Caso Maceta

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Por: Lisandra

“Buenos días, somos supervisores del gobierno”, aun con uniforme e identificación en mano aquellos dos individuos me hicieron pensar en todo, menos en una multa. Todavía sacando mi carnet de identidad al pedido de la pareja de inspectores, mi cabeza no había procesado lo que estaba sucediendo. Ni me acordaba que la sociedad establece leyes, pautas de comportamiento, y con ellas también el castigo. En ello reparé cuando guardé en mi monedero un trozo de papel cuadrado que siempre me hará recordar (aun cuando no esté conmigo) los lugares donde no debo sentarme.

Entonces me di por enterada que en Cuba se ha retomado el conocido método ante una infracción. Yo que pensaba que gran parte de los malos hábitos de diversos ciudadanos se debía a eso, a la falta de “mano dura”; y resulta que ahora la multa (que no es solamente para choferes y cuentapropistas desobedientes) se está poniendo de moda, al menos en nuestra amada, querida y “limpia” Habana.

Los compañeros aparecieron de la nada. En lo que menos pensé cuando descansé en el filo de la robusta maceta fue en un acto de trasgresión. No pasaron 15 minutos y ya me sentía una chica mala, observada por aquellos dos que seguramente completaron conmigo su plan de multas del día.

“Le aplicamos la mínima cuantía por su actitud”, cuando escuché esas palabras me dije: “Al final no salí tan mal”. Pero no había visto el papel que me hizo blasfemar de las mil maneras para mis adentros. Tres casillitas con la cifra que representa la 4ta parte de mi salario: ¡¡¡¿¿100 pesos!!!???? En ese instante mandé al carajo mi condición de buena ciudadana (porque lo soy aunque el cansancio me haya llevado a sentarme en un lugar indebido), olvidé las reiteradas ocasiones en las que critiqué la incapacidad de nuestro Estado para hacer cumplir las normas públicas, entonces sólo pensaba en los 100 pesos, que de igual manera se irían como polvo en el viento antes de fin de mes.

Luego de varias estrategias para dejar en el tintero ese duro golpe, aplaudí el suceso. Es cierto, hice algo mal, y es bueno que todo lo malo que atente contra nuestro entorno sea arremetido, sin embargo el mea culpa  no duró mucho tiempo. Sólo bastó permanecer casi un día en el lugar del hecho (luego con una silla para sentarme) y comprobar como fui yo la única a la que los señores supervisores cogió con la mano (en este caso el trasero) en la masa.

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