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El hombre que siempre acompañará a Marx

Tomado del Blog La Isla Desconocida

Enrique Ubieta Gómez 
Un hombre muy nombrado y no tan conocido, cumple años hoy. Su silueta aparece junto a la de Carlos Marx en banderas e insignias comunistas. De larga y espesa barba, saber enciclopédico, aspecto burgués (las fábricas de su padre, que regenteó, no solo le proporcionaron el sustento a la familia de Marx, además del propio, sino que le permitieron conocer a fondo al proletariado) y alma inquieta, Federico Engels (1820-1895) fue amigo, colaborador  y mecenas del gigante de Tréveris. La prensa burguesa intenta deshuesarlo y lo presenta como un «gentleman comunista», de amores herejes y vida mundana, muy diferente a la de su amigo.
Sin duda, el personaje es novelesco, y su conducta podría calificarse hoy de contracultural, pero en ella no puede ignorarse el hecho más relevante: Engels fue sobre todo un conocedor de la miseria que el capitalismo engendra, un estudioso de la sociedad de su tiempo y un revolucionario inclaudicable.
Desde su magistral y temprano estudio sobre la clase obrera de Inglaterra, la redacción a cuatro manos con Marx del Manifiesto Comunista, hasta el trabajo final de completamiento y edición de El Capital, ya fallecido su autor, los aportes de Engels no terminan en los textos que escribió o ayudó a escribir, porque su experiencia de vida, sus conocimientos y su sagacidad política, influyeron en Marx. Algunos de sus contemporáneos intentaron agregar su nombre a la doctrina marxista, pero él eludió la trampa: «Marx era un genio; los demás, a lo sumo, hombres de talento. Sin él la teoría no sería hoy, ni con mucho, lo que es. Por eso ostenta legítimamente su nombre».
¿Por qué lo recordamos los revolucionarios cubanos? La historia del colonialismo se entrelaza a la del capitalismo; eso que eufemísticamente llaman Modernidad, alude al proceso de formación y consolidación del nuevo sistema económico y social. Las guerras independentistas en las Américas recogen el legado de la Revolución francesa, pero José Martí comprendió desde muy temprano la contradicción implícita en ese legado. En 1871, el mismo año en que se produce el horrendo crimen contra los estudiantes de Medicina en La Habana, sentenció: «Pidieron ayer, piden hoy, la libertad más amplia para ellos, y hoy mismo aplauden la guerra incondicional para sofocar la petición de libertad de los demás». La lucha contra el colonialismo y contra el neocolonialismo, conducirían al anticapitalismo y al antimperialismo. No puede entenderse el mundo que debe ser transformado sin el conocimiento de la obra de esos dos colosos.
Cuando los marxistas doctrinales, ajenos a los graves problemas que enfrenta la humanidad, renunciaron al legado de Marx, Engels y Lenin, y se avergonzaron de haber sido sus discípulos, acaso porque la práctica que había engendrado la teoría parecía naufragar, y los ideólogos del imperialismo declaraban el fin de la Historia (y el triunfo del capitalismo), olvidaban el más elemental de sus preceptos: se es revolucionario no porque nos convenció una teoría, sino porque nos duele la injusticia, la explotación de unos seres humanos y de unos pueblos por otros, la pobreza extendida que sostiene la riqueza, el lujo y el despilfarro del 1 % de la humanidad.
Los avergonzados habían olvidado la relación primigenia y esencial del marxismo con la práctica liberadora. El marxismo es un instrumento científico, y solo la práctica puede ajustar sus desenfoques y errores de interpretación o de aplicación. En una frase de hondo sentido martiano y a la vez marxista y leninista, aclaraba Fidel en 1988: «haber interpretado de manera creadora y original el marxismo-leninismo, el no habernos dejado arrastrar por dogmas, fue lo que nos llevó a la victoria, fue lo que nos trajo hasta aquí». Y estar aquí, nos obliga también a no olvidar lo que fuimos y lo que somos.

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Céspedes. Una figura hechizante

Tomado del Blog Turquinauta

Por su valor testimonial, Turquinauta repone la intervención del Dr. Eusebio Leal en el Salon de Mayo del Pabellón Cuba,  el 28 de agosto del 2016.

Eusebio Leal habla de Carlos Manuel de Céspedes

Yo tenía el conocimiento de Céspedes que se adquiere en los libros, en el anecdotario infinito, ya conocemos aquellos años tan importantes para Cuba. Yo visitaba a un historiador que estaba muy enfermo, al extremo de que, al lado de su escritorio, tenía un balón de oxígeno. Estaba muy mal el ancianito, entonces, él se había dedicado a las mujeres de la historia de Cuba que habían sido agraviadas o desconocidas, allí estaba trabajando en esas mujeres.
Trabajaba por ejemplo en Carmen Zayas Bazán, que ha sido muy calumniada por el solo hecho de que no se entendió con Martí. No pudo ser, cuantas veces ha ocurrido eso, sería eso necesario para exigirle que fuera ella una nueva Amalia Simoni, o una Mariana o una Manana; no es posible, cada cual tiene a veces un signo. Y esa discordia generó para la historia romántica de Cuba, toda una página que Cintio y Fina resolvieron cuando encuentran el libro de bodas -que nosotros reprodujimos- y donde aparecen lo que los amigos escribieron a partir de aquel matrimonio celebrado en México.
Claro, había un peso muy grande en esa figura, y yo cuando leo sus versos: El infeliz que la manera ignore/ de alzarse bien y caminar con brío/ que de una virgen celeste se enamore/y arda en su pecho el esplendor del mío. Es él hacía ella, con un verso que se llama “Dolor a grietas” entonces el historiador José de la Luz León que firmaba con el seudónimo de Clara del Claro Valle en el periódico El Mundo, que había escrito un libro precioso sobre Ramón Emeterio Betánces, estaba escribiendo también sobre Ana de Quezada que había sido calumniada, gravemente calumniada.
Por ese tiempo yo visitaba a Hortensia Pichardo y a Fernando Portuondo que eran los cespedianos fundamentales para mí. Tan es así que la Habana no tenía un monumento de Céspedes, y fueron ellos lo que lo colocaron en el Instituto de la Víbora, pagado con sus esfuerzos y el de las personas que lo lograron. Yo los visitaba, la pasión de ellos era Céspedes y habían escrito unos tomos maravillosos donde está en gran medida la historia de aquel gran hombre. Había leído el elogio de Martí, de Céspedes y Agramonte, en su espíritu de buscar la cohesión y vencer las cosas que separan a los individuos que tienen una determinada aspiración.
En esa pasión un día compré un libro en la plaza, en algún lugar, en una librería y dentro tenía un papelito con un manuscrito, era un papelito de Céspedes arrancado de una carta en el cual decía algo así como: “Primero triunfará la injusticia y después finalmente se abrirá paso la verdad” y yo me fui corriendo con el papel a ver a Hortensia Pichardo y le dije. Doctora mire esto. Ella veía todavía, vio el escrito y me dijo. Es él. Ellos vivían obsedidos por el diario que Céspedes escribió y que su paradero era totalmente desconocido. Solamente se había publicado una parte de ese diario y las cartas de él a Ana de Quezada su esposa.
Antes tenemos que decir Céspedes era viudo, su esposa había muerto poco antes del 68 de hechos hay una leyenda áurea de que la franja azul de la bandera de Céspedes, fue tomada del velo que cubría el retrato de Carmen. Creo que lo fueron a detener cuando ella estaba gravemente enferma. Viudo desolado e inconsolable, pasó el tiempo y vino la Revolución como una especie de tormenta y cuando llega a Camagüey, conoce a la muy bella, joven y tempestuosa Ana de Quezada, hermana de los Generales Rafael y Manuel de Quezada que venían de México, donde habían escrito una página muy bella y ahora se sumaban al esfuerzo de los camagüeyanos. Entonces cuando Céspedes la conoce surge un flechazo a pesar de que él tenía cuarenta tantos años y ella veintitantos y surge esa pasión tremenda, de la cual nacieron dos niños: Gloria de mis Dolores se llamó una y Carlos Manuel el otro.
José de la Luz león nunca me dijo que tenía el diario de Céspedes que faltaba, pero cuando él murió, su viuda Adis Dana, hija de Charles Dana el famoso amigo de Martí, me llama y me dice. Óigame venga por aquí que mi esposo dejó algo para usted. Fui a casa de ella y me da un sobre manila que dice. Estos papeles son de mi patria. Y dentro estaban los dos diarios, las dos libretas, una grande y una pequeña, pero además las cartas de Ana de Quezada en su diálogo epistolar, con los que habían adquirido el diario, de manos españolas y ahora, a pesar de que estaba dedicado a ella, con su dirección en Nueva York donde debían llevárselo, esta persona le retenía el diario diciendo que era un “trofeo de guerra”, y ella le responde colérica. ¿Cómo es posible que un cubano diga que el diario de Céspedes es un trofeo de guerra de los españoles, comprado por unos centavos en una taberna? Además vienen las cartas en que la calumnian a ella que también él las había adquirido.
¿De dónde había salido eso? Había salido del archivo de Manuel Sanguily, cuando la viuda de su hijo Sara Cuervo se fue a ir de Cuba, ella fue a ver a Raúl Roa y Roa le abrió el camino por haber sido la viuda de un oficial del ejército y de una figura de la historia, el hijo de Manuel Sanguily. Ella le dejó una serie de papeles a Roa, que en artículo mortis me entregó a mí, fui a casa de Roa, ya acostado y me entregó los papeles de Maceo que están en nuestro archivo, pero los de Céspedes ¿dónde estaban? Habían estado en ese archivo que era un archivo muy grande que tenía Sanguily.
Cuando empecé a leer el diario me quedé estupefacto porque hay cosas que se dicen ahí que hasta ahora la historia no había referido, cosas tremendas, en las cuales aparece un hombre lleno de carácter, lleno de fuerza y al mismo tiempo la víctima de un proceso político- con sus responsabilidades personales también- porque lo peor que podemos hacer es tratar de reducir la condición de un gran hombre, o una gran mujer, y tratar de separarlo de su condición humana. Él es un hombre de pasión, pongo un ejemplo: Ella lo acompaña a la Sierra y está con él allá arriba en el campamento, hasta que decide que hay que sacarla del país porque estaba embarazada. La llevan hasta un punto de la costa, en el que también está el poeta Juan Clemente Zenea, que había venido a Cuba con una misión compleja y ahora se iba. Se le atribuyó a Zenea haber sido el delator de ella, ella lo creyó también, porque cuando llegaron los españoles y capturaron a los que estaban allí, ella enseguida se identificó, mientras que él saca un pasaporte español. Es una historia de la cual un día daré una conferencia. Es tremendo eso, es casi una novela.
A ella la traen para la Habana, la encierran en la Casa de Recogidas de San Juan Nepomuceno y de ahí le toman la fotografía en la que está toda de negro, asistiendo a la entrevista con el Capitán General, Conde de Balmaceda, que era un hombre de armas tomar. Él le pide a ella que medie, para que su esposo acceda, después de haber apretado a Céspedes hasta el límite del fusilamiento de su hijo Oscar, que provocó sus célebres palabras. Ella le responde que. Es la esposa del Presidente de la República. Y el Conde se molesta y le dice. No importa, un cubano me lo entregará. Como así fue.
En el diario viene el dilema de esa estrella que es el líder del movimiento y al mismo tiempo su deposición y su entrega a la soledad de un lugar llamado San Lorenzo, donde es sorprendido.
Todo eso estaba en el diario. Eso provocó en mí un extraordinario reconocimiento, de que esta figura era la piedra angular de la historia de Cuba, y que sin esa piedra, el arco no podía de ninguna manera cumplir su papel de resistir la carga que tiene encima. De hecho cuando Martí se enfrenta a la figura de Céspedes así lo describe en su maravillosa semblanza, cuando él todavía era el hombre que fue antes: con el pelo a la moda, perfectamente arreglado, con el traje elegantísimo, con el diamante en el dedo, con el bastón de carey y oro; todo lo cual deja en el camino y al final es un peregrino en medio de los ríos crecidos, de la pobreza del monte, de las desdichas y el infortunio de la guerra y solamente se vestirá de nuevo, con lo mejor que tenía, el día de su muerte.
Quiere decir va a asistir a un matrimonio que le ha sido revelado unas noches antes, tiene un sueño premonitorio en el cual va describiendo a cada uno de sus enemigos políticos, haciendo un juicio de cada uno de ellos, pero antes, revela que había soñado que estaba en una boda y que él era el novio. Se presentaba su difunta esposa Carmen cubierta por un velo, pero de pronto él cree que está casándose con otra mujer y como lo ha creído así, cuando se revela que es ella, se abraza y llora. Todo eso está escrito en el diario. Hay una mano profana que escribió “Qué extraño que unas horas antes de su muerte Céspedes sueñe con muertos y aparecidos”
Esa figura ha sido muy hechizante para mí, es una figura para mí completa, viajero, recorrió parte del mundo de aquella época, políglota, poeta, escribió versos a la naturaleza al país, pequeño de estatura, para demostrar que no hay nada pequeño para un hombre grande, buen jinete, enamorado como tiene que ser todo cubano. Si no es muy enamorado entonces no reconoceremos en nosotros la estirpe patricia que nos llega, ahí viene todo. Mi tesis de trabajo de la universidad la hice sobre Céspedes y me recuerdo en el cementerio Santa Ifigenia cuando le llevé allí las flores de devoción a su tumba.

Disparos antes del #10Octubre #LaDemajagua150 #Cuba #SoloUnaRevolucion

UN DÍA ANTES DEL HISTÓRICO ALZAMIENTO DE LA DEMAJAGUA SE DISPARARON LOS PRIMEROS PROYECTILES POR LA INDEPENDENCIA NACIONAL, HECHO POCO CONOCIDO EN EL PAÍS. ESAS BALAS  NO RESTAN GLORIA A CÉSPEDES PORQUE ÉL NO ESTUVO AJENO A LOS SUCESOS

No porque nademos un día y otro día en la Historia conocemos toda la corriente arrolladora de sus aguas. Muchos hoy, por ejemplo, saltan sorprendidos al enterarse de que el 9 de octubre de 1868, horas antes de comenzar “oficialmente” la guerra contra la metrópoli española, se dispararon las primeras balas por la independencia.

Es entendible: fue tan grandioso lo acaecido en La Demajagua y tan luminosa la figura de su protagonista principal –Carlos Manuel de Céspedes- que eso ha opacado muchos de los detalles previos a la inolvidable jornada del 10 de octubre.

Pero a tales hechos, aparentemente menores, no podemos vestirlos con las ropas de la  indiferencia. Merecen siempre una mínima mención, sobre todo porque sus personajes centrales tuvieron estrecha relación con el Padre de la Patria. Pedro María de Céspedes, por ejemplo, era hermano del Iniciador y fue precisamente quien encabezó lo que algunos historiadores consideran el primer alzamiento, el 9 de octubre de aquel año vertiginoso.Este patriota reunió a centenares de hombres en las proximidades de la hacienda Caridad de Macaca y al mediodía de esa fecha atacó con modestas armas la pequeña guarnición de Vicana; después se apoderó del poblado.

El acontecimiento sirvió incluso de pretexto para que en 1975 la destacada investigadora Adolfina Cossío publicara su folleto El alzamiento del 9 de octubre de 1868 en Macacas, en el cual se abordan pormenores de estas acciones.

Otros expedientes relacionados con el referido levantamiento se encuentran en el archivo de Segovia, España, recinto donde aparecen plasmados con tinta algunos interrogatorios a independentistas hechos prisioneros por aquellas fechas.

A pesar de esas pruebas documentales el acto de Pedro María (autor de la frase “¿Y para qué esperar a mañana?” ha quedado un tanto enganchado en el olvido.

La historiografía nacional debería en estos tiempos ahondar más en su figura y en las de otros complotados que ese 9 de octubre demostraron apego a las ideas libertarias.

OTRAS INSURRECCIONES

La chispa del hermano de Carlos Manuel no resultó la única antes del gran fuego del 10 de octubre.

Los estudiosos del tema señalan otros tres alzamientos en esta región en vísperas del grito independentista: en Guá, Portillo y Jibacoa. Los jefes respectivos de estos movimientos fueron Manuel de Jesús Titá Calvar –con unos 150 hombres-, Manuel Codina Polanco (quien lideró similar cantidad de efectivos) y el dominicano Luis Marcano Álvarez, al frente de 300 sublevados.

Un quinto levantamiento se produjo en la zona desde El Caño hasta Guatívere, encabezado por Ángel Maestre y Juan Fernández Ruz.

Algunos también mencionan como insurreccionado el día 9 en San José de Blanquizal a Bartolomé Masó Márquez, quien reunió gran número de partidarios y hasta trató de capturar un correo del gobierno español que pasaba de Manzanillo a Bayamo.

Estos levantamientos, a diferencia del de Macaca, no llevaron a acciones bélicas y estuvieron marcados por el reclutamiento de hombres y el acopio de armas caseras o de cualquier otro tipo.

La gran pregunta de los neófitos es: ¿Actuaron esos jefes inmaduramente como caudillos en alarde de bravura?

La masonería y nuestra historia de luchas (+ videos)

La respuesta, después de 150  años justos y apartando las complejidades y enredos de un proceso como este, es NO. Todos estaban a la sombra de las órdenes de Carlos Manuel de Céspedes, todos veían en él al líder natural más allá de nombramientos formales.

Él mismo, enterado de que la conspiración fraguada durante años había sido delatada, envió emisarios a estos lugares para que adelantaran los alzamientos, fijados entonces para el 14 de octubre. Tal vez alguno de los implicados en la revuelta no entendió bien los mandatos del bayamés y agitado por las circunstancias se adelantó un poco a los acontecimientos.

Aunque una prueba irrefutable del respeto hacia el Padre de la Patria es la presencia de Titá Calvar, Masó, Maestre y Fernández Ruz en La Demajagua ese día 9. Ellos estuvieron cerca del Héroe de San Lorenzo a la hora magnánima de la proclama independentista en el siguiente amanecer.

Las palabras de Ángel Maestre despejan cualquier duda sobre la jerarquía del jefe: “A las dos de la tarde (del 9 de octubre) recibimos un expreso de Céspedes para que nos concentráramos en La Demajagua, y seguidamente hicimos rumbo hacia ese punto…”.

LOS AGENTES Y LA BANDERA

Hay otros asuntos relacionados con la fecha inaugural de las luchas cubanas que no han sido muy divulgados. Pocos saben, por ejemplo, que Carlos Manuel había infiltrado previsoramente agentes dentro de las filas españolas.

Estos se nombraban Pedro Nuño de Gonzalo y Hernández y Germán González de las Peñas; el primero era teniente y el segundo comisario de policía en Manzanillo. Ambos eran masones como él.

Este factor influyó algo para que el abogado de Bayamo, inscripto en una lista negra junto a Perucho Figueredo, Francisco Vicente Aguilera y otros, no fuera apresado antes de irse a las armas.

Justamente en la noche del 9 de octubre, cuando ya los mandos hispanos sabían que se cocinaba algo grande en La Demajagua, Nuño, integrante de una patrulla nocturna pidió “autorización para explorar” y retornó diciendo que en el ingenio azucarero no había ni una lucecita.

Sin dudas, estos espías mantuvieron al tanto a Céspedes sobre los planes de los uniformados de Manzanillo, mandados por el comandante Fernández de la Reguera, quien fue bastante cauteloso y no tuvo valor para apresar al Libertador cubano.

Otro detalle sin la amplificación necesaria ha sido el de la confección de la bandera. La diseñó Céspedes a lápiz y la bordó su amante Candelaria Acosta (Cambula), una bella joven que llegó a donar su vestido azul celeste con tal de aportar un trozo de tela para el estandarte.

La enseña de Céspedes, pabellón insurrecto hasta Guáimaro, medía un metro y 36 centímetros de largo y un metro y 25 centímetros de ancho, quedó casi cuadrada, tenía tres colores: rojo, blanco y azul.

Fue terminada apresuradamente el mismo 10 de octubre con telas de la misma casa pues cuando Céspedes mandó un hombre a Manzanillo a buscar la materia prima este retornó con una noticia inquietante: la población está en máxima alerta.

Ese estandarte cespediano no ha dejado de flotar vigoroso en Bayamo o Manzanillo.

LA GLORIA DE LOS SEGUIDORES

La estatura de aquellos seguidores de Céspedes creció después de La Demajagua. Todos murieron adheridos a la almohada espumosa de la independencia.

Pedro María de Céspedes, nacido en 1825, alcanzó los grados de general de brigada y fue fusilado en Santiago de Cuba tras ser capturado en la expedición revolucionaria del vapor Virginius en 1873.

Luis Marcano tuvo cuna en Baní el 29 de septiembre de 1831, llegó al grado de mayor general y al cargo de Segundo Jefe del Ejército Libertador. Cayó fulminado por un disparo a traición en mayo de 1870.

Manuel Codina, quien vio la luz en Manzanillo, fue también general de brigada, aunque después de la revisión de grados de Guáimaro quedó como coronel. Murió enfermo en Venezuela en un triste exilio.

Angel Maestre, otro manzanillero, conoció igualmente el generalato y apagó sus ojos en México en marzo de 1895, después de una vida de luchas.

Juan Fernández Ruz peleó en las tres guerras. Murió en 1896 en Jagüey Grande a una avanzada edad y con el grado militar máximo en los hombros.

Por último, Titá Calvar y Bartolomé Masó fueron grandes entre los grandes. Ambos llegaron al cargo supremo dentro de las filas independentistas: Presidente de la República en Armas. El primero, manzanillero, falleció en Cayo Hueso en 1895, a los 68 años.

Masó, nacido en 1830 en Yara, se codeó con las figuras más excelsas de nuestras luchas y murió en 1907 con un historial larguísimo.

Quiso el destino que estos dos patriotas tuvieran sus tumbas muy cercanas entre sí en la necrópolis de Manzanillo, próximas también a la de Francisco Javier de Céspedes, hermano del Iniciador, asistente a La Demajagua y coincidentemente Presidente de la República en Armas años después.

Desde ese lugar de eterno reposo siguen gritando por la independencia con el mismo vigor que lo hicieron no lejos de allí, un 10 de octubre, a la sombra del Padre Fundador.

La historia no nos ha de declarar culpables

por: Orlando Guevara Núñez

Tomado del Blog Ciudad sin Cerrojos

Con esas palabras concluyó José Martí un patriótico discurso, el 17 de febrero de 1892, en Hardman Hall, Nueva York, ante emigrados cubanos, luego de un recorrido por Tampa y Cayo Hueso. Por eso, esta pieza oratoria pasó a la historia como La oración de Tampa y Cayo Hueso.

El Apóstol cubano regresó profundamente conmovido por los resultados de la visita, sus encuentros con los emigrados de ambos lugares, la disposición de ellos para la lucha, sin distinción de edades, color, antecedentes de lucha e incluso posición social.

Esa acogida le hizo expresar su convicción de que la patria cubana poseía todas las virtudes para la conquista y mantenimiento de su libertad. El amor de los emigrados por su tierra y, la dignidad entre ellos, alimentaron en mucho la decisión de lucha de Martí. Lo que reafirmó en él la esperanza de que pudiera en Cuba vivir feliz el hombre, no enfrentados unos a otros.

¡Y no sé si vale la pena de vivir, después de que el país donde se nació

decida darse un amo!. Así lo proclamó en su discurso. En la misma ocasión dijo también que ¡Solo el cobarde se prefiere a su pueblo; y el que lo ama, se le somete!

Allí escucharon los presentes otras definitorias palabras de José Martí, como ´éstas:” ¡Para canijos, la enfermería! ¡Y si se ha de sacrificar el desamor honroso de la ostentación pública, se le sacrifica, que la vida vale más y se la sacrifica también! ¡Póngase el hombre de alfombra de su pueblo!

¡Yo amo con pasión la dignidad humana”. Y calificó de crimen cada día que se tardase en estar todos juntos en su tierra. Habla sobre la unidad, sobre las escenas de patriotismo que vio en la gente de Tampa y Cayo Hueso. Afirma que al volver los ojos cuando su partida, vio un pueblo sembrado de antorchas, detrás de la bandera única de la patria.

Confesó que durante su larga vida de labores difíciles, ningún encuentro, como aquellos, había movido tanto su alma a la reverencia y la ternura.

Planteó, refiriéndose a la unidad, la satisfacción de ver a aquella juventud, “vaciarse unos en otros, como los metales afines que van ligando la joya en el crisol”. ¡El trabajo, ése es el pie del libro! Exclamó al mencionar la presencia de la cultura en los encuentros.

Tan grata impresión tuvo sobre el espíritu unitario, que exteriorizó la idea de que ¡Otros hablen de castas y de odios, que yo no oí en aquellos talleres sino la elocuencia que funda los pueblos, y enciende y mejora las almas, y escala las alturas y rellena los fosos, y adorna las academias y los parlamentos!

Otro pensamiento martiano conocido afloró en aquel discurso:”Los pueblos, como los volcanes, se labran en la sombra, donde solo ciertos ojos los ven. Hasta que brotan-agregó- hechos, coronados de fuego y con los flancos jadeantes y arrastran a la cumbre a los disertos y apacibles de este mundo, que niegan todo lo que no desean, y no saben del volcán hasta que no lo tienen encima.!Lo mejor es estar en las entrañas y subir con él!

Reiteró la necesidad de prepararse para la guerra, ordenando los elementos para la victoria. Rememorando el recorrido por Tampa y Cayo Hueso, afirmó: “Otros amen la ira y la tiranía. El cubano es capaz del amor, que hace perdurable la libertad” Otro bello y útil pensamiento: “Quien crea, ama al que crea: y solo desdeña a los demás quien en el conocimiento de sí, haya razón para desdeñarse a sí propio”

Cerrando su encendido discurso, afirma que esas citas, ese arranque brioso de las virtudes más difíciles, que hacen apetecible y envidiable el nombre de cubano, dicen que hemos juntado a tiempo nuestras fuerzas, que en Tampa aletea el águila, y en Cayo Hueso brilla el sol, y en New York da luz la nieve. Y que la historia no nos ha de declarar culpables.

La enseña que ondeó cuando Cuba amanecía

 

Tomado del blog

 

La enseña que ondeó cuando Cuba amanecía

Bandera de La Demajagua (Ilustracion de la época).

Por Argelio Santiesteban

Anochece el 9 de octubre de 1868, en el suroriente cubano.

Cambula se inclina, desesperada, sobre aquellos pedazos de tela variopinta, con procedencia múltiple: un pedazo de mosquitero rojo, la tela blanca de uno de sus corpiños, cierto fragmento de su vestido azul.

La muchacha, mestiza de 17 años, está trabajando contra reloj.

Ella —quien después iba a admitir que estaba lejos de ser una experta costurera— se mueve compelida por dos resortes: su pasión por la tierra querida y el amor frenético por Carlos.

Ah, Carlos. El acaudalado bayamés que regía uno de los más modernos ingenios azucareros del país. El brillante abogado. El polígloto. El finísimo poeta. El excelente jinete e infalible tirador. El periodista, que inauguró en su país la crónica ajedrecística. El líder masónico. El siempre arrebatado por los asuntos patrios.

Lo demás… bueno, lo demás es historia archiconocida.

Aquel coloso, en su ingenio azucarero, da la clarinada inaugural. (A la cual nuestros compatriotas le pagarían con ingratitudes mil, hasta propiciar su muerte desamparada, revólver en mano contra las tropas coloniales, en San Lorenzo).

PERO… VOLVAMOS A CAMBULA

Candelaria Acosta Fontaigne, Cambula (Veguitas, 2 de febrero de 1851-23 de mayo de 1932), ha sido la artífice de una bandera —¡qué bandera!— de 126 centímetros de ancho por 130 de largo.

Y quedarían dos vástagos, engendrados en el vientre de aquellos amores de El Padre y Cambula.

En 1871 Carlos Manuel, enviándola hacia Jamaica, pone a resguardo a Cambula. Y también traslada hacia el extranjero a su enseña, previniendo que caiga en manos enemigas.

Candelaria regresaría a Cuba después de la guerra, en 1881, con sus dos hijitos. Aquí ella y los pequeñuelos, hijos de Carlos Manuel, pasarían miserias sin fin.

Estalla la Guerra del 95. Y Cambula, emulando a Mariana, a su hijo varón —quien vivió hasta 1966— le dice: “Parece mentira que tú, siendo hijo de Carlos Manuel de Céspedes, un hombre tan patriota, estés todavía aquí”. Y el muchacho se suma al mambisado.

Yo sospecho que en el momento de su muerte —23 de mayo de 1932— Cambula estuvo recordando cuando, con varios trozos de tela, construía un símbolo imperecedero.

Y también recordando a Carlos Manuel Perfecto del Carmen de Céspedes y López del Castillo, quien alguna vez escribió: “Hoy hace un año que no veo a Cambula ni a mi hijita. En todo este tiempo me he hallado solo…”.

 

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