Cómo ser culturoso

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gafapastasPor: alejo3399

Llegado el momento en que usted decida dejar de ser un común y simple don nadie, o al menos dejar de mostrarse como tal, siga las siguientes instrucciones.

Ante todo debe ser el mejor de todos, el más inteligente, o sea creérselo: si no ¿cómo pretender que otros le crean? Después debe aparentar que no le importa lo que los demás piensan de usted. Con eso habrá vencido la mitad de la pelea.

Será hora entonces de pasar al objeto, o sea, usted como cosa material. Recuerde que usted es un fenómeno muy original, por lo que deberá copiar exactamente la originalidad de los otros “culturosos” originales que hay. Meta en su garaje –o clóset en su defecto– todo tipo de tareco raro que le caiga en mano. Siempre es bueno precaver, por si se pone de moda un raíl de línea en el cuello o una lata de pintura en la cabeza.

Una premisa importante: no se bañe nunca. Desde el momento en que comience a andar con otros “culturosos” se le pegará una bacteria que resulta mortal si reacciona con agua. Además, como usted es superior, siempre olerá a talento y genialidad.

Use chancletas todo el tiempo y, si la economía aprieta- cosa que suele suceder-, use las de setenta centavos CUC: el vulgo, ramplón, vulgar e iletrado, estará tan ocupado en admirar su diletancia que no notará que usted es simplemente un miserable desposeído, un pobre pobre.

Consígase con urgencia un saco de yute, córtelo con un machete y cósalo a mano con una espina de pescado (tenga en cuenta que el mar es más poético que el río, pero a la vez menos folklórico, por lo que beberá escoger el pescado y la espina de acuerdo con su estilo personal). Así obtendrá un hermosísimo morral que colgará desde su brazo hasta las rodillas. No lo fabrique más corto, pues correrá el riesgo de que su bella manufactura se confunda con la del cartero Fogón. ¡Y usted no querrá parecer un cartero común! ¿Verdad?

Hechas ya estas previsiones, dedíquese a epatar. Impresione a todo el mundo con su verborrea. Llegue a donde llegue, antes de saludar a alguien diga que usted lee la poesía de Kavafis y le resulta superflua. Diga además –y esto no le puede faltar–, que le encanta el mate argentino, aunque nunca lo haya probado en su vida. Argumente que Immanuel Kant era retrasado mental porque no profundizó en la “cosa en sí”, y que el realismo mágico de Gabriel García Márquez se quita el sombrero ante el “postvanguardismo hermético-experimental” creado por usted.

Hágase de una hipersensibilidad artística al precio que sea. No repare en los tabúes sexuales que siempre frenan el desarrollo intelectual del hombre común: haga lo que sea. Deléitese, por ejemplo, apreciando la delicadeza de una araña comiéndose una mosca. El vulgo verá en esto una tremenda guanajería, pero recuerde que usted es superior. Entrene con un tractor ruso, véalo y escudríñelo, y concatene profundas reflexiones hasta significar en él algo como la libertad de religión o la esencia del arte en sí.

No aprenda a bailar reguetón, ódielo con desenfreno. Si siente aunque sea un mínimo del ritmo, reprímase hasta el tuétano. En cambio, es obligatorio bailar música house. Como opcionales tiene al jazz gótico del siglo XIII, la danza tétrica de los hititas, y la música celta, que no son exactamente géneros muy sabrosones, pero suenan inteligentes.

Vea películas del cine experimental cuyas críticas haya leído o escuchado de antemano. Apréndase textos de memoria y hable con confianza del peso dramático de cada personaje. Los presentes en el cineclub también serán culturosos por lo que es de suponer que harán lo mismo, y no les molestará que usted recite las ideas de otros.

Eso sí, debe perfeccionar el lenguaje. Para ello le recomiendo un diccionario de términos inusuales. No utilice nunca las palabras: amor, rosa, corazón y lindo. Demasiado cursi para alguien de su talla. Sustitúyalas por sinónimos rebuscados y complicadas metáforas, de ser posible.

Al menos cada ocho frases, use la expresión “genial”; y cuando algo le llame la atención, no se entusiasme demasiado, conserve el carácter, rásquese la barbilla y susurre con voz de pensador: “ejem…, interesante”.

Entonces ya usted puede escribir cualquier porquería y no mostrársela a nadie bajo el pretexto de que solo usted la entiende, y pasarse el día, con la mente en blanco, simulando filosofar.

Por último, nunca diga que usted leyó este manual. Miles lo han hecho antes que usted y todos han sido discretos. Piense que mi familia ha vivido cómoda durante doce generaciones gracias a la venta de este material.

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