Los mejores cuentos del mundo, según Vicente Battista

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battista1“La puta con la que debuté se tiene que haber muerto. Si no murió debe ser una mujer muy mayor. Quiero encontrar a esa mujer. No recuerdo cómo se llama aunque eso no importa, porque las putas como las monjas, siempre cambian de nombre”. Así ha concebido el escritor argentino Vicente Battista el comienzo de su próxima novela. Un pueblecito milenario en el Pirineo francés le ofreció los primeros indicios de la historia, específicamente una calle. Desde ese momento “El libro de los sueños inconfesados” es compañero de viaje, proyecto inconcluso, sombra ávida por concretarse en su cuerpo definitivo.

Pero la novela seguirá en el espacio intangible, al menos en los próximos días, porque Vicente está en La Habana. Llegó como jurado del Premio Iberoamericano de Cuento Julio Cortázar y también para conversar sobre la novela policial, un género que según reconoce sigue siendo subvalorado dentro de la “gran literatura”.

“Es como el pariente pobre de la creación literaria. A veces nos invitan a alguna mesa de debate referida al género, pero cuando se habla de literatura seria no se incluye. Eso es un error garrafal. Escribo esa literatura aunque no solo ese tipo de literatura”, refiere el autor de Esta noche reunión en casa, El final de la calle y El mundo de los otros.

“Te llamás como uno de mis personajes, Laura”. Me dice como bienvenida. Vicente tiene la mirada suave pero detrás de ella hay filos cristalinos y una ebullición que no detienen los años. Me recibe con un gesto de simpatía que agradezco. Unos segundos después hablará sobre la escritura y los argentinos, Borges y Sabato; la novela negra, Cuba y el periodismo; el escarabajo y el grillo.

“Yo manejo los códigos de la escritura argentina, porteña, que es muy acotada, muy del cuento. De ahí que el escritor más grande sea Jorge Luis Borges y que el primer cuento que aparece en mi país es El matadero de Esteban Echeverría, dos años antes de que Edgar Poe estableciera las pautas del cuento moderno. Contrariamente a lo que sucede con la literatura cubana, nosotros tenemos el barroco un poco alejado aunque hay algunos ejemplos en nuestra literatura”.

Vicente asegura que no conoció personalmente a Borges. Fue tal vez uno de los pocos argentinos que nunca lo ayudó a cruzar la calle. Le fue ajeno físicamente, pero no desde el espacio de la fabulación literaria. “Borges me es tan lejano en cuerpo, digamos, como Cervantes. Lo leí, nunca lo traté, lo cual me da cierta ventaja para admirarlo mucho más. Borges influye no por su escritura porque aquel que lo imita lo está copiando, sino por el modo en que trata sus historias y sus personajes, cómo logra en tres o cuatro páginas mostrar todo un universo que a cualquier otro escritor le llevaría unas 40 o 50 páginas”.

En mi caso particular estoy influido por cuanto autor he leído ya sea bueno o malo –asegura el novelista argentino. “Cuando leés, te están dando algo, estás escogiendo algo; lo que no trato de hacer es reproducir los estilos. Por ejemplo, Borges a mí me enseñó a trabajar con frases cortas y a evitar los adjetivos altisonantes”.

Su admiración se extiende hacia autores como Roberto Arlt, considerado el Rimbaud de la narrativa, también en la obra de Ernesto Sabato descubre personajes memorables. “No reconozco o no creo tener influencias de Sabato. A él lo conocí y lo traté mucho. Tiene la grandeza de haber creado personajes irrepetibles. Recordemos a Fernando Vidal Olmos en su Informe sobre ciegos o Alejandra con toda esa perversidad. Son realmente grandes personajes”, precisa el autor de novelas como Siroco y Sucesos argentinos, ganadora del Premio Planeta.

Oro y papel. Escarabajo y cigarra

No hablamos de un tratado sobre insectos. Mucho menos de un manual. Transcurrían los años 60 cuando surgió en el panorama literario argentino una publicación que comenzó a hacer visible la obra de jóvenes autores. Se trataba de El escarabajo de oro, sitio donde Vicente aprendió a entender la literatura como un proyecto de confrontación y diálogo. En ese momento, con apenas 21 años, estaba convencido de que sus relatos eran los mejores que se habían escrito en la historia del arte –me cuenta sonriendo, sin negar cierta ternura soterrada por aquel joven que fue.

“Me felicitaban las novias y los amigos que me querían. Hasta que un día me vinculé con El escarabajo, leí mi primer cuento y me destrozaron. Me di cuenta de que no era un grande como yo pensaba. Nos criticábamos con mucha pasión y con mucha impiedad. Nos sirvió para salir adelante”. Pero más allá de funcionar como taller, la revista tenía un pasado político muy interesante. Según Battista, sus antecedentes están en la publicación El grillo de papel.

“Era común que en ese momento hubiese tres o cuatro años de gobierno democrático y luego venía la dictadura, hasta que llegó la última que fue terrible y lo modificó todo. Por suerte no pensamos volver a soportar otra dictadura como esa, aunque hoy estén presentes en Argentina y Latinoamérica los golpes económicos y financieros como los fondos buitre”, enfatiza mientras en la cabeza hacen fila los amigos muertos, los numerosos desaparecidos.

“En 1955 había caído el gobierno peronista, un gobierno que la izquierda no había terminado de entender. Estaba mezclado con cierto tufito fascista, Mussolini, el populismo a ultranza, pero también había un montón de leyes sociales que modificaron el pensamiento del obrero contemporáneo. Cuando cae el peronismo tengo 15 años. Hubo un montón de intelectuales, mayores que yo, que comenzaron a darse cuenta de que aquello no era ninguna revolución y menos aun libertadora. Ellos quedaron con cierta culpa ancestral”.

El grillo aparece a finales de los años 50 y la costumbre era que cuando un gobierno encontraba una revista literaria que le caía mal la clausuraba. La misma revista podía salir con otro nombre –narra Vicente. Fue Ernesto Sabato precisamente el que sugirió el título al director de la publicación, Abelardo Castillo. Le dijo: si ustedes son tan admiradores de Poe, por qué no le ponen El escarabajo de oro. Así quedó.

Marx, de la balalaika al son

Con 19 años Vicente supo de la victoria de los barbudos cubanos. En esa época su admiración por lo que sucedía en suelo insular lo llevó a la cárcel. El motivo, ser miembro del Comité de Solidaridad con Cuba. “Hay que entender que cuando triunfa la Revolución, aquellos románticos con barba y uniforme, entre ellos un doctor argentino con un apellido ilustre –Guevara Lynch– todo estaba condimentado para que cierta burguesía comprara ese producto, pero cuando Fidel dice señores esto es marxismo-leninismo y llega la Segunda Declaración de La Habana, esos personajes empiezan a tirarse del pelo. Mientras tanto, para los que sí estábamos con el marxismo, se nos abrió un camino formidable. De pronto teníamos una Revolución marxista en idioma español. Nos entendíamos a ritmo de chachachá y son, no a ritmo de balalaika. Era otra cosa, era nuestra, latinoamericana”.

Desde entonces se mantuvo cerca de los cubanos. Esa relación se enraizó aun más cuando en 1967 obtuvo una mención en Casa de las Américas por su primer libro de cuentos. En manos del escritor Leopoldo Marechal, quien venía como jurado del certamen en la categoría de novela, llegó a Cuba el volumen Los muertos.

“Recuerdo que envié el texto a través de Suiza. En ese momento estaba prohibido cualquier contacto con la Isla. De ambas copias, solo llegó a La Habana la de Marechal. Cada vez que alguien regresaba de Cuba hacíamos una mesa para conocer sobre la situación en el país porque no teníamos ni la menor información. Era en Montevideo donde encontrábamos materiales sobre la Isla y debíamos traerlo camuflado”.

“Cuba nos unió en la admiración. El actual gobierno de mi país está conducido por una presidenta que es impagable por lo que dice y hace. Hay mucha gente joven jugándose todo y para mí eso es maravilloso”.

El periodismo, una ferretería o el túnel

“En los 60 teníamos a Ernesto Sabato como una especie de referente. Nos llevaba 20 años y aparecía como un tipo muy inteligente y agudo, sarcástico, reunía diversas facetas del ser porteño. Tenía por costumbre citar una frase de León Bloy que decía que el periodismo era el mingitorio de la literatura. Sostenía que era preferible para un escritor trabajar en una ferretería que en un diario vendiendo su pluma”.

Justo en ese punto comenzaban las discusiones entre ambos –asegura el Vicente periodista. “Yo no tenía idea de qué era un tornillo. Pero igual, si trabajo en una ferretería no me voy a aliar al patrón. Cuando colaboro con una revista que no es de mi ideología, si en algún momento me dicen que cambie la información, renuncio. Durante todo mi ciclo como periodista siempre me caractericé por no ponerme la camiseta del diario. Hay una escuela de periodismo en Argentina, TEA, que entrega una manzana al maestro más querido. Fui uno de los que recibió orgulloso esa manzana y ahí la tengo. Debe ser por todos mis años como periodista”.

Lo cierto es que la extensa mayoría de los escritores han pasado por esa labor –concluye Battista mientras recuerda un caso singular de rejuego entre buena literatura y las formas del periodismo, aunque trastocadas.

“En Argentina había un diario muy sensacionalista pero fuera de serie titulado Crítica y en su redacción estuvo toda una generación de escritores argentinos. Los grandes de ese momento pasaron por allí”. En el suplemento cultural La revista multicolor de los sábados, Borges comenzó a publicar algunos textos que luego conformarían la Historia universal de la infamia.

El difícil arte de escribir (o de matar) 

Yo no era un escritor de policial, asegura el autor argentino. “Si agarrás mis primeros libros encontrarás algunos crímenes pero no se trata exactamente de textos policíacos. Todo nació a partir de un concurso de cuentos de una revista española. Aquel relato se convirtió en la novela Siroco. Antes había escrito El libro de todos los engaños, que es la historia de mi familia. Ahora el diario Página/12 va a sacar tres novelas mías y un libro de cuentos del género”.

“¿Por qué me gusta tanto la novela policial? Porque está emparentada con el cuento. Es un género muy rico que aparece con el policial de enigma. Cuando se agota este surge el policial negro y cuando parecía que este último también se había agotado sale a escena Henning Mankell en Suecia, con el comisario Wallander”.

Sin embargo, coincidimos en que el policial sigue siendo subestimado por la crítica y los círculos literarios. “Lo que pasa es que se unen las grandes novelas con otras obras menores, algo que no sucede con otros géneros; se sabe cuál es el best-seller, cuál es la novela basura, pero en este caso todo aparece bajo el mismo rótulo. En el policial todo entra, sea bueno o malo, y no está clara esa diferenciación”.

Más allá de una mirada desafortunada en el ámbito intelectual, ese tipo de escritura se abre camino entre las nuevas promociones de escritores –enfatiza.

“En Argentina hay muchos jóvenes que escriben literatura policial. Tomando como base a Raymond Chandler, y aportándole un poco a su definición, podemos decir que incursionan en el (nada) simple arte de matar”, asegura Vicente Battista mientras piensa en su juventud y El escarabajo, su generación, la próxima novela por escribir. Tiene muchas cosas en la cabeza pero en algún momento tendrá que darle cuerpo al nuevo volumen. Por ahora, solo puede recitar de memoria el principio de su historia. Sabe que en ella habrá una pérdida y una búsqueda; que estará feliz de aferrarse otra vez a la punta del iceberg.

(Tomado del blog La muerte de un pájaro profeta. Por: Yenys Laura Prieto Velazco)

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