Un voto por nosotros, por Cuba

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Carlos Manuel de Céspedes fue el Padre de la Patria mucho antes de que le asesinaran a su Oscar. Lo fue no solo porque con el tañer de sus campanas anunciara el inicio de la búsqueda definitiva de la independencia, sino porque al libertar a sus esclavos los abrazó e igualó y les enseñó la necesidad de ser libres y de luchar para que la libertad sea para siempre.

Una necesidad irredenta que en el brazo y el alma del mulato inmenso se convirtió en intransigencia, y en honra para la madre que prefirió al hijo Calixto muerto antes que cautivo, como otras tantas, que dieron sus mejores semillas a la mejor causa.

La misma causa que movió al Maestro, aun desde el destierro, a forjar la guerra sustentada en el partido que “no tiene por objeto llevar a Cuba una agrupación victoriosa que considere la Isla como su presa y dominio, sino preparar, con cuantos medios eficaces le permita la libertad del extranjero, la guerra que se ha de hacer para el decoro y el bien de todos los cubanos, y entregar a todo el país la patria libre”.

En la etapa definitiva, una generación bendita dio lo que tenía: sus ahorros, su laboratorio Tión, una granja de pollos, las ventas de juegos de comedor y sala, un estudio fotográfico, el empeño de su salario, su trabajo, su automóvil… hasta  llegar a los 16 489 pesos que la llevó a asaltar la Historia.

Después de la Sierra se nos hizo posible el sueño por primera vez. Comenzaba a tomar cuerpo el hermoso ideal de justicia social, sustentado en el programa del Moncada, en la reinstauración de los artículos más progresistas de la Constitución de 1940 y en esa fundamentalísima Ley de 1959. Las bases para que en 1976 nuestros padres dieran la más profunda lección de democracia colectiva en la aprobación popular de una Carta Magna, concreción de una sentencia de la Primera Declaración de La Habana: “el voto tiene que ser el derecho ciudadano a decidir”.

Para poder decidir el futuro muchos lo ofrendaron todo, incluso su mañana. Por eso presiden las seciones de la Asamblea Nacional las dos enseñas patrias, aquel primer estandarte de 1868 y la que recorrió el país en caravana victoriosa. Porque Cuba ha tenido un único proyecto de lucha, emancipador y libertario que vio el nacimiento de varios partidos y se quedó con el único capaz de representarlo como vanguardia organizada de la nación.

Con los años nada ha sido fácil. Bien lo vaticinó el barbudo. Es un hecho, y no una letra muerta, que aquí “la soberanía reside en el pueblo, del cual dimana todo el poder del Estado”, el mismo que tiene que realizar la voluntad del pueblo trabajador y como poder del pueblo, y en servicio del pueblo tiene que garantizarle un honroso día a día.

Pero esto no es responsabilidad de otros, es trabajo nuestro. Ese Estado, representado en la Asamblea Nacional como su máximo órgano, no cae del cielo, sale del barrio como resultado de un amplio proceso de consulta popular -ese que empezamos el 26 de noviembre y culminará el 11 de marzo con las elecciones generales-, y tiene su sustrato en el dictado del pueblo que es la Constitución vigente aprobada en referendo popular, el más  hermoso acto democrático.

Para algunos la mayor trascendencia de estas elecciones es que, después de ocho legislaturas, y por primera vez desde hace casi 60 años, el país no será dirigido por ninguna de las dos figuras más notorias de la Generación del Centenario de Martí, Fidel y Raúl.

La riqueza de Cuba está en sus conquistas. En esta República, que se empeña en ser de todos y para el bien de todos, cada dos años y medio el pueblo renueva o mantiene a su gobierno de casa, y cada cinco años lo hace en todo el país, con la prerrogativa de revocar del cargo a quien mal lo represente. Creernos ese poder popular es el mayor reto y compromiso, y la mayor trascendencia de este país-utopía.

No es un hombre quien hace la Patria, es la gente; el pueblo, ese motor catalizador de las transformaciones, sobre todo cuando nos crece dentro el patriotismo que nos viene desde mucho antes de la manigua cuando el padre Varela nos anunciaba que a la libertad no se llega por negocios ni concesiones.

Por eso este no es un momento de relevo, no. Porque es un momento de hacer “lo más difícil”, continuar lo que empezó Carlos Manuel de Céspedes y concretaron un puñado de hombres valientes, en una obra humana, inacabada pero perfectible.

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