Tag: Fidel Castro

SILVIO RODRÍGUEZ: “CUANDO ESCRIBÍ ‘EL NECIO’ ESTABA PENSANDO EN FIDEL”. (VÍDEO DE LA CANCIÓN)

Tomado del Bolg: El Ciervo Herido

Hace una década, en medio de una entrevista con Radio Nacional de Venezuela, Silvio Rodríguez contó la historia tras “El necio”, una canción publicada en 1992, en un disco titulado simplemente Silvio, donde el trovador evoca al líder de la Revolución cubana, a quien llamó “un maestro del humanismo”.

“Cuando escribí ‘El necio’, estaba pensando en Fidel y, hasta cierto punto, en mí”, comienza el relato de Silvio Rodríguez.

“Lo que me llevó a escribir —dijo el músico— fue el ambiente ideológico de fines de los 80, principios de los 90, el derrumbe del campo socialista. Ya estaba la glásnost en la Unión Soviética y se veía que aquello apuntaba hacia algo catastrófico. Hubo varios periodistas en La Habana que me preguntaban por qué no me pronunciaba al respecto. Y yo pensaba, sigo pensando y siempre pensé igual, que no tengo tampoco por qué pronunciarme acerca de cada cosa que sucede. Ese no es mi oficio, no es mi trabajo. A veces no tengo nada que decir, o se está produciendo todavía un proceso de acumulación necesario para que en algún momento se convierta en expresión y brote. Mientras tanto, no puedo hacer nada, ni forzar las cosas, porque no me sale una buena canción”.

Según el trovador cubano, “es mejor quedarse con la boca cerrada a hablar boberías. Y en el caso de la canción, es más imperdonable todavía, porque, ¿cómo tú vas a hacer trascender algo que no vale la pena?”.

Entonces ocurrió un hecho que empujó la canción. Cuando el autor de “Playa Girón” iba en tránsito desde Miami hacia Puerto Rico, le quebraron su instrumento.

“Me rompieron una guitarra. Fueron cubanos que trabajaban en el aeropuerto quienes le saltaron encima —contó el músico—. Culpa mía creo yo, porque tenía una pegatina de Fidel y una bandera cubana, y no me dio la gana de quitarlas. Digamos que me lo busqué. Cuando llegué a Puerto Rico, escuché en la radio un programa desde Miami donde decían que la contrarrevolución estaba muy decaída porque habían pasado los revolucionarios ‘fulano’ y ‘mengano’, entre ellos yo, por Miami y en otra época nos hubieran arrastrado, hubieran limpiado las calles con nosotros”.

“Yo tenía noticias de que a veces había manifestaciones de agresividad, lo había leído, me lo habían contado; pero en mis huesos, en mi carne, nunca había sufrido una amenaza pública de esa envergadura —dijo Silvio—. ¿Cómo puede uno provocar tanto odio en canciones que ni una sola habla del odio?”.

“Eso me marcó”, apuntó el músico.

“No logró cuajar en aquel momento y fue como una asignatura pendiente. Y parece que por esos artilugios de la mente humana, el derrumbe de la Unión Soviética y lo que se avecinaba, más lo de Miami, se unió y creó la química necesaria para hacer ‘El necio’”, agregó.

Maestro del humanismo

El más importante de los exponentes de la Nueva Trova Cubana escribió un breve apunte en su blog, hace dos años, luego de enterarse de la muerte de Fidel Castro, a quien calificó como “uno de los seres humanos más extraordinarios de todos los tiempos”.

“Desde que yo era niño lo vi como a un maestro del humanismo. Todavía lo veo de esa forma”, había dicho el músico. “Gloria eterna para Fidel”.

#FidelPorSiempre

Tomado del blog: Cuba Izquierda

por: István Ojeda Bello

Eran las 10:45 pm del viernes 25 de noviembre del 2016 y el cuerpo, añoso y desgastado por la lucha constante que fue la existencia de Fidel Castro, libró su última batalla. Más de una vez le escuchamos decir de su propia sorpresa ante cada cumpleaños, porque nunca fue hombre que pensara en la posibilidad de vivir demasiado, de llegar a viejo.

Cuentan que una gitana leyó su mano y le auguró un fallecimiento joven. Y claro, entre premoniciones de mocedad y tanto intento de asesinato desde el Imperio, era fácil pensar que podía ser mañana o al doblar de la próxima esquina entre los ardores del trabajo y las exigencias de las épocas. De seguro a sabiendas de que un torrente de emociones recorrería con la noticia cada escondrijo cubano. No era para menos.

Han pasado dos años y tenemos plena conciencia del peso de su adiós. Los días primero impusieron el ritmo lúgubre de la despedida, entrelazado con el orgullo terco de la presencia. Una mezcla tan rara de sensaciones que hacía abrazarse a los extraños y sacaba lágrimas ante una foto, lo mismo a adolescentes habitualmente ensimismados en sus celulares que a los más añejos, esos que le vieron triunfar en la Sierra Maestra, en la Crisis de Octubre, en la guerra de Angola.

Pero el tiempo, el implacable, ayuda a canalizar el dolor. Ahora nos atrevemos a contarlo mientras recordamos al armón militar portando la urna de cedro que recorrió parte de Cuba. Y él, que fue un optimista, parece reinventarse entre la gente y encontrar nuevas maneras para volverse presente, viril, endemoniadamente necesario.

También fue Fidel un revolucionario cabal. Y no solo en el sentido del hombre, el fusil, la obra de la vida a lo que muchos circunscriben la esencia de una revolución. Fue un revolucionario cabal desde la perspectiva del que asume la transformación, la capacidad de reinventarse, de ajustarse a los tiempos, como clave del desarrollo humano. Por eso, llegó temprano a Internet, agarró sus resortes y se dispuso, desde ahí, a hacer Patria. Su figura y trayectoria sigue siendo, en los espacios digitales motivo de agudas controversias políticas y bandera de las causas justas

.

Esta es el arma que necesitamos en los nuevos tiempos que vendrán, dijo en una ocasión durante un congreso de periodistas; en otra confirmación de su admirable capacidad para intuir los caminos de la historia que una vez más le han dado la razón, porque desde las redes sociales él sigue siendo un referente. Y resulta raro el día en que cierta etiqueta no sobrevuele el ciberespacio:

#FidelPorSiempre

(Escrito conjuntamente con Esther De la Cruz)

Quien sacude las constelaciones

No conocí a Fidel. Al menos no en el sentido literal que damos a la palabra conocer, y que implica un relativo grado de cercanía física, de estar ahí para calcular la altura, identificar la intensidad de la voz, saber el color exacto de los ojos…

No estuve en una cobertura a su lado, jamás me entregó un diploma, ni siquiera lo entreví en medio de una multitud. Y, sin embargo, estuvo ahí para mí.

Nací en el año 1990,  cuando aún no habían pasado de moda los nombres con «y», y los mayores empezaban a descubrir  y poner en práctica miles de alternativas para que sus niños no sintieran los rigores del periodo especial.

En aquella época convulsa, donde faltaban muchas cosas pero sobraban tantas otras de las que no pueden palparse, aprendí de mis padres que la felicidad no depende del tener y que la honestidad no es un valor circunstancial; por medio de ellos dos, también descubrí de a poco que la resistencia, el orgullo y la dignidad no eran patrimonio familiar, sino de todo el país.

Y, sin poder determinar el momento exacto, supe que Fidel  –así, sin apellidos–  estaba en la misma oración que Cuba, antimperialismo, Patria y Martí.

Creé una imagen casi mítica: el Comandante en Jefe que no se cansaba, que podía hablar por horas para dar fuerza a un pueblo cercado por  las ansias capitalistas de implantar su «lógica» allá donde una luz diferente brille. El héroe de los libros de historia en la escuela, el profeta del futuro, el capaz de idear una solución ante cada desafío nuevo, el que sabía hacer de las utopías, realidades.

Mi infancia y adolescencia tuvieron computadoras en las aulas a las que entrábamos como a un santuario, merienda escolar, tribunas abiertas, y entré a relacionarme con la política por el camino de entender la historia del país en que vivía y por un concepto que impide parar de soñar, y sentarse en la silla al borde del camino: la justicia.

Leer al líder que solo había visto por televisión me ayudó en ese crecimiento: Fidel y la religión, Un grano de maíz, La historia me absolverá, Un encuentro con Fidel… y aquellas Cien horas con Fidel que disfruté tabloide a tabloide en las tardes de la beca, fueron esenciales para entender que él era mucho más de lo que yo había supuesto.

Porque era un hombre que tuvo hambre, fatiga, sed, ojeras; que de seguro alguna mañana se desalentó y sufrió; que vivió el fracaso y la traición, pero supo poner por encima el amor a los suyos y ensanchar el concepto de prójimo al de todos los pobres de nuestra (la) tierra y con ellos echar la suerte.

Eso es lo que lo hace irrepetible, aunque imitable: su mortalidad. Los ídolos de mármol no mueven montañas; los de ideas sacuden las constelaciones.

Desde la adultez, me acompaña un Fidel analítico; interesado en el diálogo, y radical con los discursos huecos y las medias tintas; convencido de que la realidad puede suponer decisiones difíciles, mas nunca renunciar a los principios que han sido faro para «atemperarse a los tiempos nuevos».

Poner primero a Cuba antes que todas las pequeñeces individuales, no renunciar a las rebeldías con causa, no avergonzarse de ser comunistas, huir de las mediocridades, reconocer los errores y aprender de ellos, estudiar y trabajar por el proyecto colectivo, son legados fidelistas que asumo como fe de vida.

No lo conocí, pero lo hice en la dimensión que nos acerca a quienes determinan nuestra espiritualidad y tejen con sus ideales el mapa de las creencias propias, las que nos echan a andar. Con ese Fidel me quedo, ese Fidel elijo ser.

Sinónimos de Fidel

por: Orlando Guevara Núñez

tomado del blog Ciudad sin Cerrojos

Moral, honor, valentía,

esperanza, dignidad,

amor, lucha, libertad,

honestidad, hidalguía.

Paz, amor, soberanía,

humanismo, luz, laurel,

optimismo, justo, fiel,

símbolo de su nación.

Estos atributos son

¡Sinónimos de FIDEL!

Publicado por Orlando Guevara Núñez en 14:14

Enviar por correo electrónico

Yo soy Fidel

tomdado del blog La Isla Desconocida

Al cumplirse el segundo aniversario de la desaparición física de Fidel, recurro a este artículo que publiqué en Granma el 5 de diciembre de 2016, durante sus honras fúnebres. El cartel que sirve de ilustración es de Ares.
Enrique Ubieta Gómez
De las multitudes que encauzan sentimientos o razones surgen las más variadas, pero hay algunas que por su exacta brevedad y contundencia prevalecen. Eso sentimos los cientos de miles de cubanos que asistimos a la Plaza de la Revolución José Martí para honrar a Fidel, para honrarnos por el privilegio histórico de haberlo tenido como líder de la primera Revolución socialista del hemisferio occidental. Entre todas las consignas necesarias, apareció la imprescindible: «yo soy Fidel», gritamos a pulmón abierto, con el puño en alto.
Unos días antes, frente al hecho insuperable de su desaparición física, algunos escribieron: «Fidel es Cuba»; otros, ante el huracán de sentimientos que desataba, pese a su edad, la inesperada noticia, sentenciaron: «Cuba es Fidel». Pero las revoluciones son mágicas en eso de convertir a las masas en colectivos de individuos conscientes, y Cuba es cada mujer, cada hombre, dispuestos a defenderla, es cada combatiente revolucionario. Fidel nos lo había pedido a su manera en 1992, en los inicios del duro periodo especial: «El imperialismo tratará de dividirnos para buscar cualquier pretexto con qué justificar sus acciones intervencionistas en nuestro país (…) cada hombre, cada revolucionario debe decir: Yo soy el ejército, yo soy la patria, yo soy la Revolución».
Martí escribió en su cuaderno de apuntes que ser cristiano significaba «ser como Cristo». No lo decía en el sentido de replicar la vida de Jesús o de igualar sus virtudes, humanas o divinas, sino en el de asumir sus fundamentos éticos. Susely, en nombre de los jóvenes cubanos, recordó en Santiago de Cuba que Fidel nos había pedido que fuéramos como el Che: ser como él tampoco significaba que alcanzaríamos, necesariamente, su estatura de revolucionario, sino que asumiríamos sus ideales humanistas. Pero no basta con el «seremos» de los niños cubanos —los que, por cierto, han ofrecido respuestas brillantes a los medios, en estas horas de duelo—, los adultos estamos obligados a definiciones de fondo: hoy somos Martí, el Che, Fidel, los nombres propios que la historia le puso a la Revolución. Soy Fidel, soy la Revolución, su continuidad: lo gritaron uno, cien, miles, millones de cubanos, cuando el cortejo fúnebre pasaba o cuando se detenía en Santa Clara, Camagüey, Bayamo o Santiago. Si millones exclamaron convencidos «yo soy Fidel», entonces, ciertamente, todos lo somos, Cuba es Fidel.
¿Querían saber qué pasaría en la era «post Fidel»? Los cubanos han respondido. Los que soñaban con una juventud apática, descomprometida, con un pueblo escéptico o desmovilizado, los que anidaban la esperanza de que este fuese el «fin de una época», deben sentirse frustrados. Los finales en la Historia no se producen cuando muere un Justiciero, sino cuando terminan las Injusticias. ¿Acaso alguien cree que esta no es la época de Martí?
Fidel, en su despedida, nos ha unido más y nos ha convocado al combate. «Yo soy Fidel» es un grito de guerra, que se vertebra en los principios éticos de su concepto de Re­volución: humanismo, igualdad y libertad plenas, emancipación, mo­destia, desinterés, altruismo, solidaridad, heroísmo; para ello, hoy y siempre habrá que desafíar poderosas fuerzas, «luchar con audacia, inteligencia y realismo», «no mentir jamás ni violar principios éticos», tener «convicción profunda en la fuerza de la verdad y las ideas», y desde luego, «cambiar todo lo que tenga que ser cambiado», como hizo la nuestra, desde 1959.
La línea roja de la continuidad histórica es la eticidad revolucionaria: la de Céspedes, Agramonte, Ma­ceo, Martí, Mella, el Che, Raúl y Fidel. Pero la victoria de esa eticidad, solo fue y será posible desde la unidad esencial. Solo Martí y Fidel la consiguieron, pero el primero murió sin alcanzar la victoria. Nadie pudo obtenerla en la historia de Cuba hasta 1959. Se frustró en 1878 por divisiones internas (regionalismos, caudillismos, intereses de clase), en 1898 por la intervención del imperialismo estadounidense y en 1933 por la ausencia de una fuerza rectora capaz de encauzar la voluntad popular. La unidad de los cubanos, sus más altos ideales, encarnan hoy en el Partido de la Revolución. «Te lo prometió Martí y Fidel te lo cumplió», escribió el poeta. «Yo soy Fidel» es una clara advertencia: na­die nos arrebatará esta victoria.
«Yo soy Fidel», es decir: soy David frente a Goliat, Espartaco ante el Imperio Romano, Maceo en la Protesta de Baraguá, Almeida gritando en Alegría de Pío, «aquí no se rinde nadie, c… »; es asumir el antimperialismo martiano y leninista, a noventa millas de sus costas, con fe en la victoria, porque se tiene fe en el pueblo; «sí fue posible», repitió una y otra vez Raúl en su discurso de despedida, al enumerar todos los «imposibles» que como nudos de la historia, su hermano desenhebró. Y si soy Fidel, soy Farabundo Martí, Fonseca Ama­dor, Camilo Torres, Allende, Chá­vez, Amílcar Cabral, Ho Chi Minh, Neto, Mandela (solo menciono a sus contemporáneos); el imperialismo es trasnacional y el antimperialismo, internacionalista.
Ser Fidel es asumir la necesidad de reencauzar el desarrollo humano hacia metas no consumistas, anticapitalistas. No habrá Patria sin socialismo, eso es cierto, pero Fidel nos enseñó además que sin socialismo la especie humana —oprimidos y opresores por igual— estará, está, en peligro de extinción. So­mos Fidel, porque entregaremos to­das las energías a construir un socialismo eficiente, próspero, más solidario, justo, soberano, democrático y sostenible.
Solo una Revolución que se basa en ideas, en ideales, que ha sido consecuente con ellos, como la nuestra, puede sobrevivir a su fundador. «La Revolución no se basa en ideas caudillistas, ni en culto a la personalidad —le explicaba Fidel a Ramonet—. No se concibe en el socialismo un caudillo, no se concibe tampoco un caudillo en una sociedad moderna, donde la gente haga las cosas únicamente porque tiene confianza ciega en el jefe o porque el jefe se lo pide. La Revolución se basa en principios. Y las ideas que nosotros defendemos son, hace ya tiempo, las ideas de todo el pueblo».
Fidel no se va. Por propia decisión, no estará en los monumentos de mármol de las ciudades del país que refundó, no será un nombre en una avenida, una escuela o un hospital, a los que se consagró. Que na­die venga a buscarlo en las piedras, sino en las conciencias. Será el aire que respiramos los cubanos, el espíritu de lucha que nos inspirará. Nue­vas y viejas generaciones –co­mo Martí y Gómez, Mella y Baliño–, se unirán para defender el legado de la Historia. Fidel es Cuba, porque todos somos Fidel. Ese es el mensaje que los cubanos gritamos a pleno pulmón, con el puño en alto, para que el mundo lo sepa.
VEA también:
“Fidel es Cuba” (26 de diciembre de 2016) http://www.granma.cu/opinion/2016-11-26/fidel-es-cuba-26-11-2016-05-11-53 
“Las bases de nuestro patriotismo” (23 de diciembre de 2017) http://www.granma.cu/fidel/2017-11-23/las-bases-de-nuestro-patriotismo-23-11-2017-22-11-47
“No ha muerto la leyenda” (26 de diciembre de 2017) http://www.granma.cu/opinion/2017-12-26/no-ha-muerto-la-leyenda-26-12-2017-22-12-45

A %d blogueros les gusta esto: