Mi socio El Negro

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82244cubaTomado de Un guajiro Ilustrado

 A los que se han ido, y a los que se irán.

Ayer se fue mi socio El Negro. Estuvo ansioso todos estos días, parecía un niño chiquito al que le prometen llevarlo al parque el fin de semana. Lo cierto es que anoche -por fin- con lágrimas en los ojos, partió en una embarcación construida furtivamente en algún platanal lejano.

De nombre Yohanne y de apellido irrelevante, El Negro es el clásico luchador oriental en La Habana, excelente albañil y últimamente aprendiz de corredor de permutas, que se ganaba la vida trabajando duro para comer y dormir en algún solar medianamente habitable de la Habana Vieja.

Lo conocí porque se hizo cargo de la reparación del apartamento donde vivo, que antes de él, parecía una pocilga y hoy por lo menos, una posada decente.

Es un tipo sencillo, hablador, charlatán, sincero y divertidamente inculto. Todo lo que sabe se lo debe a la calle, pues esa ha sido su madre y su mejor escuela.

El Negro, pudieran decir algunos, tiene un gran defecto: no cree en la Revolución y por tanto quería irse pa´l yuma. Es el tipo de gente que no entiende otros argumentos cuando se le mete una idea en la cabeza, ese es su sueño y no lo abandonará nunca. Y tiene todo el derecho. Es el arquetipo de un sector de la población cubana, que por muy duro que suene, no está dispuesta a esperar; no quieren, están cansados.

Esta gente no desea escuchar más consignas, no quieren más sacrificios, y optan por ejercer el patriotismo desde lejos. El Negro no abandona su patria, abandona un proyecto que no le satisface, que no lo convence, y que hasta cierto punto, según él, lo ha engañado.

Es cierto que estudió lo que pudo y lo que quiso, recibió los beneficios de su país, pero también, las injusticias. Lo han parado en la esquinas por su aspecto “sospechoso”, lo han declarado ilegal en su propio país, lo han deportado a Santiago de Cuba y hoy nadie le puede prometer un futuro próspero porque con marxismo no se puede convencer a todo el mundo y menos con nacionalismo barato.

Otros le dirán que allá la puede pasar peor – si llega-, que si el racismo, que si Ferguson, que aquello no es como lo pintan. Yo lo sé, se lo dije muchas veces, él lo sabe, pero quiere comprobarlo por sí mismo, quiere intentarlo, quiere ver algo diferente, quiere vivir otra realidad, aunque sea una mentira mejor construida.

El sabe que los americanos no lo quieren allí. Si lo quisieran, le dieran visa. Pero no le interesa. El Negro sigue el axioma salvaje del cubano campeón olímpico en el deporte nacional: la lucha. Este axioma reza lo siguiente “lo que te dén, cógelo.” Es de un pragmatismo bestial, pero es el mismo razonamiento de alguien que, desde su punto de vista, no tiene otra salida.

Ahora mismo no sé si llegó o no, si estará saltando de alegría en alguna playa de Cayo Tortuga, o se lo habrán comido los tiburones, no lo sé. Yo solo hago algo parecido a rezar, a pesar de lo ateo que soy, para que no le pase nada, para que cumpla su sueño ¿Por qué no buscó una vía legal? Porque es un tiro al cielo, a ningún país le hace falta un negro albañil, que no sabe idiomas, ni ha estudiado mucho. Él sabía que nadie le iba a dar visa ¿Qué por qué no buscó una yuma vieja y gorda que se quisiera casar con él por sus favores sexuales? Porque es extremadamente penoso, feo como un sapo y, para colmo –pecado capital- no sabe bailar.

El Negro, mi socio, cree, afortunada o desgraciadamente, en el Sueño (Norte) Americano. Yo no, pero cuando me pregunto por qué algunas personas escogen ese loco camino para llegar a él, respondo como lo hizo el Papa Francisco a algunos periodistas cuando le preguntaron su opinión sobre los homosexuales:

¿Quién soy yo para juzgarlos?

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