creen de Rodolfo?

Manolo levantó la mano y sorprendió con un repentino cambio en su «speech».

—Rodolfo… ummmm… Rodolfo es un muchacho extremadamente sencillo.

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