LOS CONSENSOS Y LOS EXTREMOS

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BarataPor: Jorge Gómez Barata

Cincuenta años de militancia revolucionaria, lecturas sobre las revoluciones de los siglos XVIII, XIX y XX, experiencias propias y ajenas y excepcionales magisterios, enseñan que desde los extremos ─derecha o izquierda─ no se construyen consensos sociales y políticos duraderos, que la unidad supone el respeto a la diversidad, y que la cohesión social no se forja alrededor de una ideología sino con el aporte de todas. Quien descarta el marxismo a favor del liberalismo comete el error de quien hace lo inverso.

La experiencia soviética y del socialismo real muestra que el tiempo y las prácticas autoritarias no consolidan la unidad alcanzada, sino que la debilitan. No se trata de que las fuerzas y el entusiasmo se agoten, sino de que las estructuras de poder solventes para la solución de tareas inmediatas, no sustituyen la institucionalidad que la humanidad forjó a lo largo de siglos, y cuya esencia son la democracia, el gobierno colegiado y los liderazgos legítimos.

Aunque no todos los actores políticos lo entiendan del mismo modo, la moderación es cualidad esencial de la política, y una de las claves del éxito de gobernantes y proyectos. Desde los extremos, con programas inviables y aspiraciones desmesuradas, es imposible elaborar consensos que abarquen a las mayorías, y cuando se logran, suelen resultar efímeros.

La creencia de hallarse en posesión de la verdad y aprovechar los resortes del poder para convertir sus programas en la única opción, es uno de los peligros que acechan a las vanguardias políticas, que inspiradas por ideas que, aunque correctas, nunca son hegemónicas para siempre, pretensión que es contraria a la condición humana.

De ese modo se puede llegar a un punto en el cual el credo asumido como profesión de fe, hace que algunos liderazgos se abstraigan de la realidad, abandonen el método dialéctico, pierdan la noción de la temporalidad de la existencia y de la relatividad de la verdad.

Así ocurrió con el Partido Comunista Soviético, que convencido de que poseía todas las verdades y todos los derechos, al asumir el poder anuló la institucionalidad, exageró el carácter de clase del derecho, la cultura, la democracia y el Estado y, con herramientas inadecuadas, intentó crear una sociedad absolutamente nueva, conducir la economía y la política, y en lugar de guiar al pueblo, prevaleció sobre él. La desmesura y lo errado del proyecto explican la trascendencia del fracaso.

La idea de que es pertinente gobernar por siempre sin crear espacios para alternativas, incluso para una oposición legítima, hacerlo con una opinión pública ciento por ciento favorable, una prensa integrada orgánicamente al poder y una sociedad civil ausente, no sólo es una quimera, sino la introducción de una anomalía difícilmente sostenible.

Las revoluciones ofrecen la oportunidad de introducir cambios trascendentales en los modelos políticos, y diseñar organizaciones de nuevo tipo y estilos para relacionarse con las masas que les permitan sobrevivir a cambios en la realidad, cosa que no debió ser confundida con un monótono ejercicio del poder que en 70 años no introdujo una sola iniciativa modernizadora ni un cambio sustancial. La tragedia soviética que no era fatalmente inevitable aporta una lección. Allá nos vemos.

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