Archive for: octubre 30th, 2018

LAS 14 CARACTERÍSTICAS DEL FASCISMO SEGÚN UMBERTO ECO

Tomado del blog: El Ciervo Herido
ECO REALIZÓ UNO DE LOS DIAGNÓSTICOS MÁS ATINADOS SOBRE LOS REGÍMENES FASCISTAS.

ECO 6

Umberto Eco es una de las personalidades que mejor podrían definir el fascismo, pues en él se combinaron la experiencia propia, la erudición y la lucidez analítica. Como italiano, vivió de cerca el fascismo y sus consecuencias, y como intelectual dedicó no pocos momentos a estudiarlo, entenderlo y explicarlo pero, por encima de todo, denunciarlo y prevenirlo. De todos los males que el ser humano puede gestar para sí mismo, pocos tan nefastos como un régimen totalitario, en el que usualmente el sufrimiento es mucho mayor que los posibles beneficios a obtener.

En esta ocasión compartimos el fragmento de una conferencia que Eco pronunció en 1995 en la Universidad de Columbia; en aquella ocasión, el escritor elaboró una rápida caracterización de lo que llamó “Ur-Fascismo” o “fascismo eterno”, es decir, una ideología y voluntad de gobernar que, independientemente de las circunstancias históricas, parece siempre estar ahí, al acecho, esperando un mínimo descuido para saltar y apoderarse de un gobierno nacional, una sociedad, un país. Eco reconoce que no todos los regímenes totalitarios son iguales, pero al mismo tiempo encontró algunos rasgos comunes o, mejor dicho, recursos, que la mayoría ha empleado para seducir a la población y hacerse del poder político.

Compartimos esta breve lista de las 14 características del fascismo según Umberto Eco. Para los interesados, el texto completo de la conferencia se encuentra en línea con el título “El fascismo eterno”.

1. Culto de la tradición, de los saberes arcaicos, de la revelación recibida en el alba de la historia humana encomendada a los jeroglíficos egipcios, a las runas de los celtas, a los textos sagrados, aún desconocidos, de algunas religiones asiáticas.

2. Rechazo del modernismo. La Ilustración, la edad de la Razón, se ven como el principio de la depravación moderna. En este sentido, el Ur-Fascismo puede definirse como irracionalismo.

3. Culto de la acción por la acción. Pensar es una forma de castración. Por eso la cultura es sospechosa en la medida en que se la identifica con actitudes críticas.

4. Rechazo del pensamiento crítico. El espíritu crítico opera distinciones, y distinguir es señal de modernidad. Para el Ur-Fascismo, el desacuerdo es traición.

5. Miedo a la diferencia. El primer llamamiento de un movimiento fascista, o prematuramente fascista, es contra los intrusos. El Ur-Fascismo es, pues, racista por definición.

6. Llamamiento a las clases medias frustradas. En nuestra época el fascismo encontrará su público en esta nueva mayoría.

7. Nacionalismo y xenofobia. Obsesión por el complot.

8. Envidia y miedo al “enemigo”.

9. Principio de guerra permanente, antipacifismo.

10. Elitismo, desprecio por los débiles.

11. Heroísmo, culto a la muerte.

12. Transferencia de la voluntad de poder a cuestiones sexuales. Machismo, odio al sexo no conformista. Transferencia del sexo al juego de las armas.

13. Populismo cualitativo, oposición a los podridos gobiernos parlamentarios. Cada vez que un político arroja dudas sobre la legitimidad del parlamento porque no representa ya la voz del pueblo, podemos percibir olor de Ur-Fascismo.

14. Neolengua. Todos los textos escolares nazis o fascistas se basaban en un léxico pobre y en una sintaxis elemental, con la finalidad de limitar los instrumentos para el razonamiento complejo y crítico. Pero debemos estar preparados para identificar otras formas de neolengua, incluso cuando adoptan la forma inocente de un popular reality show.

Terminamos con esta advertencia, también atemporal, de Eco:

El Ur-Fascismo puede volver todavía con las apariencias más inocentes. Nuestro deber es desenmascararlo y apuntar con el índice sobre cada una de sus formas nuevas, cada día, en cada parte del mundo.

Sancionan a trabajadores de Radio TV Martí por descubrir a George Soros

tomado dle blog Cambios en Cuba
Radio Martí echa palante a George Soros, el patrocinador de Cuba Posible

Por M. H. Lagarde

En el país de la “libertad de expresión” la agencia de radio y TV internacional del gobierno estadounidense anunció el lunes que sancionará a los empleados responsables de un reporte televisivo sobre el filántropo George Soros que violó los estándares y la ética profesional de la dependencia.

“La Agencia de Prensa Global de Estados Unidos señaló que aquellos que produjeron el reporte serán suspendidos en lo que se realiza una investigación a la “aparente falta de ética” y podrían enfrentar medidas disciplinarias, entre las que se incluye el despido, dependiendo de los resultados de la pesquisa”, apunta la agencia AP.

En el reporte, sigue diciendo AP, se describe a Soros como un “multimillonario judío” que influye en las naciones a través de grupos no gubernamentales, y usó palabras de la organización conservadora Judicial Watch, que dijo que Soros socavaba las democracias.

Llama la atención que la anterior descripción sobre el multimillonario especulador George Soros, que provocó la censura de la agencia de radio y TV internacional del gobierno estadounidense, es comidilla casi diaria de muchos medios de información en el mundo, incluidos de los propios Estados Unidos, en donde se acusa al también “filántropo” de estar detras de las conspiraciones contra Trump y más recientemente de financiar a la caravana de migrantes centroamericanos que viaja rumbo a Estados Unidos.

Pero sin dudas, lo más interesante de este “error”  informativo sobre Soros es que ocurrió al aire, en mayo pasado, nada menos que en la cadena de habla hispana Radio y Televisión Martí, dedicada a transmitir información subversiva contra Cuba.

Para los que todavía no lo saben, George Soros es el principal patrocinador de la organización Cuba Posible, la cual, según han asegurado publicamente sus directivos sus:  “propuestas se han basado en una evolución gradual del actual modelo sociopolítico cubano. Hemos creído, y seguimos creyendo, que no existe otro camino para Cuba”.

Según Roberto Veiga y Lenier González, las cabezas de la organización que pretende hacer posible la restauración capitalismo en Cuba, “no han mantenido, ni mantendrán, relaciones de trabajo con la USAID. No obstante, sí hemos trabajado y trabajaremos con contrapartes extranjeras, entre las que se encuentra Open Society Fundations, de George Soros”.

Después de tales confesiones, vale preguntarse si la aparente “falta de ética” de los reporteros de Radio TV Marti consiste en confirmar -de manera oficial, desde una emisora del gobierno de Estados Unidos-, lo que ya todo el mundo sabía.

Es posible.

Ya se sabe que los estándares y la ética profesional de la dependencia (Radio TV Martí) están basados en la mentira.

¿Reparar lo roto?

No puede ser casual la última frase del último cuento del libro: «A la mañana, la brutal certeza de que todo vuelve a comenzar». Foto: de la autora

Cada cuento es un universo. Sin importar cuál sea la historia y cuántas palabras se necesiten para contarla, hay mucho de mágico en crear, de la nada, nuevas vidas y sus conflictos.
A diferencia de las novelas, que ofrecen al lector la posibilidad de reconciliarse por el camino con sus dramas, los cuentos –al menos los buenos– suelen ser golpes definitivos, que dejan sin aire y permanecen en la memoria como ecos lejanos, pero fuertes.

La literatura cubana es pródiga en buenos cuentistas, y hoy se escriben «ficciones breves», marcadas por la furia, el dolor, la curiosidad, el miedo, la ironía, el humor…, porque, aunque a veces parezca que ya todo está escrito, la naturaleza humana sigue siendo insondable y cada una de sus versiones digna de ser contada.
Anna Lidia Vega Serova (Leningrado, 1968) es una de las narradoras cubanas que, se nota, no puede dejar de escribir. Me bastó con leer Imperio doméstico (2005) para entender que su escritura rehúye de los prejuicios y las sensiblerías; en realidad, arremete contra la sensibilidad básica y no lo hace, como otros tantos, por moda o efectismo, sino porque alguien debe contar a esos seres rotos que, a contrapelo de la lógica, existen.
Cazadora como soy de las rebajas de libros, fue grato encontrarme en una de las tiendas de Artex, en ese bendito estante de «literatura en liquidación», con Estirpe de papel (Ediciones Cubanas, 2012), una antología personal en la que Vega Serova reunió las piezas de sus siete libros de cuentos que considera mejor logradas.
Según declara la nota de contraportada, con la que concuerdo, en el volumen «aparecen seres que se empeñan en buscar sus esencias explorando sus lados más oscuros, personas que sufren y aman, que luchan día a día contra la destrucción y la muerte, y que podemos encontrar en cualquier mirada a nuestro entorno (…). Al parecer Anna Lidia cree, como Mallarmé, que “el mundo está hecho para terminar en un libro”».
Leyendo estos cuentos, he sentido más de una vez la necesidad de advertirles a los personajes para que no se lancen por el acantilado, para que tomen decisiones racionales y no vayan derecho a la perdición; esa no es más que otra prueba del sustento real de estas historias: ¿cuántas veces al día no queremos aconsejar a alguien que creemos avanza en contra de toda lógica? ¿Cuántas veces no somos nosotros mismos los erráticos que, no sin cierta cursilería, actuamos según los «dictados del sentimiento»?
Penuria, discapacidad física e intelectual, rupturas, ausencias, fobias y filias pueblan estas páginas que pueden llevarnos del horror a la lástima (ese desagradable sentimiento que parte de un falso sentido de superioridad), de la tristeza a la amarga sonrisa, del asco a la reflexión.
Los textos que Anna Lidia congregó no narran, salvo algunas excepciones, grandes sucesos, por el contrario, se cimientan en la cotidianidad que puede ser tan rara y agresiva como el timbre del teléfono en medio de la madrugada.
Yo me quedo con la punzada en el pecho tras leer las cuatro páginas de Sueños de naufragios, con ese sentimiento de querer reparar lo para siempre roto; y con la certeza de que nunca faltará la palabra escrita, para, como en el final de Collage con fotos y danzas, volar:
«Nos quedamos mucho rato mirando en dirección del teatro, viéndola, con sus alas de mariposa trastornada, dar dos o tres círculos sobre el edificio, después planear lentamente hacia nosotros y, por último, subir en línea recta más y más alto, hasta perderse en el amanecer que la recibía con una ingenua humildad».

Míster, las ganas no se pueden bloquear

 

Tanto hemos hablado del bloqueo que ya nos parece muela, y en eso los medios de comunicación tenemos una responsabilidad, nos acordamos de que existe solo cuando se acercan las votaciones en la Asamblea General de la ONU o cuando se multa a algún banco por hacer transacciones con Cuba. Otros solo hablan de lo que se ha dado a llamar “bloqueo interno”: esas cosas absurdas que hacemos los cubanos, los mecanismos burocráticos innecesarios, la descoordinación entre las propias entidades del Estado, son cuestiones perfectibles en las que urge trabajar. Sin embargo, el efecto del otro sobre la economía cubana es fácilmente perceptible.

Lo explicaron en Camagüey, hace unos días durante la visita gubernamental a la provincia, Alejandro Díaz, ministro de Economía, y Rodrigo Malmierca, al frente de la cartera de comercio exterior y la inversión extranjera. Malmierca calificó de incontables el número de proyectos de inversión que no han podido concretarse porque detrás del primer acercamiento vienen las presiones, y si no escarmienta, le toca a las sanciones jugar su rol. No importa de donde sea el empresario, da lo mismo de África, de Europa que de Asia o de allí mismo de los Estados Unidos. El mecanismo de la OFAC está bien engrasado y su oficina para Cuba, único país con semejante “privilegio”, no deja de velarnos un instante.

Si miramos los números fríamente, quizás nos cueste trabajo entender la magnitud de lo que es, en otras palabras, el sistema de sanciones económicas más prolongado de la historia de la humanidad aplicado contra país alguno, con más de 58 años de asedio a la economía cubana y esto que afirmo no es por muela. Los ejemplos sobran.

Cuántos de nuestros abuelos pudieran estar necesitando el Evolucumab Repatha, primer fármaco biológico utilizado, para el tratamiento del colesterol elevado, en pacientes de alto y muy alto riesgo cardiovascular. El uso de este fármaco contribuye a solucionar las enfermedades cardiovasculares, primera causa de muerte en Cuba. Sin embargo, hasta al momento no se ha recibido respuesta de la empresa que lo produce.

A lo mejor un amigo nuestro, el vecino de al lado, necesita una cirugía de alta precisión por mínimo acceso y aún no se la ha podido hacer, sepa usted en dos ocasiones se solicitado la compra del Sistema Quirúrgico Da Vinci, equipo de cirugía robótica desarrollado por la empresa estadounidense Intuitive Surgical. La adquisición del robot Da Vinci facilita la cirugía compleja al optimizar el rango de acción de la mano humano, mediante la reducción del posible temblor y el perfeccionamiento de todos los movimientos del cirujano. Hasta el momento, tampoco se ha recibido respuesta de esta compañía.

Conozco dos personas que le han atrasado la cirugía cardiovascular que necesitan para poder sobrevivir, uno de esos motivos se debe a que la compañía Cook Medical, en un correo electrónico del 9 de abril de 2018 dijo que sus productos no están disponibles para su venta o distribución en el mercado cubano, productos que son vitales como las válvulas cardiacas de diferentes tipos, prótesis vascular, dispositivos de extracción de electrodos, entre otros productos destinados a mejorar el diagnóstico y tratamiento de pacientes que precisan de los servicios de cardiología intervencionista, electrofisiología clínica y marcapasos.

Y por si fuera poco Cuba se ve imposibilitada de adquirir en el mercado estadounidense el Óxido Nítrico, utilizado para la prevención o el tratamiento eficaz de las crisis de hipertensión pulmonar aguda, las cuales pueden ser graves e incluso mortales. Entre el 8 y el 10 por ciento de las operaciones anuales del Cardiocentro Pediátrico William Soler, son realizadas a niños que padecen esta enfermedad. El Óxido Nítrico, debido a su contenido potencialmente explosivo, solamente puede ser transportado en barco y por tiempos cortos, lo que impide su traslado desde mercados lejanos.

Según el informe que se presentará a la Asamblea General de la ONU, las afectaciones que registraron los sectores de la Industria Alimentaria y de la Agricultura durante el período que analiza este informe ascienden a 413 millones 793 mil 100 dólares, lo cual significó un aumento de 66 millones 195 mil 100 dólares con respecto al período anterior.

En el caso de la lecho en polvo entera, por ejemplo, que su precio en el mercado mundial es 2.768 por tonelada, a Cuba le cuesta importar la misma cantidad 3. 184 dólares. Los precios mundiales de la harina de trigo se sitúan en un promedio de 300 USD la tonelada, para Cuba el precio se triplica y se coloca en los 900 dólares aproximadamente.

El deporte no escapa de las afectaciones, la utilización de la línea de crédito Nexy, otorgada al Instituto Nacional de Deportes, Educación Física y Recreación (INDER) para la adquisición de artículos deportivos en compañías japonesas, se ha visto notablemente limitada, ya que estas empresas tienen su distribuidor comercial para nuestra área geográfica en los Estados Unidos.

El tratamiento a los niños con necesidades especiales es una prioridad para el gobierno cubano. Sin embargo, hay que hacer magia pues las máquinas mecánicas de escritura en Braille PERKINS, no pueden ser adquiridas por Cuba, en tanto son fabricadas y comercializadas en los Estados Unidos.

No hay que ir muy lejos para sentir en carne propia los efectos del bloqueo, aquí mismo en Nuevitas, la Fabrica de Fertilizantes necesita un para producir un volumen de amoniaco que hoy no puede importarse porque las pocas navieras especializadas en su transporte no se arriesgan a hacer convenios con Cuba, cuando aparece alguna los precios son muy elevados y esto encarece el producto final.

Cabe recordar que la Ley para la Democracia Cubana o Ley Torricelli (1992) prohibió a las subsidiarias de compañías estadounidenses en terceros países, comerciar bienes con Cuba o nacionales cubanos. Prohibió además a los barcos de terceros países que toquen puerto cubano, entrar a territorio estadounidense en un plazo de 180 días, excepto aquellos que tengan licencia del Secretario del Tesoro.

El impacto extraterritorial es considerable, según el proyecto de Resolución que Cuba presentará en la ONU, numerosas empresas de terceros países que son tradicionales exportadores de productos y materiales esenciales para la economía cubana, están rehusando a actuar como proveedores o están encontrando dificultades adicionales para asegurar el financiamiento que respalde las exportaciones a Cuba. El costo de este efecto extraterritorial es de decenas de millones de dólares y se traduce en atrasos de suministros, carencia de materias primas y severos daños a la producción fabril del país.

Durante este año el Departamento de Estado emitió una “Lista Restringida de Entidades y Dependencias cubanas”, en la que fueron incluidas 179 empresas. Su objetivo es entorpecer las relaciones económicas y comerciales de las empresas cubanas con potenciales socios estadounidenses y de terceros países. Sus fines también se dirigen a limitar las oportunidades del sistema empresarial cubano con el resto del mundo, ya que muchas contrapartes extranjeras han interpretado que no pueden concretar negocios o seguir operando con las empresas incluidas en el listado unilateral.

Son demasiados ejemplos que demuestran que el bloqueo no es muela y como dijera el Presidente Cubano en el Segmento de Alto Nivel de la Asamblea General de la ONU, es el principal obstáculo para el desarrollo de este pueblo. Por eso, a pesar, de las presiones del gobierno de Trump para evitar el respaldo mundial al Proyecto de Resolución cubano, a pesar de los circos que se han montado en los últimos días, que confirman el regreso a la confrontación, no dudo que la Isla reciba el apoyo de la inmensa mayoría de los Estados miembros. Por su parte Cuba continuará adelante, sobreponiéndose a las sanciones, innovando, buscando soluciones, porque el talento y las ganas de echar “pa`lante” de quienes vivimos en esta tierra jamas los podrán bloquear.

GARCÍA MÁRQUEZ: LA PRIMERA NOCHE DEL BLOQUEO

Aquella noche, la primera del bloqueo, había en Cuba unos 482 560 automóviles, 343 300 refrigeradores, 549 700 receptores de radio, 303 500 televisores, 352 900 planchas eléctricas, 286 400 ventiladores, 41 800 lavadoras automáticas, 3 510 000 relojes de pulsera, 63 locomotoras y 12 barcos mercantes. Todo eso, salvo los relojes de pulso que eran suizos, había sido hecho en los Estados Unidos.

Al parecer, había de pasar un cierto tiempo antes de que la mayoría de los cubanos se dieran cuenta de lo que significaban en su vida aquellos números mortales. Desde el punto de vista de la producción, Cuba se encontró de pronto con que no era un país distinto, sino una península comercial de los Estados Unidos. Además de que la industria del azúcar y el tabaco dependían por completo de los consorcios yanquis, todo lo que se consumía en la Isla era fabricado por los Estados Unidos, ya fuera en su propio territorio o en el territorio mismo de Cuba. La Habana y dos o tres ciudades más del interior daban la impresión de la felicidad de la abundancia, pero en realidad no había nada que no fuera ajeno, desde los cepillos de dientes hasta los hoteles de veinte pisos de vidrio del Malecón.

Cuba importaba de los Estados Unidos casi 30 000 artículos útiles e inútiles pera la vida cotidiana. Inclusive los mejores clientes de aquel mercado de ilusiones eran los mismos turistas que llegaban en el Ferry boat de West Palm Beach y por el Sea Train de Nueva Orleáns, pues también ellos preferían comprar sin impuestos los artículos importados de su propia tierra. Las papayas criollas, que fueron descubiertas en Cuba por Cristóbal Colón desde su primer viaje, se vendían en las tiendas refrigeradas con la etiqueta amarilla de los cultivadores de las Bahamas. Los huevos artificiales que las amas de casa despreciaban por su yema lánguida y su sabor de farmacia tenían impreso en la cáscara el sello de fábrica de los granjeros de Carolina del Norte, pero algunos bodegueros avispados los lavaban con disolvente y los embadurnaban de caca de gallina para venderlos más caros como si fueran criollos.

No había un sector del consumo que no fuera dependiente de los Estados Unidos. Las pocas fábricas de artículos fáciles que habían sido instaladas en Cuba para servirse de la mano de obra barata estaban montadas con maquinaria de segunda mano que ya había pasado de moda en su país de origen. Los técnicos mejor calificados eran norteamericanos, y la mayoría de los escasos técnicos cubanos cedieron a las ofertas luminosas de sus patrones extranjeros y se fueron con ellos para los Estados Unidos. Tampoco había depósitos de repuestos, pues la industria ilusoria de Cuba reposaba sobre la base de que sus repuestos estaban sólo a 90 millas, bastaba con una llamada telefónica para que la pieza más difícil llegara en el próximo avión sin gravámenes ni demoras de aduana.

A pesar de semejante estado de dependencia, los habitantes de las ciudades continuaban gastando sin medida cuando ya el bloqueo era una realidad brutal. Inclusive muchos cubanos que estaban dispuestos a morir por la Revolución, y algunos sin duda que de veras murieron por ella, seguían consumiendo con un alborozo infantil. Más aún: las primeras medidas de la Revolución habían aumentado de inmediato el poder de compra de las clases más pobres, y éstas no tenían entonces otra noción de la felicidad que el placer simple de consumir. Muchos sueños aplazados durante media vida y aun durante vidas enteras se realizaban de pronto. Sólo que las cosas que se agotaban en el mercado no eran repuestas de inmediato, y algunas no serían repuestas en muchos años, de modo que los almacenes deslumbrantes del mes anterior se quedaban sin remedio en los puros huesos.

Cuba fue por aquellos años iniciales el reino de la improvisación y el desorden. A falta de una nueva moral  –que aún habrá de tardar mucho tiempo para formarse en la conciencia de la población–el machismo Caribe había encontrado una razón de ser en aquel estado general de emergencia.

El sentimiento nacional estaba tan alborotado con aquel ventarrón incontenible de novedad y autonomía, y al mismo tiempo las amenazas de la reacción herida eran tan verdaderas e inminentes, que mucha gente confundía una cosa con la otra y parecía pensar que hasta la escasez de leche podía resolverse a tiros. La impresión
de pachanga fenomenal que suscitaba la Cuba de aquella época entre los visitantes extranjeros tenía un fundamento verídico en la realidad y en el espíritu de los cubanos, pero era una embriaguez inocente al borde del desastre.

En efecto, yo había regresado a La Habana por segunda vez a principios de 1961, en mi condición de corresponsal errátil de Prensa Latina, y lo primero que me llamó la atención fue que el aspecto visible del país habla cambiado muy poco, pero que en cambio la tensión social empezaba a ser insostenible. Había volado desde Santiago hasta La Habana en una espléndida tarde de marzo, observando por la ventanilla los campos milagrosos de aquella patria sin ríos, las aldeas polvorientas, las ensenadas ocultas, y a todo lo largo del trayecto había percibido señales de guerra. Grandes cruces rojas dentro de círculos blancos habían sido pintadas en los techos de los hospitales para ponerlos a salvo de bombardeos previsibles. También en las escuelas, los templos y los asilos de ancianos se habían puesto señales similares. En los aeropuertos civiles de Santiago y Camagüey había cañones antiaéreos de la Segunda Guerra Mundial disimulados con lonas de camiones de carga y las costas estaban  patrulladas por lanchas rápidas que habían sido de recreo y entonces estaban destinadas a impedir desembarcos. Por todas partes se veían estragos de sabotajes recientes: cañaverales calcinados con bombas incendiarias por aviones enviados desde Miami, ruinas de fábricas dinamitadas por la resistencia interna, campamentos militares improvisados en zonas difíciles donde empezaban a operar con armamentos modernos y excelentes recursos logísticos los primeros grupos hostiles a la Revolución. 

En el aeropuerto de La Habana, donde era evidente que se hacían esfuerzos para que no se notara el ambiente de guerra, había un letrero gigantesco de un extremo al otro de la cornisa del edificio principal: “Cuba, territorio libre de América”. En lugar de los barbudos de antes, la vigilancia estaba a cargo de milicianos muy jóvenes con uniforme verde olivo, entre ellos algunas mujeres, y sus armas eran todavía las de los viejos arsenales de la dictadura. Hasta entonces no había otras. El primer  armamento moderno que logró comprar la Revolución, a pesar de las presiones contrarias de los Estados Unidos, había  llegado de Bélgica  el 4 de marzo anterior, a bordo del barco francés “La Coubre”, y este voló en el muelle de La Habana con 700 toneladas de armas y municiones en las bodegas a causa de una explosión provocada. El atentado produjo además 75 muertos y 200 heridos entre los obreros del puerto, pero no fue reivindicado por nadie, y el Gobierno cubano lo atribuyo a la CIA.

Fue en el entierro a las victimas cuando Fidel Castro proclamo la consigna que había de convertirse en la divisa máxima de la nueva Cuba: Patria o Muerte.  Yo la había visto escrita por primera vez en las calles de Santiago, la había visto pintada a brocha gorda sobre los enormes carteles de propaganda de empresas de aviación y pastas dentríficas norteamericanas en la carretera polvorienta del aeropuerto de Camagüey, y la volví a  encontrar  repetida sin tregua en cartoncitos improvisados en las vitrinas de las tiendas para turistas del aeropuerto de La Habana, en las antesalas y los mostradores, y pintadas con albayalde en los espejos de las peluquerías y con carmín de labios en los cristales de los taxis. Se había conseguido tal grado de saturación social, que no había ni un lugar ni un instante en que no estuviera escrita aquella consigna de rabia, desde las pailas de los trapiches hasta el calce de los documentos oficiales, y la prensa, la radio y la televisión la repitieron sin piedad durante días enteros y meses interminables, hasta que se incorporó a la propia esencia de la vida cubana.

En La Habana, la fiesta estaba en su apogeo. Había mujeres espléndidas que cantaban en los balcones, pájaros luminosos en el mar, música por todas partes, pero en el fondo del júbilo se sentía el conflicto creador de un modo de vivir ya condenado para siempre, que pugnaba por prevalecer contra otro modo de vivir distinto, todavía ingenuo, pero inspirado y demoledor. La ciudad seguía siendo un santuario de placer, con máquinas de lotería hasta en las farmacias y automóviles de aluminio demasiado grandes para las esquinas coloniales, pero el aspecto y la conducta de la gente estaban cambiando de un modo brutal. Todos los sedimentos del subsuelo social habían salido a flote, y una erupción de lava humana, densa y humeante, se esparcía sin control por los vericuetos de la ciudad liberada, y contaminaba de un vértigo multitudinario hasta sus últimos resquicios. Lo más notable era la naturalidad con que los pobres se habían sentado en las sillas de los ricos en los lugares públicos. Habían invadido los vestíbulos de los hoteles de lujo, comían con los dedos en las terrazas de las cafeterías del Vedado, y se cocinaban al sol en las piscinas de aguas de colores luminosos de los antiguos clubs exclusivos de Siboney. El cancerbero rubio del hotel Habana Hilton, que empezaba a llamarse Habana Libre, había sido reemplazado por milicianos serviciales que se pasaban el día convenciendo a los campesinos de que podían entrar sin temor, enseñándoles que había una puerta de ingreso y otra de salida, y que no se corría ningún riesgo de tisis, aunque se entrara sudando en el vestíbulo refrigerado. Un chévere legítimo del Luyanó, retinto y esbelto, con una camisa de mariposas pintadas y zapatos de charol con tacones de bailarín andaluz, había tratado de entrar al revés por la  puerta de vidrios giratorios del hotel Riviera, justo cuando trataba de salir la esposa suculenta y emperifollada de un diplomático europeo. En una ráfaga de pánico instantáneo, el marido que la seguía trató de forzar la puerta en un sentido mientras los milicianos azorados trataban de forzarla desde el exterior en sentido contrario. La blanca y el negro se quedaron atrapados por una fracción de segundo en la trampa de cristal, comprimidos en el espacio previsto para una sola persona, hasta que la puerta volvió a girar, y la mujer corrió confundida y ruborizada, sin esperar siquiera al marido, y se metió en la limusina que la esperaba con la puerta abierta y que arrancó al instante. El negro, sin saber muy bien lo que había pasado, se quedó confundido y trémulo.

– ¡Coño! –suspiró– ¡Olía a flores!

Eran tropiezos frecuentes. Y comprensibles, porque el poder de compra de la población urbana y rural había aumentado de un modo considerable en un año. Las tarifas de la electricidad, del teléfono, del transporte y de los servicios públicos en general se habían reducido a niveles humanitarios. Los precios de los hoteles y de los restaurantes, así como los de los transportes, habían sufrido reducciones drásticas, y se organizaban excursiones especiales del campo a la ciudad y de la ciudad al campo que en muchos casos eran gratuitos. Por otra parte, el desempleo se estaba reduciendo a grandes pasos, los sueldos subían y la Reforma Urbana había aliviado la angustia mensual de los alquileres, y la educación y los útiles escolares no costaban nada. Las veinte leguas de harina de marfil de las playas de Varadero, que antes tenía un solo dueño y cuyo disfrute estaba reservado a los ricos demasiado ricos, fueron abiertas sin condiciones pare todo el mundo, inclusive para los mismos ricos. Los cubanos, como la gente del Caribe en general, habían creído desde siempre que el dinero sólo servía para gastárselo, y por primera vez en la historia de su país lo estaban comprobando en la práctica.

Creo que muy pocos éramos conscientes de la manera sigilosa pero irreparable en que la escasez se nos iba metiendo en la vida. Aun después del desembarco en Playa Girón, los casinos continuaban abiertos, y algunas putitas sin turistas rondaban por los contornos en espera de que un afortunado casual de la ruleta les salvara la noche. Era evidente que a medida que las condiciones cambiaban, aquellas golondrinas solitarias se iban volviendo lúgubres y cada vez más baratas. Pero de todos modos las noches de La Habana y de Guantánamo seguían siendo largas e insomnes, y la música de las fiestas de alquiler se prolongaba hasta el alba. Esos rengos de la vida vieja mantenían una ilusión de normalidad y abundancia que ni las explosiones nocturnas, ni los rumores constantes de agresiones infames, ni la inminencia real de la guerra conseguían extinguir, pero que desde hacía mucho tiempo habían dejado de ser verdad. A veces no había carne en los restaurantes después de la media noche, pero no nos importaba, porque tal vez había pollo. A veces no había plátano, pero no nos importaba, porque tal vez había boniato. Los músicos de los clubs vecinos y los chulos impávidos que esperaban las cosechas de la noche frente a un vaso de cerveza, parecían tan distraídos como nosotros ante la erosión incontenible de la vida cotidiana.

En el centro comercial habían aparecido las primeras colas y un mercado negro incipiente, pero muy activo, empezaba a controlar los artículos industriales, pero no se pensaba muy en serio que eso sucediera porque faltaran cosas, sino todo lo contrario, porque sobraba dinero. Por esa época, alguien necesitó una aspirina después del cine y no la encontramos en tres farmacias. La encontramos en la cuarta, y el boticario nos explicó sin alarma que la aspirina estaba escasa desde hacía tres meses. La verdad es que no sólo la aspirina, sino muchas cosas esenciales estaban escasas desde antes, pero nadie parecía pensar que se acabarían por completo. Casi un año después de que los Estados Unidos decretan el embargo total del comercio con Cuba, le vida seguía sin cambios muy notables, no tanto en la realidad como en el espíritu de la gente.

Yo tomé conciencia del bloqueo de una manera brutal, pero a la vez un poco lírica, como había tomado conciencia de casi todo en la vida. Después de una noche de trabajo en la oficina de Prensa Latina me fui solo y medio entorpecido en busca de algo para comer. Estaba amaneciendo. El mar tenía un humor tranquilo y una brecha anaranjada lo separaba del cielo en el horizonte. Caminé por el centro de la avenida desierta, contra el viento de salitre del Malecón, buscando algún lugar abierto para comer bajo les arcadas de piedras carcomidas y rezumantes da le ciudad vieja. Por fin encontré una fonda con la cortina metálica cerrada, pero sin candado, y traté de levantarla para entrar, porque dentro había luz y un hombre estaba lustrando los vasos en el mostrador. Apenas lo había intentado cuando sentí a mis espaldas el ruido inconfundible da un fusil al ser montado, y una voz de mujer, muy dulce, pero resuelta:

-Quieto, compañero –dijo-. Levanta las manos.

Era una aparición en la bruma del amanecer. Tenía un semblante muy bello, con el pelo amarrado en la nuca como una cola de caballo, y la camisa miliciana ensopada por el viento del mar. Estaba asustada, sin duda, pero tenía los tacones separados y bien establecidos en la tierra, y agarraba el fusil como un soldado.

-Tengo hambre –dije.

Tal vez lo dije con demasiada convicción, porque sólo entonces comprendió que yo no había tratado de entrar en la fonda a la fuerza, y su desconfianza se convirtió en lástima.

-Es muy tarde –dijo.

-Al contrario –le repliqué–; el problema es que es demasiado temprano. Lo que quiero es desayunar.

Entonces hizo señas hacia dentro por el cristal, y convenció al hombre de que me sirviera algo, aunque faltaban dos horas para abrir. Pedí huevos fritos con jamón, café con leche y pan con mantequilla y un jugo fresco de cualquier fruta. El hombre me dijo con una precisión sospechosa que no había huevos ni jamón desde hacía una semana ni leche desde hacía tres días, y que lo único que podía servirme era una taza de café negro y pan sin mantequilla, y si acaso un poco de macarrones recalentados de la noche anterior. Sorprendido, le pregunté qué estaba pasando con las cosas de comer, y mi sorpresa era tan inocente que entonces fue él quien se sintió sorprendido.

-No pasa nada -me dijo-. Nada más que a este país se lo llevó el carajo.

No era enemigo de le Revolución, como lo imaginé al principio. Al contrario: era el último de una familia de once personas que se habla fugado en bloque para Miami. Había decidido quedarse, y en efecto se quedó para siempre, pero su oficio le permitía descifrar el porvenir con elementos más reales que los de un periodista trasnochado. Pensaba que antes de tres meses tendría que cerrar la fonda por falta de comida, pero no le importaba mucho, porque ya tenía planes muy bien definidos para su futuro personal.
Fue un pronóstico certero. El 12 de marzo de 1962, cuando ya habían transcurrido trescientos veintidós días desde el principio del bloqueo, se impuso el racionamiento drástico de las cosas de comer. Se asignó a cada adulto una ración mensual de tres libras de carne, una de pescado, una de pollo, seis de arroz, dos de manteca, una y media de frijoles, cuatro onzas de mantequilla y cinco huevos. Era una ración calculada para que cada cubano consumiera una cuota normal de calorías diarias. Había raciones especiales para los niños, según le edad, y todos los menores de catorce años tenían derecho a un litro diario de leche. Más tarde empezaron a faltar los clavos, los detergentes, los focos y otros muchos artículos de urgencia doméstica, y el problema de las autoridades no era reglamentarlos, sino conseguirlos. Lo más admirable era comprobar hasta qué punto aquella escasez impuesta por el enemigo iba acendrando la moral social. El mismo año en que se estableció el racionamiento ocurrió la llamada Crisis de Octubre, que el historiador inglés Hugh Thomas ha calificado como la más grave de la Historia de la Humanidad, y la inmensa mayoría del pueblo cubano se mantuvo en estado de alerta durante un mes, inmóviles en sus sitios de combate hasta que el peligro pareció conjurado, y dispuestos a enfrentarse a la bomba atómica con escopetas.

En medio de aquella movilización masiva que hubiera bastado para desquiciar a cualquier economía bien asentada, la producción industrial alcanzó cifras insólitas, se terminó el ausentismo en las fábricas y se sortearon obstáculos que en circunstancias menos dramáticas hubieran sido fatales. Una telefonista de Nueva York le dijo en esa ocasión a una colega cubana que en los Estados Unidos estaban muy asustados por lo que pudiera ocurrir.

En cambio, aquí estamos muy tranquilos -replicó la cubana-. Al fin y al cabo, la bomba atómica no duele. El país producía entonces suficientes zapatos para que cada habitante de Cuba pudiera comprar un par al año, de modo que la distribución se canalizó a través de los colegios y los centros de trabajo. Sólo en agosto de 1963, cuando ya casi todos los almacenes estaban cerrados porque no había materialmente nada que vender, se reglamentó la distribución de la ropa. Empezaron por racionar nueve artículos, entre ellos los pantalones de hombre, la ropa interior para ambos sexos y ciertos géneros textiles, pero antes de un año tuvieron que aumentarlos a quince.

Aquella Navidad fue la primera de la Revolución que se celebró sin cochinito y turrones, y en que los juguetes fueron racionados. Sin embargo, y gracias precisamente al racionamiento, fue también la primera Navidad en la historia de Cuba en que todos los niños sin ninguna distinción tuvieron por lo menos un juguete, A pesar de la intensa ayuda soviética y de la ayuda de China Popular, que no era menos generosa en aquel tiempo, y a pesar de la asistencia de numerosos técnicos socialistas y de la América Latina, el bloqueo era entonces una realidad ineludible que había de contaminar hasta las grietas más recónditas de la vida cotidiana y apresurar los nuevos rumbos irreversibles de la historia de Cuba. Las comunicaciones con el resto del mundo se habían reducido al mínimo esencial. Los cinco vuelos diarios a Miami y los dos semanales de Cubana de Aviación a Nueva York fueron interrumpidos desde la Crisis de octubre. Las pocas líneas de América Latina que tenían vuelos a Cuba los fueron cancelando a medida que sus países interrumpían las relaciones diplomáticas y comerciales, y sólo quedó un vuelo semanal desde México que durante muchos años sirvió de cordón umbilical con el resto de América, aunque también como canal de infiltración de los servicios de subversión y espionaje de los Estados Unidos. Cubana de Aviación, con su flota reducida a los épicos Bristol Britannia, que eran los únicos cuyo mantenimiento podían asegurar mediante acuerdos especiales con los fabricantes ingleses, sostuvo un vuelo casi acrobático a través de la ruta polar hasta Praga. Una carta de Caracas, a menos de 1 000 kilómetros de la costa cubana, tenía que darle la vuelta a medio mundo para llegar a La Habana. La comunicación telefónica con el resto del mundo tenía que hacerse por Miami o Nueva York, bajo el control de los servicios secretos de los Estados Unidos, mediante un prehistórico cable submarino que fue roto en una ocasión por un barco cubano que salió de la bahía de La Habana, arrastrando el ancla que habían olvidado levar. La única fuente de energía eran los cinco millones de toneladas de petróleo que los tanqueros soviéticos transportaban cada año desde los puertos del Báltico, a 14 000 kilómetros de distancia, y con una frecuencia de un barco cada cincuenta y tres horas.

El “Oxford”, un buque de la CIA equipado con toda clase de elementos de espionaje, patrulló las aguas territoriales cubanas durante varios años para vigilar que ningún país capitalista, salvo los muy pocos que se atrevieron, contrariara la voluntad de los Estados Unidos. Era además una provocación calculada a la vista de todo el mundo. Desde el Malecón de La Habana o desde los barrios altos de Santiago se veía de noche la silueta luminosa de aquella nave de provocación anclada dentro de las aguas territoriales. Tal vez muy pocos cubanos recordaban que del otro lado del mar Caribe, tres siglos antes, los habitantes de Cartagena de Indias habían padecido un drama similar.

Las 120 naves mejores de la Armada Inglesa, al mando del almirante Vernon, habían sitiado la ciudad con 30 000 combatientes selectos, muchos de ellos reclutados en las colonias americanas que más tarde serían los Estados Unidos. Un hermano de George Washington, el futuro libertador de esas colonias, estaba en el Estado Mayor de las tropas de asalto. Cartagena de Indias, que era famosa en el mundo de entonces por sus fortificaciones militares y la espantosa cantidad de ratas de sus albañales, resistió al asedio con una ferocidad invencible, a pesar de que sus habitantes terminaron por alimentarse con lo que podían, desde las cortezas de los árboles hasta el cuero de los taburetes. Al cabo de varios meses, aniquilados por la bravura de guerra de los sitiados, y destruidos por la fiebre amarilla, la disentería y el calor, los ingleses se retiraron en derrota. Los habitantes de la ciudad, en cambio, estaban completos y saludables, pero se habían comido hasta  la última rata.

Muchos cubanos, por supuesto, conocían este drama. Pero su raro sentido histórico les impedía pensar que pudiera repetirse. Nadie hubiera podido imaginar, en el incierto año nuevo de 1964, que aún faltaban los tiempos peores de aquel bloqueo férreo y desalmado, y que había de llegarse a los extremos de que se acabara hasta el agua de beber en muchos hogares y en casi todos los establecimientos públicos.

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