Category: Cultura

“CADÁVERES AMADOS”

Publicado el enero 31, 2019 por Dialogar, dialogar

tomado del blog Dialogar Dialogar

(Palabras de presentación del filme Inocencia, en la premier realizada en el Cine Chaplin, 29 de enero de 2019)

Elier Ramírez Cañedo

Hay filmes que trascienden a su época y se convierten en referentes ineludibles para todos los tiempos; no tengo la menor duda de que así sucederá con Inocencia. Una vez más, se demuestra que cuando se unen el patriotismo, el talento y el apoyo institucional se pueden lograr resultados memorables en la manera de llevar nuestra intensa y gloriosa historia a la pantalla grande. Con Inocencia se confirma, además, como desde el audiovisual se puede llegar a lo más profundo de la fibra humana y conectar a los espectadores con figuras y hechos de nuestro pasado histórico, algo más difícil de alcanzar con un libro de texto.

A pesar de las indispensables licencias propias de toda obra de ficción, Inocencia nos recrea con gran fidelidad, uno de los hechos más atroces del siglo XIX cubano, donde en pocas horas, La Habana vivió una escalada de corrupción, odio y terror, reflejo del sistema opresivo colonial que prevalecía en la Isla y sus peores y fanatizadas fuerzas: los cuerpos de voluntarios, quienes con gran mezquindad pisoteaban diariamente el honor y la dignidad humana contra las ansias libertarias de un pueblo, sentimiento este último que no solo se expresaba en la manigua cubana, sino que palpitaba en el corazón de lo más valioso de la juventud de la época. De ahí que toda la furia de los voluntarios se volcara sobre aquellos universitarios, estudiantes de medicina, que en su mayoría no sobrepasaban los 20 años de edad.

Creo es otro mérito de la película el mostrarnos como dentro de aquel ambiente de insania y odio, hubo también hombres que hicieron gala de sus principios morales, en defensa del honor y la justicia, llevando en sí el decoro de muchos hombres, entre ellos, el profesor oriundo de Canarias, Domingo Fernández Cubas y el capitán nacido en Valencia, Federico  Capdevilla, quienes valientemente defendieron a los estudiantes enfrentándose a la ira de aquellas bestias sedientas de sangre. Y no serían los únicos que expresarían su indignación, también lo harían los capitanes del ejército español, Víctor Miravalles y Nicolás Estévanez.

Esta maravillosa obra de arte es un merecido tributo a Fermín Valdés Domínguez, a su empeño por encontrar los restos mortales de sus amigos y demostrar su inocencia. ¡Nunca olvidará Cuba –diría Martí-, ni los que sepan de heroicidad olvidarán, al que con mano augusta detuvo, frente a todos los riesgos, el sarcófago intacto, que fue para la patria manantial de sangre; al que bajó a la tierra con sus manos de amor, y en acerba hora de aquellas que juntan de súbito al hombre con la eternidad, palpó la muerte helada, bañó de llanto terrible los cráneos de sus compañeros¡ El sol lucía en el cielo cuando sacó en sus brazos, de la fosa, los huesos venerados: ¡jamás cesará de caer el sol sobre el sublime vengador sin ira¡

Creo una magnífica oportunidad, ahora que nuestra juventud sin duda será estremecida por este filme y se interesará en profundizar sobre la historia de los 8 estudiantes de medicina, se reeditara el justiciero libro de Fermín, así como la mayor investigación realizada hasta la fecha sobre los sucesos del 27 de noviembre, publicada en 1971 por el profesor Luis Felipe Le Roy Gálvez.

Este último demostró fehacientemente, algo que también se refleja en la película, que si bien los 8 estudiantes de medicina y el resto de sus compañeros condenados, eran inocentes del delito de profanación –ratificando la tesis de Fermín Valdés Domínguez-, no lo eran en su mayoría de simpatizar con la causa independentista,  pues para nada estaban ajenos al ambiente de rebeldía que se respiraba en la Universidad. Ello explica también, el porqué hoy los retratos de los 8 estudiantes de medicina ubicados en el simbólico Salón de los Mártires de la Universidad de La Habana, con toda justicia, encabezan la larga lista de los caídos en las luchas del estudiantado universitario cubano.

Nuestro Apóstol José Martí, valoró lo ocurrido aquel 27 de noviembre de 1871 como uno de “los sucesos más tristes y fecundos de nuestra historia” y en bello poema titulado A mis hermanos muertos, expresó: “Cadáveres amados, los que un día/Ensueños fuisteis de la patria mía, / Arrojad, arrojad sobre mi frente/ Polvos de vuestros huesos carcomidos¡/ ¡Tocad mi corazón con vuestras manos¡ /Gemid a mis oídos¡ /Cada uno ha de ser de mis gemidos/Lágrimas de uno más de los tiranos¡ (…) ¡Y más que un mundo más¡ Cuando se muere/En brazos de la patria agradecida/ La muerta acaba, la prisión se rompe; /Empieza, al fin con el morir, la vida¡ (…)

Debemos agradecer hoy y siempre a Alejandro Gil, a su guionista Amilkar Salatti, y a todo el equipo de realización de Inocencia, por saldar esta deuda que desde el cine aun existía con este acontecimiento fundamental de nuestra historia, por este regalo al pueblo de Cuba que hoy tendremos el placer de disfrutar; también al ICAIC, el Ministerio de Cultura y la Oficina del Historiador de la Ciudad, por su inconmensurable apoyo para que este sueño fuera posible. Tengo la convicción, de que a partir de ahora, cada 27 de noviembre será vivido y homenajeado en nuestra Isla, en especial por los jóvenes, de una manera mucho más sentida, profunda y comprometida.

¡Muchas gracias¡

El asesinato de Julio Antonio Mella

tomado del blog: Segunda Cita

Por Pedro Salmerón Sanginés
La noche del 10 de enero de 1929, Julio Antonio Mella paseaba del brazo de su amante, Tina Modotti, cuando fue abatido a tiros en la esquina de Abraham González y Morelos de la ciudad de México, a unos metros, una cuadra, de la Secretaría de Gobernación.
El asesinato a mansalva de Mella provocó una tormenta política en la ciudad de México y una inacabable serie de especulaciones. Destaca entre ellas una contrafactual: para muchos, el joven comunista cubano exiliado aquí, fue una malograda promesa. Su asesinato, junto con la muerte del peruano José Carlos Mariátegui el año siguiente, eliminó la posibilidad de que existiera en América Latina una poderosa resistencia intelectual contra el estalinismo, desde las filas de los partidos comunistas.
Por ello, muchos comentaristas posteriores (a nadie se le ocurrió entonces) asegurarían que el joven cubano fue asesinado por órdenes de Stalin. Omitamos que Stalin todavía no terminaba de asumir el poder supremo y aún no imponía sus métodos. La acusación solía respaldarse en que poco después del asesinato de Mella, Modotti se convertiría en amante de Vittorio Vidali, y que ambos serían conocidos en la Guerra Civil Española como estalinistas incondicionales: en esa guerra, Vidali, con el nombre de comandante Carlos, comisario político del quinto Regimiento, dejaría una estela de violencia represiva que lo hizo un digno agente de Stalin. Sin embargo, en lo que a Mella toca, es una clásica explicación posfacto. En enero de 1929 ni Stalin ni Vidali eran lo que serían en 1937.
Lo que sí se les ocurrió entonces a la policía mexicana y a no pocos sectores de la llamada opinión pública fue el crimen pasional. La prensa llamó a Modotti disoluta, veneciana perversa, Mata Hari del Comintern (siglas de la Internacional Comunista) y adjetivos semejantes. Releer la prensa de aquellos días nos revela que el movimiento feminista sí que ha ganado batallas, al menos en lo que al discurso público se refiere.
El linchamiento mediático contra la fotógrafa y modelo comunista fue inmediatamente combatido por el partido al que pertenecía. Desde el primer día, los comunistas, por boca del ya mundialmente famoso Diego Rivera (quien por instrucciones del comité central del partido condujo una investigación paralela) desde el principio señalaron como autores intelectuales del crimen al dictador cubano Gerardo Machado y a su embajador en México, que mantenían de tiempo atrás espías y sicarios que seguían a los disidentes y exiliados de la gran antilla… con la complicidad del gobierno de México.
¿El gobierno mexicano?, ¿qué no teníamos suficientes actores en la ecuación? Para algunos, el asesinato de Mella es el punto de partida de una transformación del discurso político mexicano y la tolerancia al radicalismo, propios de la década de los 20. En los meses siguientes al asesinato de Mella sería fusilado el legendario dirigente campesino y comunista José Guadalupe Rodríguez; moriría misteriosamente el líder de la Unión Nacional Campesina, Úrsulo Galván, y se ilegalizaría al Partido Comunista.
Si esto fuera una trama de fic­ción, podrían acusarme de gigantismo: aparecen aquí desde Gerardo Machado y Emilio Portes Gil hasta el legendario comisario de policía Valente Quintana. Sicarios, pistoleros a sueldo, agentes, espías, exiliados, pintores y fotógrafas de fama mundial. Desde esta historia se tejen muchas otras, y dando vueltas o acercándose a ella se han escrito libros formidables, como Tinísima, de Elena Poniatowska. Y cuando discutíamos el tema hace algunos años, había quienes podían llegar a las manos sobre las acusaciones contra Stalin, Vidali, Modotti… o, se nos quedaba en el tintero, alguno de los anteriores amantes de la hermosísima Tina, como el muralista Xavier Gue­rrero, comunista de armas tomar, a quien Quintana en algún momento quiso culpar. ¿Quién fue?, ¿seguiremos discutiendo?
Ya no. Gabriela Pulido halló los expedientes sobre Mella en los archivos policiacos mexicanos y Laura Moreno localizó en La Habana el expediente de la vigilancia y espionaje a que el gobierno cubano sometía a Mella y a los exiliados. Cruzaron los expedientes, hicieron una pesquisa exhaustiva en otros repositorios, leyeron cuantos libros se habían publicado y parece que al fin, a 90 años de su asesinato, sabremos quién y por qué ordenó matar a Mella. Y no se los cuento, lean: El asesinato de Julio Antonio Mella: Informes cruzados entre México y Cuba, de Gabriela Pulido y Laura Moreno (INAH, 2018), que se presentará este jueves en la feria del Libro de La Habana, es más que un gran libro de historia: es un relato policiaco y de espionaje, así como un tratado sobre la política internacional de México, que también nos abre los ojos sobre las difíciles decisiones de hoy.
Twitter: @HistoriaPedro Blog: lacabezadevilla.wordpress.com

En memoria de Rigoberto López

Tomado del blog Cine Cubano La pupila Insomne

Publicado por Juan Antonio García Borrero

Es inevitable que, tras el fallecimiento de una persona a la que se ha conocido, no lleguen a la mente buena parte de esos momentos en que nuestras vidas se entrecruzaron. Con Rigoberto López coincidí varias veces: en festivales de cine, en encuentros organizados en diversas provincias, en la sede de su Muestra Itinerante del Caribe.

Nuestros intercambios siempre fueron breves, pero intensos. Por eso los recuerdo de forma tan nítida ahora. El último fue un poco antes de que comenzara a rodar El Mayor. Él me leyó un fragmento del guión mientras nos tomábamos un café en las afueras del Hostal “El Paso”; yo le mostré la maqueta de lo que entonces iba a ser la Enciclopedia Digital del Audiovisual Cubano (ENDAC), y todavía me conmueve la manera en que dejó a un lado el tema de lo que sin dudas fue su proyecto de trabajo más ambicioso, para hablar de las potencialidades que veía en aquella plataforma.

Supongo que influyó el haberle mostrado las diversas entradas vinculadas a cada uno de sus filmes, incluyendo los documentales menos conocidos y que para él, tenían una importancia similar a la de sus películas más comentadas (Yo soy del son a la salsa; Roble de olor; Vuelos prohibidos).

De hecho, la consulta de esos textos nos permitió “reconstruir” el momento en que por primera vez intercambiamos ideas acerca de su trabajo. Fue en los hoy lejanos años noventa, en la provincia Ciego de Ávila, invitados ambos a la Semana de Cine Iberoamericano que no sé si todavía se celebra en esa ciudad. Y recuerdo cómo el perfecto desconocido que era yo llegó ante el cineasta, para preguntarle sobre La soledad de la jefa de despacho (1990), que recién había descubierto.

Nuestro diálogo, ahora lo sé, empezó allí, pero a pesar de su muerte, no ha terminado. Como tampoco va a terminar cuando, inevitablemente, me toque a mí la muerte. El cine tiene eso: pone a salvo ideas que mañana podrán ser recuperadas por aquellos que, como nosotros, creemos en el alto valor de la cultura.

Juan Antonio García Borrero

Rigoberto López sobre La soledad de la jefa de despacho (1990)  

Yo llevaba un tiempo considerable sin rodar, sobre todo como consecuencia de un verticalismo autoritario, que impedía se filmara de manera fluida. Llegué a tener catorce guiones que nunca realicé, pues siempre se argumentaba la falta de recursos, o sea, que no había transporte, gasolina, etc.

Un día me reuní con Camilo Vives, el productor general del ICAIC, para discutir mi situación, y luego que me explicara lo de la falta de recursos, se me ocurrió decirle: “¿Y si yo te traigo un proyecto con una sola locación y una sola actriz?”, y me dijo “Tráelo”.

Hablé entonces con Alberto Pedro, que tenía escrito un monólogo que todavía no había estrenado y pensé que ese podía ser el proyecto. Siempre pensé en Daisy para el personaje, porque es a mi juicio, nuestra actriz de mayor rango. Es una actriz personal. La prefiero por su naturaleza, su organicidad y sobre todo su sinceridad.

Yo quería un personaje muy creíble, porque iban a ser veinticinco o treinta minutos, exigiéndose del personaje múltiples transiciones. Sabía que en términos de realización no debía cortar el texto, sino que en todo caso debía buscar la complicidad del espectador, que este pudiera asumir la sorpresa.

Como se sabe, un magacín de 400 pies es apenas cuatro minutos, por lo que parecía inevitable hacer varios cortes. Entonces me acordé de Hitchcoock y su experimento con La soga, y de allí el juego de Daisy entrando y saliendo del cuadro, pero de manera imperceptible.

Es una experiencia que recuerdo con mucho agrado, y que me permitió ser audaz. Yo veía al equipo, que en ocasiones no podían ocultar sus caras de dudas, escepticismos, porque en verdad no podía fallar nada. Si Daisy se equivocaba, o el dollyman o el foquero, yo tenía que botar el magacín completo.

Creo que tuve mucha suerte al elegir a Daisy, y al mismo tiempo pienso que es uno de los trabajos más significativos en su carrera como actriz, donde puso en evidencia su facilidad para transitar diversos estados de ánimo: en el corto ella es cínica, ese sensual, es mordaz, o sea, tiene diversos registros actorales.

(…)

Yo siempre he tenido el criterio de que la cámara es un actor y el personaje es el plano. Para lograr que el personaje se exprese el fotógrafo tiene que tener un gran vínculo con el sentido dramático de lo que está filmando.

Pepe Riera y yo sentíamos que había que buscar un plano que mostrara la interrelación, porque de lo contrario la cámara se iba a sentir demasiado fría. Entonces le pedí a Raúl Pomares, un amigo común, que me ayudara como comodín.

Es decir, siempre quise que Pepe Riera sintiera a Daisy, y que la cámara se incorporara o moviera de acuerdo a la emoción del momento. Entonces le pedí a Pomares que reaccionara ante lo que Daisy decía, pero sin hablar, y a Riera que anotara los puntos de reacción. Todo esto se hizo con recursos muy rústicos. El Dolly fue lo más jodido de aquello. Era poner los rieles y moverse sin provocar ruidos.

(…)

La película fue filmada íntegramente en el séptimo piso del ICAIC. No tuvo una censura oficial, pero si oficiosa. O sea, nadie dice: “este corto no se puede proyectar”, pero lo cierto es que no se exhibe. Es la propia Daisy la que pide en televisión, luego que le preguntan por algunos de sus trabajos preferidos, que se ponga este corto y es gracias a esto que mucha gente lo descubre.

Quedamos tan contentos con el resultado que pensamos hasta hacer una segunda parte, en la que sale un tipo que estaba debajo del carro. ¿Te imaginas? La gente con el corto primero se sorprende, luego se ríe y finalmente aplaude. De veras que a mí me ha dejado satisfecho.

APUNTES PARA UN DEBATE: CULTURA Y MEDIOS EN LA ERA DIGITAL

Tomado del Blog: Cine Cubano La pupila Insomne

Como parte de los preparativos del IX Congreso de la UNEAC, a celebrarse entre el 28 y el 30 de junio del 2019, la Comisión Permanente encargada de la Cultura y los Medios ha sometido a debate su informe.

Lo ideal sería que ese texto estuviese en la red, y recibiese las contribuciones críticas de todos los miembros, a lo largo y ancho de la isla. Es posible que esté, pero hoy he intentado acceder al espacio Se dice cubano (www.uneac.org.cu), que se anuncia como la publicación digital de la Comisión, y me da error. Así que apelo a esta vía para dar a conocer algunas de las impresiones que me deja el escrito.

El informe abre citando una parte de las palabras pronunciadas por el actual Presidente del país Miguel Díaz-Canel Bermúdez en la clausura del VIII Congreso de la UNEAC. La cita alude al innegable hecho de que hoy la cultura es la principal herramienta de dominación que tienen los poderes imperiales para someter a sus subalternos, pero como quedarse en el diagnóstico que se deduce de lo anterior es una sutil invitación a sentarnos en el muro de las lamentaciones, yo prefiero esta otra parte de ese mismo discurso pronunciado por Díaz-Canel en aquella ocasión:

Debemos evaluar con rigor el impacto de las nuevas tecnologías en el consumo cultural, en la creación y la distribución. No puede verse ese impacto como algo negativo, sino como un reto inédito para la relación de las instituciones con los creadores, que debe reforzarse sobre reglas de juego diferentes. Tenemos que usar las nuevas tecnologías para promover lo mejor del talento con que contamos”.

Lamentablemente, el Informe no se pronuncia en este aspecto pro-activo, tal vez porque, en sentido general, en estos cuatro años transcurridos después del Congreso, los miembros de la UNEAC no hemos conseguido estar a la altura del desafío creativo propuesto por el presidente. Al contrario, más bien nos hemos atrincherado en las viejas maneras de interpretar los fenómenos culturales, ignorando de forma tozuda lo que la realidad ya es, que en nada se parece a lo que era, ya no en el siglo pasado, sino hace cuatro años, cuando celebrábamos aquel Congreso.

De allí que lo que se expresa tenga ese tono incurablemente defensivo y (ultra)conservador, donde en nombre de la jerarquización, se patologiza de forma numantina todo aquello que no entra dentro de lo que está asumido (por el grupo que representamos) como lo valioso.

Imposible encontrar en este Informe indicios de que se haya explorado lo que puede aportar la creatividad en aquellos escenarios informales donde hoy se produce, distribuye y consume buena parte de la cultura (por suerte, instituciones como la Fundación Ludwig, por ejemplo, sí han venido trazando un valioso mapa); todo lo contrario: pareciera que el mundo cultural empieza y termina en los marcos institucionales.

Me apresuro en señalar que yo también defiendo las jerarquías culturales y el sistema institucional, en un tiempo en que parece que todo vale. Pero esa defensa tiene que ir acompañada de un conocimiento cabal de lo que es la compleja realidad en que nos movemos, y ello incluye el examen de las nuevas prácticas culturales, que obviamente responden a las nuevas circunstancias en que los miembros de la sociedad se van desenvolviendo.

Me parece absurdo que sigamos asumiendo el viejo esquema comunicativo que nos hablaba del uno dirigiéndose a muchos, cuando en el país (a pesar de haber llegado tarde a la cultura de las redes), ya se aprecia un desarrollo imparable de lo que sería lo inter-activo, participativo y colaborativo. Si no acabamos de entender que ya vivimos en la Cuba del 3G (aunque sean pocos los que puedan conectarse de un modo natural), y que el mundo de los ciudadanos comunes que somos todos nosotros cada día, opera de acuerdo a este horizonte de expectativas que van condicionando los medios emergentes, nuestros Congresos seguirán siendo parodias de lo que Tomás Gutiérrez-Alea describía en Los sobrevivientes: una lujosa mansión donde un grupo que se ve a sí mismo como cumbre de su tiempo, se aísla de lo que considera el Apocalipsis del mal gusto.

Estoy escribiendo estos apuntes todavía con el eco de lo pronunciado por Miguel Díaz-Canel en la Asamblea Nacional del Poder Popular, cuando evaluaba el proceso de informatización de la sociedad. En algún momento de su intervención, el Presidente habló azorado de la manera en que en este país todavía se conforma a mano el censo a través del cual después se entrega la libreta de abastecimientos de la bodega.

No sé por qué asocié aquello que el mandatario estaba diciendo con lo que muchas veces sucede entre nosotros con la cultura y el consumo cultural. Sí, esta es una imagen de la que no me he podido librar a ratos: la cultura normada y administrada a dedo por un bodeguero (el Estado) que restringe el papel del consumidor a lo que por lo general ha sido: un repositorio de bienes que llegan por la libreta.

Mi criterio es que a estas alturas del siglo XXI debemos ensayar nuevas modalidades de intervención institucional alrededor de estos procesos culturales. El Estado cubano ya no será más ese ente rector que antes monopolizaba todo lo que tuviese que ver con la producción, distribución y consumo. Nos guste o no, ahora los nuevos públicos organizan sus propias parrillas de programación, deciden qué ver, cómo ver, y con quién ver lo que desean consumir.

¿Qué le quedaría por hacer al sistema institucional en un contexto así? Pues probablemente mucho más de lo que hacía antes. El Estado, en vez de administrar de un modo mesiánico el consumo de los bienes, puede convertirse en ese gran mediador que, Políticas Públicas mediante, garantiza escenarios donde lo creativo adquiera el protagonismo, acompañado de un cuerpo de ideas que se actualiza de modo permanente.

De allí que resulte tan importante la observación rigurosa de lo que va pasando más allá de “lo establecido”. Siempre va a ser difícil detectar dónde está lo valioso de eso que está naciendo (¿necesitamos recordar algunos de los epítetos dedicados a Los Beatles cuando estaban iniciando su carrera?), pero lo importante no es tanto ponerse en plan de policía que multa a los conductores que se saltan la norma, como construir autopistas que estimulen la creatividad asociándola a lo diverso.

Esto, insisto, no quiere decir que el Estado y sus instituciones públicas perderán el protagonismo a la hora de concederle visibilidad a lo más valioso de la producción cultural. Para poner un ejemplo cercano a mis intereses: no me imagino a la Cinemateca de Cuba existiendo sin el apoyo estatal, ni a ningún Proyecto cultural alternativo a lo que hegemónicamente se promueve de acuerdo a los imperativos del mercado. Tampoco es una loa al anarquismo que defienden los que confunden la democracia con la ley de la selva.

Pero una cosa es esa, y otra condicionar un único tipo de consumo que responde a los gustos de quienes desde el poder, pueden legitimar o desautorizar lo que se produce a diario en la realidad.

Resumiendo: me parece que la UNEAC, y en sentido general, todo el sistema institucional de la cultura en Cuba, debería dejar a un lado los afanes de dictar parámetros y perímetros, para insertarse en una dinámica cultural global que ahora mismo aparece atravesada por la inter-actividad, la inter-creatividad, lo transmedial, y el prosumo de los grupos.

Juan Antonio García Borrero

Elogio y Gratitud

Tomado del Blog  Segunda Cita

PALABRAS PARA MANOLO: ELOGIO DE LA COMPLEJIDAD
Queridas amigas, queridos amigos:
Tengo abiertos aquí, en sus pantallas correspondientes, tres documentos: una hoja de vida de Manuel Pérez Paredes, el elogio que escribí para la entrega de su Premio Nacional de Cine en el año 2013, y las palabras de agradecimiento del homenajeado, todo leído aquel día en el vestíbulo del cine Charles Chaplin.
Esos textos me ayudarán ahora a armar el que sigue, cómplice y breve, para compartir junto a ustedes la admiración por la vida y la obra de este creador intenso, profundo y generoso que recibe hoy el más alto reconocimiento de la Universidad de las Artes.
Tomo de entrada el título de aquellas palabras del 2013 para encabezar estas páginas: elogio de la complejidad. Creo que su esencia y propuesta sintetizan, de manera justa y justiciera, la obra cinematográfica de Manolo. Como ven, paso inmediatamente al tratamiento coloquial, cotidiano y auténtico de su nombre para no restarle la presencia necesaria a los valores humanos, de amistad y compañerismo que corren paralelamente a los altísimos logros profesionales de su obra –es decir, de su vida.
Para cumplir con algunos códigos inevitables, habría que decir ahora que Manolo nació en La Habana en 1939 y que su actividad cultural por la que lo homenajeamos hoy comenzó en el año 1956 cuando integró la Sociedad Cultural Cine Club Visión, una de las  canteras  de futuros cineastas del Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos, que se fundaría tres años después. A ese recién nacido ICAIC, fundado por Alfredo Guevara a través de la primera ley de la Revolución en el ámbito de la cultura –junto a la Casa de las Américas– llegó el joven futuro cineasta y realizó una de sus primeras acciones en el bullente territorio creativo del cine revolucionario: el estudio profesional de la dramaturgia cinematográfica al participar como asistente  de Cesare Zavattini en el trabajo de investigación para escribir el guion de El joven rebelde, largometraje de ficción que dirigiría Julio García Espinosa en 1961.
Esta etapa inicial de formación incluyó, casi de inmediato, en 1960, su trabajo como asistente de dirección de Tomás Gutiérrez Alea en el tercer cuento del primer largometraje de ficción del ICAIC, Historias de la Revolución. Manolo realizó, entre 1961 y 1966, en el camino de su formación como cineasta, cinco documentales: Cinco picosCaimaneraPueblo de estrellas bajasEra Nikel Co. Grandes y chiquitos, antes de dirigir sus primeros cortos de ficción: La esperanzay  El desertor en 1964 y 1968 respectivamente.
Me ha alegrado mucho la justicia justiciera de este alto reconocimiento que hoy recibe Manolo. Sobre todo porque en ese gesto y este acto confluyen las acciones, las aventuras y los riesgos de la fundación y de la historia del cine cubano. Esto es así porque la vida de este cineasta, activista, pensador y analista incansable pasa por esa historia dejando los importantes aportes por los que hoy recibe este reconocimiento que tanto merece.
En 1973 llegaría su primer largometraje de ficción, su opera prima,El hombre de Maisinicú, ese clásico del cine cubano y latinoamericano.  
Observando –y sintiendo–, desde la mirada de hoy, la vigencia y los valores perdurables de El hombre de Maisinicú, podemos (re)confirmar que la obra cinematográfica, el pensamiento y la acción práctica de Manolo Pérez han devenido ejemplos de consecuencia y autenticidad, puestas al servicio de su compromiso a partir de una visión compleja –profunda, seria y arriesgada– de eso que llamamos, para entendernos, la realidad, pero que puede recibir también los nombres de historia con mayúscula o minúscula, transformación de la sociedad, cambios que se presentan como ineludibles, territorios en fin donde se mueve el bicho humano que somos –según el decir de Eduardo Galeano– en la búsqueda de caminos para el desarrollo de la felicidad y la felicidad del desarrollo en todos los campos que resulten necesarios: los de la superviviencia material y los de la ética y la defensa de un modelo de conducta humana en el que prevalezcan la solidaridad sobre el egoísmo, la honestidad sobre la corrupción y el riesgo sobre el acomodamiento y la rutina.
Para subrayar ese elogio de la complejidad quiero citar ahora aquí brevemente esta reflexión de Manolo sobre El hombre de Maisinicú–con la alegría colateral pero íntima de que en ella mencione a uno de los actores más relevantes de nuestro cine y nuestro teatro y ejemplo consecuente, como Manolo, de intelectual comprometido con la verdad y con la justicia:
A Alberto Delgado, interpretado por Sergio Corrieri, no se le ve actuar jamás como revolucionario, siempre es contrarrevolucionario. Y lo es hasta la muerte, ya que no confiesa, ni en ese momento, su verdadera identidad. Me atraía la visión de una persona a quien no se le conoce nunca su verdadera personalidad, no se le ve recibir instrucciones de sus superiores ni expresar conflictos psicológicos en su quehacer, todo el tiempo está simulando (algo que resolvió muy bien Silvio con la letra de la canción-tema), simulando ser un contrarrevolucionario. 
Los formidables resultados artísticos y comunicacionales de este filme, que se mantienen vigentes hasta hoy, respaldan plenamente el camino y el método utilizados por su director para proponernos una visión épica y conmovedora de aquel acontecimiento a partir del ejercicio de la complejidad creadora, radicalmente alejada de los estereotipos tan comunes en obras audiovisuales (y literarias) que tratan de sustentar su validez artística a partir de las “verdades ideológicas” de sus personajes. 
Ya en el terreno –y el elogio– de la complejidad, me es imposible no recordar ahora aquella frase definitiva escrita por Pablo de la Torriente Brau en un artículo memorable: …ni me interesa, ni creo en el “hombre perfecto”. Para eso, para encontrar eso que se llama “el hombre perfecto” basta con ir a ver una película del cine norteamericano.
Este alto reconocimiento que está recibiendo hoy seguramente hace justicia también a las múltiples y azarosas tareas, igualmente importantes, que Manolo ha asumido a lo largo de estas décadas jubilosas o difíciles: siempre complejas. 
Entre ellas podemos subrayar ahora, sobrevolando la memoria colectiva del ICAIC y de la cultura cubana, su vocación de analista agudo, de líder de opinión y de activista fiel y laborioso dentro del panorama cinematográfico (y no sólo cinematográfico) nacional y latinoamericano. Esa vocación solidaria y participativa se expresó entre nosotros en su trabajo como director de uno de los Grupos de Creación del ICAIC, entre 1988 y 1992 y, ya alcanzando ámbitos más abarcadores, en su condición de fundador del Comité de Cineastas de América Latina, constituido en Caracas en 1974 y en su labor inteligente y sostenida en el Consejo Directivo de la Fundación del Nuevo Cine Latinoamericano, desde su creación en 1986 hasta hoy.
Aunque la obra cinematográfica de Manolo dejó su huella mayor en la realización de filmes de ficción –línea que puede seguirse, creo, con facilidad en la pantalla y en su hoja de vida–, me parece importante destacar también, en esta hora de repasos y valoraciones, los cinco años (1966-1971) durante los cuales este certero contador de historias realizó alrededor de 40 ediciones del Noticiero ICAIC Latinoamericano, creado por Alfredo Guevara y dirigido, casi desde su fundación, por Santiago Álvarez, el más intuitivo y sorprendente de los documentalistas cubanos, cuyo centenario estaremos celebrando durante el ya próximo 2019. El Noticiero se exhibía semanalmente en todas las salas del país (que entonces eran muchas) hasta la amarga fecha de su desaparición en 1990. No es difícil aventurar que su vertiginoso ritmo de trabajo seguramente constituyó otra fuente de aprendizaje creativo para Manolo, además de mantenerlo en contacto con otra de las zonas sensibles para su capacidad de observación y análisis: la realidad cotidiana, el día a día de la gente de a pie, ese devenir de la Historia en sus claves más aparentemente pequeñas, pero ricas en matices y contradicciones –como la vida misma.
La enumeración rápida pero intensa de los caminos transitados por Manolo Pérez dentro del cine y de la cultura de la Isla será siempre incompleta si no se acompaña de una acción imprescindible: valorar el sensible y generoso costado humano del asunto: la vehemencia (otra palabra clave, como sabemos, en Manolo) con que ha emprendido y realizado esas tareas a lo largo de estas décadas. Esa enumeración profunda y diversa incluye, sin dudas,otra labor que él desarrolló paralelamente a lo largo de aquellos años y que en estos que vivimos probablemente advierte sobre esta urgencia mayor: la de contribuir, de manera aún más sistemática y pública, con su inteligencia, su sagacidad y su compromiso, a la decisiva tarea de pensar con cabeza propia los problemas de nuestro tiempo, como solicitaron, en el suyo, Pablo de la Torriente Brau y Raúl Roa, integrantes de aquella vanguardia formidable que aún puede dar mucha luz y mucho aliento, desde la memoria, a los imprescindibles análisis y las audaces acciones que demandan los tiempos que vivimos.
En una carta memorable escrita en La Habana en 1965 el Che incluyó esta frase que no ha perdido su vigencia esencial a pesar del paso del tiempo: “ya hemos hecho mucho, pero algún día  tendremos también que pensar”. A ese llamado de resonancias actuales ha contribuido la obra cinematográfica de Manolo Pérez, auténtica y honesta, comprometida y participante, sin hacer concesiones a las modas pasajeras ni a los ditirambos oportunos. 
Trazando un arco desde su ópera primahasta nuestros días, resulta esclarecedor, diáfano y útil el siguiente comentario del autor sobre el último filme de ficción que ha realizado hasta hoy, Páginas del diario de Mauricio:
… es una experiencia de esos años duros,1988-2000, que tiene que ver con mi generación y con lo que significa para la generación a la cual yo pertenezco el reajuste de cuentas con las ilusiones del proyecto social y el ajuste de cuentas a nivel familiar. No es que esté directamente asociada a mi vida personal, pero sí lo está en la medida en que amigos míos y yo mismo hemos vivido esa crisis más íntima, más existencial, más relacionada con las interrogantes de por qué pasó lo que pasó y qué hacer, cómo tratar de mantenerse consecuente a esta altura de la vida. 
De ahí la trascendencia y la permanencia de la obra cinematográfica de Manolo Pérez entre nosotros –y también, creo, en el futuro. De ahí la admiración que despierta la generosidad de su talento. De ahí este elogio de la complejidad con el que celebramos la obra de un fundador de sueños realizables.  
Víctor Casaus  ———————————————————————–
PALABRAS DE AGRADECIMIENTO DE MANUEL PÉREZ PAREDES AL RECIBIR EL DOCTOR HONORIS CAUSA EN LA UNIVERSIDAD DE LAS ARTES  Compañero Rector de la Universidad de las Artes, compañeros, compañeras, amigos, amigas: Agradezco el reconocimiento que recibo de las autoridades de la Universidad de las Artes, también las palabras de mi amigo Víctor y la presencia de los que han venido a acompañarme esta tarde.  No esperaba alcanzar la condición que hoy se me ha otorgado. Hace poco más de cinco años recibí el Premio Nacional de Cine y con él consideré que alcanzaba la más alta distinción y estímulo a la que podía aspirar como balance de mi trabajo. Pero la vida te da sorpresas, ésta es una. De las que comprometen aún más. Ojalá la salud, la capacidad intelectual y creativa, más la paciencia, me permitan seguir trabajando unos cuantos años más. Siempre con la ayuda solidaria de amigos y compañeros. Quiero dejar constancia, dadas las características de la creación cinematográfica, que en un momento como éste recuerdo con mucho afecto a los que, desde sus especialidades creativas y de muy diversas formas, me han ayudado con su colaboración en mi quehacer como cineasta a lo largo de casi medio siglo. Imposible hacer la lista y mencionarlos, no es corta; el tiempo pasa, unos cuantos ya no están y a ellos va mi recuerdo con especial cariño.  Quisiera ahora, brevemente, expresarles algunas ideas que ocupan parte de mis preocupaciones actuales, las que considero inseparables de este momento en el que se entrelaza el reconocimiento que recibo con mi cotidiana vida laboral y ciudadana. Repetiré párrafos, con algunos ajustes, de mis palabras cuando recibí el Premio Nacional de Cine en el 2013, y los actualizaré con algunos agregados. Son parte de mis angustias de estos tiempos.  Las tres generaciones de cineastas y creadores audiovisuales que en estos momentos convivimos en el quehacer del cine cubano nos hemos formado humana, política y profesionalmente en circunstancias muy diversas.  De acuerdo a las edades hemos estado presentes o ausentes en etapas, acontecimientos y experiencias cardinales, o nos ha tocado vivirlas a diferentes edades, por tanto no han sido metabolizadas de idéntica forma.  Esto garantiza una pluralidad, bien compleja y polémica, de puntos de vista sobre el cine, la realidad de hoy, la política, la ideología y el futuro al que aspiramos. Cada uno de nosotros tiene metas personales y desafíos artísticos y éticos entrelazados con el grado de compromiso social y político que ha asumido con la Cuba en que vivimos y con este momento en especial”.  Agrego ahora que esto tiene que ser asumido en toda su riqueza y complejidad para que cineastas y dirigentes de la cultura dialoguemos auténticamente, no formalmente, sobre el momento que enfrentamos como país y su expresión cinematográfica. No idealizo el diálogo, no hay solución mágica frente a los retos que estado y sociedad tienen por delante, pero intercambiar criterios honestamente será un paso indispensable para que una atmósfera de confianza, no exenta de diferencias, se vaya abriendo paso entre nosotros. Prosigo con lo dicho en el 2013: “Por caminos de replanteos ineludibles transita el país desde hace ya unos cuantos años, luchando para poner orden ante inmensos y complejos problemas objetivos y subjetivos, algunos de los cuales han echado raíces dañinas en nuestras condiciones materiales y espirituales. Subrayo esto último porque ambas condiciones, que son nuestras vidas, tienen que ser atendidas en su compleja interrelación para tocar fondo del momento en que nos encontramos”.  “Nada más delicado y complejo que la conciencia individual y colectiva del ser humano y la síntesis de su experiencia histórica.  Ella es la que certificará, para la historia, el éxito en profundidad de nuestra recuperación económica que tendrá que ser también espiritual porque desde una Revolución estamos hablando”.  Y añado hoy: no podemos fracasar ante los desafíos que nos imponen nuestros enemigos y nuestras incapacidades y deformaciones. Ahora, también estoy agregando, formo parte de los que creen que por diversas razones y circunstancias fuimos aplazando y no hemos ido hasta el fondo-fondo de los fracasos que el socialismo y el movimiento revolucionario sufrió terminando la década de los ochenta del siglo pasado. Tenemos, los que nos sentimos comprometidos con el proceso que vive Cuba desde 1959, que tratar de hacer lo posible e imposible por desentrañar aún más el por qué sucedió lo que sucedió al socialismo que existió. Ahí hay lecciones-experiencias, en mi criterio, de vital importancia para nuestro presente. La necesaria psicología de fortaleza sitiada, las urgencias defensivas de diversa índole de la república que también ha sido campamento, nos pasa factura con el paso del tiempo. De ahí que considere que tengamos que releer y aplicarnos el clásico prospecto, válido no solo para los medicamentos, que nos habla de sobredosis, precauciones, contraindicaciones, interacciones y efectos secundarios, en el devenir de la vida política crispada que ha demandado la fortaleza sitiada.  Concluyo diciendo que rescatar, hasta el tope de lo humanamente posible, la auténtica sinceridad y la solidaridad, ambas bastante lastimadas en este último cuarto de siglo, es para mí una necesidad de primer orden en la lucha por recuperar la calidad de nuestra vida espiritual. Ya sabemos que no es solamente con exhortaciones que se conseguirá, aunque no estén de más. Es misión de la cultura, y dentro de ella sus manifestaciones artísticas, contribuir a esto. Ojalá nuestras obras como cineastas, y nosotros con nuestro proceder, defendiendo el futuro del cine cubano como producción y movimiento artístico, contribuyamos a ello.  Muchas gracias. Manuel Pérez Paredes

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